Mostrando entradas con la etiqueta roland barthes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta roland barthes. Mostrar todas las entradas

¿Te gusta el contenido de mi blog? Ayudame a seguir manteniéndolo

Invitame un café en cafecito.app
Por el momento, sólo podés invitar cafecitos si sos de Argentina. Ahora sí, lee tranquilo.

miércoles, 28 de agosto de 2024

“Blancura”, una obra de Jon Fosse


Una brillante fábula sobre un hombre perdido en un bosque oscuro. Reseña de “Blancura” (2023), la nueva ficción de Jon Fosse que disuelve la frontera entre el mundo material y el espiritual.



martes, 17 de septiembre de 2019

Cerro Tres Picos: haciendo camino al andar


Nuestros pies no tienen raíces, al contrario, están hechos para moverse. Si bien el acto de caminar ya no es considerado como un medio de transporte, hay quienes lo siguen utilizando para encontrar la tranquilidad del silencio y el contacto con la naturaleza.

Esta es una nota que originalmente escribí para Nussocial, un sitio que (lamentablemente) ya no existe. La retoqué ligeramente para compartirla por acá porque el finde pasado volví al Cerro Tres Picos, esta vez haciendo cumbre en un solo día (es decir, sin pernocte).



viernes, 14 de octubre de 2016

“Pierre Menard, autor del Quijote”, de Jorge Luis Borges


Este post viene a ser continuación directa de uno que escribí hace unas semanas sobre Roland Barthes y la Muerte del Autor (pueden leerlo acá). En esta oportunidad la idea es ejemplificar el concepto con un caso brindado por el artesano de las palabras Jorge Luis Borges.

Repasemos: la Muerte del Autor hace referencia a la idea de que las intenciones del autor y su rasgos biográficos (tendencias políticas, religión, ideas, valores) no deberían pesar a la hora de buscar interpretar un escrito. En otras palabras, la interpretación de un escritor sobre su propio trabajo es tan válida como la de cualquier lector. En la nota anterior hablé un poco más al respecto y busqué dar algunos ejemplos prácticos.

***

Un caso concreto de esta temática aparece en un trabajo de Jorge Luis Borges titulado Pierre Menard, autor del Quijote. 

Se trata de un análisis sobre un autor imaginario; una especie de ensayo literario respecto a Pierre Menard, escritor del siglo pasado que se puso como ambicioso proyecto escribir “El Quijote”, no como una copia del trabajo original, sino como un libro que coincida palabra por palabra con El Quijote de Cervantes.

► Texto completo de “Pierre Menard, autor del Quijote”: LEER.

El narrador compara ambos trabajos a la luz de las experiencias vividas por cada autor y, así, un extracto del libro de Menard acaba teniendo una interpretación completamente diferente al mismo pedacito de texto (que es exactamente igual, letra por letra) del libro original de Cervantes.


Todo esto lleva a análisis totalmente absurdos pero consistentes, como encontrar influencias de Nietzsche en El Quijote escrito por Menard (mientras que el de Cervantes no las tiene porque, claro, Nietzsche ni existía en el siglo XVI).

El relato-ensayo de Borges finaliza con la propuesta de que atribuirle el libro La imitación de Cristo –un texto de devoción católica, y el más influyente después de la Biblia– a James Joyce podría empaparlo de todo un nuevo significado.

Lo divertido de la proposición borgeana es que el irlandés James Joyce, uno de los escritores más aclamados del siglo XX, se hizo famoso por sus vanguardistas, extrañas, polémicas y controvertidas novelas. De pronto establecerlo como el autor de un libro devoto que busca “instruir al alma en la perfección cristiana, proponiéndole como modelo al mismo Jesucristo” llevaría a análisis muy locos.

Dentro de los relatos de Borges, Pierre Menard, autor del Quijote, incluido en su antología Ficciones (1944), es indudablemente uno de los menos convencionales. No tiene ningún tipo de argumento o nudo, se asemeja enteramente a un ensayo serio de un anónimo crítico literario y, aunque corto, es denso para leerlo. 

Pero no por eso deja de ser fascinante.

