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lunes, 4 de abril de 2016

Tortugas, hacia abajo, hasta el infinito


En el primer capítulo de su libro “Una breve historia del tiempo” (1988), Stephen Hawking describe una anécdota que popularizó la famosa expresión jocosa del idioma inglés: “Turtles all the way down” (algo así como: “tortugas hacia abajo y hasta el infinito”).

Cuenta Hawking que un conocido científico (que habría sido Bertrand Russell) daba una vez una conferencia sobre astronomía. En ella, describía cómo la Tierra gira alrededor del Sol y cómo éste, a su vez, gira alrededor del centro de una vasta colección de estrellas llamada “galaxia”.

Al final de la charla, una agradable señora de avanzada edad se levantó y le dijo desde el fondo de la sala: “Lo que nos contó usted no es más que una sarta de estupideces. El mundo es ,en realidad, una plataforma plana sustentada por el caparazón de una tortuga gigante”.

El científico sonrió ampliamente antes de replicarle: “¿Y en qué se apoya la tortuga?”. “Usted es muy inteligente”, dijo la señora, “Pero hay infinitas tortugas, una debajo de otra”.

(Originalmente: "You're very clever, young man, very clever. But it's turtles all the way down!")

Quizás aquel no sea el verdadero origen de “la historia de la tortuga”, pero sí nos remonta a una época donde todavía se creía que el mundo era chato, y que una tortuga enorme cargaba en su base. ¿Pero sobre qué se apoya la tortuga? Claramente, sobre otra.


Estamos ante el problema de recursión infinita, no sólo en la astronomía, sino también en el campo de la filosofía. Una metáfora comparable, que describe causas y consecuencias circulares de un mismo problema, sería la idea de qué fue primero: el huevo o la gallina. 

(Al respecto, vale la pena recorrer este post: “The egg, el relato viral de Andy Weir”).

La idea de las tortugas ad infinitum, que bien podrían ser elefantes tambien, representa una visión popular de un mito cosmológico primitivo. Un animal que, al entender de algunos, es lo suficientemente resistente  y longevo como para cargar con el mundo él solo, y por los tiempos de los tiempos.

Los ateos utilizan este concepto para poner en duda la existencia de Dios (si Dios existe, ¿quién lo creó a Él?”) y el mundo de la ficción lo ha aprovechado para plasmar conceptos de realidades recursivas y tortugas que funcionan como Guardianes del Universo.

"Turtles All the Way Down" es, por ejemplo, el nombre del capítulo final de “Awake” (2012) (que ya reseñé en el blog antes), y la frase la menciona la psiquiatra del protagonista con un fin muy específico.

En la saga de la Torre Oscura (de Stephen King) repetidas veces se hace referencia a una tortuga que sería uno de los guardianes de la torre –en esencia, un puente entre todos los mundos.

La misma Tortuga (Maturin) es también referenciada en otras obras de King como 11/22/63 e “IT: el payaso maldito” (que reseñé en el blog hace un tiempo). En “IT”, Maturin es un espectador de los eventos que se desarrollan a partir de la batalla entre la entidad maligna y el Club de los Perdedores. Sólo se involucra para darle un consejo al protagonista, Bill Denbrough, durante el ritual que realiza en 1958.

La idea de múltiples universos existiendo paralelamente es una de las más populares en la ficción especulativa y la fantasia, pero a veces las cosas son más complicadas que un mundo de sueños, otra dimensión o simplemente un “universo alternativo”.

Pensemos, por ejemplo, en esa genial obra de ciencia ficción que es “eXistenZ” (1999), de David Cronenberg.  

El punto central de la historia es que los protagonistas están confundidos respecto a cuántos niveles de realidad virtual existen (y qué deberían hacer para ganarlos). Al final de la película, todavía no están seguros si siguen dentro del juego o no.

Algo similar sucede en “Inception” (2010), donde existen sueños dentro de sueños (dentro de sueños) donde el tiempo se ralentiza exponencialmente a medida que incrementamos la profundidad de los niveles. Uno podría pasar décadas dentro de los sueños, y esta realidad recursiva hace difícil saber en qué momento se está verdaderamente despierto (motivo por el cual utilizan elementos o totems que les ayudan a distinguirlo).

Mientras tanto, “Matrix” (1999) contiene otro tipo de realidad recursiva: la simulación. Básicamente: construir un barco en una botella, dentro de un barco en una botella. “Matrix” es un mundo donde personas crean simulaciones por computadora y realidades virtuales sin saber que forman parte de una. Por otra parte: ¿podría ser Zion (la “ciudad real”) otra “Matrix” en sí misma?

