martes, 29 de agosto de 2017

Un análisis de la 7ma temporada de Game of Thrones


Y esto es todo el Game of Thrones que vamos a tener hasta, posiblemente, el año 2019, cuando llegue la octava y última temporada. En la mesa no queda mucho más que alguna que otra teoría de fans dando vueltas (como el hecho de que, de algún modo, Bran podría ser el Rey de la Noche, gracias a la habilidad del Cuervo de Tres Ojos para viajar en el tiempo).

"The Dragon and the Wolf", el séptimo y último episodio del año, fue un clásico cierre de temporada. Luego de los intensos eventos del capítulo anterior, en aquella travesía loca al norte para conseguir a un muerto vivo para Cersei, el desenlace resultó ser el episodio más largo de la serie (80 minutos) y con mucho más diálogo que cualquier otra cosa.

Creo que la temporada 7 tuvo sus puntos altos, sin duda. Uno de ellos lo mencioné en mi nota sobre Game of Thrones y el Dilema del Prisionero.

Sin embargo, la sentí como una secuela directa de su año anterior. La tendencia que comenté durante el análisis de la sexta temporada es más marcada ahora: la creciente pérdida de realismo, las inconsistencias geográficas (con personajes que se trasladan por Westeros a velocidades imposibles), las inconsistencias narrativas, etc.

Me remito a lo que dije el año pasado: Game of Thrones es ahora un fan-fiction (lo viene siendo desde mitad de la quinta temporada).

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#SpoilerAlert - Duh!

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El simbolismo en la muerte de Littlefinger

La muerte de Littlefinger era el momento más esperado de la serie desde que Joffrey se atragantó con el veneno de la Reina de Espinas. No resultó una gran sorpresa (nada en el capítulo final realmente lo fue) y representó otro de los momentos “para fans” a los que el show nos (mal)acostumbró en los últimos años.

Todo lo que sucedió este año en Winterfell, con las miraditas de Littlefinger, sus juegos obvios y poco sutiles, y el melodrama entre Sansa y Arya que podría haberse resuelto con tres minutos de conversación, me pareció lo más flojo de la temporada 7.

Personajes que supieron ser muy ricos, y que vivieron cosas tremendas a lo largo de varios años (aprendiendo lecciones invaluables) parecieron protagonistas de Gossip Girl gracias a los guiones tontos–sin una base en el material fuente– del equipo creativo.

Hoy la serie está plagada de personajes con “armadura narrativa”, y los días de “cualquiera pueda morir” terminaron hace rato. Ni siquiera Tormund o Gendry creo que vayan a morder el polvo antes de hacer lo que se supone que tienen que hacer (según el manual de las series de televisión). Es decir, reencontrarse con Brienne y Arya respectivamente.

La serie es, ahora más que nunca, un show tradicional de la televisión, cuando supo ser algo completamente diferente. Vi la primera temporada de GoT cuando nadie la conocía (y nadie daba dos mangos) y me voló la cabeza. Recuerdo haber charlado con mi viejo y los dos decíamos: “che, qué buena primera temporada, la puta madre”.

Las cosas siguieron para bien durante varios años. Ya para la tercera, todos veían GoT (con mi mujer la volvimos a comenzar desde el principio para ponerla a ella al día). Y el desencanto llegó a mitad de la temporada 5 cuando todos, incluso los espectadores más casuales, comenzamos a notar que la serie perdía su esencia.

Menciono esto porque creo que la muerte de Littlefinger fue algo grande, pero también tradicional. No fue una Boda Roja, ni una Boda Púrpura. No fue la decapitación de Ned Stark. Es un hecho notable porque el pícaro de Petyr Baelish estaba dando vueltas desde el episodio piloto, y es el villano al que podemos hacer responsable de disparar el conflicto más atractivo del show.


Excepto que no es el culpable de todo, como Sansa dijo. Hay dos personajes cuyas tramas no tuvieron absolutamente nada que ver con las manipulaciones de bigote. Jon Snow (perdón, Jon Sand… no… Aegon Targaryen) tuvo un sendero del héroe en su lucha en el Norte contra los salvajes y luego contra el Rey de la Noche. Y Dany conquistó Essos.

En realidad, estuvimos viendo tres series paralelas dentro de una misma serie:
  1. La canción de Hielo => Jon Snow y su lucha en el muro.
  2. La canción de Fuego => Daenerys y su lucha en Essos.
  3. El juego de tronos, o la “Guerra de Littlefinger” => todo lo demás.

