En Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius –uno de los relatos más influyentes de Jorge Luis Borges– una antigua sociedad
secreta conspira para crear un universo completamente ficcional. Éste es
descubierto por el narrador (el mismo Borges) en la forma de una enciclopedia
apócrifa que describe la imaginaria nación de Uqbar y la mitología de la tierra
de Tlön. El plan es recrear a la Tierra en forma de Tlön convenciendo a todos,
de manera subconsciente, de que es real.
El mundo de ficción imaginado por Bioy Casares consiste en una
composición equilibrada de magia y ciencia. En este sentido, la colección de
cuentos Historias desaforadas (1986)
es un fiel exponente de la literatura “casariana” (me acabo de inventar esa
palabra. Si existe borgiano y kafkiano, ¿por qué no casariano?).
En la antología se entremezclan curas milagrosas
para la calvicie (con efectos secundarios peligrosos) con edificios que están
en el límite del universo, complejas enfermedades mentales, búsquedas
implacables contra la vejez, cines de feria que exponen el alma de quien mira y
dobles en otras ciudades del mundo.
Todas las temáticas recurrentes del autor están
presentes, en mayor o menor medida, en alguno de los diez relatos que componen el
libro: los viajes, los desamores (el amor como tragedia), la búsqueda de la
inmortalidad, la inútil lucha contra la vejez, los límites de la ciencia, etc.
Soy un enamorado de la escritura de Bioy Casares.
Creo que esta obra está escrita con la misma maestría que caracterizó a su pluma durante toda su carrera. Sus historias son siempre creativas, impredecibles, sensibles. Están pinceladas con cierto intelectualismo porteño y mucho humor satírico, dos de las marcas personales del escritor.
Sin embargo, en esta oportunidad rescaté apenas un puñado de relatos que me parecieron verdaderamente memorables. Acá el autor no me voló tanto la cabeza como sí lo hizo con todas y cada una de sus novelas.
***
***
Los mejores relatos
de Historias Desaforadas
Como toda antología, hay relatos que gustan más que
otros. De los diez cuentos presentes destaco especialmente
cuatro.
Planes para una fuga al Carmelo
es una historia de romance y ciencia ficción sobresaliente; Trío muestra tres episodios
interconectados sobre la temática del desamor (se dice que uno de ellos es
autobiográfico), Historia Desaforada
nos pone cara a cara con el género de terror científico, al mejor estilo
“Frankenstein” y Máscaras Venecianas (quizás
su mejor relato) trabaja la temática de los doppelgängers –el doble
fantasmagórico de una persona viva– de una manera fascinante.
Los seis restantes tienen todos sus puntos de
interés, pero no creo que vaya a recordarlos como lo mejor de Bioy Casares. No
lograron llevarme a esa sensación de desconcierto absoluto donde quedo por varios
días reprocesando en mi cabeza lo que acabo de leer.
Lo bueno es que hay de todo y para todos los
gustos. Algunas tramas son más románticas, otras más fantásticas. Un par tienen
un corte de terror (El Nóumeno) o
policial (La rata o una llave para la conducta).
Tiene cuentos muy breves y otros que son, prácticamente, novelas cortas.
En la mayoría de los relatos de Historias Desaforadas hay un narrador en
primera persona, testigo o protagonista, sin nombre, que bien podría ser el
mismo Bioy. El autor mencionó, de hecho, que hay una buena cantidad de
elementos personales y biográficos en estos relatos.
Otro punto en común entre todos estos textos es el
tema del viaje. Un viaje que, en su gran parte, es literal, físico. Los
personajes recorren varios de Europa (Alemania, Holanda, Italia, etc, etc) y
también transitan por zonas escondidas de Buenos Aires o pueblos perdidos de
Argentina.
A excepción de uno o dos cuentos que sostienen una
única locación, en casi todos existe un peregrinaje que fusiona, en un mismo
personaje, al viajero y al investigador, ambos en busca de alguna verdad o un
aspecto de la realidad determinado.
Es sólo a partir de esa simbiosis particular entre
viajero e investigador que el narrador logra hallar el motivo de su propio
existir, sea para entender la imposibilidad de un reencuentro amoroso o para
hallarse, cara a cara, con su angustioso final.
El doble en
“Máscaras Venecianas”
De nuevo, si tengo recomendar que lean uno solo de
esta colección, que sea Máscaras
Venecianas. Si bien es un cuento lineal sin dificultades narrativas ni
riesgos formales, creo que es el que más permite cortar la tela. Es el que más
nos invita a desarmarlo y repensarlo.
Máscaras
venecianas pertenece al mismo género fantástico en el que se incluyen
novelas como “La invención de Morel” y “Dormir al sol”. En esta caso se trabaja
la idea de la clonación de seres humanos por métodos científicos y la
posibilidad, casi mágica, de que exista una persona exactamente igual que nosotros
en otro rincón del mundo.