Tortugas, hacia abajo y hasta el infinito” es esta idea de una regresión infinita, de que no hay realidad excepto en la mente de un personaje, un autor o un Dios. 

No importa que tan arriba o abajo nos movamos, no es posible escapar. Un fenómeno similar al que existe en el diseño gráfico y el arte conocido como “Efecto Droste” (una imagen que incluye una copia imagen de sí misma, que tiene un imagen más chica de sí misma, etc).

Hay una película fascinante del guionista Charlie Kaufman (“Adaptation”, 2002) que también trabaja esta temática de la recursividad. 

Es la historia de un guionista llamado Charlie Kaufman (protagonizado por un sorprendentemente bueno Nicholas Cage) que intenta escribir la adaptación de una novela llamada “El ladrón de orquídeas”. El ficcional Charlie (el de la película) se rinde y termina escribiendo un guión llamado “Adaptation”, que es sobre un hombre intentando escribir una adaptación de la novela “El ladrón de orquídeas

… y así podríamos seguir.

Hace poquito vi “Réalité” (2014), la última película del director francés Quentin Dupieux (quien también dirigió “Rubber”). Me encantó “Réalité”, y también juega con esta idea de la recursividad, pero desde otro punto de vista. La película está muy buena y se las recomiendo.


En la literatura, muchos de los relatos de “Las mil y una noches” se caracterizan por contener elementos recursivos. Scheherezade, la protagonista y narradora de la historia, mantiene al vil rey despierto generando asombro e interés con sus relatos. Cuenta historias de gente que cuenta historias sobre gente que cuenta historias, y etcétera, etcétera. Hay muchísimas historias dentro de historias en esta obra y, gracias a ellas, el rey Shahriar la mantiene con vida ante la perspectiva de la narración que vendrá.

Hay también un ejemplo muy viejo en una cuento corto originalmente impreso en Amazing Stories de 1936

Se trata de “El que se achicó” (He Who Shrank), de Henry Hasse. El protagonista se inyecta un suero que lo hace más pequeño que el átomo. Allí descubre que cada átomo es un pequeño sistema solar, donde el núcleo funciona como Sol y los electrones orbitan como planetas. Se sigue achicando a través de universos cada vez más miniaturas hasta que termina en nuestro propio mundo nuevamente. Ahí le cuenta la historia a un escritor de poca monta, quien intenta venderla a un diario como una obra de no-ficción.

Uno de los libros de “Elige tu propia aventura” también trabajó esta idea, pero con quarks como universos.

Por último, no puedo dejar de mencionar una escena de la fantástica de la parodia de Star Wars: “Spaceballs” (1987). El villano coloca una video de la propia película y avanza a la escena en la que ellos mismos están viendo la escena en la que colocan un video de la propia película.

La charla que se da es altamente delirante:

  
Dark Helmet: What the hell am I looking at? When does this happen in the movie?
Colonel Sandurz: Now! You're looking at now, sir! Everything that happens now is happening now.
Dark Helmet: What happened to "then"?
Colonel Sandurz: We passed it.
Dark Helmet: When will "then" be "now"?
Colonel Sandurz: Soon!

“Man #1: If Earth is the back of a giant turtle, then what's holding up the turtle?
Man #2: Don't be a fool. It's Turtles All The Way Down!”

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viernes, 1 de abril de 2016

“Rubber” (2010): el homenaje a la sinrazón


Dentro del género de películas bizarras y experimentales, “Rubber” –de Quentin Dupieux– es seguramente una de las más fascinantes que vi en el último tiempo.

Cuando uno se sienta con amigos a ver una película sobre una llanta homicida con poderes telekinéticos, ya se han tomado ciertas decisiones claves sobre la vida y sobre las experiencias cinéfilas. Si esperás realismo, personajes super desarrollados y un estudio serio sobre un elemento particular de nuestra existencia en este mundo, claramente no es la película para vos.

Es una PELÍCULA. Sobre una maldita llanta. Que mata telepáticamente a las personas. ¡Haciéndoles explotar la cabeza!

Con eso en mente, tengo que decir que el director lo sabía, y que creó esta suerte de homenaje a lo absurdo con mucha conciencia, como un viaje metafficional que habría vuelto loco al mismo Charlie Kaufman, el genio del surrealismo en Norteamérica.

