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lunes, 24 de junio de 2024

La literatura patagónica de Cristian Perfumo

 

Cristian Perfumo escribe thrillers policiales ambientados en la Patagonia. Durante una escapadita familiar a Necochea el finde pasado, aproveché a leer alguno de sus relatos. En esta nota les dejo mis impresiones de “Cuentos inéditos”, tres buenísimos textos policiales.


viernes, 19 de junio de 2020

La desagradable profesión de Robert Heinlein



Robert Heinlein es ampliamente considerado como uno de los escritores más influyentes e icónicos de la ficción especulativa del siglo XX. La crítica suele incluirlo entre los “Tres Grandes de la Ciencia Ficción” junto a Arthur Clarke e Isaac Asimov. En La desagradable ocupación de Jonathan Hoag, novela que ocupa la nota de hoy, el autor presenta una atractiva amalgama entre sci-fi y novela detectivesca.


martes, 24 de septiembre de 2019

“Los Crímenes de Alicia”, una novela de Guillermo Martínez


Guillermo Martínez es el escritor más reconocido que vio nacer mi ciudad de Bahía Blanca. Sus trabajos han cosechado éxito alrededor del mundo y Crímenes Imperceptibles (su obra más popular) hasta tuvo una adaptación cinematográfica en 2008. Su último trabajo es un astuto recorrido por la vida secreta de Lewis Carroll. El libro combina una ingeniosa trama policial con el intertexto más famoso de la historia: Alicia en el País de las Maravillas.



miércoles, 3 de abril de 2019

Detective Comics #1000: Batman cumplió 80 años


Hace 80 años, en 1939, salía el primer tomo de Batman (el famoso Detective Comics #27). Un relato que cambiaría la forma de leer comics para siempre. Para la celebración de los mil números que dieron origen al superhéroe más icónico de DC, una interesante cantidad de autores preparó esta edición especial de 96 páginas que es Detective Comics #1000.


martes, 7 de agosto de 2018

“Batman: Heart of Hush”, un comic de Paul Dini


Batman (junto a sus personajes asociados) sigue moviendo muchísimo terreno este año. En materia de historietas, la corrida actual de Rebirth (Tom King) ya superó los 50 tomos (con una fallida boda incluida) y el comic Three Jokers fue anunciado (la historia, escrita por Geoff Johns, que revelará el gran misterio abandonado desde el arco Darkseid War de la era New 52).

En cuanto al cine, una película sobre el origen definitivo del Joker (presuntamente con Joaquin Phoenix en el rol) se está planeando y también tenemos The Batman, dirigida por Matt Reeves, de la cual no sabemos prácticamente nada.



viernes, 9 de febrero de 2018

Cómo llegué a publicar para la Ellery Queen Mistery Magazine


A lo largo de los 5 años de vida del blog me han pasado cosas locas y maravillosas, pero ninguna tan increíble como la particular forma en la que llegué a publicar un cuento en inglés para la Ellery Queen Mistery Magazine (EQMM), la revista de misterio y ficción detectivesca más importante de los Estados Unidos.


The Final Analysis, by Luciano Sívori. EQMM January/February 2018


De hecho, que pudiera llegar a publicar en la EQMM fue todo gracias a esta nota: “Invitación a un crimen, un cuento de Josh Pachter”.


lunes, 2 de octubre de 2017

“El hombre hueco” (1935), una novela de John Dickson Carr


Cualquier amante del género policial merece tomarse su tiempo para repasar esta obra americana de John Dickson Carr.

“El hombre hueco” (The Hollow Man) es una novela detectivesca de tipo cuarto cerrado donde vemos no uno, sino dos crímenes imposibles. Asesinatos que sólo podrían haber ocurrido no sólo si el perpetrador hubiera sido invisible, sino además más ligero que el aire.

Fue publicada originalmente en 1935 y se la puede encontrar también bajo el nombre The Three Coffins (“Los tres ataúdes”), que fue el título inicial que recibió para su distribución en Estados Unidos.

En mi opinión, este título es más acertado que el alternativo ya que indica tanto la triple estructura, desde un aspecto formal, como también el tema principal de la novela.

Varios años después, en 1981, un jurado de 17 críticos y autores de misterio la seleccionaron como la mejor novela de tipo cuarto cerrado de todos los tiempos. Otro dato de color: entre los diez primeros lugares hay cuatro novelas del mismo autor, tanto bajo su nombre como con su seudónimo: Carter Dickson.

El Misterio del Cuarto Amarillo, de Gastón Leoroux (que reseñé en esta otra nota) quedó tercera.

Carr, de hecho, es considerado el gran maestro de este tipo de misterios, y su detective, el doctor Gideon Fell, ha protagonizado 23 obras del autor. “El hombre hueco” es la sexta aventura de Fell, un personaje que le hace frente tanto a Sherlock Holmes como al mismo Padre Brown de Chesterton (con quien comparte varios parecidos).

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares seleccionaron esta novela para sea la #40 de El Séptimo Círculo, célebre colección argentina que editó 366 novelas policíacas entre 1945 y 1983.