El juego, esa intriga política tan picante de arreglos secretos, murmuros, traiciones y alianzas, es lo que a muchos realmente los llevó a amar Game of Thrones. Mientras tanto, Jon y Dany fueron pistolas de Chejov, no terminarían de cumplir su rol en la historia hasta volver al centro de la acción (y no morirían en el proceso). Sabíamos que nada les iba a suceder aunque la cosa se complicara en serio o aunque Jon estuviese literalmente muerto.

Cuestión que las tres historias se fusionaron cuando Jon cabalgó al sur y Dany navegó hacia el este. Como Jon Snow dijo:
«Only one war matters—and that war is here

En otras palabras: llegó finalmente la Canción de Hielo y Fuego. El Juego de Tronos terminó.

Esto deja al pobre Littlefinger en un problema grave, porque aquel juego de manipulaciones es el único que conoce. En la temporada siete se lo vio perdido, descentrado, como cuando un buen jugador pierde la magia y no sabe cómo recuperarla. (No lo culpo a él, sino a los escritores que no le encontraron la vuelta a su personaje).

Littlefinger fue sólo una sombra de lo que supo ser antes, lo cual me enferma porque sus juegos mentales eran demasiado obvios y nunca entendí por qué estuvo toda la temporada en Winterfell haciendo nada.

La cuestión es que, desde una perspectiva narrativa, era hora de que Littlefinger se fuera, y siempre estuvo claro que sería alguna de las Stark quien lo invitara a retirarse. Su muerte nos habla también de la muerte del show como drama político inspirado en la edad media.

Sólo nos queda la fantasía más pura, la batalla contra Caminantes Blancos, zombies y dragones de hielo. Ya no hay lugar para más conspiraciones.



Tenemos que hablar de Ned

La sombra de Ned Stark fue el gran leitmotiv de este año. Creo que ninguna temporada antes mencionó al bueno de Ned tanto como ésta. Están la nobleza y honestidad de Jon, las lecciones aprendidas de Sansa y Arya, etc. En una temporada que encontré sobrecargada de referencias y guiños a las primeras temporadas (de nuevo: “tenemos que satisfacer, y mucho, a nuestros fans”) el recuerdo de Ned me pareció de lo más interesante.

Junto con la muerte de Littlefinger, que cerró la rama política de la serie para dar pie a la fantasía, siento que el show terminó de despedirse de Ned durante estos siete capítulos, donde varios personajes lo recordaron y homenajearon a su modo.

Ned Stark tuvo solamente nueve episodios en la serie (si no contamos sus flashbacks de chico) y es, probablemente, el personaje con la barrita de moralidad más alta, aquella con la que se mide a todos los demás. 

Su participación en la primera temporada hizo eco durante todala serie y disparó el conflicto de la Guerra de los Cinco Reyes. Les dio forma a los jugadores de la nueva generación de héroes, no sólo Jon, Arya, Sansa y Bran, sino también a Theon.

Esto me lleva también a pensar que (aunque, lamentablemente, no va a pasar) me gustaría mucho que Sam y Bran no le digan nunca a Jon su verdadera identidad. ¿Cuál es el motivo real para hacerlo? ¿En qué cabeza entra que eso sea una buena idea? Una anagnórisis en este momento es lo menos útil para Jon (y para Westeros en general). Considerando que sólo ellos dos lo saben, bien podrían guardárselo.

No comprendo los razonamientos de Bran –de nuevo, culpa de los escritores. Por momentos dice y parece no importarle nada, porque ahora es una especie de Dr. Manhattan que ve todo. Se mantuvo frío con sus hermanas, aunque las ayudó con Littlefinger. Y, por alguna razón, está convencido de que “hay que contarle a Jon”. A lo mejor es porque sabe algo que nosotros no, pero, en serio, ¿de qué puede servir?

A todo esto, qué grande Sam, robándose crédito por el descubrimiento de la herencia de Jon. Cómo me habría gustado que Gilly estuviera ahí para verlo.

Lo que nos dejó la temporada 7

La caída del muro es exactamente la imagen que tenía en mi mente para el final de la temporada 7. Cómo iba a pasar es algo que se respondió solo con el final del capítulo 6, un espectacular episodio, súper intenso y épico, que no dejó de ser mágicamente conveniente.

Es increíble que los Caminantes Blancos hayan recorrido tan poco camino en siete temporadas cuando Jon y Dany pueden hacerse Westeros de una punta a la otra en cuestión de minutos. Hasta Gendry puede correr hasta el muro sin demasiadas complicaciones, aparentemente.

Justamente estas cuestiones son las que me molestaron durante este año. En ese afán frenético por cerrar tramas, generar encuentros entre dos personajes y complacer a los fans, los creadores se olvidaron de todo lo que hizo de Game of Thrones algo grandioso en un primer momento.

