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miércoles, 21 de mayo de 2025

“Nada que abrir” (Adriana y Hernán)

 

Una llave encontrada en un cajón, una grieta en la rutina, una insinuación de que algo no encaja. En “Nada que abrir”, una conversación aparentemente banal entre Adriana y Hernán se transforma en una inquietante exploración de lo que no se dice.


miércoles, 19 de marzo de 2025

“Un desenlace inevitable” (cuento)


El tren avanza con su implacable ritmo matutino. Cerca hay un teléfono público viejo, pesado, inútil. Nadie lo usa. Nadie lo mira. Pero de pronto, suena. El desenlace, en este caso, es inevitable…


sábado, 8 de febrero de 2025

jueves, 19 de diciembre de 2024

“Ecos de un impacto” (cuento)

 

A veces las tragedias no llegan como un vendaval, sino como el eco de algo pequeño, insignificante. En este nuevo relato, “Ecos de un impacto”, el peso de un acto inocente se convierte en una condena eterna.

 


miércoles, 4 de diciembre de 2024

“La última función” (y el regreso a Literautas)


El regreso del taller creativo “Montame una escena”, de Literautas, me llevó a redactar “La última función” (un cuento metatextual) y recordar que algunos de mis mejores textos surgieron gracias a esta linda comunidad literaria.

 


lunes, 21 de enero de 2019

“Incomodidad cósmica” (cuento)


Les comparto otro relato de ciencia-ficción con un pase de comedia con toques. La propuesta consistió en escribir un cuento que contuviera las palabras sombra, baraja y dragón. 

¡Espero que lo disfruten!


Versión podcastera:


martes, 14 de noviembre de 2017

Hotel Paradise: los cuentos de Marcelo Kisilevski


Conocí a Marcelo Kisilevski a través de la comunidad de Literautas.com, un sitio que ya mencioné alguna vez en el blog. Literautas tiene un taller de escritura (Móntame una Escena) en el que cada mes se da una consigna y quien quiere puede sumarse. Luego es posible intercambiar comentarios y correcciones sobre cada texto.

El taller me sirve para impulsarme a mí mismo a escribir mes a mes, aunque sea algo chiquito, y la verdad es que me ha inspirado a sacar algunos de mis cuentos favoritos. 

También es un círculo social de escritores como uno donde es posible seguir aprendiendo y conocer nuevos textos.

La cuestión es que Marcelo es una de las tantas personas que lee mis escritos, y yo los suyos, y más de una vez habíamos intercambiado comentarios en el sitio. 

Hace unas semanas me obsequió una copia digital de su libro Hotel Paradise – Cuentos para leer sin red, publicado en Chile por Editorial Furtiva y también disponible en Amazon.

Un hecho muy curioso, que resultó de investigar a Marcelo en Internet para poder descubrir al autor, es que la fase que yo conozco de él es justamente la menos conocida popularmente.

«Mi faceta como escritor de ficción es menos conocida. Después de todo, se trata de mi primera antología de relatos. Pero quiero que la gente también conozca lo que hago cuando todos se van a dormir en casa, se apaga la tele, y puedo disfrutar, lejos de los problemas del mundo, de mi 'patio de recreo', es decir la creación literaria.» (fuente)

Marcelo es argentino, pero vive en Israel desde 1992. Se considera un “comunicador artesanal” si bien su título es de Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Se ha dedicado profesionalmente como periodista, productor de videos, conferenciante, educador y traductor. Y ahora escritor.

Yo tengo la horrible costumbre de no leer nunca las noticias y manterme siempre tan al margen de la actualidad social, económica y política como puedo. Vivo, si se quiere, en una suerte de burbuja donde sólo me preocupan mi familia, amigos y vicios personales. El mundo de afuera puede quedarse allá, afuera.

Por eso no tenía idea de que Marcelo es muy conocido en Argentina por su rol de periodista y analista de actualidad de Israel y el Medio Oriente. Como dije, lo conozco exclusivamente a través de sus escritos y es de lo único que puedo hablar.

Sin embargo –y a pesar de vivir a miles y miles kilómetros de Argentina– su primera antología Hotel Paradise la sentí mucho más argentina y cercana que muchísimos otros textos que leo de escritores argentinos. Eso, para mí, fue un gran plus.



