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martes, 12 de enero de 2016

¿Quién fue (verdaderamente) el primer detective de la Literatura?


Uno de los tópicos más fascinantes de la literatura es el origen del género policial, sin duda uno de los más modernos. No suele existir gran discrepancia a la hora de afirmar que fue Edgar Allan Poe quien creó el policial como género literario e intelectual. Todos los artículos especializados y profesores de Letras lo han distinguido por “Los Asesinatos de la Calle Morgue” y su detective, Auguste Dupin.

De él, y de Poe, y del género policial, ya he hablado antes en el blog, por ejemplo acá y acá, y también por acá.

Pero hay un debate respecto a los verdaderos orígenes del género, sus rastros genéticos. Walter Benjamin, Foucalt, Borges, Todorov y muchos otros investigadores se han introducido en el agujero de conejo para intentar responder a preguntas tales como: ¿quién fue el primer detective? y ¿dónde se hallan los primeros textos que dan cuenta del procedimiento policial?

Y lo loco es que algunos no están tan convencidos de que Dupin (un intertexto de lo que después serían Holmes, Hércules Poirot, el padre Brown de Chesterton, Philipp Marlowe de Raymond Chandler) haya sido el primero en resolver un extraño asesinato a través del uso del razonamiento. 

Todos nacen como personajes de aquel detective, Auguste Dupin, pero Edgar Allan Poe también se había interesado en una novela de Dickens, “Barnaby Rudge” (1841), que contiene elementos policiales y un crimen misterioso.


Al parecer Poe descubrió el enigma antes de llegar al final de Barnaby Rudge y, luego de reflexionar sobre cómo pensar analíticamente un enigma de estas características, se inspiró para escribir “Los crimenes de la calle Morgue”. Le dio las pinceladas a su personaje –un hombre cultivado, elegante, conocedor, que estudia el crimen con amor, a veces con morbosidad, como si fuera una delicada pieza de colección– y el resto es historia.

Decía Borges, en aquella genial conferencia que da sobre la literatura policiaca:

«Poe no quería que el género policial fuera un género realista, quería que fuera un género intelectual, un género fantástico, si ustedes quieren, pero un género fantástico de la inteligencia, no de la imaginación solamente; de ambas cosas, desde luego, pero sobre todo de la inteligencia»

Pero lo loco de todo esto es darnos cuenta de que la literatura ha brindado detectives antes, pequeños orígenes. Yendo un poco para atrás, algunos encuentran en Edipo Rey (de Sofocles) el primer gran detective.

Repasemos los hechos allá por el siglo V a.C. 

La tragedia de Edipo se dispara cuando él, el rey, apenado por su pueblo que está padeciendo, comienza la investigación. Al parecer, el antiguo rey de Tebas sufrió un asesinato en una emboscada y eso hizo enojar a los Dioses. Edipo decide descubrir la verdad detrás de aquel hecho.

Obtiene datos, pregunta, averigua, en fin, hace actividades bien detectivescas. Paralelamente intenta encontrar el nombre de sus verdaderos padres. Cuando finalmente resuelve ambos enigmas, la cruel verdad sale a la luz. Los enigmas se funden en uno solo, encajan a la perfección, y la anagnórisis, el reconocimiento, se produce. 

Edipo, atando cabos, resultó ser tan buen investigador que terminó encontrándose como el verdadero autor del delito.

Muchos antes también, mucho antes que Sófocles, la Biblia presentaba dos casos de misterio tipo “cuarto cerrado” (aquel que también popularizaría Poe) y que se ajustan a los mecanismos de la novela policiaca.  Se trata de dos enigmas desenredados por un tal Daniel.


Daniel se presenta en la Biblia como un intérprete de sueños. Uno de los casos que resuelve es la historia de la divinidad de Bel. Descubrió que un grupo de hombres estaba robando la comida que se le ofrecía como ofrenda; se introducían en el templo sellado por una puerta secreta bajo el dios Bel. Daniel le hizo notar al rey las cenizas y las huellas que habían dejado los comensales: hombres, mujeres y niños. El rey, irritado, mandó a quemar a los sacerdotes con sus mujeres e hijos. Básicamente el desenlace de cualquier historia del Antiguo Testamento.