Pierre Menard es un oscuro escritor francés recientemente fallecido, cuyo mayor logro fue escribir, en el siglo XX, los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Quijote, y un fragmento del capítulo veintidós.

En este universo bizarro que pinceló Borges, Pierre Menard (este “otro autor” del Quijote) no quería hacer una nueva versión de El Quijote, ni tampoco pretendía escribirlo tal y como lo hizo Cervantes. 

Directamente quería ser Miguel de Cervantes, pero en los años 30:

«saber el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco,
olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918.»

Y lo gracioso es que el crítico encuentra que «el fragmentario Quijote de Menard es más sutil e infinitamente más rico que el de Cervantes». ¡Y el texto es exactamente el mismo!

Está en uno decidir si el texto de Borges es una ironía fina e ingeniosa o no (a mí me gusta pensar que sí) pero es sólo cuestión de que el lector decida si verdaderamente podemos atribuirle “Pierre Menard, autor del Quijote” a Borges (en lugar de al lector, a todos los lectores).

***

Es muy conocida la anécdota de cómo llegó Borges a escribir este delirio. Resulta que cuando tenía 39 años (durante la Navidad de 1938), se lastimó la frente con el borde de una ventana abierta. La herida se le infectó a tal punto que los médicos creyeron que moriría

No murió, pero sí comenzó a temer haber perdido sus capacidades mentales. Hasta ese punto, Borges no había escrito mucho más que un puñado de poemas y reseñas literarias (sus más grandes obras literarias llegarían unos años después). Se le ocurrió pensar que si intentaba escribir una reseña y no lo lograba, se sentiría incapacitado para siempre. En cambio, si trataba de hacer algo nuevo, algo que nunca hubiera intentado antes, y fallaba, no vería la derrota como algo tan grave. Decidió escribir un cuento y el resultado fue "Pierre Menard".


Isaac Asimov frecuentemente relataba esta otra anécdota: una vez se sentó en una clase donde el tópico de discusión era uno de sus trabajos. Se sentó bien atrás, manteniéndose relativamente oculto. Luego de que la clase terminó,  se acercó al profesor y se presentó. Dijo que le pareció que la interpretación del profesor era muy llamativa, pero que no era ni cerca lo que Asimov había querido realmente decir con esa obra. 

El profesor respondió: 
“sólo por que la hayas escrito, ¿qué te hace pensar que tenés alguna idea sobre lo que está diciendo?”.

Brillante.

………………………………………………………………………………………………….


………………………………………………………………………………………………….


► Podés seguir las nuevas notas y novedades (además de humor y críticas de cine) en mi fan-page: http://www.facebook.com/sivoriluciano. Si te gustó, ¡compartí y dejá un comentario!

lunes, 12 de septiembre de 2016

La muerte del autor (según Roland Barthes)


La idea de “La muerte del autor” (o de la desaparición del autor) es uno de los conceptos de la Crítica Literaria más fascinantes. A grandes rasgos, mantiene que las intenciones de un autor y los hechos biográficos (su religión, política, etc) no deberían pesar a la hora de alcanzar una significación de su escrito. En otras palabras: la interpretación de un escritor sobre sus propios trabajos no es más válida que la interpretación de cualquiera de sus (muchos) lectores.

Umberto Eco solía decir que el texto tiene intersticios que el lector tiene que completar, y que un escritor nunca debería proveer explicaciones de sus trabajos, o de otra forma no debería haber confeccionado una novela, que es una máquina de generar interpretaciones.

Así: la muerte del autor es el nacimiento del lector. Esta idea fue inicialmente propuesta por el filósofo y ensayista  francés Roland Barthes, en un texto de 1968 que hoy es una estampa de la teoría literaria del siglo XX. 

El ensayo se opone a la tendencia de la época de analizar un trabajo literario dentro de un contexto biográfico y personal del autor. Las implicaciones filosóficas de “La muerte del autor” trascienden la literatura para relacionarse con el colapso del significado, el descubrimiento múltiple e, incluso, la muerte de Dios.

► Texto completo de “La muerte del autor” (1968), versión en PDF: LINK

Retrocedamos un poco y pensemos en un ejemplo contemporáneo. 