***

Los cuentos de Marcelo Kisilevski

Voy directo al grano: la antología que conforma Hotel Paradise es fascinante. Me encontré cautivado por casi todos los cuentos que presenta el autor. Se denota un trabajo muy pulido, muy a consciencia en la selección de cuentos.

El libro se desarma en tres grandes apartados en función de su extensión: medium, large y small.

Los mejores para mí se encuentran en la sección “medium”, donde muchos se destacan por su gran originalidad y sus temáticas atrapantes.

Por ejemplo tenemos “Martina Inmortal”, uno de los pocos en los que Marcelo incursiona en la ciencia ficción Se trata de un texto muy “a lo Black Mirror”.

En un futuro donde morir es una elección propia (literalmente) la protagonista, con más de 200 años, decide que es tiempo de dejarse ir.

Lo verdaderamente interesante es todo el contexto alrededor de un argumento más bien simple, la descripción de las consecuencias económicas y sociales que ocurrieron en un futuro donde la muerte se erradicó por completo. Dan ganas de quedarse un poquito más dando vueltas por ese universo.

Otro cuento muy Black Mirror es el que le da nombre a la antología. “Hotel Paradise” es un escalofriante relato con unos efectivos toques de humor. Un turista en un hotel cinco estrellas progresivamente se convierte en un huésped eterno. Quizás inspirado en Hotel California, el tema de The Eagles, aunque con unos toques de ingenio astutos.

Cuentos como “Qué bonita mañana de camping”, “El carterista de agendas” y “Tengo un sobrino que es igualito a Luis Miguel” son relatos esencialmente humorísticos (muy logrados también) pero con un pie bien anclado en la tierra y con finales agridulces que van a sorprender a más de uno. Los encontré todos súper creativos.

El primero de los tres mencionados es una historia con un aire cortaziano en la que un florista se va de vacaciones a un camping porque le fue mal en el año.

Hablando mal y pronto, te cagás de risa con la descripción de vacacionar en campings (particularmente si lo viviste). Toda la acción ocurre en un baño, donde suceden cosas inesperadas. Muy paródico y cómico, hasta que te toma desprevenido con el desenlace dramático.

Esta es una virtud de la antología: no se asienta en ningún género particular. Así, es posible encontrar una historia para cada gusto.

En ese sentido, “3 segundos” es un fascinante relato pseudo-policial donde un hombre se despierta en una bañera con el cuello roto y una bala en el estómago. Sabe que va a morir en unos minutos y no puede ni moverse. Tiene que recordar quién es para entender qué le paso, algo paradójico porque recordar su vida será como morir dos veces. Es magistral.

Todos son cuentos muy íntimos, de historias chiquitas pero fuertes. Algunos hasta se dan el lujo de contener cierto comentario social más o menos sútil que permite una lectura múltiple desde varios lugares.

Entre ellos destaco especialmente “Demasiado metidos”, que me pareció una pequeña obra maestra.

Dos pibes jóvenes a fines de los ochenta están vacacionando en el Sur. Conocen a Gisella, de 26 años, y a su novio Mariano, quienes dirigen el hostel en el que duermen. Una noche de borrachera, Mariano les confiesa que torturó a personas durante la dictadura. ¿Qué haría cada uno de nosotros si, mochileando por la vida, nos encontráramos demasiado metidos? 

Tremendo relato, muy visceral.

En intercambios por e-mail, Marcelo me comentó que nunca nadie le había señalado ese relato como especialmente bueno, pero que él le tiene un especial afecto porque es el único que tiene varios episodios autobiográficos mezclados. De verdad viajó en ascensor con Ernesto Sábato en el San Martín/CONADEP, fue mochilero en el sur de Argentina y conoció (aunque en otro lado) a un ex torturador.


Si tengo que ser honesto, la sección “small” de la antología es mucho más intrascendente, sus cuentos caen más en la categoría de lo conocido. Si bien los disfruté, ninguno me quedó en el recuerdo ni me pareció tan memorable. A lo mejor es porque tienen un tono mucho más serio que los anteriores y un elemento social/político bastante más marcado, que no es lo que más busco en la literatura.

Afortunadamente, entre las secciones “médium” y “small” tenemos el plato fuerte del libro:  “La doble vida de Ramiro”, que funciona como una especie de novela corta y no tiene nada que envidiarle a las grandes historias de estafadores del cine de Hollywood.