***

La muerte nos sigue de cerca

La historia comienza en un bar donde el experto en brujería y misticismo, el Professor Grimaud, está entreteniendo a sus comensales con algunas historias de terror. Entonces llega un ilusionista, Pierre Fley, quien le da una oscura advertencia: el hermano de Fley quiere sangre, y va a buscar a Grimaud para asesinarlo.


Al poco tiempo, una noche, un hombre alto llama a la puerta y atiende la ama de casa de Grimaud. El hombre, que parece utilizar una máscara de papel maché, sigue por las escaleras hasta el estudio del profesor.  Ambos se encierran, se escucha un disparo y al abrir nuevamente la puerta, Grimaud está muerto y el extraño no está por ningún lado.

Cuando la investigación se inicia, Pierre Fley es obviamente el primer sospechoso. El problema es que, no muchos minutos después de la muerte de Grimaud, alguien le dispara a Fley en un callejón sin salida, con el mismo arma que mató al profesor y de la misma forma imposible.

Me encantó la atmósfera que creó Carr con El Hombre Hueco, una novela que tiene casi cien años pero que bien podría funcionar en nuestros días. Todo el libro es misterioso y críptico y la solución (que no pienso arruinar acá) es tan lógica como sorprendente.

Una obra metatextual

Lo que más me sorprendió de El Hombre Hueco fue que, además de ser una obra ejemplar de una historia de detectives, con todos los componentes típicos que suele presentar el policial de enigma, es también un parodia cariñosa que se ríe un poco de los estereotipos del género.

En varios momentos el Dr. Fell sugiere al resto de los investigadores y testigos (así como a nosotros, los lectores) que debemos dejar de lado el sentido agudo y crítico de la realidad para poder pensar en crímenes imposibles, un concepto que se conoce como “suspensión de la incredulidad” en la narrativa.

Así, hay varios guiños metatextuales hacia el lector, como si Carr supiera que este tipo de misterio estaba llegando al final de su ciclo y quisiera despedirlo a lo grande. 

Esto se refuerza con la solución del crimen que, si bien es lógica, es tan absurdamente compleja que ningún lector tenía siquiera chances de adivinarla.

El autor parece haberse divertido mucho incorporando este tipo de humor en la historia.

El punto máximo se encuentra en el famoso capítulo XVII, “La disertación sobre cuartos cerrados”, donde la trama se desvía para que el Dr. Gideon Fell brinde un texto fascinante que repasa todas las creativas formas en las que es posible matar en un cuarto cerrado.

Acá el protagonista incluso rompe la cuarto pared al decirle a toda su audiencia que están dentro de una novela de misterio. No voy a explayarme mucho en ese capítulo porque ya lo hice en esta otra nota.

El misterio desde lo didáctico

Una crítica generalizada hacia El hombre hueco es que la historia es dialogada más que experimentada.

Los detectives descubren los crímenes en los primeros episodios y el resto de la trama se desarrolla a partir de diálogos y discusiones que van armando el rompecabezas. Este acercamiento hoy se siente un poco desactualizado cuando lo comparamos con recientes novelas de misterio más enfocadas en la acción, pero permite tener una mirada más profunda al crimen y los motivos detrás.

Carr es muy didáctico a la hora de exponer el crimen, y creo que tiene cierta intencionalidad.

Si partimos bajo la hipótesis de que su novela es más una parodia del género que busca evidenciar los elementos típicos, ponerlos en relevancia y burlarse (en algún punto) entonces tiene sentido también que sea tan expositiva.

Por supuesto, todos son sospechosos del crimen, especialmente las personas que estuvieron en la casa esa noche, y los invitados al pub donde apareció Pierre Fley con sus amenazas. Lo interesante es cómo el enigma se va tornando más extraño y bizarro a medida que las piezas comienzan a caer en su lugar.

Preguntas sin respuestas

Partiendo de la extraña desaparición del asesino en un cuarto herméticamente cerrado, los investigadores intentan descifrar las misteriosas últimas palabras de Grimaud, su relación con Pierre Fley, un saco que parece cambiar de color, un cuarto secreto en la calle Cagliostro (lleno de artilugios propios de un mago), las coartadas de todos los habitantes de la casa y el extraño cuadro de tres ataúdes que formó parte de la escena del crimen.

No faltan evidencias, sólo conectores que permitan darle sentido a todo.

Los secretos comienzan a revelarse gracias al conocimiento enciclopédico de Gideon Fell quien, como Holmes, parece ser una Wikipedia humana. Así nos enteramos de una historia relacionada con Transilvania, el vampirismo y los tres ataúdes.


La atmósfera es muy desconcertante a medida que la ilusión de este gran truco de magia se va construyendo. De hecho, la magia y la ilusión juegan roles fundamentales en la historia.

Palabras finales

El hombre hueco es una de las más grandes novelas de misterio y definitivamente una de mis lecturas favoritas del año. Sin embargo, creo que es importante destacar que solamente un verdadero aficionado de lo detectivesco va a sentirse cautivado con la historia.

Es una novela relativamente larga que abunda en muchas descripciones y parodia elementos del género (con lo cual, conocer bien cuáles son esos elementos es casi un requerimiento para que ésta sea disfrutable).