No es solamente una cinta sobre un neumático asesino. Es también sobre ver una película de un neumático asesino. (Todo esto va a tener sentido más adelante). 

► Rubber” es entretenimiento puro y una obra maestra del terror que nos lleva por un extraño camino de técnica, estilo y absurdismo. Me voló la cabeza (pun intended).

***

#SpoilerAlert: si bien la trama de Rubber no es lo más esencial, se revelan parte importantes de la misma. ¡Están avisados!


Francia tiene toda una tradición de cine experimental que se remonta a los años ´50 y ´60 con la aparición del movimiento conocido como Nouvelle vague (la Nueva Ola francesa).

Directores como François Truffaut y Jean-Luc Godard fueron contra el realismo tradicional que se venía trabajando en el cine francés y apostaron a la improvisación, a la filmación en exteriores, a la libertad de expresión, al uso de nuevas técnicas que se estaban forjando en EEUU con directores como Alfred Hitchcock, Orson Welles y John Ford.  

Aún hoy, Francia se caracteriza por contar con films poco convencionales, que se alejan del tradicional estilo que suele presentar Hollywood. 

El director Quentin Dupieux es un ejemplo de este tipo de cine.

La película se inicia con el momento más clave de la historia. 

Un auto de policia llega a una desolada parte del desierto. Hay sillas colocadas de forma azarosa que el vehículo va volteando con mucha paciencia. Del baúl del auto sale un sheriff (Lieutenant Chad) quien pide un vaso de agua al conductor. 

Luego se acerca a la cámara, mira directamente, y comienza un prólogo sobre la sinrazón que funciona como una instrucción para ver el resto de la película. Para qué describirlo si directamente pueden verlo:

  
Al finalizar, tira el vaso de agua y vuelve a meterse al baúl del auto. ¿Por qué? ¿Y por qué no?

Por cierto, toda la película está disponible y subtitulada en español en Youtube.

Este soliloquio, absolutamente increible, funciona como una alerta, una manera de invitar a la audiencia a conocer con qué se va a encontrar. En él, el director defiende su postura absurdista y deja entrever el nivel atípico de comicidad que va a acompañar al neumático asesino durante todo el metraje.


En Rubber no somos nosotros los verdaderos espectadores. Hasta me animo a decir que estamos de más. La misma película ya cuenta con un público que, como un coro griego, montado con binoculares, será el verdadero jurado de los acontecimientos. Nosotros somos voyeuristas, nada más.

"This movie... is an homage to the no reason."
— The Sheriff

Rubber es muchas cosas al mismo tiempo. Deconstruye el género del terror del ataque de un “ente asesino”, sea Micheal Myers, Jason o Freddy Kruegger. Sea un muñeco, un fantasmita, un tomate o una mujer de 50 metros de alto.

También ataca a todos los clichés del cine de horror, parodiándolos. La chica sexy que se ducha con la puerta abierta. Los personajes que realizan acciones estúpidas e ilógicas (y por ello terminan muriendo). Los sobresaltos. La música que va elevando la tensión.

Pero pronto se hace evidente que es mucho más que una pequeña historia de comedia y terror. La llanta (que se llama Robert, según indican los créditos finales) se reconoce a sí misma como una entidad (en una fascinante escena en la que se “ve” en el espejo), es pasional, tiene ira, deseos, contradicciones. Ah, y poderes psíquicos para hacer explotar cosas. Muy al estilo “Scanners” de David Cronenberg.

Una vez que Robert aprende a asesinar personas, se lanza en la búsqueda de más humanos para matar, y en su camino se encuentra con una mujer misteriosa con la que se obsesiona. ¿Qué hace ella viajando sola en el desierto? ¿Quién es? ¿Por qué Robert se siente atraído? ¿Es porque está (muy) buena? ¿Puede, verdaderamente, un neumático sentirse atraído por una mujer? 

¡A quién le importa!

La elección de un neumático para la película fue excelente y muy elegante. Se trata de un objeto con capacidad de traslado (son brillantes las escenas donde va de un lado a otro “aprendiendo a andar”) pero que se aleja de un estilo antropomórfico, lo cual le genera ciertas debilidades (como cuando cae a una pileta y no tiene forma de salir).


Funciona como un elemento amenazante (al fin y al cabo, un neumático, adjunto a un vehículo, puede hacer muchísimo daño) pero es intrínsecamente ridículo. El objeto no puede hacer más que cuatro o cinco acciones, y como realizador de cine, es un desafío gigante darle “vida” a algo como esto.