La distancia enorme entre dos puntos funcionaba como conflicto a nivel argumental. Muchas tramas estaban directamente relacionadas con la dificultad de recorrer aquel mundo peligroso e inhóspito.

Ahora todos parecen tener un jetpack atado a la espalda, y las distancias se ajustan de acuerdo a las necesidades de la historia. Si a esto le sumamos las conveniencias y grandes casualidades de cualquier show de televisión tradicional, lo que nos queda es la idea de que Game of Thrones es uno más del montón. (¡En serio, qué chiquito es Westeros que todos se cruzan con todos!)

La temporada siete es la que más pecó de los estereotipos que se ajustan a la televisión actual.

Game of Thrones ya dejó de tomar riesgos, y no necesita hacerlo. El final del juego está próximo. Si antes podíamos saltar a cinco, seis, siete u ocho lugares e historias diferentes en un mismo capítulo, ahora tenemos, como mucho, tres o cuatro lugares por episodio. Los personajes son cada vez menos también, y los lineamientos para el final están más o menos escritos.

No hubo demasiadas cosas en esta temporada que me hayan sorprendido realmente. Con esto no quiero decir que no la haya disfrutada enormemente. Sería muy hipócrita no admitirlo. Sí siento que es un buen momento para cerrar la serie.

Una bolsa mixta de pros y contras

Game of Thrones temporada 7 fue una bolsa mixta de aciertos y desaciertos. Hubo escenas de batallas espectaculares, mucho más que en cualquier otra temporada, y grandes revelaciones, pero aquellos buenos momentos estuvieron contrapuestos con decisiones argumentales muy extrañas.

Para muchos Arya matando a todos los Freys fue la forma ideal de comenzar la temporada, la merecida venganza contra Walder Frey

A mí me resultó insípida.

 ¿Cómo funciona la magia de los Hombres sin Rostro? Nunca me quedó claro. Ahora parece que podés convertirte en la persona, con sus gestos, tono de voz, altura. 

Lo peor de todo es que este hecho nunca tuvo repercusiones en la historia y Arya no hizo mucho más durante el resto del tiempo. A menos que contemos cuando ella conoció a Ed Sheeran: el peor y más estúpido cameo en la historia de GoT.

Este año me encantó Davos (MVP en mi lista de favoritos). Disfruté mucho de Dany también, desde su imponente llegada a Dragonstone hasta sus interacciones con Jon, Tyrion, Jorah y los demás. Al fin dejó de ser una llorona quejándose por sus dragones para convertirse en la reina que tiene que ser. Especialmente me gustaron sus conversaciones con Tyrion, el gran jugador de la temporada (y de la serie también). 

(Por cierto: ¿qué onda con esa mirada extraña del enano cuando tía y sobrino finalmente se acuestan?).


Del mismo modo, fue magistral la charla previa a la muerte de Olenna. Se va a extrañar a la Reina de Espinas. Fundamental y arrolladora escena con Jaime Lannister. (El episodio 3: The Queen´s Justice, es el mejor de la temporada).

Y, sin embargo, todo se sintió muy apresurado, sacrificando el realismo e hiriendo un poco a la fantasía en el camino.

Eventos que podrían haberse resuelto con más tiempo tuvieron un cierre apurado mientras que otras historias (léase: Sansa y Arya en Winterfell) nos llevaron todo el tiempo de la serie. La decisión de tener siete episodios contra los diez clásicos no terminó de convencerme, y creo que GoT se habría beneficiado con tres horas adicionales.

Este ritmo frenético hizo que quedaran muchos cabos sueltos, incluso si nos olvidamos por completo de la velocidad con la que se movían algunos personajes.

¿Por qué Tyrion fue tan malo para armar planes y estrategias? ¿Por qué Littlefinger fue tan denso e inútil? Mientras tanto, nunca vamos a entender cómo Jaime y Bronn nadaron lejísimos con una armadura tan pesada, o cómo hizo Euron para armar tantos barcos. ¿Cómo salieron los inmaculados de Casterly Rock? ¿Qué pasó con Ellaria y su hija? ¡Y por el amor del Dios Ahogado! ¿Dónde está Ghost?



La gran pregunta de todos, que me gusta llamar “El dilema del Señor de los Anillos” es: ¿Por qué no usó Dany sus dragones para llegar al norte y eliminar a los Caminantes Blancos?

Cuestiones como éstas abundaron, y le hicieron perder calidad a una serie que supo estar en los detalles. Es evidente que la prosa de George R.R. Martin no está presente, y se la extraña.