Bioy Casares aprovecha un cuento muy redondito para
explorar las posibilidades psicológicas de un clon y realizar especulación
ficcional.
Después de enterarse de una rara enfermedad y de
separarse de Daniela, la mujer de su
vida, el narrador-protagonista planifica un viaje a Italia. Por esas cuestiones
misteriosas de la vida, llega a Venecia en pleno carnaval, un contexto idóneo
para el desarrollo del argumento ya que el lector se ubica en aquella ciudad
disfrazada, ornamentada, festiva, donde todos pueden ser otras personas detrás
de máscaras de arlequines y colombinas.
Me encantó cómo el autor utilizó la ironía
dramática para enfatizar el viaje del protagonista, quien ahora se siente
partícipe del gran teatro que es recorrer las calles de Venecia durante los
días de Carnaval.
En su deambular, ingresa a un teatro (un teatro
dentro del teatro que es Venecia) y se topa con una mujer idéntica a Daniela.
¿Es ella o es su doble exacto?
Hasta las últimas líneas del relato hay un juego
constante de máscaras ocultas, abriendo la ficción a múltiples lecturas.
Palabras
finales
El magistral y pulido estilo de Bioy Casares está
presente en Historias desaforadas. Si
bien no los encontré todos excelentes, sus relatos tienen algo interesante para
decir. Se mezclan mundos llenos de tragedias amorosas e inventos científicos de
soluciones prodigiosas, fenómenos extraños (sobrenaturales, incluso),
peregrinajes metafísicos y otros tantos hechos extraordinarios.
Disfruté mucho de su lectura, especialmente porque
hay tres o cuatro cuentos que me gustaron mucho y me los llevo conmigo. El
libro completo puede encontrarse fácilmente en Internet y en formato e-book.
Yo leí la hermosa versión en papel de la Biblioteca Esencial publicada por La Nación, que formó parte de las diez
entregas que publicó el diario con todas las facetas literarias del autor
argentino.
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Fue por
esa época que comenzaron a editar y dirigir una serie policíaca que fue fabulosa
y duraría diez años: El Séptimo Círculo
(el círculo de los violentos en el infierno de Dante).
De aquella colección salieron obras policiales y
detectivescas de primer nivel. Entre ellas, Los
que aman, odian, la única novela policial escrita conjuntamente entre
Adolfo Bioy Casares y Silvina
Ocampo, con quien Bioy se había casado en 1940 (con Borges entre los testigos),
Al inicio de la novela, el particular doctor Humberto Huberman (narrador y
protagonista) anuncia que va a relatar “la historia del asesinato de Bosque del
Mar”.
Con ese gancho preliminar, comienzan a generarse una serie de
interrogantes cuyas posibles respuestas van a ir cambiando a medida que se expone
nueva información y se presentan algunos ingeniosos giros argumentales.
***
En esta nota voy a estar reseñando Los que aman, odian pero sin destapar grandes
momentos de la trama. Por lo tanto, si bien hay un necesario #SpoilerAlert,
pueden quedarse tranquilos de que no voy a decir que el asesino es Jack, el
forastero.
***
► DESCARGAR “Los que aman, odian” en versión PDF: LINK
ACÁ.
***
La novela está escrita con fina ironía y un tono
paródico que recuerda a obras como Seis
Problemas para Isidro Parodi (que
ya reseñé en el blog). Si bien en aquella oportunidad Bioy Casares escribió
junto a Borges, acá lo hizo con su mujer.
La historia se compone de 34 capítulos breves narrados
por el egocéntrico y maniático doctor Humberto Huberman, quien hace el rol de
John Watson, testigo de los incidentes que suceden en el hotel.
Huberman es un personaje fascinante, absolutamente
desinteresado por el prójimo, adicto a las citas literarias y a los glóbulos de
arsénico. Escribe la narración como una crónica para las amigas de su madre (tristemente,
sus únicas amigas). Sus curtidos hábitos hacia la comida y comentarios
conservadores lo colocan a un nivel de persona culta y refinada, lo que
nosotros veríamos directamente como un “nariz parada”. Sin embargo,
progresivamente, ineludiblemente, se va metiendo en el misterio en el cual se
ve envuelto de casualidad.
Sorprende su nombre: Humberto Huberman es prácticamente
homónimo del narrador de Lolita de
Nabokov (publicada diez años después),
llamado Humbert Humbert. Aunque estos personajes no tienen absolutamente nada
que ver.
***
¿Nabokov habrá leído policiales argentinos?
Comencemos por el principio: Bosque de Mar es un
balneario solitario, tan alejado de la civilización que funciona técnicamente
como un cuarto cerrado donde nadie puede salir ni entrar con facilidad. Esto
implica que cuando el muerto se hace presente, el asesino tiene que estar,
indudablemente, entre los invitados.