Por otro lado, pocas cintas han sabido utilizar la ruptura de la cuarta pared con tanta eficiencia. 

Acá el chiste nos lo están haciendo a nosotros, todo el tiempo. Es complicado llevar la cuenta de la cantidad de escenas metaficcionales que homenajean al cine. Por ejemplo, hay una secuencia que sucede en un lugar que es idéntico al motel Bates de la película “Psicosis” (1960), de Alfred Hitchcock.

En una historia que se adjudica estar dedicada al absurdo, al “sin-sentido”, es irónico que no hay ni siquiera una escena que no tenga un motivo claro y específico. Hay mucho del “efecto de distanciamiento” que teorizó el alemán Bertolt Brecht en su teatro. Hay escenas que nos sirven para hacernos la idea de que realmente podría existir un mundo donde una llanta asesina personas haciéndoles explotar la cabeza, pero luego se nos fuerza afuera de esa idea cuando nos recuerdan a la pobre audiencia, varada en el desierto, sin comida.
   
Se pueden hacer ensayos enteros sobre los detalles aparentemente irrelevantes que tiene “Rubber”, y que sin embargo están muy bien pensados. La escena en la que la audiencia se pone a devorar el pavo es magistral (“como público devoramos lo que se nos ponga en el planto, o en la pantalla grande”), el final donde el ejército de neumáticos se dirige hacia Hollywood, etc. Invita a tantas lecturas complejas que termina siendo un testamento a la sutileza.

Pero al final del día no importa si Rubber es una parodia del terror o, en realidad, una crítica escondida sobre el cine hollywoodense (me inclino mucho por esta idea). Lo cierto es que nada de eso importa. La película es absolutamente divertida y provee una cinematografía impecable.

Ah, y el final está perfecto (nunca van a ver triciclos de la misma manera).

No me dan más ganas de escribir (o teorizar sobre sus significados ocultos) porque sería quitarles a mis lectores la posibilidad de experimentar la historia por ellos mismos. Sólo detallar todas las características metaficcionales haría que quieran prestarle especial atención a esos detalles, y no es justo. Está bueno verla sin prejuicios y sacar conclusiones propias.


Rubber es un concepto ridículo realizado con un ingenio pocas veces visto. Es a lo que tienen que apuntar todos los realizadores independientes: una excelente, surrealista, bizarra, absurda, sorprendente e inteligente mala película. No existe motivo para la existencia de esta cinta, porque no hay ninguna razón para nada en este mundo.

No sé ustedes, pero yo ya me descargué toda la filmografía de Quentin Dupieux.

OFF-TOPIC: interesante entrevista con el director sobre la realización de Rubber:


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martes, 29 de marzo de 2016

“Repertorio en forma de libro, osario de palabras” (cuento)


Les comparto un nuevo cuento de mi autoría que, lo admito, peca de no ser una de los más brillantes. Sin embargo, creo que tiene algunos elementos de especial interés que comento al final (y que puedan aportar un detalle adicional a la motivación de mi relato).

Mis comentaristas de Literautas.com lo odiaron, ¡así que pueden criticarlo tranquilos!

***

“Repertorio en forma de libro, osario de palabras”

Lo más insoportable de subirme todos los días al ascensor espacial a la Luna no es que sea espantosamente parsimonioso. Tampoco me abruman las pequeñas e insignificantes conversaciones. “Qué calor hace hoy”. “El tiempo está loco”. “Parece que va a haber lluvia de meteoritos otra vez”.

Menos aún me perturba el amontonamiento de individuos en el único y delgado cable, de unos 50.000 kilómetros de largo, que empalma a nuestro planeta con la superficie lunar. Nos vendieron que es una obra de ingeniería de magnitud colosal, que finalmente tenemos una autopista hacia el cielo; nos bombardearon con la viperina frase: “Elevamos sueños”. ¡Qué me importa que haya sido diseñado con una recalcitrante aleación de un polímero sintético llamado “Zylon” y nanotubos de carbono! No deja de ser un oneroso medio de transporte que consume nada menos que treinta minutos en desplazarte a tu faena.


Me resulta indolente la caravana que se reúne en la entrada (de la Tierra) todos los días para protestar que “el elevador espacial está matando a los humanos por la radiación”. No son reclamos apócrifos. La extendida permanencia en el cinturón de Van Allen verdaderamente es el motivo de los nuevos tipos de cáncer que comenzaron a emerger en el planeta.

