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lunes, 22 de septiembre de 2014

La singularización como forma de desautomatizar


“Los que viven  en la costa se acostumbran tanto al murmullo de las olas 
que ni siquiera las oyen.
Por la misma razón, apenas oímos nosotros las palabras que proferimos.
Nos miramos mutuamente, pero ya ni siquiera nos vemos.
Nuestra percepción del mundo se ha  desvanecido,
lo que ha quedado es un mero reconocimiento”.

(Viktor Shklovski)

Shklovski fue un tremendo pensador ruso que configuró una de las teorías más convincentes sobre la “verdadera finalidad del arte”. 

Lo mencioné hace un tiempo en este post, y ahora me dieron ganas de explayarme un poquito más sobre uno de sus enfoques.

En “El arte como artificio” (1917), texto que juega el rol de manifiesto que reúne los principios fundamentales del formalismo ruso, Shklovski plantea una premisa que es ruptura absoluta en relación a todo lo que se venía pensando sobre el arte en esa época.

El arte, expone, debe ser un medio para volver desconocido lo conocido, para volver extrañas las cosas que nos son habituales. Esto permitiría generar contenido novedoso que de una sensación del objeto como visión y no como simple reconocimiento.

Si examinamos las leyes generales de la percepción, vemos que una vez que las acciones llegan a ser habituales se transforman en automáticas. Nuestros hábitos se refugian en un medio inconsciente. 

En cambio, cuando algo nos resulta chocante, insólito o raro, nos interpela, nos quita del lugar común, nos incomoda. Esto genera la liberación del automatismo al que el hombre está condenado.

En su texto (que es genial, por cierto) él presenta varias formas de liberar al lector del automatismo perceptivo (refiriéndonos exclusivamente a la literatura). Una de las más llamativas es la técnica de la singularización. En realidad, lo único que hizo Shklovski fue ponerle un nombre a un método empleado desde siempre por los escritores.

La singularización consiste en no llamar al objeto por su nombre sino en describirlo como si se lo viera por primera vez y en tratar cada acontecimiento como si ocurriera por primera vez. 

Por ejemplo, Shklovski reconoció esta técnica en muchos de los escritos de León Tolstoi.

Las obras de Tolstoi abundan en pasajes en los que el autor se “niega a reconocer” los objetos familiares y los describe como viéndolos por primera vez. Así, al describir una representación de ópera en Guerra y Paz, habla de los decorados como “trozos de carbón pintados”.

La misma técnica se emplea, en mayor escala, en el relato “Jolstomer: historia de un caballo”, donde el narrador es un caballo y los objetos son individualizados por la percepción otorgada por el animal, y no por la del hombre.

► “Jolstomer: historia de un caballo”, de León Tolstoi, en versión PDF: http://goo.gl/JXm2Hc

En este cuento de extensión media es interesante como el autor ruso concibe, por ejemplo, el derecho de la propiedad. 

El protagonista se presenta desde el ventajoso punto de un observador marginal, un animal sorprendido y asombrado por la inconsistencia y la hipocresía de los hombres.

Jolstomer también se hizo famoso por hacer un uso fascinante de la técnica conocida como “efecto de distanciamiento”, que creara Bertolt Brecht en relación a su Teatro Épico (y que también mencione en el blog).

La singularización es muy común especialmente en la prosa erótica, donde los órganos sexuales suelen nombrarse de formas que no le son habituales. El célebre episodio “The contest” de “Seinfeld” (mi gran serie de TV favorita) también se destaca por un peculiar uso de la singularización.


De todos los grandes episodios que tuvo la serie, “The contest” es seguramente el más icónico e ingenioso, especialmente por su incomparable matiz sexual. No solo fue arriesgado para la época, sino que hoy en día sigue siendo un episodio impresionante porque nunca se hace mención directo del “asunto” en sí. Dicho de otra forma, todo el episodio habla de la masturbación, pero las referencias a ella son siempre indirectas.

Este capítulo, considerado uno de los mejores, logró elevar al máximo el potencial de los cuatro protagonistas. Cada uno tenía un motivo que los tentara a dejar su puesto de “master of their domains”.

Por supuesto, la singularización es una de las técnicas principales y más usadas de la poesía (en especial la poesía simbolista). En “Tempestad con Silencio” (de Pablo Neruda), por ejemplo, las gotas de lluvias se convierten en “uvas desgranadas”.

“...La nube espesa desgranó sus uvas
cayó el agua de todo el cielo vago,
el viento dispersó su transparencia,
se llenaron los árboles de anillos,
de collares, de lágrimas errantes
...”

Asimismo, la frase que describe cómo los árboles se llenan de anillo, collares y lágrimas errantes nos obliga –como lectores– a ver a la lluvia bajo una nueva visión, y de esa forma lograr reconocerla. Shklovski nos recuerda que el propósito del arte debe ser el de crear una percepción particular del objeto (crear su visión y no su reconocimiento).

Por último, la técnica de la singularización es la base (y el único sentido) de todas las adivinanzas. 

Una adivinanza es una especie de acertijo con un enunciado que se formula en rima. Por ese motivo, cada adivinanza es una descripción, una definición del objeto, por medio de palabras que no le son habitualmente aplicadas.