Así que, en aquel lugar frente a un agitado océano
tenemos, por lo menos a un muerto y a un asesino, con las típicas dosis de
intriga y ambigüedades que caracterizan al género, con la culpabilidad
salteando de un personaje a otro y las astutas deducciones detectivescas que
llevan a cabo los protagonistas.
La historia es llevadera y se prolonga apenas lo
necesario. Con no más de 149 páginas, se lee muy rápido.
Un aspecto curioso es
que los autores se tomaron el trabajo de presentar toda la situación y detallar
a los personajes antes de disparar el conflicto. El verdadero enigma aparece
como a un tercio de la historia.
Recuerdo que, allá por el 2003, Marta Dominguez –una de las editoras en
EdiUNS de mi primera novela Un
verano para recordar (nunca me convenció ese título)– mencionó que mi obra
le recordaba parcialmente a “Los que
aman, odian”.
En palabras suyas:
«Al
iniciar la lectura, Un Verano para Recordar se perfila como una novela
sentimental semejante a “Rosaura a las Diez”, de Marco Denevi, y por la
lentitud en la presentación de los personajes y el ambiente, con la novela de Adolfo
Bioy Casares y Silvina Ocampo, “Los que aman, odian”.»
Varios años después, comprendo por qué mi historia
le pudo recordar a esta novela, si bien creo que esta última cuenta con una
calidad literaria a la cual yo sólo puedo aspirar.
Las cuestión es que Humberto Huberman llega a Bosque de Mar con la idea de tomarse unas
vacaciones y aprovechar el retiro para escribir un guión cinematográfico. Precisamente
allí, en aquel nido repleto de arenales, tormentas, cangrejos y un océano
furioso, ocurre el envenenamiento de Mary,
una de las hospedadas. Su hermana Emilia
(interés romántico del protagonista, y que curiosamente comparte nombre con un
personaje de mi novela también) es la principal sospechosa.
Todos los invitados y el personal del hotel, junto
a un par de gendarmes y el comisario Raimundo
Aubry, quedan encerrados en el lugar, mientras intentan descubrir si se trató
de un suicidio o un homicidio.
Mary —envenenada con estricnina disuelta en una
taza de chocolate— es la sobrina del dueño del hotel, solterona y traductora obsesiva
de obras policíacas. Siempre llevaba consigo todos los libros traducidos por ella, versiones
originales y hasta pruebas de imprenta. Este detalle puede parecer
insignificante, pero tiene un peso decisivo en la investigación.
Esto es lo
interesante de Los que aman, odian. Datos
que parecen intrascendentes al principio tienen un porqué. En ese sentido, hay
que prestarle atención a todo.
Ocampo y Bioy Casares trabajaron
como traductores literarios en la vida real, por lo que el personaje de Mary es
también una referencia metatextual. La novela muestra cómo se ejercía esa
profesión de una manera muy artesanal en aquellos años.
Creo que fanáticos del estilo tradicional de Agatha Christie pueden disfrutar ampliamente de esta historia, que es básicamente un policial inglés que transcurre en Argentina, en la década del cuarenta. La muerte críptica, el elenco de sospechosos y la sorprendente resolución final son elementos presentes, aunque el toque humorístico podría hacer que se considere a esta obra como una parodia de las novelas policiales de la época.
Por último, hay que destacar la correcta ambientación. Bosque de Mar tiene un tinte oscuro, y en algún
punto resuena la isla de La Invención de
Morel:
"Se
abrió ante nosotros la más horrenda y desesperada visión:
una
playa estremecida de cangrejos, negra, viscosa, interminable".
***
Palabras finales
Los
que aman, odian satisface a cualquier aficionado al género, si bien la
trama es más o menos simple. Se trata de un viaje fascinante hacia lo más
oscuro de las pasiones humanas: odio, venganza, endivia. Los conflictos y deseos
de cada personaje se va exteriorizando a lo largo de la historia. El título (si
bien es equívoco y ambiguo) cobra especial sentido cuando se revela el
desenlace del misterio. En todo caso, está escrita con una soberbia tal que
deja el distintivo sabor a buena literatura.
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Argentina tiene una rica historia en obras de
ciencia ficción, pero no específicamente en el cine. Novelas como “La invención de Morel” (que
ya reseñé en el blog) o los textos de autores como Alejandro Alonso (“La
ruta a Trascendencia” es genial), Ana
María Shua y Alberto Laiseca han
recibido gran reconocimiento de la crítica.
Mientras que, en materia de cómics, “El Eternauta” (de Oesterheld) es la gran historieta de ciencia ficción argentina, la
revista digital Axxón (una de mis
favoritas) recopila a grandes autores argentinos de fantasía y sci-fi.
Jorge Luis
Borges nunca fue específicamente un autor de ciencia ficción, aunque
algunos de sus relatos podrían caer dentro de esa categoría. Entre ellos, a lo
mejor, está "Tlön, Uqbar, Orbis
Tertius", aquel delirio casi existencial que nos habla de un mundo
imaginario en el cual se convertirá la Tierra en algunas pocas generaciones.