No sería mi recomendación para alguien que se va a iniciar en este tipo de historias (por ejemplo, hay cuentos de John Dickson Carr que son cortitos e igualmente efectivos, éste es uno de mis preferidos).

Sin embargo, quienes se atrevan a leerla se encontrarán con una trama endemoniadamente ingeniosa y perturbadora, con muchísima atención al detalle y grandes giros argumentales.

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martes, 5 de septiembre de 2017

John Dickson Carr y su disertación sobre cuartos cerrados


Estoy leyendo una novela maravillosa de 1935 que probablemente se convierta en una de mis favoritas del año. Es un misterio policial de tipo “cuarto cerrado” donde un asesinato ocurre y el perpetuador parece esfumarse de una habitación herméticamente sellada como por arte de magia.

The Hollow Man (traducida como “El hombre hueco” o “Los tres ataúdes”) es considera la mejor novela policíaca de este particular subgénero, uno que se caracteriza por exponer crímenes imposibles cometidos en un recinto cerrado o de acceso físicamente imposible.

Estaba muy ansioso por llegar al célebre capítulo 17, donde el autor, John Dickson Carr, aprovecha a su detective (el Dr. Gideon Fell) para brindarnos un texto alucinante que repasa las creativas maneras de matar a alguien en un cuarto cerrado.

Es un capítulo que puede obviarse, ya que se desvía de la trama original, y sin embargo aconsejo no hacerlo. Durante el mismo, la novela hace un stop, y rompe la cuarta pared, para dar una lección impresionante sobre las diferentes modalidades en las que estos crímenes pueden ser llevados a cabo.

«—Ahora disertaré —anunció con amable firmeza el Dr. Fell— sobre la mecánica general y desarrollo de la situación conocida en la literatura policíaca bajo el nombre de «habitación herméticamente cerrada».

Lo más llamativo de este metatextual capítulo es que da a entender que los personajes están sumergidos dentro de una obra de ficción.

«—Si va usted a analizar las situaciones imposibles —lo interrumpió Pettis—, ¿para qué hablar de las novelas policíacas?
—Porque ésta es una novela policíaca —replicó el doctor con franqueza—, y no debemos intentar engañar al lector pretendiendo que no lo es. No inventemos complicadas excusas para traer a cuento un examen de los relatos policíacos. Gloriémonos sinceramente de perseguir los más nobles objetivos posibles para los personajes de un libro. »

Les comparto el extracto en esta nota porque, sinceramente, no tiene desperdicio. Es una carta de amor a todos los amantes de lo detectivesco, un manual de ayuda para potenciales escritores e incluso una lista de lecturas recomendadas sobre el subgénero (ya que se brindan varios casos de ejemplo).


***

CAPÍTULO XVII
LA DISERTACIÓN SOBRE CUARTOS CERRADOS
(Extracto)

(Nota: las negritas y cursivas son mías)

He aquí nuestro recinto, con una puerta, una ventana y sólidas paredes. Al analizar los medios de fugarse cuando puerta y ventana están cerradas, no mencionaré el ruin (y hoy día poco frecuente) ardid de contar con un pasaje secreto que conduce al cuarto cerrado. Esto rebaja a tal punto una novela policíaca, que un autor que se respete apenas si necesita mencionar que no existe tal pasaje.

No tenemos por qué analizar las variantes menores de este abuso: el panel que tiene apenas el ancho suficiente para dejar pasar una mano, o el agujero disimulado en el cielo raso a través del cual se baja un cuchillo, reponiéndose luego el tapón de un modo imposible de descubrir, y esparciéndose polvo en el piso del desván de encima, de modo que parezca que nadie anduvo por allí.

Todas éstas no son, repito, sino variantes menores de un mismo principio, ya sea la abertura secreta pequeña como un dedal o grande como la puerta de un pajar… En cuanto a una clasificación legítima, podría usted anotar algunos de los siguientes casos (…).

PRIMERA CLASIFICACIÓN

Primero, tomemos el crimen cometido en una habitación herméticamente cerrada que está realmente herméticamente cerrada y de la cual ningún asesino se ha fugado porque en verdad ningún asesino estaba en ella. Explicaciones:

1.- No es un asesinato, sino una serie de coincidencias que terminan en un accidente que parece un asesinato.

A una hora temprana, antes de que se hubiera echado la llave al cuarto, ha habido un robo, un ataque, o se ha causado destrozos en el mobiliario que sugieren una lucha con un asesino. Más tarde la víctima se muere accidentalmente o se desmaya en un cuarto cerrado con llave, y se supone que todos estos incidentes han tenido lugar al mismo tiempo.

En este caso la causa de la muerte es generalmente una fractura del cráneo. Se presume que ha sido causada con un garrote, pero se debe en verdad a algún mueble. Puede tratarse de la esquina de una mesa o del borde aguzado de una silla; pero el objeto más común es el guardafuego de hierro de la chimenea. Entre paréntesis, el guardafuego asesino ha estado matando gente de manera que hace pensar en un crimen desde la aventura de Sherlock Holmes con el Hombre Cojo.

La solución más ampliamente satisfactoria de la trama de este tipo, en la que hay un asesino, es la de El misterio del cuarto amarillo, de Gastón Leroux, la mejor novela policiaca que se ha escrito.