Tiene un momento grandioso en el que aparece una intertextualidad casual con otro cuento anterior que me hizo estallar de risa. Es una historia pícara donde reí durante todo su desarrollo, y está muy bien llevada. Prefiero no dar demasiados detalles para no arruinar la historia.

Palabras finales

Hotel Paradise se disfruta porque el autor trabaja temas atemporales con mucha soltura. Prácticamente todos los finales de sus relatos son sorprendentes y abren nuevas posibilidades de exploración.

Como toda buena antología, puede abrirse en cualquier tiempo y lugar para disfrutar de una buena historia durante algunos minutos. Me llevo muchos argumentos cautivantes de un libro que, considero yo, no tiene desperdicio. Cada lector encontrará un relato de su mayor agrado.

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Si les interesa leer la obra de Marcelo Kisilevski, pueden contactarlo a través de su blog literario: www.contarelcuento.wordpress.com.


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lunes, 23 de octubre de 2017

“No requiere el uso de pilas” (cuento)


Ante ustedes, queridos lectores, un nuevo cuento de mi autoría. Sencillo, tranquilo, nada del otro mundo. El relato transita los géneros del terror y la ciencia ficción, con un tinte humorístico.


Versión podcastera por acá:



lunes, 20 de febrero de 2017

“Cuando el amor tocó la puerta, yo había salido a comprar aceitunas” (cuento)


Les comparto un nuevo cuentito de mi autoría, sencillo, directo. Funciona más como un pase de comedia, pero me dio mucha risa mientras lo escribía por lo surrealista de la situación.

Formó parte del Taller de Literautas de este mes. La consiga era escribir un relato con las siguientes doce palabras: tango, roedor, escalera, talismán, alianza, frasco, viuda, regalo, naranja, mañana, secreto, doce.


***

“Cuando el amor tocó la puerta, yo había salido a comprar aceitunas”

(Luciano Sívori)

—Hola, gracias por venir. Contame un poquito de vos.
—Emmm… bueno, como ves ahí en mi CV, me llamo Gustavo, soy profesor de tango, tengo 34 años. Cuento con una larga experiencia en el negocio del amor. Me considero una persona ambiciosa, capaz de dirigir una relación con eficacia y responsabilidad.
—Veo, veo… ciertamente es un currículum interesante. ¿Con cuántas personas saliste?
Doce. Nueve mujeres, dos hombres y un…
—¿Un?
—Un roedor. Al principio fue un romance secreto, pero después ya no lo pudimos esconder más.
—Ajá. Ya veo. Hablame de Agustina.
—Agus fue mi primera novia, desde febrero de 2003 hasta diciembre 2005. La acompañé en momentos duros. Durante mi relación demostré proactividad, dedicación y un enfoque hacia los objetivos. Además, le enseñé a jugar al Mahjong. Me desvinculé de ella para buscar proyectos más prometedores, pero terminamos en muy buenos términos.
—Qué bueno. ¿Y Julia?
—Nuevamente exhibí cariño y entrega con ella. Desgraciadamente, mi personalidad extrovertida no se ajustó a las necesidades de sus operaciones diarias. Me dejó ir al tercer mes, sin previo aviso, y no quiso hacerme carta de recomendación. Yo no pude ver un escenario adverso. Sin embargo, siento que gracias a nuestra articulación entendí la necesidad de adaptarse al cambio, que es siempre vertiginoso.
—Gustavo, ¿qué considerás que es tu mayor fortaleza y tu mayor debilidad?
—¡Qué pregunta! Supongo que mi debilidad es siempre poner el 110% en la relación. Eso hace que, muchas veces, me frustre cuándo las cosas no salen como se planearon en primera instancia. Me esfuerzo demasiado porque todo funcione y no dejo lugar a la improvisación. ¿Mi fortaleza? Soy increíble en la cama. Un toro fogoso, libinidoso, pasional, que hace alcanzar los placeres más elevados a su pareja del momento. Esto es algo que destacaron todas mis relaciones, como podés verificar en la documentación adicional que adjunté al CV.
—La estoy mirando. 93% de probabilidad de generar orgasmo en el otro. Medidas… upa… satisfactorias. Muy satisfactorias. El Test de Durabilidad te dio siete polvos continuos, con espacios de diez a quince minutos de descanso. Tu nivel de apertura sexual es del 99.93%, ¿por qué casi el máximo?
—No puedo disfrazarme de banana. Es un trauma que tengo de chiquito.
—Ajá. Continuemos. Rubén fue tu primera experiencia homosexual. ¿Cómo viviste eso?
—Una relación muy provechosa con la que crecimos ambos. Mantuvimos una alianza fuerte, nos hacíamos un regalo cada semana. Siempre digo que fue como un talismán de la fortuna para mí. Lamentablemente, falleció en un accidente. Se le cayó un frasco de aceitunas de Bulgaria en la cabeza.
—Me apena escuchar eso todo el tiempo. A mi tía le pasó lo mismo.
—Es una epidemia.
—¿Y Miriam?
—Una viuda de 63 años. Celebramos un contrato, previa firma certificada por escribano, para cultivar un lazo exclusivamente sexual entre mayo de 2010 y febrero de 2011. Cuando finalizamos la asociación, ambas partes decidimos buscar oportunidades diferentes.
—Ajá. Acá leo que contás con una educación muy variada.
—Así es. Hice el curso “Cien formas de ser cool sin parecer goma”, estudié Ciencias Románticas en la Universidad de Palermo. En el año 2013 participé del prestigioso taller “Amor es una palabra de cuatro letras, como Roma”, que se dicta en el Centro Cultural “Naranja y media”. Calificación: diez.
—Hablame de tus conocimientos en computación.
—Tengo amplios conocimientos en redacción de e-mails sentimentales. Manejo a la perfección todo el paquete de citas: Badoo, Tinder, Happn…
—Última pregunta, ¿de qué signo sos?
—Capricornio.
—Bien, bien. Bueno, parece que todo está correcto. Todo indica que sos la persona ideal para esta relación, pero quiero recordarte que hay una competencia feroz y que ésta no es más que la primera etapa. Mañana te voy a estar contactando para avisarte si pasás a la siguiente. Bajá por la escalera que te van a tomar unas fotos más, desnudo. Si todo sale bien, en unos días vas a estar saliendo conmigo. ¡Te deseo muchos éxitos!