Borges se interesó por este género y hasta llegó a
escribir el prólogo de Crónicas Marcianas
(de Ray Bradbury) para la edición de
Minotauro de 1955, uno de los
primeros ensayos “críticos” argentinos sobre una novela de ciencia ficción.
En el cine, sin embargo, Argentina se quedó un poco
detrás, y no es especialmente recordada por su participación en el género.
Existen, de todas formas, algunas producciones para destacar o que,
simplemente, son demasiado curiosas como para dejarlas pasar.
Se comenta que la primera película de ciencia
ficción en la Argentina apareció en 1942.
Se trata de “Una luz en la ventana”,
de Manuel Romero que también
contiene elementos de terror. Está completa y disponible en Youtube. El
protagonista es un científico con acromegalia (aumento de tamaño en manos,
pies, etc.) a la espera de un trasplante.
También en blanco y negro, aunque más actual, es “La Antena” (2007), una película que tuve la suerte de encontrar por casualidad
y que me voló la cabeza.
Esta obra del director Esteban Sapir se encuentra entre mis preferidas de todos los
tiempos.
Funciona como una suerte de reinterpretación de “Metrópolis” (1929), la célebre película de ciencia ficción perteneciente al
expresionismo alemán. En este caso estamos ante una ciudad gris a la que se le
quitó el habla. El responsable es un gánster poderoso. Un ex empleado de un
canal de TV intentará evitarlo, al mismo tiempo que protege a un chico que
parece ser el único con la capacidad de emitir palabras.
Es una historia estéticamente impresionante (para
el cine argentino) que se trabaja como un policial negro.
Tiene cosas muy
locas, como las onomatopeyas que salen disparadas de los rifles cuando los
criminales disparan.
Debido a las limitaciones económicas, y los
desafíos técnicos y visuales que suele presentar el género, el sci-fi argentino
siempre prefirió plasmar historias más existenciales e introspectivas, antes
que espectaculares shows visuales como los americanos.
Así surgieron pequeñas películas de culto que son
verdaderamente grandiosas. “Hombre
mirando al sudeste” (1986), de Eliseo Subiela, es una de ellas. Si
bien esta historia no es puntualmente de ciencia ficción, tenemos a un hombre que
afirma ser un mensajero de otro planeta y algunos eventos inexplicables que
ocurren dentro de un hospital psiquiátrico.
Del mismo estilo introspectivo son “Moebius” (1996), de Gustavo Mosquera
e “Invasión” (1969), de Hugo Santiago.
La primera es el misterio de un tren subterráneo que desaparece, con 30
pasajeros a bordo, de la noche a la mañana. Si bien es una remake de una cinta alemana
de 1993, en Argentina funciona especialmente por su valor simbólico (el leit motiv de las películas post- años
´70 es, indiscutiblemente, las secuelas de la dictadura militar).
La segunda, Invasión,
es una gema escondida. Aunque admito que me resultó pesada por momentos, no
puedo negar su atractivo estético. Se trata de un guión co-escrito por Adolfo
Bioy Casares y Jorge Luis Borges (es decir: por Bustos Domeck).
La musicalización contiene tangos de Aníbal Troilo
y está localizada en una ficcional Aquilea, un Buenos Aires laberíntico y con
un aire indudablemente borgiano. Los habitantes buscan impedir una invasión –que
recuerda a la Guerra de Troya– de seres que se visten y comportan como
nosotros.
Invasión
es genial por su carácter simbólico y estético, pero puede llegar a ser
bastante bodrio, sinceramente hablando. Ambas se encuentran disponibles en
Internet para ver online.
Tengo que ver todavía “La sonámbula” (1998), de
Fernando Spiner, que es considerada
entre las mejores del género también. Relata una historia en un futuro incierto
de Buenos Aires futurista, con referencias a esa película gigante que es Brazil (1985), de Terry Gilliam.
Como es de esperarse, simultáneamente existió una
gran cantidad de cine de ciencia ficción bizarro o “clase B” en Argentina. Son
películas muy curiosas que uno puede encontrarse en canales como I-SAT.
Por ejemplo, tenemos nuestra propia versión de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (“El extraño caso del Hombre y la Bestia”,
1951, Mario Soficci). Lo más loco es
que se argentinizaron los nombres de los protagonistas, así que tenemos a
Enrique Yequil y Eduardo Jaid.
“Plaga Zombie”
(1997, Pablo Parés) es un poco más actual y fusiona el terror con la comedia.
Hay que tener cuidado, porque es de
bajísimo presupuesto. Sin embargo, todavía mantiene su status de culto,
particularmente entre los fanáticos del cine gore.