2.- Es un asesinato, pero la víctima es impulsada a matarse a sí misma o a sucumbir por una muerte accidental.

Esto puede lograrse por el efecto de una habitación encantada, por sugestión; o, más frecuentemente, por un gas que se introduce desde afuera en la habitación. Este gas o veneno produce un frenesí en la víctima, que empieza a despedazar cuanto se encuentra en la habitación, dejándola como si hubiera habido una lucha, y muere de una puñalada que se infiere a sí misma. En otras variantes se traspasa el cráneo con el espigón de la araña, se cuelga de un lazo de alambre o hasta se estrangula ella misma.

3.- Es un asesinato, pero cometido mediante algún aparato mecánico previamente colocado en la habitación y oculto de un modo imposible de descubrir en algún mueble de aspecto inocente.

En el momento oportuno, el asesino pondrá el aparato en movimiento; pero puede tratarse también de una máquina que, funcionando automáticamente, no requiera la presencia del mismo. Puede ser alguna diabólica invención moderna creada por la ciencia de nuestros días.

Tenemos, por ejemplo, el mecanismo que actúa como un arma de fuego escondido en el receptor telefónico, que dispara una bala contra la cabeza de la víctima cuando ésta levanta el receptor. Tenemos la pistola con un cordel atado al gatillo y que es tirado por la dilatación del agua al helarse. Tenemos el reloj que dispara una bala en cuanto se le da cuerda, y (ya que los relojes son tan populares) tenemos el ingenioso reloj de pared que comienza a hacer sonar una campana espantosamente estruendosa que tiene en la parte superior, de modo que cuando uno se empina para detener el ruido, deja caer, con sólo tocarlo, la hoja de una espada que le abre a uno el estómago. Tenemos el peso que se desprende del cielo raso, y el que le aplasta a uno el cráneo desde el alto respaldo de una silla. Está el lecho que exhala un gas mortal al ser calentado por el cuerpo, la aguja envenenada que no deja rastros…

—Ya ven ustedes, cuando nos vemos embrollados con estos dispositivos mecánicos, nos hallamos más en la esfera de las situaciones imposibles que en la de los cuartos cerrados. Se podría continuar indefinidamente con la lista, aun limitándonos a los aparatos mecánicos para electrocutar. Una cuerda colocada ante una hilera de cuadras está electrizada; un tablero de ajedrez está electrizado. Hasta un guante puede estar electrizado. La muerte acecha en cada pieza del mobiliario, aun en un frasco de té. Pero todo esto parece no tener aplicación el caso que nos ocupa, de modo que pasemos al siguiente:

4.- Es un suicidio que se intenta hacer aparecer como un asesinato.

Un hombre se apuñala con un carámbano; el carámbano se derrite, y no hallándose ninguna arma en el cuarto cerrado, se supone un asesinato. Un hombre se dispara un tiro con un revólver sujeto al extremo de un elástico; el revólver, al ser soltado, queda oculto dentro de la chimenea.

Como variaciones de esta treta (sin relación con los cuartos cerrados) tenemos la pistola atada a un peso que cae al agua por encima del parapeto de un puente después de disparado el tiro, y, en el mismo estilo, la pistola arrojada por una ventana a un ventisquero.

5.- Es un asesinato cuyo problema proviene de una ilusión y una caracterización.

A saber: la víctima, cuando aún se la supone viva, yace sin vida en un cuarto cuya puerta es observada. El asesino, vestido como la víctima o confundido con ésta al ser visto de atrás, se precipita en el cuarto; inmediatamente se despoja de su disfraz y sale de la habitación con su verdadera apariencia. El que observa queda con la impresión de que dos hombres iban a trasponer simultáneamente el vano de la puerta, y que uno de ellos, el asesino, dejó pasar al otro, la víctima.

El matador tiene así una coartada, puesto que, más tarde, al descubrirse el cadáver se supondrá que el crimen fue cometido algún tiempo después de que la persona que se había hecho pasar por la víctima entrara en la habitación.

6.- Es un asesinato que, aunque cometido por alguien que estaba fuera de la habitación en el momento del hecho, parece exigir la presencia del matador dentro de la misma.

Al explicar este tipo de asesinato, lo clasificaré bajo el nombre general de “Crimen a Larga Distancia o de Carámbano”, puesto que generalmente es una variación de ese principio.

He hablado de carámbano; ustedes comprenden lo que quiero decir. La puerta está cerrada con llave, la ventana es demasiado estrecha para dejar pasar a un asesino; sin embargo, al parecer, la víctima ha sido apuñalada en el interior de la habitación, y el arma no aparece. Bien, el carámbano fue disparado como una bala desde fuera (no analizaremos si esto es práctico, como no analizamos los misteriosos gases anteriormente mencionados) y se ha disuelto sin dejar rastros.

Creo que Anna Katherine Green ha sido la primera en usar este ardid en la literatura policíaca, en una novela llamada Sólo las iniciales.