No. Lo realmente intolerable no son las miradas incómodas, la criatura que no suspende nunca el sollozo, el energúmeno que comenta idioteces para evitar los silencios, el inefable obeso que deja siempre resbalar una flatulencia. A mí quien verdaderamente me hace hervir la sangre es el sujeto que dedica su media hora a la imparable lectura del diccionario.

¡Es verdad! Siempre fui muy inquieto, terriblemente inquieto. ¡Pero a no confundir aquello con la demencia! Soy muy cuerdo y, sin embargo, me es difícil saber cómo aquella idea entró en mi cabeza por primera vez. Quizás, la diligencia del hombre por leer regularmente su diccionario despertaba en mí un complejo de inseguridad, el temor a que cualquier palabra que él pudiera llegar a pronunciar acabaría por sonar como una tormentosa condición médica.

Su tranquilidad y vehemencia por la actividad me irritaban de sobremanera. ¿Para qué convertirse en un cazador de palabras, cuando las que usamos para la comunicación diaria nos alcanzan y sobran? ¿Con qué necesidad se aventuraba en la espinosa tarea de investigar palabras largas, elaboradas y crípticas per se? ¿Quién era él para amar tanto las palabras que las releía con cuidado, casi con recelo? ¿Quién era él para vencer el desagrado del ascensor espacial con tanta soltura? Era la traición hacia lo familiar, la vanidad, la forfolla, el quijotismo por antonomasia.

Recuerdo que había comenzado con la letra “M” cuando me decidí, poco a poco, muy gradualmente, a librarme de aquel sujeto y de su engreimiento para siempre.

Lo ajusticié –no me pregunten bien cómo ni cuándo– una ocasión en la que sólo él y yo subíamos en el elevador. No recuerdo si le corté el cuello con un elemento cortante o si le perforé el corazón. A lo mejor lo golpeé muy duro con un objeto romo en el parietal izquierdo.  ¿O fui más clemente y lo envenené con cianuro?

Pobrecito, ya iba por la letra “V”.

Cuando cayó al suelo, su repertorio de palabras se desparramó por el lugar. Permanecí inmóvil. Durante diez minutos enteros no moví un sólo músculo. Luego, sonreí alegremente al ver lo simple que había resultado todo. Examiné el abyecto cadáver. Pude sentir cómo la vida se había desvanecido, invalidando a un cuerpo prescrito.

No pueden imaginarse con qué cuidado, con qué desmedido cuidado, levanté el grueso libro con mis manos. Llegó entonces a mis oídos un ruido apagado, como el que podría hacer el rumor de las hojas en el campo al aire libre. Leve. Elegante. Pronto lo distinguí: era el diccionario. Latía. Latía delatándome, armonioso como el redoble de un tambor. Tum-tum, tum-tum, tum-tum.


Aquel tipo estaba indudable e irreversiblemente muerto. No obstante, su libro vivía. El sonido se hizo más penetrante; seguía resonando y era cada vez más intenso. Me pedía que lo abriera, que lo estudiara.

Comencé por el principio: la primera letra del alfabeto español (y primera de las vocales). Me puse de pie y lo comprendí todo. Lo suntuoso de sus definiciones, la seducción de sus vocablos, lo ladino de sus explicaciones. Los oficiales armados se aglomeraron a la salida del ascensor. Sólo pedí que me dejaran terminar mi lectura en una de esas lindas celdas nuevas que instalaron en la Luna.

***

Ahora sí, una explicación adicional con #SpoilerAlert.

Mis comentaristas criticaron el abuso de palabras innecesariamente complicadas. Se les hacía enredado y confuso leer el cuento. La verdad es que esa era exactamente la idea.

Es deliberamente complejo porque el protagonista (y narrador) se fanatizó con el diccionario. 

Creé un personaje que usa palabras difíciles sin necesidad y, muchas veces, de modo incorrecto.

Es cierto que hablar más directo es más claro y, generalmente, más recomendable a la hora de escribir. Pero acá busqué lo contrario. Hablar de forma más enigmática y críptica (sin  necesidad) para enfatizar la idea de que él se obsesionó con lo complicado, lo enredado, de las palabras. 

En eso residió mi experimentación.