Varios años antes, en 1965, hubo otra invasión similar. “Extraña invasión” fue una coproducción con Estados Unidos donde una
enigmática interferencia que comienza a
producirse en las señales de TV convierte a los espectadores en zombies. Los
años siguientes se caracterizaron por la aparición de cine berreta que
ridiculizó al género y, ocasionalmente, tuvo varios toques de erotismo.
Se
podían ver muchas de esas películas en el programa de los cuervos (Cine Zeta) de I-SAT.
Sí me parece más atractivo, y todavía no me pude
sentar a ver, el trabajo de Eliseo
Subiela en “No te mueras sin decirme
adónde vas” (1995), donde
un científico es el fabricante de una máquina para visualizar sueños, pero lo
que termina encontrando es a un fantasma del cual se enamora.
Así que quizás no haya gran variedad de películas
sci-fi de origen argentino, pero creo que hay algo para cada tipo de fan del
género. Particularmente, yo recomiendo revisar “La antena” y “Hombre mirando
al sudeste”, dos de las mejores producciones argentinas que alguna vez se hicieron
en mi país.
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Sigo en plan de leer todas las novelas de Adolfo Bioy Casares. Primero fue la
fascinante obra “La invención de Morel”
(que
ya reseñé en este post) y luego le tocó el turno a “El
sueño de los héroes”, que también tiene mérito propio. En esta ocasión
vamos a analizar un poquito “Dormir al Sol” y algunos de los fascinantes temas
que explora.
“Dormir al
Sol” es el tipo de historia en la que las sutilezas de la trama están por
encima de sus propios giros argumentales. La narración fluye metódicamente y, a
medida que se va desarrollando, nos va abriendo cada vez más los ojos, nos
interroga, nos cuestiona.
El texto –escrito a modo de diario, en forma de
prosa y con capítulos breves– fue
publicado en 1973. Pertenece a una
etapa del autor que comenzó en 1954
con El sueño de los héroes. A partir
de ahí, sus obran fueron menos surrealistas y ahondaron más en los típicos
personajes de los años ´20 y ´30, en las costumbres de los barrios porteños de
la época y en la perspectiva más popular.
La novela es narrada por Lucho Bordenave, un relojero de barrio que vive con su mujer Diana, y con Ceferina (la empleada que cumple el rol de madre).
Luego de conocer
a Standle, un domesticador de
perros, éste lo convence de que Diana está enferma y debe internarse en el
Instituto Frenopático de Reger Samaniego.
Cuando se la devuelven, Lucho comienza a
dudar de si la persona que regresó es la misma que él dejó ir en un principio.
¿De qué va la historia?
Desde un primer momento, el narrador nos condiciona
para sentirnos parte de su situación desesperada, la que narra a un amigo de la
infancia (Félix Ramos) con muchísima
precisión.
“Voy
a contarle mi historia desde el principio y trataré de ser claro,
porque
necesito que usted me entienda y me crea.”
***
#SpoilerAlert. A partir de acá se revelan detalles fundamentales de la trama. Si
no leyeron la novela (o no vieron la película) y no quieren enterarse de qué
va, este sería el punto para detenerse. Ahora sí.
Seguimos.
***
Al poco tiempo de internar a su mujer, Lucho la quiere de vuelta; pero una cadena de postergaciones envuelve al protagonista en sucesos misteriosos.
Su cuñada (Adriana María) es igual a su mujer, físicamente hablando, aunque tiene color de pelo diferente. Adopta a un perro que, oportunamente, se llama también Diana. Encuentra a personas extrañas merodeando por su patio y, como si fuera poco, cada vez que insiste en que le devuelvan a su esposa, los médicos lo confunden con sus razonamientos.
Solo en las últimas páginas conocemos la verdad
sobre el fantástico cambio de almas y
cuerpos que Lucho termina sufriendo en carne propia. Y también sobre el
final entendemos la frase que sirve de título (“Dormir al Sol”). El Dr. Samaniego le explica a Lucho los
diferentes métodos para facilitar el sueño. Al parecer, el más adecuado
consiste en imaginar a un perro que duerme bajo el sol sobre "una balsa que navega lentamente aguas abajo,
por un río ancho y tranquilo".
Una curiosidad de la novela es que el lumbardo
utilizado le complicó a Bioy Casares
la escritura, así que le dictó el borrador a una amiga de su hija. Por otra
parte, su amiga Rosie Airas le propuso que el primer capítulo de su novela
fuera al final, lo que le pareció una excelente idea. Es el correspondiente a Félix
Ramos.
El elemento fantástico
¿En qué momento aparece el elemento fantástico en Dormir al Sol? Este es uno de los tópicos
más debatidos de la obra. Está claro que la trama fantástica se entremezcla con
los elementos realistas de la novela, otorgados por el lenguaje porteño
coloquial. ¿Pero cuando se pone en evidencia el verdadero elemento del género
fantástico?