Dicho sea de paso, a Anna Katherine Green se debe el comienzo de numerosas tradiciones. En su primera novela policíaca creó, hace ya más de cincuenta años, la leyenda del secretario asesino que mata a su patrón, y estoy seguro de que las estadísticas actuales probarían que el secretario sigue siendo el asesino más corriente en literatura. Los mayordomos han pasado de moda hace ya largo tiempo; el inválido de la silla de ruedas es demasiado sospechoso, y la plácida solterona de edad madura hace tiempo que ha renunciado a la manía homicida para convertirse en detective. Los médicos también se comportan mejor hoy en día, a menos, por supuesto, de que se vuelvan eminentes y se transformen en Sabios Locos. Los abogados, si bien persisten en seguir infames, sólo en pocos casos son activamente peligrosos. ¡Pero los ciclos recomienzan!

Edgar Allan Poe, hace ochenta años, inició una modalidad llamando a su asesino Goodfellow; y el más popular de los escritores de misterio modernos hace precisamente la misma cosa llamando a su archi-villano Goodman. Entretanto, esos secretarios son todavía la gente más peligrosa de tener en casa.

Continuando con lo relativo al carámbano, se dice que los Médicis lo emplearon como arma homicida, y en uno de los admirables cuentos de Fleming Stone se cita un epigrama de Marcial para demostrar que tuvo su origen mortífero en Roma, en el primer siglo de la era cristiana. Bien; era disparado, arrojado o lanzado desde un arco como en una aventura de Hamilton Cleek (aquel magnifico personaje de las Cuarenta caras). Variantes del mismo tema, proyectiles solubles, han sido las balas de sal gema y hasta las balas hechas con sangre congelada.

Esto ilustra lo que quiero decir cuando hablo de crímenes cometidos en el interior de una habitación por alguien que estaba fuera de ella. Hay otros métodos. La víctima puede ser apuñalada con la delgada hoja de un bastón de estoque introducida a través de las enredaderas de una glorieta; o puede ser apuñalada con una hoja tan delgada que no sabe que está herida y se encamina a otra habitación antes de caer súbitamente muerta. O es inducida a mirar por una ventana, y, en seguida, nuestro viejo amigo el hielo le atraviesa el cráneo desde arriba, pero ningún arma aparece, porque el arma se ha disuelto.

Bajo este encabezamiento (aunque podría ir igualmente bien bajo el número tres), podríamos catalogar los asesinatos cometidos por intermedio de culebras e insectos venenosos. Las culebras pueden no sólo ser escondidas en cofres y cajas de caudales, sino también en floreros, libros, lámparas y bastones. Hasta recuerdo un divertido caso en el que la boquilla de ámbar de una pipa, grotescamente tallada en forma de escorpión, nace a la vida de repente como escorpión real cuando la víctima se la lleva a la boca.

Pero el que les recomiendo, señores, como el mejor de los asesinatos a distancia cometidos en un cuarto cerrado, es el relatado en uno de los más brillantes cuentos cortos de la historia de la literatura policíaca. (De hecho, alcanza la suprema e intangible excelencia de Las manos de Mr. Ottermole, de Thomas Burke; El hombre del pasaje, de Chesterton, y El problema de la celda número 13, de Jacques Futrelle).

Es El misterio de Doomdorf, de Melville Davisson Post… y el asesino a larga distancia es el sol. El sol pasa a través de la ventana del cuarto cerrado, convierte en vidrio ustorio una botella que está sobre la mesa, llena de puro y blanco licor de alcohol metílico, y enciende por su intermedio el pistón de un revólver que cuelga en la pared, de modo que la víctima muere de un balazo en el pecho mientras yace en su cama. Después tenemos… ¡Despacio! ¡Ejem! ¡Ja! Mejor será que no me desvíe del tema. Pondré punto final a esta clasificación con la última subdivisión:

7.- Éste es un crimen que depende de un efecto exactamente opuesto al del número 5. Esto es, se supone muerta a la víctima mucho antes de que en realidad lo esté.

La víctima yace dormida (narcotizada pero ilesa) en un cuarto cerrado. Las llamadas a la puerta no consiguen despertarla. El asesino manifiesta una fingida alarma, fuerza la puerta, se precipita en el interior del cuarto y mata a la víctima de una puñalada o cortándole la garganta, haciendo creer entretanto al resto de los presentes que han visto algo que en verdad no han visto.

El honor de la invención de este recurso corresponde a Israel Zangwill, y desde entonces ha sido usado en muchas formas. Ha sido puesto en práctica (generalmente apuñalando) en barcos, en casas ruinosas, en invernáculos, en desvanes y aun al aire libre, donde la víctima ha dado un traspié y se ha desmayado antes de que el asesino se incline sobre ella.

Por cierto que ni siquiera he considerado con amplitud los métodos de esta clasificación particular; no he hecho más que un tosco bosquejo improvisado; pero dejaré que quede así. Iba ahora a hablar de la otra clasificación: la de los diversos medios de acomodar puertas y ventanas de modo que puedan ser cerradas por el lado de adentro.

SEGUNDA CLASIFICACIÓN

Las chimeneas, lamento decirlo, no están favorecidas como medios de fuga en la literatura policíaca…, excepto, por supuesto, como pasajes secretos. En ese carácter resultan insuperables. Tenemos la chimenea hueca con el cuarto secreto detrás, la parte posterior del hogar que se abre como una cortina, el hogar que gira hacia afuera…, hasta la habitación debajo del suelo del hogar.