Las adivinanzas no solo juegan un rol lúdico o educativo, sino que también se han empleado como artilugios en diversas obras de ficción y literarias (me vienen a la mente los acertijos que Bilbo Baggins le hace a Gollum, o la famosa adivinanza de la Esfinge en el mito de Edipo Rey). 

Son sugestivas para estudiar a nivel de recursos educativos, para analizar la comprensión de metáforas y el lenguaje no literal en niños. Pero ese será un tema para otra nota. ¡Hasta la próxima!

DE YAPA: El episodio “The Contest” de SEINFELD, de la mano de http://www.miraseinfeld.com, una maravilla imperdible => http://www.miraseinfeld.com/temporada-4-episodio-11.php

"Are you still master of your domain?"

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=>> Otras NOTAS LITERARIAS temáticamente relacionadas con este post: “La excepción y la regla” (de Bertolt Brecht), “99 formas de contar un mismo episodio”, “La verdadera finalidad del arte”, “Tentativa de agotar a Georges Perec”

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martes, 21 de mayo de 2013

La verdadera finalidad del arte


Hace poco hablaba del Deus Ex Machina y mencionaba a Matrix. Hoy lo recuerdo nuevamente pero desde otro punto de vista: el simbólico. Gran parte de la historia original (hablo de la primera entrega) tiene que ver con Morpheo enseñándole a Neo la verdad sobre el mundo.

Él, al tragarse la pastilla roja, abre los ojos por primera vez y entiende lo que realmente somos: alimento para las máquinas, un simple paquete, un producto, una pila. Neo se adentra en el agujero de conejo para conocer los verdaderos misterios de la humanidad.

Me pareció una idea acorde para el tema de este post. Cuando nuestras acciones llegan a ser habituales se transforman en automáticas. Nuestros hábitos se refugian en un medio tan inconsciente como automático. ¿Cuántos de nosotros recordamos lo que es estar enamorado?

► Yendo un poco más lejos, ¿cuantos podemos reconstruir lo que se siente dar un primer paso (literal), tocar una cuchara por primera vez o empezar a hablar?



Al examinar las leyes con las que percibimos, no es muy difícil darse cuenta que vemos al mundo en piloto automático, igual que lo hacía Neo al comienzo de la película. Las leyes de nuestro discurso cotidiano, con sus frases inacabadas y sus palabras pronunciadas a medias, se explican por este proceso de desautomatización.

Me refiero a un proceso cuya expresión ideal es el álgebra, donde cada objeto ha sido reemplazado por un mero símbolo. Dicho objeto pasa justo al lado nuestro, pero como dentro de un paquete; sabemos que existe a través del lugar que ocupa, pero no vemos más que su superficie.

Cuando la vida compleja de tanta gente se desenvuelve inconscientemente, es como si esa vida no hubiese existido. La automatización devora los objetos, los hábitos, las acciones de cada día. Para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que “la piedra es piedra”, y lo que se siente al sostener una cuchara por primera vez, existe eso que se llama arte.


En este punto creo que es importante aclarar: esta gran filosofía no se me ocurrió a mí, sino al padre del formalismo ruso: don Viktor Shklovsky. En su libro, “El arte como artificio”, sienta las bases de esta teoría que ahora les resumo.

Para Shklovsky, la verdadera finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento, una idea que me fascinó cuando la leí. El arte, en todas sus formas, es un medio de experimentar el devenir de ese objeto. El trabajo que realiza el escritor se propone “brindar una obra que presente la realidad de manera novedosa, a partir de relaciones que no son las habituales”.

A través de este pequeño proceso de “extrañamiento” (darle un giro a lo que conocemos como realidad) procura que el lector desautomatice su percepción de la realidad. Así, la lengua utilizada en los textos literarios sería una lengua intensificada, que se desvía de los usos cotidianos y referenciales, y que estaría elaborada intencionalmente para lograr cierto efecto.



Por eso creo yo que la gente que se relaciona de alguna manera con el arte (escribe, dibuja, sabe mucho de música o cine, baila o actúa, etc.) tiene un poder de observación mayor. Detecta cosas que el común de la gente no, ergo: es muchísimo más interesante.


Uno de los medios para liberar al objeto del automatismo perceptivo, según el autor, es el aplicado por Tolstoi en muchas de sus obras: la singularización. Este consiste en no llamar al objeto por su nombre sino en describirlo como si lo viera por primera vez y en tratar cada acontecimiento como si ocurriera por primera vez.

Por ejemplo, podríamos singularizar la noción de látigo como: “(…) desnudar a la gente que ha violado la ley, hacerlos caer y azotar las nalgas desnudas”.

León Tolstói (el famoso autor ruso de obras como “Guerra y Paz” y “Anna Karenina”) utiliza constantemente este método de la singularización también en “Jolstomer” donde el punto de vista es el de un caballo y los objetos son individualizados por la percepción otorgada por el animal, no por la nuestra.

Estoy seguro a  Shklovsky la filosofía detrás de Matrix (más allá de ser un producto puramente comercial) le habría parecido fantástica. Él, como Neo, no habría dudado ni un segundo en ingerir la pastilla roja y dejar –de una vez por todas– el mundo de los sueños.

► Si esta nota les gustó, la próxima… ¡les va a encantar! =)

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