Todorov
(en Introducción a la literatura
fantástica) postulaba que lo fantástico surge cuando en un mundo
familiar se produce un acontecimiento que no se puede explicar por las
leyes de ese mundo. A mi parecer, esto sucede recién sobre el final, cuando nos
enteramos de que Samaniego logró
intercambiar almas y cuerpos entre personas y otros seres vivientes (como los
perros).
“Lo
esencial es que logramos aislar el alma, sacarla si está enferma, curarla
fuera del cuerpo.
(…) La traspasamos a una perra de caza (…) que elegimos
por ser de índole tranquila,
y mantuvimos
el cuerpo a baja temperatura.”
Los cuerpos y las almas son separables después de
este sorprendente hallazgo médico. El problema reside en saber si el resultado
de la operación devuelve el mismo objeto que entró al sanatorio, si existe una
continuidad entre ellos. (Algo así como una alegoría al mito del Barco de Teseo.)
Sin embargo, para que lo fantástico se dé, todo el
tiempo debe existir la vacilación, la incertidumbre. El lector tiene que poder considerar
el mundo de los personajes como real y vacilar entre la explicación natural
y la sobrenatural de los acontecimientos. Esta vacilación, en efecto, es
uno de los grandes temas de la obra.
Lucho Bordenave
narra hechos tan insólitos que nosotros, como lectores, dudamos al tratar
de decidir si creerle o no. Esta indecisión está muy presente en Dormir al Sol. Algunos críticos
también consideran que Lucho es un narrador poco confiable.
Por ejemplo,
es curioso que, aun distanciado de Ramos, sea precisamente a él a quien le
envíe todo su detallado informe.
Dos lecturas de una misma obra:
creerle o no
De la mano con el pasaje anterior, tenemos el
debate de si podemos considerar verídicos los inexplicables hechos narrados por
Lucho. La novela permite leerse suponiendo que el protagonista es, en realidad,
un esquizofrénico. Hay varias pistas
que podrían indicar que el protagonista tiene síntomas de esta enfermedad.
El narrador podría ser un enfermo mental: tiene
sueños vívidos en los que habla con su perra, utiliza frases demasiado rebuscadas, es extremadamente
inseguro y tiene problemas en sus relaciones de afecto. Lo que es más, Lucho
está continuamente intentando justificar su accionar y está obsesionado por saber
que ama realmente de su mujer, su alma o su cuerpo. Su visión de Diana es fraccionada
y bien podría suceder lo mismo con su
visión del mundo.
A su vez, los dobles presentes en la novela sirven para apoyar cualquiera
de estas dos lecturas. La dualidad
es otro tema muy presente en la obra: alma/cuerpo, Diana/perro_Diana,
Diana/AdrianaMaría, etc.
Hay críticos que consideran esencial la presencia
de estos dobles de Diana. No solo encontramos a la perra Diana (que porta el alma sustraída de la mujer del
protagonista) y a Adriana María (su hermana), sino también la Diana que regresa
“curada” es un doble, e incluso Elvira
(la esposa de Aldini) que también es
encerrada en el mismo lugar.
Los dobles en la historia tienen el rol de provocar
aún más inquietud e incertidumbre, y resaltan la constante distinción que Lucho
hace entre el alma y el cuerpo de su esposa.
El rol de
los perros
En Dormir al
sol, los perros son el medio de transporte
de las almas, pero además juegan un papel importante dentro de la historia.
La obsesión de Diana por ellos es la que la conduce finalmente al Frenopático
donde pierde su alma. Asimismo, contamos con la presencia de la perra Diana y
la obra nos hace pensar que el alma humana puede apaptarse a un sinfín de
circunstancias, incluso a la de vivir en el cuerpo desconocido de un canino.
En lo personal, me pareció loco que simultáneamente
estaba leyendo La insoportable levedad
del ser (que
reseñé acá), y ambas novelas tienen este elemento en común: la importancia
que se le da a los perros. En la novela de Milan
Kundera, de hecho, Karenin es un
personaje más que hasta tiene toda una parte dedicada a él.
Bioy Casares y Kakfa
Adolfo Bioy
Casares escribía de forma muy social, siempre comentando sus textos con
amigos. Hay un muy interesante libro que recopila entrevistas donde él habla de
su escritura (“Sobre la escritura:
conversaciones en el taller literario”, de Félix della Paolera). Ahí comenta sobre la búsqueda de la
originalidad, sobre la concentración a la hora de escribir o sobre la pérdida
de identidad al escribir. Si no lo leyeron, es un librito muy interesante.
Pero a lo que quiero llegar es que Bioy Casares no sabía que estaba
haciendo ciencia ficción cuando escribió La
invención de Morel. Y muchas veces escribió textos sin saber que las
historias ya existían en otro lugares. Asimismo, creo que Adolfo tuvo mucho
en común con Kafka a la hora de narrar, quizás hasta sin saberlo.