Además se puede dejar caer toda clase de cosas por las  chimeneas, especialmente cosas ponzoñosas. Pero el asesino que huye trepando por ellas es muy poco frecuente. Además de estar muy cerca de lo imposible, es un asunto mucho más sucio que darse maña con puertas o ventanas.

De las dos clasificaciones principales: puertas y ventanas, la puerta es con mucho la más popular, y podemos por tanto clasificar unos cuantos métodos de maniobrar con ellas de modo que parezcan tener la llave echada por dentro:

1.- Operando con la llave que ha quedado puesta en la cerradura.

Éste era el método preferido antiguamente, pero sus variantes son demasiado conocidas hoy día para que alguien lo use seriamente. El paletón de la llave puede ser alcanzado y hecho girar con pinzas desde fuera.

Un pequeño mecanismo práctico consiste en una pequeña varilla delgada de metal, de unos cinco centímetros de largo, a la que se amarra un cordel resistente. Antes de abandonar la habitación se introduce esta varilla en el ojo de la llave de manera que funcione como una palanca; se deja caer el cordel al suelo y se lo pasa por debajo de la puerta al otro lado: al tirar de él, la varilla hará girar la llave. Después se sacude el cordel hasta lograr que la varilla caiga al suelo, y luego se la arrastra hacia uno por debajo de la puerta. Hay  varias aplicaciones de este mismo principio, y en todas ellas se hace uso de un cordel.

2.- Sacar simplemente la espiga de los goznes de la puerta sin tocar el cerrojo o cerradura.

Ésta es una limpia treta conocida por la mayor parte de los escolares, que la ponen en práctica cuando quieren asaltar un aparador cerrado con llave; claro está que los goznes deben hallarse del lado de afuera de la puerta.

3.- Operando con el cerrojo.

También aquí se echa mano de un cordel; esta vez se utiliza un mecanismo de alfileres y agujas de zurcir por medio del cual el cerrojo se cierra desde afuera por la acción de palanca de un alfiler clavado en el lado de adentro de la puerta, y el cordel se saca a través del agujero de la cerradura.

Philo Vance, ante quien me descubro, nos ha mostrado una óptima aplicación de esta treta. Hay variaciones más simples, pero no tan efectivas. Una de ellas es la siguiente: se practica un lazo, más o menos flojo, en el extremo del cordel; se hace pasar el lazo alrededor de la manija del cerrojo y el cordel por debajo de la puerta. El cerrojo se corre tirando del cordel hacia la izquierda o hacia la derecha. Luego, mediante un tirón se hace saltar el lazo de la manija, y la cuerda se arrastra hacia afuera.

Ellery Queen nos ha mostrado otro método, que implica la utilización del mismo muerto…, pero una descripción escueta de ese método, sacado del contexto, parecería tan descabellada que cometeríamos una injusticia con ese brillante caballero.

4.- Maniobrando con una aldaba.

Este método consiste, por lo general, en  colocar entre la aldaba y la hembrilla algún objeto que se sacará después de cerrada la puerta desde fuera, permitiendo así que la primera caiga dentro de la segunda. Hasta ahora no se ha encontrado, para ello, nada mejor que utilizar un cubo del siempre servicial hielo; pues como éste se derrite, evita la segunda parte del procedimiento. Hay casos en que un portazo basta para hacer caer la aldaba en la hembrilla.

5.- Una treta simple, pero efectiva.

El asesino, después de cometer su crimen, ha cerrado la puerta desde afuera y se ha guardado la llave. Se  supone, sin embargo, que la llave está todavía en la cerradura, del lado de adentro.

El asesino, que es el primero en provocar la alarma y encontrar el cadáver, rompe el vidrio superior de la puerta, mete a través de él su mano, con la llave escondida en ella, y pone la llave en la cerradura, abriendo así la puerta desde adentro. Esta estratagema también se puso en práctica rompiendo un panel de una puerta ordinaria de madera.

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lunes, 6 de marzo de 2017

“La bestia debe morir”, una novela de Nicholas Blake


Luego de que Frank Cairnes –escritor de novelas policiales bajo el seudónimo de Félix Lane– experimenta la inesperada muerte de su hijo por un irresponsable conductor, toma la drástica decisión de hacer justicia por mano propia.

Se promete a sí mismo matar a un hombre, sin saber cómo se llama, dónde vive o qué aspecto tiene. Se propone encontrarlo y matarlo. Su único confidente es su diario, donde registra paso a paso sus espantosos descubrimientos. Esta es la premisa de La bestia debe morir, novela de policial negro que se publicó por primera vez en el año 1938.

Aunque fue firmada por un tal Nicholas Blake, este no es más que el seudónimo del poeta irlandés Cecil Day-Lewis, padre del actor británico Daniel Day-Lewis.

Se trata de un relato atrapante, fluido, visceral, con todos los condimentos de un buen enigma. Fue seleccionado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares para iniciar la celebrada colección El Séptimo Círculo, de la Editorial Emecé en 1945.