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lunes, 2 de mayo de 2016

5 trucos de Word para escritores


Sin duda alguna, el programa que más utilizó en mi notebook –y que más perfeccioné a lo largo de los años– es el editor de textos “Microsoft Word”. Ya sea para escribir críticas de cine en la fan-page, preparar los posts del blog, escribir literatura o preparar clases, apuntes y trabajos prácticos. Word es una herramienta poderosa y fácil de usar, pero aun así tiene muchos cosas para exprimirle y que no todo el mundo conoce.

Hoy quiero centrarme en 5 “trucos” que fui descubriendo a lo largo del tiempo y que pueden servir, especialmente, a aquellos que (como yo) tienen el humilde oficio de escritor en la sangre. Creo que cada uno va a poder encontrar algo de utilidad. 

¡Arranquemos!

#5 – Párrafos y texto aleatorio

Word permite insertar rápidamente texto de ejemplo en un documento. Para ello, hay que utilizar el comando “rand”, que permite generar la cantidad de párrafos con texto al azar que precisemos.

Es sencillo: se tiene que colocar al comienzo de una línea:
=rand(3,3)

El primer número indica la cantidad de párrafos a generar, y el segundo indica la cantidad de frases (oraciones) que cada párrafo debe tener. Así queda el texto luego de aplicar el comando. Respeta el formato y fuente que haya tenido el comando original:
  


#4 – Doble click para hacer “brainstorming”

Word puede usarse como una rápida herramienta de brainstorming (la conocida técnica de “tormenta de ideas”). Para ello, simplemente hay que hacer doble click en cualquier lugar de la pantalla del editor de textos y comenzar a tipear. Ni siquiera es necesario preocuparse para posicionar el cursor.

Esto es lo más cercano que tiene Word al estilo de escritura libre, y también es muy útil a la hora de querer insertar imágenes o viñetas. Lo loco es que la técnica de “clickear y tipear” existe desde el año 2002, pero casi nadie la conoce.


#3 – Shift + F3 para cambiar rápidamente entre mayúsculas y minúsculas

Todos sabemos que los comandos rápidos del teclado aceleran y optimizan el uso de cualquier software. En Word esto es particularmente interesante. Justificar el texto (Ctrl + “J”), copiar formato (Ctrl + Mayus + “C”) o los botones de subíndice (Ctrl + “=”) y superíndice (Ctrl + “+”) están entre las hotkeys que más utilizo.