Hay otro detalle que me indicó un comentarista (Kmarce) y que me pareció muy destacable. Es el hecho de utilizar un cable de ascensor en una propuesta de ciencia ficción. Evidentemente, y como él explicó, la Tierra gira y tiene una rotación con ligeras inclinaciones sobre el eje y respecto a la Luna. No es viable colocar un cable a la Tierra que viaja a una velocidad increíble. Sería como amarrar dos trompos en movimiento.

Este comentarista propuso eliminar el cable y sustituirlo por el uso apropiado de la magnetosfera, apoyados con diferentes magnetos ubicados en la Luna, para ir y venir al más hermoso satélite del universo. (Está clarísimo que padece de selenofilia, es decir, “amor por la Luna”).

En fin, ¡hasta la próxima!
                                                                                                                            
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=>> Otras CUENTOS de mi autoría en el blog: “Del texto a la vida” (obra de teatro ganadora); “El último beso”; “Los delicados riesgos de oprimir un botón sin leer las instrucciones”; “El lápiz mágico”.

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jueves, 24 de marzo de 2016

El sci-fi argentino en el cine


Argentina tiene una rica historia en obras de ciencia ficción, pero no específicamente en el cine. Novelas como “La invención de Morel” (que ya reseñé en el blog) o los textos de autores como Alejandro Alonso (“La ruta a Trascendencia” es genial), Ana María Shua y Alberto Laiseca han recibido gran reconocimiento de la crítica.

Mientras que, en materia de cómics, “El Eternauta” (de Oesterheld) es la gran historieta de ciencia ficción argentina, la revista digital Axxón (una de mis favoritas) recopila a grandes autores argentinos de fantasía y sci-fi.

Jorge Luis Borges nunca fue específicamente un autor de ciencia ficción, aunque algunos de sus relatos podrían caer dentro de esa categoría. Entre ellos, a lo mejor, está "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", aquel delirio casi existencial que nos habla de un mundo imaginario en el cual se convertirá la Tierra en algunas pocas generaciones.

Borges se interesó por este género y hasta llegó a escribir el prólogo de Crónicas Marcianas (de Ray Bradbury) para la edición de Minotauro de 1955, uno de los primeros ensayos “críticos” argentinos sobre una novela de ciencia ficción.

En el cine, sin embargo, Argentina se quedó un poco detrás, y no es especialmente recordada por su participación en el género. Existen, de todas formas, algunas producciones para destacar o que, simplemente, son demasiado curiosas como para dejarlas pasar.


Se comenta que la primera película de ciencia ficción en la Argentina apareció en 1942. Se trata de “Una luz en la ventana”, de Manuel Romero que también contiene elementos de terror. Está completa y disponible en Youtube. El protagonista es un científico con acromegalia (aumento de tamaño en manos, pies, etc.) a la espera de un trasplante.

También en blanco y negro, aunque más actual, es “La Antena” (2007), una película que tuve la suerte de encontrar por casualidad y que me voló la cabeza. 

Esta obra del director Esteban Sapir se encuentra entre mis preferidas de todos los tiempos.

Funciona como una suerte de reinterpretación de “Metrópolis” (1929), la célebre película de ciencia ficción perteneciente al expresionismo alemán. En este caso estamos ante una ciudad gris a la que se le quitó el habla. El responsable es un gánster poderoso. Un ex empleado de un canal de TV intentará evitarlo, al mismo tiempo que protege a un chico que parece ser el único con la capacidad de emitir palabras.

Es una historia estéticamente impresionante (para el cine argentino) que se trabaja como un policial negro. 

Tiene cosas muy locas, como las onomatopeyas que salen disparadas de los rifles cuando los criminales disparan.

Debido a las limitaciones económicas, y los desafíos técnicos y visuales que suele presentar el género, el sci-fi argentino siempre prefirió plasmar historias más existenciales e introspectivas, antes que espectaculares shows visuales como los americanos.

Así surgieron pequeñas películas de culto que son verdaderamente grandiosas. “Hombre mirando al sudeste” (1986), de Eliseo Subiela, es una de ellas. Si bien esta historia no es puntualmente de ciencia ficción, tenemos a un hombre que afirma ser un mensajero de otro planeta y algunos eventos inexplicables que ocurren dentro de un hospital psiquiátrico.

Ya hablé de esta película en su momento y del infame plagio americano que sufrió cuando se produjo “K-PAX”, con Kevin Spacey.

