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miércoles, 9 de septiembre de 2015

La puntuación en tiempos del menor esfuerzo


Vivimos en una época donde, más que nunca, la puntuación está perdiendo la batalla. 

La imperiosa necesidad de escribir rápido (de “no perder tiempo escribiendo”), el dinamismo de nuestros tiempos, las contracciones de palabras, twitter, la ignorancia amalgamada con desinterés general, la idea de que “lo que importa es el mensaje y no la forma de entrega” son algunos de los factores que influyen.

Inconscientemente estamos destrozando el lenguaje.

Como aspirante a escritor, docente y profesional, me cuesta mucho aceptarlo. Durante mi trabajo de 8 a 5 (si creen que vivía de este blog, la triste realidad es otra) veo atrocidades que se hacen con el español, e-mails que parecen escritos por un pibe de 6 años, personas que eructan las palabras como quien traga una hamburguesa con papas fritas. Más de una vez quedé como pedante por realizar correcciones ante mis superiores.

Lo malo (lo peor) es que los errores se volvieron tan usuales, que ya se perdió el sentido de culpa, vergüenza o fracaso al cometerlos.

El caso de la puntuación es, quizás, el más crítico de todos. Si hay errores de ortografía o faltan tildes, uno puede (mal que mal) deducir lo que se quiso decir. Pero los signos de puntuación cambian el sentido de las frases, establecen jerarquías sintácticas y, en consecuencia, dan estructura a un texto.


"Y estos, Luciano, son tus nuevos compañeros de trabajo..."


Julio Cortázar, por ejemplo, decía: "La coma, esa puerta giratoria del pensamiento". Al respecto, una vuelta escribió el siguiente texto:
  
***

"Si el hombre supiera realmente
el valor que tiene la
mujer andaría en cuatro patas
en su búsqueda".

Si usted es mujer, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra “mujer”.
Si usted es varón, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra “tiene”.

***


El lugar en el que se coloca la coma le brinda un significado absolutamente diferente al texto. Con la puntuación correcta se logra ordenar las ideas, dar ritmo y eliminar las ambigüedades. Y en relación a las ambigüedades, el ingenioso autor Manuel Toledo y Benito redactó este fascinante texto que forma parte del libro titulado “Ortografía intuitiva”.

Dice así:

***

“Un testimonio sin puntuación”

Se cuenta que un señor, por ignorancia o malicia, dejó al morir el siguiente escrito, falto de todo signo de puntuación:

«Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta al sastre nunca de ningún modo para los jesuitas todo lo dicho es mi deseo.»

Se dio lectura del documento a las personas aludidas en él, y cada cual se atribuía la preferencia. A fin de resolver estas dudas, acordaron que cada una presentara el escrito corriente con los signos de puntuación cuya falta motivaba la discordia.

El sobrino Juan lo presentó de esta forma:
«Dejo mis bienes a mi sobrino Juan, no a mi hermano Luis. Tampoco, jamás, se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.»

Como puede verse, el favorecido resultaba ser Juan; no conformándose el hermano Luis, este lo arregló así:
«¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No: a mi hermano Luis. Tampoco, jamás, se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.»

El sastre, a su vez, justificó su reclamación como sigue:
«¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. Se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.»

De este modo, el sastre intentó cobrar su cuenta; pero se interpusieron los jesuitas, reclamando toda la herencia, y sosteniendo que la verdadera interpretación del escrito era ésta:
«¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás. ¿Se pagará la cuenta al sastre? Nunca, de ningún modo. Para los jesuitas todo. Lo dicho es mi deseo.»

Esta lectura motivó gran escándalo entre los concurrentes y, para poner orden, acudió el Juez. Este consiguió restablecer la calma, y después de examinar el escrito objeto de la cuestión, exclamó en tono severo:
—Señores: acá se trata de cometer un fraude. La herencia pertenece al Estado, según las leyes en vigor. Así lo prueba esta verdadera interpretación:
«¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco. Jamás se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo para los jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo.»

Y agregó:
«En su virtud, y no resultando herederos para esta herencia, yo, el Juez …, etc., etc., me incauto de ella en nombre del Estado. Queda terminado este asunto.»

***

Esta serie de signos, cuando están bien elegidos y se colocan en su el lugar adecuado, permiten no solo que el lector­ de los mensajes escritos los entienda, sino que además les confiera la adecuada entonación.

Más allá del humor, y sin pretender parecer un purista, los signos de puntuación son fundamentales. La diferencia entre «¡Vengan a comer chicos!» y «¡Vengan a comer, chicos!» es que con la primera podés ir preso por canibalismo. Por su parte: «No está mal eso» y «No, está mal eso» dicen exactamente lo opuesto.

Acá me pongo un poco ñoño. 

La RAE destaca especialmente el aporte que realiza la puntuación a la cohesión de un texto: "De ella depende en gran parte la correcta expresión y comprensión de los mensajes escritos. La puntuación organiza el discurso y sus diferentes elementos y permite analizar la ambigüedad en textos que, sin su empleo, podrían tener interpretaciones diferentes".

Pensemos en esta frase:

«Los soldados, cansados, volvieron al campamento.»
«Los soldados cansados volvieron al campamento.»

En la primera oración, ¿qué soldados volvieron al campamento? La respuesta es TODOS, y además todos ellos estaban cansados. En el segundo caso únicamente volvieron aquellos que estaban cansados, el resto se quedó.


En algunos casos la falta de comas hasta puede ser insultante (en mi caso: siempre). Existen varias versiones de la Biblia que, en Lucas 23:32, tienen la siguiente frase: «Y había también otros dos ladrones crucificados con Jesús».  Si consideramos que Jesús, por lo menos según el cristianismo, no era un “ladrón” como los otros dos, debió haberse escrito: «Y había también otros dos, ladrones, crucificados con Jesús». La diferencia es mínimo, pero con la primera frase te vas derechito al infierno.

► Así que, por favor, se los imploro. No cuesta nada escribir bien, la puta que lo pario. Hagamos un esfuerzo para redactar e-mails como los profesionales que nuestro título sugiere. No se coman las comas, y ¡hablemos bien, carajo! ¡Hasta la próxima!

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