jueves, 13 de febrero de 2020

“Franco, el del chorizo” (cuento)


Tengo casi 50 relatos publicados en el blog y varios más en mi computadora a la espera de ver la luz. Sin embargo, no estoy pasando los mejores meses como escritor de ficción. Sí sigo escribiendo, prácticamente todos los días. Pero no ficción. Hace mucho que no escribo ficción nueva.

Como para despuntar el vicio (tengo intenciones de retomar la escritura literaria este año) voy a empezar a publicar algunos cuentos viejos que tengo guardados. Franco, el del chorizo es uno de ellos.





En realidad, es el del medio en una trilogía de cuentitos (“Tres llamados a una puerta”). Una historia entre cómica y pseudo-existencial en la que una piba, Guadalupe, recibe una serie de visitas extrañas en su departamento a lo largo de un domingo. Quizás en el futuro publiqué las partes 1 y 3, aunque no creo..

Por cierto, muchas secciones de este relato son autobiográficas. ¿Cuáles exactamente? Si lo digo pierde la gracia.

***

Franco, el del chorizo
Luciano Sívori

25 de enero. 40° grados a la sombra. A mitad de la tarde me puse cachonda con una escena de la película que estaba viendo, Enter the Void. Un hombre está saboreando los pezones de una mujer antes de bajar a besos por su cuerpo mientras se va desabrochando el pantalón. Se le ve el pito erecto. La penetración es bastante gráfica. Él se abalanza mientras los pechos desnudos de la mujer están a la vista.
Empecé a colarme los dedos. Luego de la culminación sexual, los amantes son interrumpidos por un golpe en la puerta. Precisamente al mismo tiempo escuché un ruido. Tocaban a mi puerta también. Me puse de todos colores porque no tenía los auriculares puestos, el jadeante sonido porno salía directamente de los parlantes de la compu.
Y yo encima no había acabado.
Pensé que podían ser los insoportables vecinos de al lado, que alguna vez se quejaron de que mi gato les mea su alfombrita de “bienvenidos” o de que yo llego borracha y les vomito adentro de su cantero. Ambas son absolutamente ciertas, pero no pienso admitirlo en sus estúpidas caras.
Al final resultó ser otro vecino, el de la vereda de enfrente. Cosa rara porque nuestra relación se limitaba a un “hola” y un “chau”. Se llamaba Franco y siempre vestía de campo, con bombacha y alpargatas. Le faltaban las boleadoras nomás. Me sonrió y me ofreció un pedazo de torta y un chorizo seco.
Sí. Un chorizo.
—Es del campo de mis viejos —dijo manteniendo una sonrisa rara. Rara para mí, porque uno nunca espera nunca este tipo de regalos de extraños. ¿Querría algo de mí, como hielo o una olla para cocinar? O capaz que el gaucho Franquito secretamente estaba enamorado y me espiaba con obsesión desde la ventana hasta que, al fin, se animó a hablarme.
¡Por Dios! ¿Y si me estaba espiando mientras yo me tocaba y ahora quería ver si era posible “darme una mano”? Me repugnó tanto esa idea como la de haber mencionado al inexistente Barba de Arriba en mis pensamientos.
La verdad, no me repugna la referencia a Dios. Mi amiga Flor me dice que por más que uno crea que Dios no existe, en algún punto intuimos la existencia de un lugar abstracto en el universo que concentra casualidad, desgracias y sorpresas. Con esa palabra tan corta de cuatro letras estamos resumiendo esa idea en un vocablo universalmente conocido. Además, es una expresión hecha que todos relacionamos con cualquier espanto imprevisto. Así que me autoricé a pensar: “¡Oh, por Dios!”
—Gracias— dije como una boluda.
No me quedó otra que invitarlo a pasar. Habría sido grosero no hacerlo luego de tan desinteresado gesto. La película quedó en pausa. Por suerte ya no se veía ninguna teta.
—El otro día fue mi cumple y me sobraron estas cosas —explicó.
—Ah, sí. El viernes, ¿no? Vi que entraban varios chicos. Felicidades. ¡Un año más! —respondí celebrándole como si fuera tanto mérito no morirse.