Del mismo estilo introspectivo son “Moebius” (1996), de Gustavo Mosquera e “Invasión” (1969), de Hugo Santiago. La primera es el misterio de un tren subterráneo que desaparece, con 30 pasajeros a bordo, de la noche a la mañana. Si bien es una remake de una cinta alemana de 1993, en Argentina funciona especialmente por su valor simbólico (el leit motiv de las películas post- años ´70 es, indiscutiblemente, las secuelas de la dictadura militar).

La segunda, Invasión, es una gema escondida. Aunque admito que me resultó pesada por momentos, no puedo negar su atractivo estético. Se trata de un guión co-escrito por Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges (es decir: por Bustos Domeck). 

La musicalización contiene tangos de Aníbal Troilo y está localizada en una ficcional Aquilea, un Buenos Aires laberíntico y con un aire indudablemente borgiano. Los habitantes buscan impedir una invasión –que recuerda a la Guerra de Troya– de seres que se visten y comportan como nosotros.


Invasión es genial por su carácter simbólico y estético, pero puede llegar a ser bastante bodrio, sinceramente hablando. Ambas se encuentran disponibles en Internet para ver online.

Tengo que ver todavía “La sonámbula” (1998), de Fernando Spiner, que es considerada entre las mejores del género también. Relata una historia en un futuro incierto de Buenos Aires futurista, con referencias a esa película gigante que es Brazil (1985), de Terry Gilliam.

Como es de esperarse, simultáneamente existió una gran cantidad de cine de ciencia ficción bizarro o “clase B” en Argentina. Son películas muy curiosas que uno puede encontrarse en canales como I-SAT.

Por ejemplo, tenemos nuestra propia versión de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (“El extraño caso del Hombre y la Bestia”, 1951, Mario Soficci). Lo más loco es que se argentinizaron los nombres de los protagonistas, así que tenemos a Enrique Yequil y Eduardo Jaid.

Plaga Zombie” (1997, Pablo Parés) es un poco más actual y fusiona el terror con la comedia. Hay que tener cuidado, porque  es de bajísimo presupuesto. Sin embargo, todavía mantiene su status de culto, particularmente entre los fanáticos del cine gore.

Varios años antes, en 1965, hubo otra invasión similar. “Extraña invasión” fue una coproducción con Estados Unidos donde una enigmática  interferencia que comienza a producirse en las señales de TV convierte a los espectadores en zombies. Los años siguientes se caracterizaron por la aparición de cine berreta que ridiculizó al género y, ocasionalmente, tuvo varios toques de erotismo. 

Se podían ver muchas de esas películas en el programa de los cuervos (Cine Zeta) de I-SAT.

Sí me parece más atractivo, y todavía no me pude sentar a ver, el trabajo de Eliseo Subiela en “No te mueras sin decirme adónde vas” (1995), donde un científico es el fabricante de una máquina para visualizar sueños, pero lo que termina encontrando es a un fantasma del cual se enamora.


Así que quizás no haya gran variedad de películas sci-fi de origen argentino, pero creo que hay algo para cada tipo de fan del género. Particularmente, yo recomiendo revisar “La antena” y “Hombre mirando al sudeste”, dos de las mejores producciones argentinas que alguna vez se hicieron en mi país.

¡Hasta la próxima!
               
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lunes, 21 de marzo de 2016

“Fooly Cooly” (FLCL): el delirio absoluto


Cada tanto me encuentro con un animé que verdaderamente me descoloca.

Me pasó por primera vez con esa obra descomunal que es Evangelion (de la cual ya hablé en otro post). Más tarde lo viví con Serial Experiments Lain (¡tengo que volver a ver esa serie!) y con Paranoia Agent, por ejemplo. 

Pero ninguna me resultó tan extravagante y delirante como “FLCL” (o Fooly Cooly).

FLCL (2000) es un animé de sólo 6 episodios de duración que nos cuenta la historia de Naota, un joven de 14 años que vive con su padre y su abuelo. Es el (inapropiado) objeto de atención de la ex novia de su hermano, y cree que su vida y su ciudad son tremendamente aburridas.

Todo cambia cuando es literalmente embestido por Haruko, una chica maniática manejando una moto, quien asegura ser un oficial de policia intergaláctica. Ella lleva colgado un bajo eléctrico Rickenbacker que es, en realidad, un arma que se activa como una motosierra, y no tiene problemas en acosar a Naota tanto de forma física como sexual.

Luego del contacto inicial, la frente de Naota empieza a crecer ocasionalmente (y de forma desmedida) terminando por escupir robots gigantes que resultan ser aliados o formas extrañas que atacan a la ciudad. La locura crece exponencialmente a partir de este punto.