Ojo, los creadores han sabido crear muchas escenas que no están en los libros (Robert y Cersei, Varys y Littlefinger) y demostraron muchísima capacidad creativa. Pero ahora da la impresión de que se están quedando sin ideas.

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Palabras finales

No quiero dejar la impresión de que odié esta temporada, porque no fue así. Sí la encuentro la más floja de todas hasta ahora, mostrando un descenso en calidad que viene siendo tendencia. 

Definitivamente, la próxima temporada es el momento justo para cerrar la serie.

A esta altura, es cuestión de aceptar cómo es Game of Thrones ahora y aferrarse igual, como un Lannister a su copita de vino. Se ha vuelto mucho menos sutil, reiterativa y poco realista. Aunque a la vez forjó un universo del que no nos podemos desprender con facilidad.

La intensidad y el cariño se mantienen, si bien se extrañan las sólidas bases del libro a la hora de armar situaciones con cierta lógica (incluso dentro de un mundo de fantasía). Faltando nada más que seis episodios, yo ya acepté sus defectos y aprendí a convivir con ellos. 

Espero, como espera Tormund tener un poco de amor francés con Brienne, que llegue el inevitable final.

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Mi calificación de la temporada: 6,5/10. (Como referencia, la anterior fue un 7/10 y las primeras dos creo que son un 10/10).

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miércoles, 23 de agosto de 2017

“El amor y la furia”, una novela de Alejandro Laurenza


Alejandro Laurenza, un compañero escritor que entrevisté en esta nota respecto a la particular forma en la que comparte su literatura, tuvo la amabilidad de obsequiarme una copia de su novela El amor y la furia.

La historia –cuyo título parece inspirado en El ruido y la furia de Faulkner (quien, a su vez, creó su propio título en base a un verso de Macbeth de Shakespeare)– es una novela fuertemente psicológica, muy introspectiva, que tiene como protagonista a Marcos.

Aparecen otros personajes, pero todos rodean a este torbellino de emociones que es el personaje de Marcos, un porteño joven y perdido debatiéndose lo que quizás sea el tema filosófico más intenso: ¿cuál es nuestro motivo de ser, la razón de vivir en este mundo?

La filosofía japonesa tiene un término específico para esta búsqueda espiritual: Ikigai.

Se corresponde con un centro en el cual una persona logra equilibrar aquello que ama con aquello para lo que es bueno, aquello que el mundo necesita y aquello para lo que le pueden pagar (y ser, por ende, un medio económico de vida). En otras palabras, implica balancear la vocación, la profesión, la pasión y la misión que cada uno siente adentro suyo.

No es cosa fácil, eso está clarísimo.

El amor y la furia nunca hace referencia directa a este concepto japonés, ni tampoco llega a ser tan existencialista, aunque sí esta temática sobre la búsqueda de aquello con lo cual nos sentimos realizados es un leitmotiv en el relato de Marcos y su relación con el resto del mundo: con su mejor amigo Javier, con su familia y con sus dos novias que le conocemos en la novela: Celeste y Eugenia.


Una frase de mitad del libro simplifica un poco estas dos características de la novela: su componente psicológico y la búsqueda de la razón de ser. Piensa el protagonista, a través del narrador:

«Y tal vez el secreto radicara en no pensar demasiado, sin que eso significara tampoco desoír los impulsos del más profundo yo. Quizá todo se resumiera en zambullirse entero en el río tormentoso e inesperado que es la vida, y dejarse llevar blandamente, y bracear sólo un poco cuando las ganas y la intuición lo exigen, y no buscar nada, y no esperar nada

El conflicto se dispara desde la primera hoja con una premisa interesante. Presenciamos el asesinato de un hombre por una mujer; no sabemos las identidades de estas personas. Luego se retorna al pasado para presentar a los personajes y llevarnos, poco a poco, hasta aquel trágico y frenético desenlace.

El misterio de estas identidades se mantiene durante la primera parte de la obra, que ocupa la mitad del desarrollo. Luego aparece un salto temporal de varios años donde terminan de cerrarse los cabos sueltos.

Como historia de desamor (porque más que cualquier otra cosa, es una historia sobre separaciones, y no exclusivamente románticas) se siente muy cercana por la manera en la que Laurenza trabajó a los personajes, que se asemejan mucho a cualquiera de nosotros, con sus virtudes y defectos.


No me quedan dudas de que hay muchos elementos autobiográficos escondidos entre las páginas. Primero porque, de lo poco que conozco al autor, pude identificar algunos. Segundo porque es algo inevitable, y más en las primeras obras literarias. Nos agarramos de lo que conocemos para comenzar a escribir.