Pero hay una que es muy útil e igualmente desconocida: Shift + F3 para alternar entre una palabra toda en minúscula, toda en mayúscula o sólo con la primera letra en mayúscula.

Si esta es nuestra palabra:
Supercalifragilisticoespialidoso.

Con Shift + F3 pasa a:

SUPERCALIFRAGILISTICOESPIALIDOSO.

Y una vez más pasa a:

Supercalifragilisticoespialidoso.

Y luego nuevamente a:

Supercalifragilisticoespialidoso.


Cuando te acostumbrás a usarlo, no te lo olvidás más.

#2 – Alt0151: para insertar un guión largo (—)

Este sí que es especial para escritores. El agradecimiento va para la web de Literaturas.com, que comentan sobre este comando en este post.


Hay muchísima confusión respecto a la manera de escribir diálogos en la literatura en español (que es muy diferente a la norteamericana). No es lo mismo el guión corto (-) que el guión medio (–). Y ninguno de los dos es igual que la raya de diálogo (—).

No es la idea hablar de cómo confeccionar conversaciones en esta nota. Supongamos que ya entendemos perfectamente cuándo usar cada uno de estos símbolos, pero estamos frente a la compu (redactando el próximo best-seller) y no podemos encontrar el guión largo por ningún lado.

Yo lo que muchas veces hago es googlearlo, pero a veces no hay Internet, y en otras ocasiones es más rápido conocer el comando de ALT:

Alt + 0151: inserta un guión largo (—)

Es decir: para obtener el guión largo necesario en los diálogos, es necesario mantener pulsado “Alt” en el teclado mientras se escribe “0151” en el teclado numérico. El símbolo “—“ aparece automáticamente.

#1 – ¿Cómo borrar los (molestos) espacios en blanco?

Este último es genial. Lo escuché por primera vez en los videos cortos del “Taller de Corte y Corrección” que realiza Marcelo di Marco.

Hay que recordar que la filosofía de Word es que, en un documento, cada carácter, párrafo y sección es una colección de características.

Un espacio en blanco también es una característica. Muchas veces, al redactar un texto, sin querer oprimimos dos veces la barra espaciadora, generando doble espacio que –al ser prácticamente invisible– es difícil de notarlo para corregirlo. Supongamos este caso:


Acá hay un doble espacio después de “mi” y después de “pero”. Si el texto es extenso, podría haber muchísimos “dobles espacios” y nosotros ni nos daríamos cuenta.

La idea para corregirlos es usar la herramienta de “buscar y reemplazar”. En el campo “buscar” oprimir una vez la barra espaciadora, y en el campo “reemplazar con” oprimir dos veces la barra espaciadora. El resultado es, justamente, reemplazar todos los “dobles espacios” con un espacio simple.


Este truco puede ser útil también para corregir otro tipo de errores al escribir. Por ejemplo, sabemos que al comenzar el diálogo no debe haber separación entre la raya y el comienzo de la frase.

CORRECTO:
—Quiero pasar el resto de mi vida con vos —comentó Leandro—. ¿Querés?
—Sí, pero tengo que preguntarle a mi vieja si me deja —dijo Carolina.

INCORRECTO:
— Quiero pasar el resto de mi vida con vos —comentó Leandro—. ¿Querés?
— Sí, pero tengo que preguntarle a mi vieja si me deja —dijo Carolina.

Sí no nos dimos cuenta y escribimos todo el texto de la forma incorrecta, es sólo cuestión de reemplazar los caracteres “— ” con “—“, eliminado el espacio de más.

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Hasta acá llego con los consejos y pequeños trucos de Microsoft Word. ¿Qué les pareció? ¿Agregarían algún otro? ¡Feliz escritura y hasta la próxima!
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martes, 29 de marzo de 2016

“Repertorio en forma de libro, osario de palabras” (cuento)


Les comparto un nuevo cuento de mi autoría que, lo admito, peca de no ser una de los más brillantes. Sin embargo, creo que tiene algunos elementos de especial interés que comento al final (y que puedan aportar un detalle adicional a la motivación de mi relato).

Mis comentaristas de Literautas.com lo odiaron, ¡así que pueden criticarlo tranquilos!

***

“Repertorio en forma de libro, osario de palabras”

Lo más insoportable de subirme todos los días al ascensor espacial a la Luna no es que sea espantosamente parsimonioso. Tampoco me abruman las pequeñas e insignificantes conversaciones. “Qué calor hace hoy”. “El tiempo está loco”. “Parece que va a haber lluvia de meteoritos otra vez”.