Kafka siempre tendió a narrar los eventos desde
afuera, mientras que los libros de Bioy son más íntimos y toman forma de
documentos dejados para que nosotros los descubramos. Dormir al Sol es una larga carta a un amigo, quizás un diario, o
quizás un documento de evidencias. Los protagonistas de Bioy son escapistas,
personajes que buscan evadir la realidad, mientras que los de Kakfa quieren
participar del mundo, pero su mala suerte o la lógica de su situación no se los
permite.
El punto en común, creo, es que los personajes de
Bioy y de Kafka son personas ordinarias, trabajadoras, de barrio, inmersas en
un contexto perturbador. Su drama consiste en luchar para aceptar la nueva
lógica que reina en sus mundos, ya sea acostumbrarse a vivir como un insecto, o
a vivir con una mujer sin alma. Ambos autores son representantes del género
surrealista en sus países (Argentina y República Checa), aunque Bioy lo dejó
más tarde para dedicarse a lo fantástico. Sin embargo, no es coincidencia que
las historias de ambos terminen siempre en catástrofes.
Pensé en Kafka
y en Bioy porque compré “Un médico rural”, y es el próximo libro
que voy a encarar. Creo que ambos habrían sido buenos amigos.
Palabras finales
Este post no
pretende ser un riguroso análisis literario ni un ensayo crítico.
Simplemente elegí tomar tres o cuatro temas de la novela que me resultaron más
interesantes para comentarlos.
Trato de aclararlo siempre porque muchos chicos
de secundaria me mandan mails diciendo que “tal texto le sirvió mucho para un
trabajo” y me envían otras preguntas adicionales. (Fuera de joda).
Me encantó el final de Dormir al Sol. No conocemos el destino del narrador (se ve incapacitado
a terminar su historia porque le roban su alma), pero la parte
correspondiente a Félix Ramos nos
proporciona los datos restantes. Descubrimos qué le pasó a Bordenave aunque al
segundo narrador no le quede nada claro ni pueda afirmar si lo que leyó fue
verdadero o no. Impecable.
Sin duda, es posible desarrollar todos los puntos
que toqué y ampliarlos hasta crear una tesis con cada uno de ellos. Ese nivel
de complejidad manejaba Bioy Casares
en sus obras, y es la calidad con la que se viene manteniendo en cada novela
que leí de él.
Queda en nosotros leer la novela suponiendo que
todo lo narrado es producto de una mente esquizofrénica que mezcla la realidad
con sus alucinaciones, o un hecho tan trágico como real. ¡Hasta la próxima!
►BONUS TRACK. “Dormir al Sol” (de Bioy
Casares) en su versión cinematográfica. Todavía la debo a esta película de
Alejandro Chomski del 2012: https://youtu.be/NnvZOl15gpQ
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Bustos Domecq –a través de su célebre don Isidro Parodi– se burló de la
literatura detectivesca, al mismo tiempo que creó una serie de relatos que brindan
un claro homenaje a los tres detectives más importantes de la ficción. Me
refiero, claro, al padre Brown de Chesterton, al Sherlock Holmes de Arthur
Conan Doyle y al primer
detective de la literatura: Auguste Dupin de Edgar Allan Poe. Isidro Parodi es, en
esencia, una combinación de estos tres trastocados personajes.
Pero vayamos por parte.
Bustos Domecq, como autor, es un
ejemplo de ficción colaborativa, quizás el más interesante de Argentina.
Creado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, Domecq no es el uno ni el
otro. “Seis problemas para Don Isidro
Parodi” (1942) es el primero de
tres libros que narra los misterios resueltos por un hombre injustamente encarcelado.
Sus amigos (y amigos de amigos) llegan a la celda para relatar crímenes no
resueltos y él brinda la solución a cada enigma sin siquiera salir de su
recinto.
► “Seis
problemas para Isidro Parodi” (1942) en versión PDF para descargar: http://goo.gl/4IV0jk
Un homenaje a tres grandes detectives
Cada una de las historias
incluidas en “Seis problemas...” tiene un modelo similar: Parodi es un
peluquero encarcelado por un asesinato que no cometió y con un increíble olfato
policial. Famoso por esto, en capa relato recibe en su celda a diversos
personajes relacionados con algún tipo de crimen.
Esta extraña estructura (similar,
quizás, a “El silencio de los inocentes”)
permite que don Isidro (y, por consiguiente, los lectores) acceda a los
universos más bizarros. El homenaje a Dupin
acá se hace evidente: él también resolvía sus crímenes a partir de relatos,
cartas o crónicas. Su aspecto físico (él
es obeso e, inevitablemente, sedentario) recuerda muchísimo al Padre Brown. Por otra parte, al igual
que el Padre Brown, Parodi nos brinda la respuesta al problema, pero nunca
confronta al criminal. No le interesa. Simplemente expone la verdad a través del
uso de su inteligencia.