La historia es interesante porque cambia un poco el paradigma clásico de la novela policial.

El verdadero foco acá no es tanto quién es el asesino (si bien es un punto importante de la trama) sino hacerse preguntas diferentes: ¿qué haríamos nosotros mismos en una situación semejante? 

Cada crimen oculta siempre un conjunto de emociones, valores y psicologías; cuestiones que definitivamente explora La bestia debe morir.

► La bestia debe morir, versión en PDF: DESCARGAR

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#SpoilerAlert. Se revelan algunos detalles de la trama, si bien no el desenlace de la historia.

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Un formato poco convencional

La forma en la que el autor aborda la trama es bastante original. Durante una primera parte denominada “El diario de Felix Lane” (que ocupa el primer tercio de la novela) conocemos toda la planificación e investigación del protagonista a través de las confidencias en su diario. Es una narración en primera persona, llana y simple, con un punto de vista acotado. Vemos sólo lo que Frank Cairnes puede ver, escuchar y pensar.

Es fascinante el nivel de detalle con el que se describen los pormenores de su pequeño proyecto vengativo. Llegamos a entender la desesperación de Frank y hasta transmite empatía ante una cuestión fundamentalmente ética: ¿matarías al hombre que causó la muerte de un ser querido?

A medida que los días pasan, Frank descubre quién es la “bestia” (un tal George Rattery) y logra introducirse en su excéntrica familia como lobo disfrazado de oveja. Lo verdaderamente interesante comienza acá, donde también se vuelve evidente que él mismo podría no ser completamente honesto con lo que está registrando.

El gran giro argumental, para mí, se da al finalizar una segunda parte del libro (donde el narrador pasa a ser tercera persona y escapamos del encierro del diario).

El plan de Frank de asesinar a George falla (falla de forma catastrófica), pero la Bestia muere de todas formas y por causas diferentes. ¿Alguien conocía las verdaderas intenciones del protagonista y aprovechó para culparlo de homicidio? ¿O fue todo una trágica coincidencia?

¿Quién mató a George Rattery?

A partir de este punto, la novela comienza a brindar una serie de giros inesperados que se van ejecutando con bastante maestría.

La segunda mitad del libro es la investigación del detective Nigel Strangeways (protagonista de varias novelas de Blake. De hecho, La bestia debe morir se conoce informalmente como Nigel Strangeways #4), quien tiene la tarea de demostrar la inocencia de Frank y resolver el gran interrogante: la extraña muerte del egoísta y despiadado George.


Todos son sospechosos: su sensible hijo Phil (que vive una situación de violencia en su familia), su esposa Violeta, la bella y superficial Lena y hasta su desagradable madre, Mrs. Rattery. Su socio e incluso Frank Cairnes están también entre la lista de posibles culpables.

Es sorprendente cómo la historia te mantiene enganchado constantemente con ingeniosas vueltas. Al principio parece que se va a tratar del protagonista buscando y dando muerte al asesino de su hijo, pero todo esto se revela en las primeras páginas para dar lugar a algo mucho más oscuro.

Juega un papel fundamental la mente analítica y lógica de un personaje que, al ser escritor de novelas policiales, tiene la capacidad de plasmar la lógica criminal de sus relatos en su propia vida.

Esta estructura de cambios radicales en la perspectiva me pareció especialmente perspicaz para la época. Da ganas de seguir avanzando en la resolución del misterio al mismo tiempo que lo hace el detective Strangeways. Es, sin duda, una novela inteligente y llevadera, con momentos reflexivos que imprimen un carácter único a la obra.

Las adaptaciones al cine

Existen dos adaptaciones de la novela a la pantalla grande. La primera, curiosamente, es de Argentina. Dirigida por Román Viñoly Barreto, esta cinta en blanco y negro se estrenó el 29 de mayo de 1952. Lena tomó el nombre de Linda, George es Jorge y Nigel Strangeways no aparece por su nombre.


Luego tenemos una segunda versión, en Francia, dirigida por Claude Chabrol en 1969: Que la bête meure (“Este hombre debe morir”).

Hay una película del mismo nombre de 1974, pero no tiene nada (pero NADA) que ver con la novela de Nicholas Blake. O sea, sólo la premisa nos da cuenta de que es otra cosa: “Ocho personas son invitadas a una isla por el fin de semana. Una de ellas es un hombre-lobo. ¿Podés adivinar cuál?”.

(De hecho, esta película está basada en el cuento No habrá oscuridad de James Blish).

Conclusión

El desarrollo de La bestia debe morir es lo suficientemente intenso para atrapar a cualquier amante de la literatura policial. Los personajes, bien construidos y complejos, permiten rápidamente simpatizar con los hechos. Por último, aunque la historia tiene un tinte dramático fuerte, se da lugar a cierto humor cínico que corta con el drama.

El desenlace (extraordinario, inesperado, altamente satisfactorio) va a tomar desprevenido a más de uno.

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lunes, 19 de septiembre de 2016

10 reglas de escritura de Elmore Leonard


«Estas son las reglas que he ido recogiendo en el camino para ayudarme a permanecer invisible cuando estoy escribiendo un libro, para ayudarme a mostrar lo que está sucediendo en la historia en lugar de contarlo.»—Elmore Leonard.