Stephen King, por nombrar un ejemplo, no se cansa de ubicar sus historias en su pueblo natal e, incluso, de decorarlas con detalles de su propia vida (el accidente casi fatal que vivió en 1999 le dio forma a muchos de sus escritos y es hasta un giro argumental clave en la trama de una de sus obras más épicas).

Respecto a la forma del texto, no me fascinó el estilo indirecto que utiliza El amor y la furia. Admito que se trata de una cuestión personal. En realidad, el autor utiliza el diálogo libre, que es una variación del estilo indirecto. Esto es: no usa comillas, ni guiones, ni cambia de línea con cada intervención. El diálogo se introduce al lector de forma natural y dentro del párrafo, en medio de la narración.

La novela presenta diálogos mínimos que apenas se limitan a pequeños intercambios. Es el narrador quien se mete en la cabeza de cada personaje para exponer sus pensamientos y emociones.

En mi opinión, el estilo de diálogo libre es muy restrictivo porque no permite darle voz a cada actor en la novela. Hace que todos hablen igual y sin "esencia" (si se quiere), porque su voz se transmite a través del narrador.

Me parece que más diálogos directos entre personajes podrían haber avivado más este relato que está, por momentos, sobrecargado de un narrador entrometido. De todas maneras, ayuda mucho a que fluya la narrativa el hecho de que todos los capítulos son muy breves, de apenas dos o tres hojas.

Laurenza indudablemente tiene madera de escritor y deja fluir bien las ideas. Algunos de sus pasajes tienen una calidad literaria envidiable. Esto no significa que sea una novela perfecta. Existen varios vicios de escritor (inevitables incluso en los más profesionales) y ajustes que podrían revisarse en subsiguientes ediciones.

Escribir es un oficio en el que uno nunca termina de aprender, y siempre hay que andar haciendo ajustes y calibrando los procesos. Por más bueno que uno sea, siempre es preciso una corrección literaria por parte de alguien externo. Hasta Stephen King (siguiendo con su ejemplo) tiene editores y correctores literarios que revisan sus trabajos.

Sin embargo, ni los detalles técnicos ni el uso del diálogo libre evitaron que disfrutara de esta historia. La relación de Marcos y Celeste está bien trabajada (quizás haya sido sólo yo, pero había algo de Horacio Oliveira y La Maga en esa dupla) y me gustó cómo se fue llevando el suspenso hasta el impactante final.


Quienes se animen a darle una oportunidad, El amor y la furia es una lectura contemporánea muy disfrutable que invita a la reflexión y hasta puede servir de disparadora para debates interesantes. No quiero profundizar demasiado en la trama para evitar arruinar algunas sorpresas.

Es una ligera y refrescantemente sincera pequeña novela presentada como fragmentos para una cronología del desamor… y la tragedia. La recomiendo.

Pueden conseguir más información sobre la novela (o consultar de qué forma puede adquirirse) directamente desde la web del autor: Aprendizaje Literario.

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«La vocación, el destino, el amor agazapado en cualquier esquina. El desconcierto de estar vivos, la ternura, la felicidad transparente y efímera. La razón socavada. El final. La furia. En el asesinato inexplicado de un hombre se inicia esta historia. Y a partir de allí van surgiendo, como en un rompecabezas, las circunstancias que lo hicieron posible

(El amor y la furia. Contratapa)

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Entrevista a Alejandro Laurenza:Cómo ser escritor independiente”.

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viernes, 18 de agosto de 2017

Game of Thrones y el Dilema del Prisionero


Parece que para ser cool hoy en Internet hay que hablar de Game of Thrones. Y yo me considero un pibe cool, con un blog piola y un amor incondicional por las aceitunas. Por eso no puedo dejar de subirme a la cresta de la ola.

Todavía siete años después, GoT continúa siendo uno de los shows más logrados, ambiciosos, debatibles, polémicos y, al final del día, interesantes que la televisión ha sabido brindar.


Sin embargo, no puedo dejar de notar que desde aquel final de la quinta temporada, momento en el cual los creadores David Benioff y D. B. Weiss se quedaron prácticamente sin material fuente para adaptar, Game of Thrones se volvió muchísimo menos cerebral, bastante más televisivo (léase: melodramático y hasta novelesco) y no lo suficientemente sutil.

De hecho, ya la temporada 5 (donde se tomaron varias libertades) fue desbalanceada (acá pueden leer el análisis que hice en su momento).

En la temporada 6, este desequilibrio, y estas cuestiones que mencioné antes, se exacerbaron todavía más (acá está mi análisis).

Hoy garpa el fanservice desmedido y los personajes se teletransportan de un lugar a otro con una velocidad ilógica. Gran parte del atractivo de la serie en sus primeros días fue que las distancias eran demasiado inmensas. Incluso muchas líneas argumentales se basaban en el hecho de que recorrer Westeros de punta a punta lleva mucho tiempo y es muy peligroso.

