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jueves, 22 de enero de 2026

lunes, 12 de noviembre de 2018

Elevator action: los ascensores en la cultura popular


Da la impresión de que, con más de 500 entradas adentro, ya estoy raspando el fondo del barril. Pero la verdad es que no. Aunque tengo muchísimas notas en el tintero, tenía ganas de hablar de esto porque, como siempre (me) digo: éste es mi espacio, y acá hago lo que quiero.

Así que vamos a ver qué onda con los ascensores y su participación en la ficción. Son elementos tan triviales, tan cotidianos, que cuando aparecen suele ser por un motivo específico a la trama; tienen algún peso narrativo.


martes, 29 de marzo de 2016

“Repertorio en forma de libro, osario de palabras” (cuento)


Les comparto un nuevo cuento de mi autoría que, lo admito, peca de no ser una de los más brillantes. Sin embargo, creo que tiene algunos elementos de especial interés que comento al final (y que puedan aportar un detalle adicional a la motivación de mi relato).

Mis comentaristas de Literautas.com lo odiaron, ¡así que pueden criticarlo tranquilos!

***

“Repertorio en forma de libro, osario de palabras”

Lo más insoportable de subirme todos los días al ascensor espacial a la Luna no es que sea espantosamente parsimonioso. Tampoco me abruman las pequeñas e insignificantes conversaciones. “Qué calor hace hoy”. “El tiempo está loco”. “Parece que va a haber lluvia de meteoritos otra vez”.

Menos aún me perturba el amontonamiento de individuos en el único y delgado cable, de unos 50.000 kilómetros de largo, que empalma a nuestro planeta con la superficie lunar. Nos vendieron que es una obra de ingeniería de magnitud colosal, que finalmente tenemos una autopista hacia el cielo; nos bombardearon con la viperina frase: “Elevamos sueños”. ¡Qué me importa que haya sido diseñado con una recalcitrante aleación de un polímero sintético llamado “Zylon” y nanotubos de carbono! No deja de ser un oneroso medio de transporte que consume nada menos que treinta minutos en desplazarte a tu faena.


Me resulta indolente la caravana que se reúne en la entrada (de la Tierra) todos los días para protestar que “el elevador espacial está matando a los humanos por la radiación”. No son reclamos apócrifos. La extendida permanencia en el cinturón de Van Allen verdaderamente es el motivo de los nuevos tipos de cáncer que comenzaron a emerger en el planeta.

No. Lo realmente intolerable no son las miradas incómodas, la criatura que no suspende nunca el sollozo, el energúmeno que comenta idioteces para evitar los silencios, el inefable obeso que deja siempre resbalar una flatulencia. A mí quien verdaderamente me hace hervir la sangre es el sujeto que dedica su media hora a la imparable lectura del diccionario.

¡Es verdad! Siempre fui muy inquieto, terriblemente inquieto. ¡Pero a no confundir aquello con la demencia! Soy muy cuerdo y, sin embargo, me es difícil saber cómo aquella idea entró en mi cabeza por primera vez. Quizás, la diligencia del hombre por leer regularmente su diccionario despertaba en mí un complejo de inseguridad, el temor a que cualquier palabra que él pudiera llegar a pronunciar acabaría por sonar como una tormentosa condición médica.

Su tranquilidad y vehemencia por la actividad me irritaban de sobremanera. ¿Para qué convertirse en un cazador de palabras, cuando las que usamos para la comunicación diaria nos alcanzan y sobran? ¿Con qué necesidad se aventuraba en la espinosa tarea de investigar palabras largas, elaboradas y crípticas per se? ¿Quién era él para amar tanto las palabras que las releía con cuidado, casi con recelo? ¿Quién era él para vencer el desagrado del ascensor espacial con tanta soltura? Era la traición hacia lo familiar, la vanidad, la forfolla, el quijotismo por antonomasia.

Recuerdo que había comenzado con la letra “M” cuando me decidí, poco a poco, muy gradualmente, a librarme de aquel sujeto y de su engreimiento para siempre.

Lo ajusticié –no me pregunten bien cómo ni cuándo– una ocasión en la que sólo él y yo subíamos en el elevador. No recuerdo si le corté el cuello con un elemento cortante o si le perforé el corazón. A lo mejor lo golpeé muy duro con un objeto romo en el parietal izquierdo.  ¿O fui más clemente y lo envenené con cianuro?

Pobrecito, ya iba por la letra “V”.

Cuando cayó al suelo, su repertorio de palabras se desparramó por el lugar. Permanecí inmóvil. Durante diez minutos enteros no moví un sólo músculo. Luego, sonreí alegremente al ver lo simple que había resultado todo. Examiné el abyecto cadáver. Pude sentir cómo la vida se había desvanecido, invalidando a un cuerpo prescrito.

No pueden imaginarse con qué cuidado, con qué desmedido cuidado, levanté el grueso libro con mis manos. Llegó entonces a mis oídos un ruido apagado, como el que podría hacer el rumor de las hojas en el campo al aire libre. Leve. Elegante. Pronto lo distinguí: era el diccionario. Latía. Latía delatándome, armonioso como el redoble de un tambor. Tum-tum, tum-tum, tum-tum.


Aquel tipo estaba indudable e irreversiblemente muerto. No obstante, su libro vivía. El sonido se hizo más penetrante; seguía resonando y era cada vez más intenso. Me pedía que lo abriera, que lo estudiara.

Comencé por el principio: la primera letra del alfabeto español (y primera de las vocales). Me puse de pie y lo comprendí todo. Lo suntuoso de sus definiciones, la seducción de sus vocablos, lo ladino de sus explicaciones. Los oficiales armados se aglomeraron a la salida del ascensor. Sólo pedí que me dejaran terminar mi lectura en una de esas lindas celdas nuevas que instalaron en la Luna.

***

Ahora sí, una explicación adicional con #SpoilerAlert.

Mis comentaristas criticaron el abuso de palabras innecesariamente complicadas. Se les hacía enredado y confuso leer el cuento. La verdad es que esa era exactamente la idea.

Es deliberamente complejo porque el protagonista (y narrador) se fanatizó con el diccionario. 

Creé un personaje que usa palabras difíciles sin necesidad y, muchas veces, de modo incorrecto.

Es cierto que hablar más directo es más claro y, generalmente, más recomendable a la hora de escribir. Pero acá busqué lo contrario. Hablar de forma más enigmática y críptica (sin  necesidad) para enfatizar la idea de que él se obsesionó con lo complicado, lo enredado, de las palabras. 

En eso residió mi experimentación.


Hay otro detalle que me indicó un comentarista (Kmarce) y que me pareció muy destacable. Es el hecho de utilizar un cable de ascensor en una propuesta de ciencia ficción. Evidentemente, y como él explicó, la Tierra gira y tiene una rotación con ligeras inclinaciones sobre el eje y respecto a la Luna. No es viable colocar un cable a la Tierra que viaja a una velocidad increíble. Sería como amarrar dos trompos en movimiento.

Este comentarista propuso eliminar el cable y sustituirlo por el uso apropiado de la magnetosfera, apoyados con diferentes magnetos ubicados en la Luna, para ir y venir al más hermoso satélite del universo. (Está clarísimo que padece de selenofilia, es decir, “amor por la Luna”).

En fin, ¡hasta la próxima!
                                                                                                                            
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=>> Otras CUENTOS de mi autoría en el blog: “Del texto a la vida” (obra de teatro ganadora); “El último beso”; “Los delicados riesgos de oprimir un botón sin leer las instrucciones”; “El lápiz mágico”.

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