Elmore Leonard fue un novelista y guionista norteamericano que falleció en el año 2013. Comenzó como un escritor de westerns, pero se volvió más famoso cuando se volcó hacia policiales. Una gran cantidad de sus trabajos han sido adaptados tanto a la pantalla grande como chica. Seis décadas después, su trabajo sigue siendo relevante.

Directores tan opuestos como Steven Soderbergh, John Sturges y Quentin Tarantino han sido influenciados por la obra de Leonard. Tarantino, en particular, robó accidentalmente una novela de este autor cuando era chico (era The Switch, de 1978), y la película Jackie Brown también es una adaptación suya.

Entre las adaptaciones más conocidas de Leonard se encuentran El tren de las 3:10 a Yuma (relato de 1953 que fue adaptado al cine en 1957 y, de nuevo, en el 2017), las geniales Get shorty (1995) y su continuación Be Cool (2005) y la serie de TV Justified (2010-2015).

Justified es una de las series policiales que más lograron engancharme. Toma como punto de partida tres de sus novelas cortas: Fire in the Hole, Pronto y Riding The Rap. En ellas aparece Raylan Givens, un sheriff-cowboy (en el sentido más literal de la frase) que tiene una forma de trabajar más cercana al siglo XIX que a nuestros tiempos. El personaje –que en la serie lo encarna un increíble Timothy Oliphant– no tiene demasiados problemas en desenfundar su pistola y disparar cuando la ocasión lo amerita (y eso es muy seguido).


Me encanta cómo la serie fusiona el policial con el western. Adoro a todos los personajes (Walton Goggins como Boyd Crowder, especialmente) y me gusta que es corta: 6 temporadas de 13 episodios. Eso hace que no se den demasiadas vueltas ni existan prolongados momentos de relleno.

Pero, en fin, volvamos a las 10 reglas de Elmore Leonard para escribir bien, tomadas de un artículo del New York Times.

***

1. Nunca empieces un libro con el tiempo.
Cuando busques crear una atmósfera (y no la reacción de un personaje ante el tiempo) asegurate de que no se estire demasiado.
2. Evitá los prólogos.
Resultan molestos, especialmente si el prólogo viene seguido de una introducción que también tuvo un prefacio. Es entendible en novelas históricas o ensayos, pero siempre puede introducirse en la historia.
3. No uses un verbo distinto a “dijo” para introducir un diálogo.
El diálogo es del personaje, y el escritor debería meterse lo menos posible. “Dijo” es mucho menos intrusivo que “mintió”, “advirtió”, “se quejó” o “susurró”.
4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo “dijo”.
“Lo criticó seriamente”. Usar un adverbio de esta forma (o casi de cualquier forma) es un pecado mortal. Distrae, irrumpe y viola el ritmo de la conversación.
5. Mantén tus signos de exclamación controlados.
El autor aconseja no más de dos o tres por cada 100.000 palabras escritas.
6. Nunca utilices expresiones como “de repente”.
No son tantas las cosas que ocurren “de pronto” o “de repente”. La mayoría de las veces se utiliza de forma incorrecta en la narración.
7. Usá los dialectos con moderación.
No está mal querer darle una forma particular de hablar a un personaje, pero una vez que uno empieza a escribir mal (a propósito) las palabras, se vuelve difícil parar.
8. Evitá las descripciones detalladas de los personajes.
Una abundancia de descripción aburre. Estas deben estar en función de la historia, y no como una mera forma de llenar más páginas.
9. No entres en detalles al describir lugares y objetos.
En sintonía con el consejo anterior, no querés que las descripciones lleven la acción hasta un punto muerto.
10. Intentá quitar la parte que los lectores tienden a saltarse.
Pensá en esas cosas que vos salteás cuando leés una novela: esos gruesos, aglomerados, rellenos párrafos de prosa que no dicen nada ni avanzan la trama. Evitalos.

***

Por supuesto, las reglas que Elmore Leonard tiene para su escritura son eso: reglas que a él le dieron resultado. Incluso algunas son fuertemente desaconsejadas por otros autores. En algunos casos es importante diferenciar el “dijo” del “susurró”. El narrador tiene que ser portavoz de sus personajes, y poder transmitir el tono de lo que está sucediendo en su historia.


El estilo de cada escritor se forma solo, a través de las múltiples experiencias de vida que ha tenido, con la influencia de sus lecturas, con la retroalimentación de sus lectores, con práctica y más práctica. Al final del día: todo es emoción y ritmo. Si diez personas pintan un cuadro, vamos a tener diez cuadros absolutamente diferentes, cada uno compuesto con pinceladas diferentes.

Bajo la premisa de que cada obra literaria es única e irrepetible –y que es el desenlace de un proceso individual de producción creativa– cada escritor va construyendo su propio camino a medida que crece.

Así y todo, conocer qué piensan los grandes autores de nuestros días (y ejercitarse con sus consejos) siempre va a ayudar a encontrar nuestras propias reglas de escritura.

Ah, y denle una chance a Justified. ¡Hasta la próxima!


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