El otro caso de Daniel, seguramente más conocido, es el de Susana. 

Dos ancianos jueces intentan abusar de ella. Le dicen: “mirá, o te entregas a nosotros o vamos a decir que te sorprendimos con un flaco entre los árboles”. Ella, sin saber qué hacer, elige la segunda opción (que implica morir libre de pecado ante Dios). Justo antes de que el pueblo se disponga a otorgarle la pena de muerte, Daniel salta al rescate. Interroga por separado a los ancianos y les hace la misma pregunta: ¿sobre qué arbol habían visto a ella con el pibe? Ambos, sin saberlo, se contradicen, y Susana queda libre de cargos. Con esto Daniel se hace famoso en su pueblo. Ah, y a los ancianos los linchan. Básicamente el desenlace de cualquier historia del Antiguo Testamento.

Ambos casos, si bien simples, corresponden a un enigma de habitación cerrada, donde el misterio se oculta entre cuatro paredes, o en un jardín solitario y sin testigos. En ambos casos, Daniel construye una estrategia, anticipándose a los hechos, para despues destapar a los culpables.

Así que, quién lo habría dicho, en una de esas fue Dios el creador del primer personaje detective.

Y quizás luego, como un ente colectivo, otros autores se fueron animando a darle forma. El Hamlet de Shakespeare, por ejemplo, tenía el trabajo de desenmascarar al asesino de su padre. Encontramos también rasgos de lo policial en Las Mil y Una Noches (en la historia de Aladino, entre otras) y en muchas tragedias griegas. También en los primeros textos españoles y en la literatura francesa de Balzac y Stendhal.

► Después de tanta perolata, de tantas fuentes varias, llegó Poe, inspirado por Dickens y probablemente por el primer detective real de la historia: Francois Eugene Vidocq (jefe del Departamento de Investigación Criminal de París ). Llegó y con su excelencia narrativa, con sus descripciones acertadas, con su mente brillante, le dio la forma definitiva y final.

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jueves, 11 de junio de 2015

Grandes juegos de mesa (IV): “Jenga, el afán por llegar más alto”


La necesidad de apilar cosas y objetos para ahorrar espacio, entretenerse o –incluso– conectarse con lo más trascendente se remonta a los orígenes de la historia (al respecto pueden revisar mi post sobre Tetris).

A su vez, la búsqueda del ser humano por llegar más alto es tan antigua como la Biblia misma. Según las escrituras, esa exigencia llevó a la construcción de la Torre de Babel, un fracaso que supuso la dispersión de la humanidad y la condena a hablar en diferentes idiomas.

Hoy casi todos podemos reproducir la torre sobre nuestra mesa del comedor, aunque su inevitable caída no llegue a despertar la ira divina de ningún Dios. Sí, por lo menos, recibiremos una abundante cantidad de risas a costa de nuestros propios y torpes dedos.

El JENGA, uno de los juegos de habilidad más famosos, es el protagonista de este post, cuarta entrada dentro de la serie “Grandes juegos de mesa”. Llama la atención a primera vista por tratarse de una caja comparable a una barra de helado, con maderitas sencillas, casi sin detalles y reglas tan fáciles de explicar que hasta un niño puede jugarlo.

En mi cumpleaños perdí al Jenga –que se llama K.A.E en mi versión trucha– contra una nena de 4 años.

El objetivo es sencillo.

Partiendo de una torre se deben extraer piezas que van colocándose en los pisos más altos. Se utilizan 54 piezas de madera iguales, que al principio de la partida conforman una torre compacta de 18 hileras o pisos, cada una de ellas constituida por 3 de esas piezas. La única decisión que podemos tomar es si dejamos que un piso tenga una base de 1 pieza, o de dos (en función de si quitamos la pieza del medio o de los extremos).