Hoy Alan Moore –el excéntrico genio de la industria de los cómics– anunció que se retira de las historietas para enfocarse en otros medios de ficción. El mítico creador de The Killing Joke nunca estuvo del todo contento con la obra universalmente aclamada que redefinió la relación entre Batman y el Joker, una historia imperdible de los cómics de superhéroes.

La novela gráfica (de la cual ya hice la reseña en el blog) es una de las más estudiadas y comentadas de la historia, y sin embargo Moore dijo que no le pareció que esta tuviera “nada interesante para decir”. Nunca estuvo contento con el producto final y ¡hasta lo considera una basura!

La pregunta que surge inevitablemente es: ¿debería importarnos? ¿Debería importar la opinión de un autor sobre su propio trabajo? Para responder a esto tenemos que remontarnos a las ideas de Barthes. La respuesta que él da es: sí, la opinión del autor importa, pero no importa más de lo que cada uno de nosotros opine.

Veamos cómo arranca Barthes su ensayo de “La muerte del autor”, una introducción realmente maravillosa que pone en evidencia la tesis del texto:

«Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: “Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos”. ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas “literarias” sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica? Jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.»

Las intenciones son una cosa, pero lo que finalmente se logra con el producto final puede ser algo completamente diferente. Barthes (y paralelamente lo diría Michel Foucault también) afirma que un texto escrito no le pertenece a su autor, sino más bien a la cultura en general, y especialmente al lector.

La lógica que sigue el autor es bastante simple. Para él, un texto es el resultado de infinitos intertextos, ideas entrecruzadas que provienen del pasado cultural e histórico. Algo así como “todo es un remix”:

  
Por eso, el ensayista expone que en el momento en el que se publica una novela, un cuento, un cómic, o cualquier texto en general, el autor desaparece, muere simbólicamente. Lo plasmado en el papel es ahora parte de la historia y cultura general. Podemos pretender entender algunas intenciones del autor basándonos en su estilo, su historia, sus marcas registradas, su vida. Pero no todo lector va a interpretar lo mismo.

Dicho de otra forma: podemos buscar desenredar un texto, o una obra de ficción en general, a partir del autor, pero eso sólo nos daría una porción de la realidad. Vale aclarar que Barthes nunca dice que la opinión del autor no sea válida, sino que es tan válida como cualquier otra. Es porque el autor se convierte en lector a finalizar su obra. Y en el lector es donde reside verdaderamente todo ese entretejido de voces que es un texto:

«Un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, un cuestionamiento; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino.»

A lo que Barthes quiso llegar es que no sería correcto –o, por lo menos, no sería “completo”– analizar “Las flores del mal” en el contexto de la vida de Baudelaire. O estudiar los textos de Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft o Jorge Luis Borges desde un punto de vista biográfico. Esta fue una postura absolutamente revolucionaria para la época, una que estaba más en sintonía con las ideas de los surrealistas. Ellos creían que un ente externo los “poseía” a la hora de escribir, y que la forma de desencadenar esa suerte de inspiración divina era a través de las técnicas de escritura automática.


Curiosamente, por la misma época Michel Foucault escribió “¿Qué es un Autor?”, un ensayo que, en esencia, tiene la misma premisa.

Algunos autores han utilizado el texto de Barthes para llevarlo más allá y conectarlo con la teoría de los descubrimientos múltiples –más de una persona llegando al mismo descubrimiento, idea o conclusión de forma independiente. Bajo este fundamento, la “muerte del Autor” sería la inhabilidad de crear, producir o descubrir cualquier texto nuevo. El Autor es únicamente un “escriba” que recolecta ideas y citas preexistentes. Por ese motivo, no tiene la facultad de decidir sobre el significado de su trabajo. No descubrió nada nuevo con su texto, sino que acomodó algunas cosas para confirmar ideas que siempre estuvieron ahí.

Otros investigadores fueron todavía más allá y relacionaron la muerte del Autor con la muerte de Dios. Si Dios es el autor de este texto que es la vida, somos nosotros (los humanos-lectores) quienes tenemos que encontrarle el significado y no dejarnos guiar por sus interpretaciones al respecto.


... ¡Estúpido y sensual Roland!