Quizás Holmes sea el más distinto a Parodi de los 3 detectives. Sí, la
fama de Parodi hace que sus “clientes” vayan a visitarlo directamente a él y le
planteen sus asuntos. Sin embargo, el trabajo de Holmes siempre se caracterizó
por ser un estudio de campo, un análisis de la resolución a través de la
deducción y el razonamiento. Parodi solo tiene el hecho reseñado, subjetivo.
Pero la parodia, y la
deconstrucción del género detectivesco, reside en este hecho: Parodi consigue
atar los cabos sueltos y determinar las verdaderas culpabilidades sin necesidad
(sin posibilidad) de moverse de su celda.
Y la gran ironía, la gran paradoja,
es que puede resolver intrincadas problemas criminales, pero es incapaz de demostrar su propia inocencia.
► “Borges
y el relato policial”, resumen de un texto de Gutiérrez Carbajo: http://goo.gl/PJ8gmH
Los seis problemas de Parodi (sin spoilers)
El primer relato, “Las doce figuras del mundo”, es mi gran favorito.
Aquiles Molinari cree haber matado
al doctor Abenjaldún en una
ceremonia de iniciación de un extraño culto. Le sigue “Las noches de Goliadkin”, donde Gervasio Montenegro narra el robo de una joya ocurrido en un tren. “El dios de los toros” nos envuelve en
una trama sobre cartas robadas. También está “Las previsiones de Sangiácomo”, sobre unas curiosas muertes, “La víctima de Tadeo Limardo”, sobre un “hecho
de sangre” ocurrido en un motel de mala muerte y, por último, “La prolongada búsqueda de Tai An”, que es
un caso sobre el robo un talismán sagrado, y unos cadáveres cuya muerte es
inexplicable.
Lo cierto es que lo más
interesante no es la resolución de cada caso, sino la galería de hechos, lugares
y personas de los años 30 y 40 que ambientan cada narración. Otro detalle es
que los narradores hablan “mejor” o “peor” de acuerdo a su nivel social, y que
las historias están plagadas de lunfardo, argentinismo de la época. Nunca vi en
Borges o en Bioy Casares tanto lunfardo como el que utilizan en “Seis problemas...”.
Bustos Domecq se burla de todo:
del contexto social y cultural del momento, de las narraciones policiales y de
los estereotipos de la época. La compleja premisa sirve como anillo al dedo
deshacer y reconstruir el tradicional género de enigma.
Un aspecto que me pareció
cautivante es que los cuentos se pueden leer de forma independiente, ya que la
novela contiene seis episodios de antología, aparentemente independientes. Sin
embargo, personas de otros relatos aparecen en los siguientes, y en algunos hasta
se pueda apreciar cierta evolución, cierta construcción de personajes.
¿Vale la pena leerlo? Una opinión personal
Y acá es donde, probablemente, mi
post se vuelva mucho menos objetivo de lo que siempre intento imponer. Estoy
convencido de que “Seis problemas para
don Isidro Parodi” esconde más guiños y bromas de las que pude apreciar.
Entiendo que funciona como parodia del género y como deconstrucción del mismo.
Capto los homenajes a los tres famosos detectives de la literatura...
... pero no puedo recomendar esta
novela. No puedo hacerlo porque es, verdaderamente, un bodrio. El libro es
extenso, aburrido y difícil de digerir.
Esperaba que las historias fueran
más impactantes, pero terminan abundando en detalles, descripciones y anécdotas
que no atrapan en lo más mínimo. Los primeros dos cuentos (“Las doce figuras del mundo” y “Las noches de Goliadkin”) están muy
bien, establecen el formato y mantienen el suspenso de principio a fin. Pero
las otras cuatro son pesadas y su conclusión no me voló la cabeza como habría
esperado.
Siempre digo que odio aburrirme
con la literatura (odio aburrirme, directamente)... pero una vez que ya lo
había comenzado, era tarde. El problema es que también odio dejar las cosas por
la mitad, y no suelo hacerlo.
Los relatos incluidos en “Seis problemas” son parte de un valioso
testimonio de escritura conjunta. Esta particular amalgama de un autor de
cuentos entre filosóficos y policiales (Borges)
y un autor de novelas fantásticas (Bioy
Casares) dio como resultado a un Bustos Domecq que tiene independencia
absoluta, y cuya escritura se balancea entre la crítica burlesca y el policial
clásico inglés de Chesterton.
Creo que ambos escritores pudieron
compactar diversos aspectos de la sociedad argentina de los años 40. Si uno
quiere poder vivir ese peculiar experimento literario, entonces sí valdría la
pena comerse esta novela. Sin embargo, quienes solo buscan un entretenimiento
detectivesco ligero, pueden leer las primeras dos historias y conformarse con
ellas.
¡Hasta la próxima!
***
BONUS TRACKS: les comparto dos textos
que me gustaron mucho y tiene que ver con el tema.
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