viernes, 5 de junio de 2020

No hay chiste sin remate (cuento)


Escribir es mentir elegantemente. Lo interesante de este tipo de relatos es cuando no podemos identificar qué sección es inventada por el autor y qué sucedió realmente. Y es que ese límite no importa realmente mientras la escritura genere una atmósfera reflexiva y nos interpele de alguna forma.

Espero haber logrado algo de eso con No hay chiste sin remate, un cuentito quizás un poco más autobiográfico de lo habitual. Puntos para los nerds que capten los easters eggs a Watchmen, de Alan Moore.




***

“No hay chiste sin remate”
Luciano Sívori


El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto,
y también a llorar con carcajadas.


Mientras estudiaba la carrera de Ingeniería Industrial (un título que, finalmente, nunca terminé aplicando en el sentido más tradicional) era amigo de Mariano Platz, un buen pibe de Espartillar con el que me juntaba a estudiar ocasionalmente. Nos iba bien juntos porque los dos éramos bastante cufas y nos complacía la compañía del otro.
Yo terminé acomodándome a la consultoría en el área de Sistemas, la escritura y la docencia de mi propia carrera. Platz, por su lado, pintaba para Ingeniero del Carajo desde temprano, y antes de recibirse ya lo habían contratado para Unilever en Capital Federal. Sueldo por las nubes, todos los beneficios… y el inevitable estrés agregado como bonus. Por lo menos eso me imaginaba, porque no volví a verlo al finalizar aquellas gloriosas épocas de estudiante.
Con él y otros chicos solíamos reunirnos a comer los sábados por la noche, en la previa antes de salir. Las juntadas con los pibes siempre eran relajadas. Allá por el 2008 no teníamos otras preocupaciones más que salir a trotar por la mañana, fumar un poco de hierba y coger con alguna piba de vez en cuando. Había tres Nachos (algo que no dejaba de llamarnos la atención), un compilado de rock nacional en CD –o, a veces, una guitarra– y cerveza mala, malísima, pero bien fría. El mejor momento del evento llegaba, sin embargo, con la ronda de chistes de Mariano Platz.
Bien guardadito en su billetera, Platz guardaba un papelito escrito a mano, un tanto amarillento, que tenía no uno, ni dos, sino cien chistes numerados. Era un número seguido de una frase corta.
—¡Contate el 75, Marian!— gritaba Pistochi, ebrio. El Pisto gritaba por naturaleza. El alcohol sólo lo hacía más charlatán. Entonces Mariano bajaba discretamente la vista hacia su papel, cual jugador de Póker revisando su mano, se tomaba unos pocos segundos de evidente teatralidad y empezaba a contarlo.
Por supuesto, todos reíamos. Siempre reíamos. Los chistes no eran especialmente graciosos, pero Platz tenía una innata y especialísima habilidad para sostener los silencios, manejar el timing del relato y brindar el remate con la intensidad justa. Con su papelito mágico, engalanaba los matices festivos propios de aquel mundo particularmente optimista. Su risa benigna y contagiosa emergía como un chorro de agua fresca, deliciosa. Y los más serios (o, mejor dicho, los más críticos del humor fino, que sólo ofrecían una sonrisa cuando el remate era considerado sorprendente e ingenioso) al menos agradecían el tono amable y positivo con el que la risa de Platz transformaba un relato insustancial, o una sarta de sinsabores, en una fuente inagotable de giros saludables.
Yo nunca dejaba de sorprenderme. ¿Cómo podían entrar tantos chistes en un mísero papelito? Como un mago que no revela sus trucos, él nunca mostraba el contenido de aquel pedazo de papel ante su público. Durante un tiempo, Dardo y yo confabulamos que en realidad debía estar en blanco. Podía ser posible que Platz improvisara todo sobre la marcha.
La teoría conspirativa se cayó por partida doble. Primero, en dos sábados distintos pedimos a Platz el mismo número: el 33.
—Ah, éste es buenísimo —dijo la primera vez, y arrancó.
—Ah… éste lo conté el otro día… pero igual es buenísimo —dijo la segunda vuelta. Era un chiste sobre cuatro personajes (un argentino, un chileno, una vieja y una rubia tetona) sentados en un vagón de tren que entra en un túnel, oscureciéndolo todo. Es un buen chiste, todo el mundo se ríe, redoble de tambores. Baja el telón.
En aquella oportunidad también pude obtener la segunda prueba. Me deslicé por detrás de Mariano, con la excusa de servirle más cerveza, mientras él buscaba el chiste que le habían pedido (el N° 91) y ojeé el papelito.
Sí, estaba escrito. La letra era muy chiquita, pero estaba en imprenta mayúscula y se leía clarito. Capté varios chistes que nunca nos había contado todavía. 13: Monos en pijama. 28: El forro al revés. 39: El payaso Pagliacci. 40: Sherlock Holmes en la carpa. 56: ¡No te hagas el boludo, Robin! 62: Una banana cósmica. 63: El tartamudo quería jamón. 87: Pobrecito el cocodrilo.