Evidentemente a medida que se adelgaza la torre, esta tiende a ser cada vez más inestable. El jugador que derriba la torre con su pieza pierde. Aunque es teóricamente posible, nunca en mi vida vi una torre de 54 piezas (una por piso).

El empate no es una opción.


Puede ser fácil de jugar, pero ciertamente tiene una mecánica interesante de analizar (y algunos hasta lo han hecho). Yo a veces pienso que cada juego tiene su momento. El Jenga tiende a hacer su aparición cuando se juntan tres o cuatro amigos en una sobremesa. El alcohol (hay que decirlo) le suma diversión al juego y también es uno de los grandes personajes de las fiestas de niños (¡el Jenga, no el alcohol!).

► Quizás el momento más épico del JENGA en la televisión Argentina:



El juego lo inventó Leslie Scott en Ghana (Africa) en 1974, y por aquella época se lo llamaba “Takoradi Bricks”. Tenía 20 años y lo pensó a partir de unas maderas que le compró a un artesano local para entretener a su hermano menor. En 1980 ya comienza a conocerse como Jenga en la Universidad de Oxford en Inglaterra. En swahili Jenga significa, literalmente, construir.

En las otras entradas sobre Juegos de Mesa comenté algunas estrategias y tips básicos para ganar. Así que: ¿cómo podemos mejorar nuestro juego para ganar al Jenga? Ayuda tener buen pulso, por supuesto. Pero ayuda todavía más contar con una pistola de Jenga  que luche contra nuestras temblorosas manos:



La verdad es que se trata de esos juegos donde la práctica hace al maestro. Recuerdo haber alcanzado el piso 32 jugando con mi hermano Francisco hace un par de años (record que nunca más puede alcanzar).

El JENGA puede ser repetitivo y poco competitivo, pero es muy divertido, fácil de aprender y una buena forma de matar el tiempo. Por sobre todo, gracias a su sencillez puede ser jugado por prácticamente cualquier edad, lo que sume la posibilidad de sumar a niños (y eso siempre es entretenido).

Creo que los humanos somos ingenieros estructurales por naturaleza. Desde chiquitos jugamos a crear cosas con ladrillos, legos, tapers o pedazos de cables. Al crecer, la capacidad de divertirnos con cosas banales se reduce junto a nuestra capacidad de jugar de forma inocente, pero el JENGA es uno de esos juegos que siempre nos lo recuerda.


El carisma del Jenga está ligado a su simplicidad: nada más que bloques de madera y la ingrata gravedad. Pero incluso un esparcimiento insignificante puede enseñarnos lecciones importables sobre la estabilidad, la vulnerabilidad y la acción bajo presión. Por eso, y por tantas horas de diversión que me brindo, es otro de los grandes juegos de mesa que destaco.


Y dijeron: «Venid; edifiquémonos ciudad y torre, cuya cumbre llegará al cielo;
y haremos el nombre(a) nuestro, antes de dispersarnos por la faz de toda la tierra».
Génesis 11:4

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=>> Otras notas sobre GRANDES JUEGOS DE MESA en el blog: “Clue: ¿quién es el asesino?” (Parte I); “TEG: muy parecido a la guerra” (Parte II); “Monopoly: el capitalismo como un juego” (Parte III)

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jueves, 16 de enero de 2014

Técnicas narrativas (IV): David y Goliat



“David metió la mano en su saco, sacó de él una piedra, la lanzó con la honda, e hirió al Filisteo en la frente. La piedra se hundió en su frente y Goliat cayó a tierra sobre su rostro.”

— La Biblia (1 Samuel 17:49)

Cualquier combate o competición donde el héroe sea un underdog (un subestimado, desfavorecido o menospreciado) hace referencia a un tropo universal tan antiguo como el Antiguo Testamento.

Samuel 17 es, sin duda, una de las historias de la Biblia más apreciadas… y su temática de “la fe superando al miedo” ha sido fuente de influencia por siglos.

Goliat, –de acuerdo con la narración bíblica– fue un soldado gigante de la ciudad de Gat y paladín del ejército filisteo, que durante cuarenta días (número místico y especialmente bíblico) asedió a los ejércitos de Israel.