Pero no es esto el foco de la presente nota. Incluso con sus (muchas) debilidades, la séptima temporada viene sólida, y es un placer enorme ver cómo empiezan a atarse algunos cabos entre los personajes que venimos siguiendo desde hace tanto tiempo.

Hoy quiero hablar un poquito de eso y hacer un recorrido por lo que está pasando este año en la serie. En particular, me interesa la dinámica del Dilema del Prisionero que se convirtió en el motor propulsor de las tramas de esta temporada.


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#SpoilerAlert: se revelan partes fundamentales de Game of Thrones hasta el episodio 5 de la séptima temporada. TRANQUILOS, aunque ya vi el capítulo 6 (que se filtró hace unos días), no lo menciono en lo absoluto.

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Ganar o morir en el Juego de Tronos

Game of Thrones Temporada 1 es brillante desde todo punto de vista. La vi dos veces y la disfruté todavía más en la segunda vuelta. Todo funciona en esa temporada: desde la presentación de los personajes y el universo del show, hasta las tramas, giros y sutilezas de la historia.

Además de ser la disparadora de la serie, es la más importante de todas, y no es casual que la temporada 7 esté haciendo muchos guiños y referencias a esos primeros episodios donde todo se comenzó a gestar.

La frase más importante de aquella primera temporada fue la que Cersei le dice al bueno de Ned Stark:
Cuando jugás el juego de tronos, o ganás, o morís.


A lo largo de los años hemos ido viendo muchas variaciones de este “juego”, y en circunstancias normales como las que presenta Westeros, hay mucho de verdad en esto. O controlás las fichas del tablero, o morís intentándolo. Lo vimos en repetidas ocasiones.

El problema es que las circunstancias ya no son las normales, si bien sólo algunos de los personajes conocen la verdad.

Mientras Cersei, Dany, Littlefinger, Sansa y los demás creen que están jugando una partida de House of Cards, en realidad estamos más ante el universo de The Walking Dead que del de la serie de Frank Underwood. Ahí es donde reside el quid de la cuestión.


Poor little princesses, they think they can be me...

Las nuevas reglas de juego

“Eastwatch”, el capítulo 5 de este año, nos dice expresamente que las cosas cambiaron. Con el Rey de la Noche acercándose, el juego de tronos ya no es un juego de suma cero. Es decir: ahora podés ganar el juego (léase: sentarte en el Trono de Hierro y dominar todo Westeros) y aun así morder el polvo.

Por eso es necesario hacer que todos remen hacia la misma dirección. (Sí, que todos remen… ah, ¿qué tal Gendry? Pensé que todavía estarías remando). 


El episodio 5 reforzó el hecho de que hay diferentes maneras de hacer que todos cooperen hacia un mismo objetivo, y también muchas formas de que esto salga mal.

Los  Caminantes Blancos traen consigo la muerte, la peste y, literalmente, el fin del mundo como se conoce. Lo que la gente de Westeros está llegando a entender gradualmente es que su situación se parece mucho al Dilema del Prisionero.

El Dilema del Prisionero: cooperar por el bien mayor

El Dilema del Prisionero es un problema clásico de la teoría de juegos que expone por qué dos personas deberían cooperar incluso si esto va en contraposición con el interés de cada una. Fue pensado originalmente en 1950 por Merril Flood, un matemático estadounidense que trabajaba en un laboratorio de ideas para las Fuerzas Armadas.

Años más tarde, Albert Tucker formalizó el juego y le dio el nombre que conocemos hoy. Aunque existen innumerables variaciones, el enunciado clásico es el de dos sospechosos que son arrestados. No hay pruebas suficientes para condenarlos, por lo que se los separa y se les ofrece a cada uno el mismo trato (y por separado).

Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Ahora: si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Y, finalmente, si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor.

Resumiendo los datos en una tabla, nos queda esto:


Lo interesante del problema es que el resultado de cada elección depende de la elección del otro. Lamentablemente, uno desconoce que eligió el otro, porque incluso si pudieran hablar, no hay seguridad de que no vayan a traicionarse en el último momento.

Confesar es lo que se conoce como “estrategia dominante” para ambos jugadores. Sea cual sea la elección del otro jugador, siempre pueden reducir su propia sentencia confesando. Por desgracia para los prisioneros, esto conduce a un resultado poco satisfactorio: si ambos confiesan, ambos reciben largas condenas.