Menos aún me perturba el amontonamiento de individuos en el único y delgado cable, de unos 50.000 kilómetros de largo, que empalma a nuestro planeta con la superficie lunar. Nos vendieron que es una obra de ingeniería de magnitud colosal, que finalmente tenemos una autopista hacia el cielo; nos bombardearon con la viperina frase: “Elevamos sueños”. ¡Qué me importa que haya sido diseñado con una recalcitrante aleación de un polímero sintético llamado “Zylon” y nanotubos de carbono! No deja de ser un oneroso medio de transporte que consume nada menos que treinta minutos en desplazarte a tu faena.


Me resulta indolente la caravana que se reúne en la entrada (de la Tierra) todos los días para protestar que “el elevador espacial está matando a los humanos por la radiación”. No son reclamos apócrifos. La extendida permanencia en el cinturón de Van Allen verdaderamente es el motivo de los nuevos tipos de cáncer que comenzaron a emerger en el planeta.

No. Lo realmente intolerable no son las miradas incómodas, la criatura que no suspende nunca el sollozo, el energúmeno que comenta idioteces para evitar los silencios, el inefable obeso que deja siempre resbalar una flatulencia. A mí quien verdaderamente me hace hervir la sangre es el sujeto que dedica su media hora a la imparable lectura del diccionario.

¡Es verdad! Siempre fui muy inquieto, terriblemente inquieto. ¡Pero a no confundir aquello con la demencia! Soy muy cuerdo y, sin embargo, me es difícil saber cómo aquella idea entró en mi cabeza por primera vez. Quizás, la diligencia del hombre por leer regularmente su diccionario despertaba en mí un complejo de inseguridad, el temor a que cualquier palabra que él pudiera llegar a pronunciar acabaría por sonar como una tormentosa condición médica.

Su tranquilidad y vehemencia por la actividad me irritaban de sobremanera. ¿Para qué convertirse en un cazador de palabras, cuando las que usamos para la comunicación diaria nos alcanzan y sobran? ¿Con qué necesidad se aventuraba en la espinosa tarea de investigar palabras largas, elaboradas y crípticas per se? ¿Quién era él para amar tanto las palabras que las releía con cuidado, casi con recelo? ¿Quién era él para vencer el desagrado del ascensor espacial con tanta soltura? Era la traición hacia lo familiar, la vanidad, la forfolla, el quijotismo por antonomasia.

Recuerdo que había comenzado con la letra “M” cuando me decidí, poco a poco, muy gradualmente, a librarme de aquel sujeto y de su engreimiento para siempre.

Lo ajusticié –no me pregunten bien cómo ni cuándo– una ocasión en la que sólo él y yo subíamos en el elevador. No recuerdo si le corté el cuello con un elemento cortante o si le perforé el corazón. A lo mejor lo golpeé muy duro con un objeto romo en el parietal izquierdo.  ¿O fui más clemente y lo envenené con cianuro?

Pobrecito, ya iba por la letra “V”.

Cuando cayó al suelo, su repertorio de palabras se desparramó por el lugar. Permanecí inmóvil. Durante diez minutos enteros no moví un sólo músculo. Luego, sonreí alegremente al ver lo simple que había resultado todo. Examiné el abyecto cadáver. Pude sentir cómo la vida se había desvanecido, invalidando a un cuerpo prescrito.

No pueden imaginarse con qué cuidado, con qué desmedido cuidado, levanté el grueso libro con mis manos. Llegó entonces a mis oídos un ruido apagado, como el que podría hacer el rumor de las hojas en el campo al aire libre. Leve. Elegante. Pronto lo distinguí: era el diccionario. Latía. Latía delatándome, armonioso como el redoble de un tambor. Tum-tum, tum-tum, tum-tum.


Aquel tipo estaba indudable e irreversiblemente muerto. No obstante, su libro vivía. El sonido se hizo más penetrante; seguía resonando y era cada vez más intenso. Me pedía que lo abriera, que lo estudiara.

Comencé por el principio: la primera letra del alfabeto español (y primera de las vocales). Me puse de pie y lo comprendí todo. Lo suntuoso de sus definiciones, la seducción de sus vocablos, lo ladino de sus explicaciones. Los oficiales armados se aglomeraron a la salida del ascensor. Sólo pedí que me dejaran terminar mi lectura en una de esas lindas celdas nuevas que instalaron en la Luna.