La Palabra de Dios afirma que fue derrotado y herido, gracias a la Intervención Divina, por David con una honda y una piedra (1ª de Samuel 17:4-23; 21:9) y murió, poco tiempo después, decapitado por su propia espada.




Hay muchísimas interpretaciones de la historia, pero la generalmente aceptada nos habla de que el poder y la fuerza no son necesarios para alcanzar la victoria. Es nuestro corazón, inteligencia y determinación –y la fe en Dios, agregaría un cristiano– lo que nos permite cruzar las metas que la vida nos impone.

El héroe, en este caso, es generalmente débil, pero muy hábil. En contraposición, el enemigo suele ser poco habilidoso pero monstruosamente fuerte. Aunque el mito original de David y Goliat se refiere a colosos gigantes contra pequeños hombrecillos, no necesariamente debe ser así. 

==> Básicamente, estamos hablando de la trama de todas las películas de “Rocky”, o Luke Skywalker luchando contra el inmenso Darth Vader (en esencia, un cyborg de casi 2 metros de altura). Lo mismo podemos decir de Atom, el buen robot de la cinta “Real Steel” (2011), contra “Zeus”, el campeón nunca antes vencido. ¿Y qué me dicen de Bilbo Bolson frente al dragón Smaug, en ese atemporal clásico de J.R.R Tolkien?


La Biblia puede tener orígenes puramente orientales, pero ha servido de canon para la mitología occidental y muchos aspectos de la filosofía. La ficción, en particular, se vio envuelta por muchas de las temáticas bíblicas desde la época de la inundación.

Star Wars presenta otros ejemplos interesantes respecto a esta técnica de narración. Pensemos en Yoda contra el imponente Conde Dooku (un hombre 3 veces su tamaño) o en la Death Star, que es un gran gigante en el espacio. En este último caso, tenemos a un puñado de rebeldes contra una poderosa estación espacial inmensa. Esta idea se encuentra absolutamente reconstruida en niveles horripilantes en el anime “Attack on Titan”. Allí, la humanidad es ínfima respecto a los Titanes que destrozan todas las ciudades a su paso.



Curiosamente, en “Captain Phillips” (2013) la idea de “David y Goliat” sucede dos veces, ya que a mitad de película se invierte. Primero tenemos a un carguero grande pero inútil (que solo puede defenderse con mangueras a presión) frente a un grupo armado de piratas, y luego de la captura de Tom Hanks, el grupo de piratas (en una pequeña balsa) es asediado por toda la marina de los EE.UU.


El folkclore popular para niños también brinda ejemplos de esta temática bíblica. Pensemos en Caperucita vs el Lobo Feroz, Hansel y Gretel (contra la malvada bruja) y los 3 cerditos (de nuevo, contra el gran Lobo Feroz). 

En las comedias, por otro lado, esta idea suele utilizarse para generar risa. Por ejemplo, en las cintas de artes marciales (estilo Jackie Chan), o las películas de Jason Statham, el héroe es ágil y habilidoso y (utilizando todo tipo de artilugios) se enfrenta a una tonelada de enemigos que lo atacan en manada.

Lo interesante de esta técnica es que puede utilizarse abiertamente –como en algunos casos que menciono– o esconderse bajo alegorías y metáforas. Es lo que suele pasar con historias donde un pobre diablo se enfrenta a toda una conspiración gubernamental, o un hombre injustamente acusado debe  defenderse de todo un jurado. 

La vida real también nos brinda escenas tipo “David y Goliat”. Creo que un caso excepcional es la guerra de Vietnam. Sin importar cuantas muertes causaran los americanos, los vietnamitas simplemente no se iba a rendir.


► ¿Qué pensás de esta técnica narrativa? ¿Qué otros ejemplos podés mencionar? ¡DEJA TUS COMENTARIOS!

Capítulos anteriores:

Técnicas narrativas (I): “El Macguffin en el cine y la literatura”
Técnicas narrativas (II): “El efecto Rashomon”
Técnicas narrativas (III): “In Medias Res, en el medio del quilombo”
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