Pensando desde la perspectiva del interés óptimo del grupo en su totalidad (los dos prisioneros), el resultado correcto, la solución óptima al problema, sería que ambos lo negaran, ya que esto reduciría el tiempo total de condena del grupo a un total de un año. Cualquier otra decisión sería peor para ambos si se consideran conjuntamente. ¿El problema? Si siguen sus propios intereses egoístas, cada uno de los dos prisioneros va a recibir una sentencia dura.

El Dilema del Prisionero en Game of Thrones

Hoy Game of Thrones funciona de un modo muy similar, y éste es quizás el elemento más astuto que tiene la temporada hasta ahora. La tensión constante entre Dany y Cersei está bien lograda, mostrando que los resultados de la elección de una dependen, en realidad, de la elección de la otra.

Tyrion, obviamente, ya se dio cuenta de esta situación, y está buscando que ambas partes cooperen por el bien mayor.

En esta analogía del Dilema del Prisionero, en GoT tenemos el siguiente panorama:


Es decir, si nos organizamos, (quizás) vivimos todos. Cooperar es la mejor chance que tienen para vencer al Rey de la Noche y su ejército de Caminantes Blancos. Lo atractivo de todo esto es que hay muchas variantes. Una de ellas es hacer creer al resto que estás en el equipo “¡Quiero vivir!”, y guardarte un as bajo la manga. Esto es lo que Cersei parece estar contemplando.

Littlefinger aparenta tener el mismo razonamiento. “El caos es una escalera”, según él. Generar caos entre las chicas Stark le servirá para juntar los pedacitos restantes luego de que se maten entre ellas, y escalar posiciones (como viene haciendo desde su primera aparición).


Las miraditas de Littlefinger son el pan de cada día...

El problema de cooperar con extraños

No soy demasiado fan de la inmensa cantidad de encuentros que se vienen dando en GoT este año. Hacen parecer que el mundo de Westeros es realmente chiquito, como una mansión de una telenovela mexicana donde todos viven bajo el mismo techo.

En serio, las conveniencias son demasiadas y el fanservice está a la orden del día. A veces se hace muy bien (el encuentro entre Jon y Dany fue majestuoso, Gendry fue correctamente reintroducido en la serie) pero en otros me choca un poco.

El episodio 5 unió a todo tipo de personajes. Cada escena tuvo un encuentro entre dos que no se veían desde hace mucho o una reunión entre personajes que nunca se encontraron, pero que tienen historia juntos.

En el primer caso tenemos a Tyrion y Davos en King´s Landing, Davos y Gendry, Tyrion y Jorah, Jorah y Dany, por mencionar algunos.

Del segundo caso, Jon con Drogon (Joni-boy es un Targaryen, che. Confirmadísimo), Gendry con Jon, Arya y Littlefinger, Gendry con la Hermandad sin Estandartes, el Perro con Tormund (relacionados a través de Brianne), Jon y el Perro (relacionados a través de Sansa y Arya), Jorah con Beric, etc, etc, etc.


Posta, qué chiquito que era Westeros al final.

La cuestión es que en muchas de estas interacciones, los implicados tienen pocas razones para confiar el uno con el otro. Este es el resultado de un trabajo minucioso que se fue a lo largo de las siete temporadas, y hay conexiones muy ricas y profundas que están bien exploradas este año.

De nuevo, no me fascinan tantas casualidades televisivas, pero qué lindo que fue el encuentro entre Jon y Gendry, ambos hablando de sus padres. Acá tenemos a dos personajes que nunca se conocieron, pero cuyas vidas estuvieron intrínsecamente relacionadas.

Lo épico del final de “Eastwatch” fue que logró reunir a siete personajes que provienen de las más grandes líneas argumentales que tuvo el show desde sus comienzos. Por ejemplo: a Gendry (a quien no vemos desde hace años) lo juntan con la gente que le hizo más mal (recordemos que los de la Hermandad sin Estandartes lo entregaron a Melisandre).

Finalmente, Jon Snow apela a la lógica cuando anuncia:
Muchachos, estamos todos del mismo lado. Estamos respirando”.


Best. Team. Ever.

Palabras finales

Queda muy poco para el final de GoT temporada 7. No sabemos cómo van a terminar las cosas, aunque podemos ver el tablero y sus piezas con más detalle que nunca. Algo que hizo muy bien esta temporada fue jugar con la ironía dramática.

Volviendo al capítulo 5, ¿qué irónico es que el pobre de Sam haya perdido a su padre y hermano por culpa de Dany siendo que él, sin saberlo, curó al principal consejero de la Madre de los Dragones? O que Arya y Sansa estén resolviendo un punto argumental que surgió allá por la segunda temporada, cuando Sansa escribió aquella carta con, básicamente, una soga al cuello.