***

Ahora sí, una explicación adicional con #SpoilerAlert.

Mis comentaristas criticaron el abuso de palabras innecesariamente complicadas. Se les hacía enredado y confuso leer el cuento. La verdad es que esa era exactamente la idea.

Es deliberamente complejo porque el protagonista (y narrador) se fanatizó con el diccionario. 

Creé un personaje que usa palabras difíciles sin necesidad y, muchas veces, de modo incorrecto.

Es cierto que hablar más directo es más claro y, generalmente, más recomendable a la hora de escribir. Pero acá busqué lo contrario. Hablar de forma más enigmática y críptica (sin  necesidad) para enfatizar la idea de que él se obsesionó con lo complicado, lo enredado, de las palabras. 

En eso residió mi experimentación.


Hay otro detalle que me indicó un comentarista (Kmarce) y que me pareció muy destacable. Es el hecho de utilizar un cable de ascensor en una propuesta de ciencia ficción. Evidentemente, y como él explicó, la Tierra gira y tiene una rotación con ligeras inclinaciones sobre el eje y respecto a la Luna. No es viable colocar un cable a la Tierra que viaja a una velocidad increíble. Sería como amarrar dos trompos en movimiento.

Este comentarista propuso eliminar el cable y sustituirlo por el uso apropiado de la magnetosfera, apoyados con diferentes magnetos ubicados en la Luna, para ir y venir al más hermoso satélite del universo. (Está clarísimo que padece de selenofilia, es decir, “amor por la Luna”).

En fin, ¡hasta la próxima!
                                                                                                                            
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=>> Otras CUENTOS de mi autoría en el blog: “Del texto a la vida” (obra de teatro ganadora); “El último beso”; “Los delicados riesgos de oprimir un botón sin leer las instrucciones”; “El lápiz mágico”.

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sábado, 1 de noviembre de 2014

“Cuidado, adultos jugando” (cuento)


No suelo colocar introducciones antes de los posts sobre cuentos míos, pero en este caso hago una excepción. Ayer por la noche (viernes 31 de octubre) el siguiente mail llegó a mi casilla:

«Como miembro de la Subcomisión de Cultura y en nombre del Centro Nativos Puntaltenses, me es grato informarle que su obra “Implacablemente suyo” ha obtenido el 2º Premio en el género Cuento del 1º Certamen Literario “Dr. Juan Atilio Bramuglia” organizado por esta Institución.»

El anuncio, por supuesto, me dejó absolutamente sorprendido. Tuve que leerlo varias veces para convencerme de que me estaba equivocando. "Implacablemente suyo" es uno de mis relatos preferidos y me alegré muchísimo por el reconocimiento.

Lo más extraña (quizás, lo más loco) es que no voy a poder estar presente en la gala de premiación porque ese mismo recibiendo otro premio en Junín, provincia de Buenos Aires. Es una coincidencia increíble, única. Hace unas semanas me avisaron que una obra mía había quedado seleccionada entre las 15 mejores de 1930 relatos en el "XLIII Concurso Internacional de poesía y narrativa ELEGIDOS 2014”, y va a formar parte de una próxima Antología Digital Internacional. La cena de gala y entrega de premios es exactamente el sábado 29 de noviembre, el mismo día que la entrega de premios del otro concurso.

Dos premios nacionales en un mismo día. ¿Qué tul? (Ni yo me lo creo aún).

Voy a subir los cuentos ganadores y contarles cómo me va a lo largo de éste y el próximo mes. Mientras tanto, los dejo con este pequeño relato que escribí recientemente. ¡A ver qué les parece!

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Cuidado, adultos jugando


Hay muchas cosas en los alrededores de la plaza Rivadavia: un monumento al célebre personaje histórico, farolas de 1925, una gran fuente en mármol de carrara, inglesa, enmarcada por cuatro pilares pequeños. Está la catedral y en el extremo opuesto el palacio municipal. También se ven cosas que la gente no distingue, que nadie nota. Letras del abecedario, tierra, árboles y un pedazo bastante grande de cielo, cartelería, perros, palomas y hasta seres humanos. La 500. La 504. La 319 en su recorrido de regreso. Decenas, no, centenas de micro-acontecimientos, acciones simultáneas. Una joven está sentada en un banco frente al Café Rodríguez, fumando un cigarrillo. A su lado una mujer se abanica. 