—No me gusta festejarlo, pero bueno… viste cómo son los pibes. Empezaron a caer y llegó un punto en el que tuve que meter unas pizzas en el horno. Si no, no se me iban más.
—¡Y le metieron joda hasta tarde, eh! Eran las tres de la mañana y los escuchaba a puro jolgorio.
—¡Uh, mil disculpas! ¡Me hubieses tocado el timbre! No sabía que estábamos molestando…
Lo sentí honesto. Franco parecía de los buenudos.
—No, tranqui 120 —le dije como para sonar copada. En general prefiero evitar esos términos cancheros que asesinan cada vez más a nuestro precario lenguaje —igual no me podía dormir. Di vueltas en la cama, con el calor insufrible, me levanté a buscar agua, volví a la cama, me levanté, fui al baño y al final terminé maratoneando una serie. Netflix and chill, baby.
No sé por qué estaba balbuceando ni por qué mierda le tiré esa última frase en inglés. Por algún motivo desconocido, el gaucho me ponía un poco nerviosa. Ahí estaba él, regalándome su chorizo sin que yo se lo hubiera pedido.
Mi torpe forma de hablar le causó gracia.
—A mi Netflix me arruinó por completo, ya ni vida social tengo. Le meto a una serie tras otra. No terminaste una que ya te están promocionando la siguiente. ¡Encima están todas buenas! Uno tendría que multiplicarse para poder verlo todo.
—Yo escuché que la gente lo está usando para garchar. A Netflix, digo.
¿Por qué no podía parar de decir pelotudeces?
—¿Cómo es eso? —dijo con ingenuidad.
—Fácil —seguí hablando porque ya nada en el mundo podría pararme. Era el efecto “chorizo seco”—. Es así: dos personas están chateando por alguna de las tantas redes sociales, bien entrada la noche. En algún momento de la conversación salta que los dos están viendo alguna pavada en Netflix. Al mismo tiempo, ¿entendés? Entonces uno le propone al otro juntarse para ver algo. Netflix es la excusa. Ponen cualquier cosa y es el disparador para el sexo. Mi amiga Flor lo hace todo el tiempo.
Nos terminamos tomando unos mates y le entramos fuerte al chorizo que había traído. Estaba riquísimo. Franco contó que estudiaba Administración de Empresas y era de Pigüé. Hablamos por horas. Yo le conté sobre mi gato y él sobre su relación con una piba del pueblo. Matilde. Cinco años llevaban. ¡Cinco años! Me alegró saber que no había malas intenciones en su regalo. Me decepcionó enterarme de que estaba tomado.
(Igual, me quedé pensando. Flor me dice que uno tiene que buscar siempre lo que quiere, sin importar si el tipo está casado, es profesor de su cátedra, amigo personal de la familia o el padre de tres hijos que una conoce desde que era niña).
Lo acompañé hasta su casa, cruzando la calle. Ya eran casi las nueve de la noche.
—Se hizo tarde. Ojalá que no tengas problemas con tu novia —tiré viendo qué pintaba.
—Tranquila. No hicimos más que hablar de Netflix —me contestó el turro. Picarón resultó ser.
Quise creer que yo le caí bien, aunque mi experiencia de chica supersticiosa me enseñó que con sólo ceder un segundo ante los vanidosos halagos alcanza para recibir un ajusticiamiento del destino.
—Chau —me dijo Franco— y perdón por molestarte.
Volví a casa. ¿Por qué me pidió que lo perdonara? ¿Al decir “chau” me dijo “hasta la próxima” o “hasta nunca”? Mira vos… no sabía que el gaucho me gustaba tanto. Un desenlace vergonzoso para mi vanidad.
Matilde.
Que nombre horrible, la puta madre.

***


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2 comentarios:

  1. Ja! No quisiera saber cuáles son las partes autobiográficas. Espero que lo de la fiesta hasta las tres de la mañana, tranqui 120
    Lo que si me gustaría es leer las otras dos partes.

    Abrazos cráneo

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    Respuestas
    1. Ja, quizás suba las otras dos partes someday...
      ¡Abrazo!

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