¿Y qué me dicen de cuando Gilly encontró el texto sobre la anulación del casamiento de Rhaegar Targaryan con Elia de Dorne, escondido entre palabras sobre excremento y escalones? Brillante.

GoT no hizo todo perfecto en esta temporada, pero lo que hizo bien, lo hizo muy bien. Como escondernos el famoso Dilema del Prisionero a simple vista, e invitarnos a pensar y debatir cómo deberían comportarse estos simpáticos personajes para impedir el fin del mundo.

Tengo ganas de ver cómo sigue la cosa. Tengo muchas ganas.

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jueves, 17 de agosto de 2017

El bueno, el malo y el feo: la deconstrucción del Western


Estrenada en 1966 como parte de la Trilogía del dólar, El bueno, el malo y el feo, la celebrada película de Sergio Leone funcionó como una inyección de frescura en las películas del spaghetti western. En esta nota quiero analizar lo que, en mi opinión, fue la gran deconstrucción del Western.


¿De qué va la historia?

Durante la Guerra Civil Americana, un cazarrecompensas apodado “Blondie” (Clint Eastwood) y un bandido conocido como “Tuco” (Eli Wallach) llevan a cabo una estafa de pueblo a pueblo hasta que el primero decide terminar la sociedad e irse con todo lo juntado. 

Tuco lo persigue buscando venganza.

En el medio, un sanguinario mercenario, “Angel Eyes” (Lee Van Cleef) descubre que hay una buena cantidad de oro escondido y conoce el nombre de la persona que lo enterró.

Tuco y Blondie se tropiezan con la misma información, por lo que los tres pistoleros inician una carrera frenética por hacerse con el dinero.

La película fue la definición de “clase B” para los años ´60: se hizo con un presupuesto escaso, filmando con prisa y utilizando efectos prácticos como los que usaba Orson Welles para abaratar costos. 

Debido a que trataba sobre la guerra civil (un tema muy sensible para la época), se dijo que iba a ser un fiasco comercial, y tuvo una distribución terriblemente limitada.

Sin embargo, acabó convirtiéndose en una de las películas  más importantes de todos los tiempos.

La deconstrucción del western en El bueno, el malo y el feo

Es universalmente aceptado el hecho de que esta película destruyó el género del western como se lo conocía hasta ese momento. No sólo modificó radicalmente la moralidad de los protagonistas (estos son pistoleros sin una pizca de heroísmo, egoístas y ambiciosos) sino que también alteró la estructura dramática sobre la cual se construían estas historias, dejando apenas lo mínimo y necesario.

El bueno, el malo y el feo no tiene largos diálogos, un argumento épico o grandes escenas de exposición. En su lugar, la trama es una historia muy chiquita sobre tres personas traicionándose mutuamente. No hay caballeros vestidos de blanco, damiselas en peligro o grandes héroes. No hay un sacrificio por el bien mayor.

El ambiente como protagonista

Además de popularizar algunos elementos cinematográficos innovadores como el  conocido mexican standoff, la película presentaba mucho simbolismo a través de la música y el ambiente. Tomemos, por ejemplo, el climax final en el cementerio.


El cementerio del popular duelo final enfatiza el fin de los caminos de los tres personajes principales. Sergio Leone planteó la situación de una forma brillante, de tal manera que ninguno de los tres hombres podría salir ileso de ahí.

El ambiente está diseñado como una suerte de circo romano, como si las tumbas de los muertos fueran espectadores del triple duelo. Una escena hermosa –editada con maestría– que se toma todo su tiempo para desplegarse.

El legado de El bueno, el malo y el feo

El bueno, el malo y el feo cumplió 50 años en el 2016 y su legado dentro del séptimo arte sigue intacto, incluso más vivo que nunca en una época donde el western está resurgiendo gracias a producciones como la remake de Los Siete Magníficos, lo último de Tarantino (Los 8 más odiados), la venidera adaptación de La Torre Oscura y la fantástica primera temporada de Westworld.

Por cierto, si todavía no vieron Westworld, no sé qué están esperando. Es espectacular.


No es un misterio que El bueno, el malo y el feo la película haya influenciado los estilos y temáticas de directores como Quentin Tarantino, Sam Raimi, Robert Rodriguez y Martin Scorsese.

Las largas tomas y los electrizantes acercamientos, la música impresionante de Ennio Morricone, el distintivo uso de la violencia, los personajes absolutamente odiables y de moralidades grises, los estilísticos duelos con armas, hacen de esta película un clásico absoluto. No es la primera vez que una parodia de un género logra revitalizarlo por completo.

Y seguramente no será la última.


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