Asfalto. Más seres humanos.

El lector comprobará que —salvo una ligera reflexión de carácter general— mi texto es apenas la enumeración de lo que uno percibe en cualquier espacio verde. Todavía no se ha introducido un conflicto, ni a los personajes principales. Es una pobre excusa de introducción a una narrativa. Lo que ocurre es que se hacía preciso describir lo que pasa cuando no pasa nada. Solo así puedo introducir a mis protagonistas.

Saluden a Florencia, de veintiocho años, y a Mariela, de treinta y cuatro. O no lo hagan. De todas maneras, ellas están sumergidas en su propia conversación.

— Te digo una cosa, no teníamos una ola semejante desde el 2009 —dice Mariela mientras agita su abanico. Tiene razón, el aire en la plaza tiembla por el calor intenso—. No se puede estar ni a la sombra —agrega sacudiendo la cabeza.
— Ni hablar. ¡Y no sabés lo que me gasto en aire acondicionado! —comenta Florencia al tiempo que exhala una larga bocanada de humo—. Igual, hoy la plata no alcanza para nada.
— ¡Qué querés que te diga! Comprás dos pavadas y ya te gastaste cien pesos. En casa usamos ventilador de piso; si no, no llegamos a fin de mes. Yo ya ni el diario leo. Son todas malas noticias. Hasta que no cambie el gobierno, esto no va a cambiar.

— Son todos una manga de mentirosos, y corruptos. El gobierno, la policía. La gente... la gente anda loca, loca. Te matan por dos pesos.
Frente a ellas, los niños siguen jugando y gritando. Se lanzan por el tobogán y giran en la calesita.
— ¿Cuál es el tuyo? —pregunta Florencia.
— El rubiecito, que está con esa nena. Tiene cinco, es un amor, ¡no sabés!
— ¡Esa es mi hija! Parece que ya se hicieron amigos —ríe Mariela—.  A veces pienso en su inocencia y me da mucha envidia.
— ¿Te enteraste lo del colectivero? Dos tipos se le suben al bondi, como el chofer no los deja viajar sin pagar, le fracturan dos de dedos de la mano. Después le sacan la plata de la billetera. Ochenta pesos.
— ¡Qué terrible! Hoy te pegan un tiro aunque haya un menor presente. Se perdió el respeto por la vida humana. Me pongo a pensar en eso y me dan nauseas. Acá, así, no se puede vivir —Mariela se sobresalta de pronto—. ¿Y los niños? ¿Dónde están los niños?

A unos metros de distancia, detrás de unos arbustos, dos pequeños cuchichean.
— ¿La de allá es tu mamá? —pregunta Franco.
— Sí.
— Se la ve cansada.
— Siempre está cansada, y preocupada —dice Clara—. A veces me preocupa mucho. Por eso la traigo a la plaza, así toma un poco de aire y se tranquiliza.
— Te recontra entiendo. Mamá nunca está contenta, y se queja. A veces tiene miedo, pero nunca lo muestra. Yo también la tengo que sacar a pasear cada tanto, para que no esté tan seria.

Clara muestra frustración en su rostro.

— Los adultos nunca entienden nada. Me canso de tener que explicarles todo. ¿No te pasa?
— ¡Me requeterecontra pasa! Son re inocentes, creen que saben todo, y en verdad no saben nada. No quiero crecer nunca.
— Y ojalá que yo tampoco. ¿Me acompañás al sube y baja?
— ¡Ahí estaban!
Las madres se acercan a sus niños y los levantan a upa.
— ¿Vamos a casa, Fran? —le dice Florencia y luego mira a Mariela—. ¡Un gusto! Tal vez nos crucemos la próxima.
—Me hizo bien desenchufarme un poco —responde y mira a su hija—. ¡Ay nena! ¡Estás toda llena de tierra! Vamos a casa así te bañás.

A medida que las madres se dispersan con sus hijos, todo les sigue sin llamar la atención, nada destaca de lo habitual y la narración continúa sin un problema o conflicto principal hasta su abrupto y –hay que decirlo–  vulgar desenlace.


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=>> Otros cuentos de mi autoría, temáticamente relacionados: “Ana y el infinito”, “¡Bang, bang!”, “Esas cosas no existen” y “La historia repetida”.

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