No sé hasta qué punto vale la pena llegar a tal nivel de profundidad (=delirio). Barthes hizo una crítica de la crítica del momento, y su texto no le quita méritos al autor, ni lo considera realmente un medio a través del cual “pasan las palabras”. Él no busca ser un gurú, sino que establece algunos de los conceptos que considera claves a la hora de analizar un texto. Es un error enfocarse exclusivamente en la vida de un autor para buscar significado, y también lo es no comprender que todos los textos son, en esencia, intertextualidad (una idea que el expande en De la obra al texto, un par de años después).

Entonces: si Alan Moore dice que The Killing Joke es una porquería, Barthes responde:

«(…) a la escritura hay que darle la vuelta al mito:
el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.»

………………………………………………………………………………………………….


………………………………………………………………………………………………….


► Podés seguir las nuevas notas y novedades (además de humor y críticas de cine) en mi fan-page: http://www.facebook.com/sivoriluciano. Si te gustó, ¡compartilo o dejá un comentario!

martes, 15 de marzo de 2016

“Del texto a la vida”: mi primera obra de teatro publicada


En materia de reconocimientos literarios, el año pasado fue bastante importante para mí. Y quizás lo más loco fue el Primer Premio que recibí por mi obra “Del texto a la vida” en el “Concurso 2015 de monólogos y guiones teatrales”.

Viaje a La Plata, hubo una ceremonia de premios (¡con comida y chupi!) y conocí a muchos escritores fascinantes y a críticos del teatro.

La iniciativa tuvo como objetivo crear un espacio para pensar en nosotros. El tema que se trabajó fue: ¿cómo somos?, entendiéndolo como un juego de espejos que nos devuelve nuestra imagen desde distintos ángulos, deseos, idiosincrasia, sueños, miedos, torpezas, fracasos, logros, etc.

Ayer finalmente salió la antología del Colegio de Escribanos de Buenos Aires donde se publicó mi primera obra de teatro. La misma incluye los cuatro textos ganadores (dos primeros premios en guiones y dos en monólogos) y tres menciones especiales para cada categoria. 

En total hay una decena de obritas absolutamente recomendables para los amantes del teatro argentino.

Por supuesto que todos los textos ganadores tienen muchísima calidad, a tal punto que me pregunto qué le habrán visto al mío. Por ejemplo, el primer premio a monólogos (“Tokio veinteveinte”, de Santiago Maisonnave) tiene un balance muy adecuado entre la comedia y la tragedia. El protagonista es un maratonista preparándose para las olimpiadas del año 2020, y a medida que entrena va haciendo comentarios ácidos (Facebook y las relaciones de hoy, por mencionar uno) y va fluyendo entre distintas problemáticas personales que vive. Es muy argentino y me encantaría verlo en escena.


También sería muy lindo ver representada “Pasa volando”, de Liliana Rodriguez, que se llevó el segundo premio en monólogos. Es muy original y me parece muy interesante cómo describe el camino mental que hace un escritor para crear a sus personajes.

Una gran sorpresa para mí fue “Crispín: tu propio cuento” (de Leandro Ezequiel Schmit) que obtuvo el segundo premio en la categoría de guiones teatrales. 

Una obra extensa y con una puesta en escena grande y magistral que, en un tono más bien infantil, nos lleva por la vida de Crispín dentro de un circo, y cómo se va relacionando con cada uno de los personajes. Esta historia es realmente muy interesante, y prefiero no contar demasiado para no arruinar las sorpresas.

Las menciones de honor son igualmente valiosas. Especialmente disfruté “Mar del plata” (de Paula Carolina Bonpland) que es el monólogo de un hombre desauciado porque su mujer siempre quiere ir a la costa. Se vuelve extremendamente reflexivo y hasta existencial, es angustiante pero tiene mucho de comedia y de realidad. Me sorprendió cómo la autora se logra meter en la mente de un hombre, con sus deseos y miedos.

En cuanto a mi historia, se las adjunto y aprovecho para comentarles un poco de qué va. Si bien el adjunto en PDF no es la versión final (tiene un pequeño error de tipeo sobre el final), es prácticamente la versión definitiva que salió en el libro:

► DESCARGAR “Del texto a la vida” (obra de teatro) en versión PDF: https://goo.gl/sntWp7

“Del texto a la vida” es una pequeña obra en dos actos con una puesta en escena muy simple y tres personas. Tendría una duración de unos 30-40 minutos.


