martes, 21 de agosto de 2018

“Colonia de humanos (o la trágica molestia de existir)” (cuento)


Cada tanto me acuerdo de que este es un blog literario y me pongo a escribir algo. Esto fue lo que salió esta vuelta, un relato entre humorístico y filosófico que trata sobre la vida misma… y una colonia de hormigas. Los que conocen mi estilo narrativo ya saben de qué hablo. Los que no… ¡bienaventurados!

Espero que les guste.




***

“Colonia de humanos (o la trágica molestia de existir)”

—¿Por qué hay algo y no más bien nada? —había dicho Paula, la nueva profe de Filosofía. Estaba buena. Tendría apenas unos treinta años, chiquitita, de lentes, morocha, recién salida de la facultad—. O, como dijo ese científico “rockstar” de nuestra era (ese en silla de ruedas, con voz de robot, que apareció en algunos capítulos de Los Simpsons): “¿Por qué el universo se toma la molestia de existir?”. Esta es la pregunta fundamental que se hace la Filosofía. Al contrario de lo que algunos pseudo-terapeutas profesan: no busca dar respuestas edificantes ni tranquilizar angustias diversas. Todo lo contrario: ¡se propone crearlas!
Estaba clarísimo todo lo que ella quería mostrar con su introducción:

(1) Se había criado en los noventa (ningún pibe de diecisiete años hoy ve Los Simpson)
(2) Era canchera, como Merlí, pero en versión mujer.
(3) En su horizonte de planificación proyectaba martillarnos todo el cuatrimestre con ideas heideggerianas.
(4) Es preferible regalar zapatos de goma que un libro de Coelho.

—La pregunta de la filosofía para Heidegger siempre va a ser la pregunta por el Ser —seguía diciendo ella. Malabareaba con las palabras. Que si podíamos separar las ideas de Heidegger de su relación con el partido Nazi. Que a los filósofos iba a enfrentarlos unos con otros, retroalimentarnos, ponerlos en tela de juicio. Que a lo mejor veríamos alguna película. El séptimo sello o Sueños de Libertad, dijo.
Me alegró su propuesta cinematográfica. Al menos no era tan cliché. El año pasamos habíamos visto Matrix (la segunda) con un profesor que sabía tanto de filosofía como yo de sexo. Nos hizo hacer un trabajo que todos copiaron de Internet y no se dio cuenta.
No se dio cuenta o no le importó.
Creo que no le importó.
Miré por la ventana. Cientos de hormigas se movían ordenadamente en dos filas. Unas iban hacia el árbol, otras volvían al hormiguero con un trozo de hoja encima. Ellas sí que la tenían fácil. Las hormigas no se preguntan por el ser, ni por la muerte, ni por Dios. Las hormigas no se preguntan por nada, en realidad.
—Es que la filosofía viene a incomodar más que a calmar. Por ejemplo, se cuestiona cosas que los animales no se preguntan. En este sentido, ¿no les parece que el hombre es la más patética creación? No sólo sabe que muere, sino que a eso le agrega la consciencia de la muerte.
Me acordé de que, a mis seis o siete años, tenía dos paneles de vidrio con tierra en medio y pequeños túneles que iban de una celda a otra. Ahí mantenía mi colonia. A los trece años decidí deshacerme de aquel juguete opresor, liberar a los pobres bichos, devolverlos a su naturaleza. Ya era grande para estar jugando con hormigas o cuestionarme por qué trasportaban ramitas de un lado a otro.
—¿No somos, al fin y al cabo, finitos en medio de la infinitud, imperfectos en medio de la perfección?
Cuando entré a la escuela dejé de peguntarme ciertas cosas. Olvidé el tema de las hormigas. En el laberinto resonante de mi mente sólo cabía espacio para moverme en la colonia de humanos, memorizando respuestas en modo automático. Porque quiénes respondían de manera correcta sacaban buenas notas. Porque me daba miedo no tener afirmaciones ante las preguntas que me hicieran. Porque levantar la mano era signo de debilidad, era poner en evidencia que no sabía nada.
Seguí mirando a las hormigas por aquel cristal de vidrio que representaba mi propio confinamiento. Tenía mi pasaporte actualizado y ciudadanía española. Al terminar la secundaria podría tranquilamente estudiar allá, dejar Argentina.
—Utilizan esas hojas para alimentar a un hongo que cultivan en lo profundo de sus hormigueros… —escuché decir a la profesora y yo levanté la mirada, extrañado—. Ese hongo es su alimento. Y van en fila gracias debido a que, previamente, hormigas exploradoras dejaron una especie de “rastro químico” que guía el camino de ida y de vuelta.
¿Cómo era posible? ¿La filósofa-bruja había leído mi mente?
—Esas exploradoras son, para nosotros, aquellos grandes héroes del pensamiento. Allanaron el camino. Instrumentaron la práctica de vivir sabiendo que vamos a morir.
Entonces lo entendí. Yo no era el único. Toda la clase observaba a las hormigas a través de la ventana. ¿En qué momento mi divague existencial se había convertido en una actividad colectiva? No llegué a descubrirlo. Sonó el timbre. Todos salimos apurados del aula.

FIN

***

POSDATA: No me quiero ir sin agradecer a todos los que hacen posible este blog, que recientemente llegó a los 500 posteos.

Si no fuera por la gente que me lee y me sigue siempre (sean comentadores activos o sólo lectores  anónimos, casuales y/o acosadores…) probablemente no tendría tanta fuerza para escribir semana a semana. O a lo mejor sí, uno nunca sabe. Como sea: GRACIAS.


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7 comentarios:

  1. ¿Y que tal si la filosofía comenzó por un divague? Casi diría que seguramente.
    Me gusta el personaje de la profesora de filosofía, que es perceptiva, como para amarla. O sentirse atraído por ella.

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    1. Te lo confirmo: inició por un divague, ¡y lo sigue siendo!

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  2. Muy Bueno, a veces divagar un poco te saca de una realidad acosadora y pesimista !!!!!! Cariños

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  3. Buenísimo! Tiene tu estilo divagante, humorístico y cruza diversas disciplinas.
    Yo vengo acá comentando desde hace tiempo sólo porque sigo la corriente, el día que me ponga a analizar que somos simples mortales con consciencia de nuestra muerte, probablemente me esfume ... ja!, mientras la seguimos mi viejo
    Tu blog y tus escritos están en un momento de plena madurez, que siga derrochando salud
    Abrazo

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    Respuestas
    1. Tampoco sé si está tan bueno tener "un estilo", como te encasilla un poco. Imaginate que mañana me pisa un piano que cae desde un quinto piso. Voy a ser "el pibe que escribía siempre igual" para toda la eternidad. Esa realidad pega fuerte, hermano.
      ¡Abrazo!

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  4. Divagando se llega a tener buenas reflexiones y cualquier lugar es bueno.

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