El tiempo pasó para todos. La mayoría de los chicos se fueron para el sur a dejar su vida en la industria del Petróleo. Otros terminaron en Capital Federal o fuera del país. Muy pocos nos quedamos en Bahía Blanca. El grupo original se fue desintegrando y yo, durante mucho tiempo, dejé de pensar en Mariano Platz y su fantástico papelito de chistes.
Un día como cualquier otro, me apareció como sugerencia de amistad en Facebook. Lo agregué. Me aceptó. Se me dio por saludarlo y comenzamos a chatear. Intercambiamos información sobre las cuestiones básicas (salud, familia, trabajo) y mencionamos algunas anécdotas de la juventud. Estábamos recordando una juntada en mi departamento, donde la cosa se había descontrolado bastante por culpa del Tequila, cuando Platz me cambió de tema.
—¿Y seguís escribiendo, Lupa?
—Sí, aunque no tanto como antes… —admití—. De hecho, el otro día me acordaba de vos y del papel con los chistes numerados. Se me había ocurrido una idea para un relato con esa premisa. ¿Lo tenés todavía?
Tardó un buen rato en contestarme. Yo hasta ya me había puesto a hacer otra cosa.
—Ah, sí… lo tengo guardado en la billetera. Hace mucho que no lo vuelvo a abrir.
—¿Por qué?
Otra vez se demoró. Bastante. El chat es la forma principal de comunicación en 2020 y, curiosamente, muchas veces parece más un recorte de escenas aleatorias que un diálogo en sí.
—Ese papel no lo escribí yo… —tipeó finalmente—. Lo encontré en la billetera de mi viejo poco después de que falleció. Yo era muy pibe, no entendía mucho de nada. Me sabía los chistes porque él me los había contado toda la vida, desde chico. Cuando fui creciendo, me aburrieron. Siempre contaba los mismos y yo le decía que eran malísimos. Así que él los dejó de contar. Ahora tengo un nene de siete años al que ya lo empecé a cansar. Ja, ja. Las vueltas de la vida. Me dice: “Dale, papá, siempre con los mismos chistes vos… ya fue”.
Conocía la historia del padre (un desafortunado accidente que ocurrió cuando él tenía 15 años) aunque no hablábamos de eso. Con Mariano siempre era todo risas, no había lugar para nada más. Pensé en decirle: “Bueno, guárdalo bien. A lo mejor, el día de mañana tu pibe lo encuentra y retoma la tradición”. Pero no lo hice. ¿Después de tantos años de amistad, y muchos más de desencuentro, de pronto me mencionaba a su viejo? Me descolocó, no supe qué responder. Cerré el chat.
Quizás nunca realmente logré volver a contactar a Platz.
Quizás nunca existió aquel papelito de chistes numerados.
Quizás todo fue una excusa para un cuento. Un remate amargo, traicionero. Anticlimático.  Es un buen chiste, todo el mundo se ríe, redoble de tambores. Baja el telón.

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9 comentarios:

  1. "El chat es la forma principal de comunicación en 2020 y, curiosamente, muchas veces parece más un recorte de escenas aleatorias que un diálogo en sí" Brillante
    Muy lindo el cuento

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  2. El telón final te deja pensando por qué entré como un campeón con ese título.
    Y hablando de títulos, la lista de chistes que ponés me hizo cagar de risa. Hay chistes que resumidos a apenas un par de palabras ya son graciosos de por sí.

    Abrazos cráneo!

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    Respuestas
    1. Ja, sí, me reía solo leyendo esos potenciales remates. (Algunos chistes son clasicazos).

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