No se me hace difícil hablar de este animé sin arruinar la trama, porque sinceramente es lo que menos importa. Les puedo asegurar que “extraño” y “acelerado” no alcanzan a ser cualitativos adecuados para describir FLCL.

Fue creada por los estudios Gainax (responsables también de Evangelion) y originalmente se planeron 26 episodios. Cuenta la historia que luego de una decisión del equipo, se terminó usando todo el presupuesto en únicamente 6 episodios. Es por eso que la calidad es prácticamente la de una película japonesa de gran presupuesto, y supera al promedio de las series.

Aunque hay un arco argumental (y también pequeñas historias que se abren y cierran con cada capítulo) lo interesante de FLCL pasa por la extravagancia y la comedia exageradísima que me recordó a la genial School Rumble.

Es considerado uno de los más grandes animés del 2000 debido a que prácticamente inventó el estilo de animé hiperkinético que hoy pueden verse en obras como Redline, Pokemon, School Rumble, One- Punch Man, Soul Eater, etc.

En esencia es una historia de tipo “coming-of-age” donde Naota aprende las dificultades de pasar hacia la etapa de la adultez, pero también es mucho más que eso. Zarpada, salvaje, esquizofrénica. El aspecto visual está a otro nivel, el soundtrack es absolutamente orgásmico (¡mucho rock!) y la historia está muy buena.

La comedia está plagada de referencias a otros animés y obras de ficción (por ejemplo a South Park) y hay muchísimos mensajes subliminales y bromas con doble sentido (que pasan desapercibidas por alguien más chico, pero son inconfundibles si sos adulto).


En su corta duración, la serie también experimenta muchísimo con diversas técnicas de animación y hasta se ríe de sí misma. En el primer episodio hay una escena en la que la historia se convierte en un manga viviente. Sobre el final pasa algo similar, pero los mismos personajes se quejan de que “ya tuvieron una escena muy parecida antes”.

Una teoría muy popular es que, en realidad, la trama de FLCL es simplemente Neon Genesis Evangelion resumida en solo seis capítulos y servida de forma hiperactiva y paródica como una comedia. Tengo que decir que estoy bastante de acuerdo, ya que las similitudes entre ambas series son muchas (comenzando por el hecho de que ambas fueron producidas por el estudio Gainax).

Si esta teoría es cierta, entonces FLCL es una deconstrucción de una deconstrucción (o sea, una reconstrucción) con el “factor WTF” dejado intacto y sin remover ni siquiera un símbolo fálico.

Por ejemplo, tenemos robots bizarros y gigantes atacando a la ciudad, y Naota montándose en uno para vencerlos. También hay dos protagonistas femeninos que se asemejan a Rei y Asuka. Haruko tiene una personalidad “muy Asuka” (chocante, extrovertida, grosera) y Mamimi recuerda mucho a Rei por su pasividad e imperturbabilidad.

Está muy buena la dinámica (y el triángulo amoroso) que se presenta entre Naota, Mamimi y Haruko. El final (no lo voy a arruinar) es interesante porque los tres aprenden algo sobre sí mismos y sorprenden sus decisiones maduras.

Por su parte, nunca queda claro qué jocara significa “Fooly Cooly”, si bien las palabras aparecen, por lo menos, una vez en cada episodio. Supuestamente, en japonés “furi kuri” es una forma de decir “sexo”, pero acá parece tener algún significado más profundo.


Lo que más disfruté de FLCL es cómo escala con cada episodio. ¿Qué tan raro y surreal puede llegar ser? ¿Cuántos juegos de palabras, símbolos fálicos y doble sentidos puede meter en un solo capítulo? En este caso, la respuesta es: “cada vez más”. Únicamente hay que comparar los primeros dos episodios con los dos o tres últimos. Aunque el estilo visual ya al principio es caótico y desquiciado, sobre el final se vuelve completamente inconsistente.

► Por su capacidad de innovación y originalidad, logrando al mismo tiempo tener una historia que resulta atractiva y con la que uno puede sentirse identificado, FLCL es un gran animé que destaco y recomiendo. Y su influencia sobre el mundo de la animación japonesa es innegable.

ACTUALIZACIÓN: Hace unos días, Adult Swim anunció en su página de Facebook que van a producirse dos nuevas temporadas de FLCL en los próximos años. ¡Habrá que esperar!
                                                                                                                            
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