Dionisio, un anciano sentado frente a su computadora en la comodidad del hogar, comienza a narrar la historia de Alan, el feliz trabajador número 217 de una empresa donde cada día oprime botones en su teclado. El trabajo de Alan es muy sencillo: debe decidir –apoyado por herramientas matemáticas– qué empleado merece quedarse y cuál ser echado. Jamás ha cuestionado las políticas de la compañía (“el orden establecido”) hasta la aparición de Eliana, a quien se rehúsa a dejar ir.

La desobediencia de Alan sorprende a Dionisio, quien se muestra como el verdadero autor de la historia de los empleados y no comprende cómo su obra puede actuar contrariamente a sus deseos. A partir de la conversación entre ambas partes (creador y creaciones), Alan y Eliana terminan por comprender una abrumadora realidad: no son más que personajes de un texto que está siendo escrito. La revelación cuestiona los fundamentos existenciales de los protagonistas y motiva una rebeldía en contra de lo ya escrito, del destino marcado y de su propio creador.

De alguna forma, la historia es una suerte de “Adán y Eva moderno”. De hecho, coloqué muchísimas referencias a esa historia en el desarrollo. Pero el verdadero origen –por extraño que parezca– estuvo en un ensayo del francés Roland Barthes (“De la obra al texto”, 1971). En este escrito, Barthes pone de relieve las diferencias entre la obra y el texto, y propone la idea de la pluralidad del texto. El escritor comenta, por ejemplo, que el texto aparece como un hecho del lenguaje => teje relaciones, es polifónico, hace ecos, tiene resonancias con otros textos (intertextualidad). 

Me gustó mucho esa idea (me pareció hasta poética) y me pareció que, en cierta forma, se parece mucho a la vida.

Para Barthes, un texto se presenta como una diseminación de sentidos. Incluso etimológicamente hablando, texto significa “tejido”. Es un entretejido de voces, de sentidos. Empezamos a desarmarlo, a desplegarlo. Y si es un entretejido, podemos entrar por varios y distintos lugares. Existen varias líneas de análisis. Este fue el puntapié inicial para crear el trasfondo, si se quiere, filosófico que rodea a “Del texto a la vida”.

Para devolver el texto a toda su pluralidad, a toda su diferencia, hay que deshacerlo y reescribirlo. Y quizás, la vida es también un entretejido de voces, y no un ente superior que nos dicta el quehacer.

Realmente me gustaría que mis lectores pueden chequear mi obra y comentarme qué les parece, y qué les lleva a pensar. Ciertamente fue eso lo que busqué: que lleve al lector a pensar en sus propias experiencias de vida, a preguntarse si lo que está haciendo ahora mismo lo acerca un poquito más hacia la persona que quiere llegar a ser.

O no sé, quizás estoy delirando demasiado y no es más que una obrita divertida y llevadera que tuvo la suerte de ser reconocida. A lo mejor no hay mucho para desenredar ni descrifrar, pero eso sería una pena, porque entonces pasamos de ser lectores críticos a simples pasivos. 

► Como sea, sólo espero que quienes lean “Del texto a la vida” le encuentren algún sentido en su propia vida, y les haga pasar un momento ameno.

Nada más.


«La culpa de Eva fue la de querer conocer, experimentar, investigar, con sus propias fuerzas, las leyes que reglan el universo, la tierra, su propio cuerpo, de rechazar las doctrinas impuestas desde arriba, en unas palabras Eva representa la curiosidad de la ciencia contra la pasiva aceptación de la fe.»

Margherita Hack (Astrofísica y divulgadora científica, 1922-2013)
                                                                                                                            
………………………………………………………………………………………………….

………………………………………………………………………………………………….


► Podés seguir las nuevas notas y novedades (además de humor y críticas de cine) en mi fan—page: http://www.facebook.com/sivoriluciano. Si te gustó, ¡compartilo o deja un comentario!
Quizás te pueda llegar a interesar...