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viernes, 27 de marzo de 2026

“Southbound” (2015) y las películas antológicas

 

Hoy toca hablar de películas antológicas (o… el placer de entrar y salir de mundos distintos cinco veces en dos horas). Ah, y por qué Southbound, de 2015, confirma que el formato todavía sigue vivo.





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Aquellos placeres culposos

Las películas antológicas me pueden… incluso cuando son berretas como la última que me clavé por culpa de una amiga (Books of Blood, de 2020). La película está basada en libros de Clive Baker, el creador de los universos Hellraiser y Candyman.

Tiene buenas ideas, un arranque fuerte y, lamentablemente, un conjunto irregular que nunca termina de despegar. No es una pérdida de tiempo, tampoco algo que vaya a quedar resonando mucho después de los créditos. Aun así, yo seguí insistiendo y después vi Southbound, que sí me fascinó.

Pero vayamos un poquito más atrás antes…


Hay algo muy particular en las antologías cinéfilas. Algo difícil de explicar del todo, pero fácil de sentir: terminás una historia, todavía estás acomodando lo que te dejó, y ya hay otra golpeando la puerta. Otro clima, otros personajes, otra lógica. Es como si el cine se permitiera varias vidas dentro de una sola noche.

Tal vez por eso el formato sigue teniendo un atractivo raro y persistente. En una época (y momento) donde muchas pelis/series parecen obsesionadas con estirar una única premisa hasta agotarla, la antología trabaja un poco al revés: concentra, cambia de piel y -casi siempre- arriesga. Y cuando sale bien, genera una experiencia incomparable.

En el fondo, una buena antología se parece bastante a abrir un libro de cuentos: uno nunca sabe qué relato va a quedar resonando más, cuál va a fallar un toque y cuál va a aparecer después en una conversación.

 

¿Por qué el formato atrapa tanto?

Hay algo psicológico bastante simple detrás del encanto de las antologías: combinan novedad y familiaridad al mismo tiempo. Cada segmento suele ofrecer un reinicio emocional. Apenas uno entiende las reglas de una historia, esa historia termina y empieza otra.

Desde lo psicológico, el cerebro recibe un estímulo nuevo sin perder del todo la sensación de continuidad. Es casi una pequeña recompensa narrativa cada quince o veinte minutos.

Por eso, muchas veces generan una experiencia muy parecida a escuchar relatos en ronda: una historia termina, alguien toma la palabra, aparece otro tono, otra tensión.

No es casual que el terror haya encontrado ahí uno de sus territorios naturales. Porque el miedo, en esencia, también funciona por concentración. Una idea fuerte, un espacio cerrado, una culpa, una aparición, una anomalía. Muchas veces no hace falta más.


De hecho, algunas de las mejores ideas del cine de terror probablemente no resistirían noventa minutos, pero sí pueden volverse memorables en quince. Me parece que ahí está buena parte de la fuerza del formato.

 

El problema de la irregularidad

Con cada antología que veo me suelo topar con un mismo problema: la irregularidad. Siempre hay un segmento que despega, uno correcto, uno olvidable y otro que termina salvando a todo el conjunto. A veces eso juega a favor, porque incluso cierta desprolijidad forma parte del encanto: uno acepta que no todo tenga el mismo peso.

Pero cuando la diferencia es demasiado grande, la película se resiente. Por eso el formato suele encontrar su mejor equilibrio entre tres y cinco historias. Más de eso ya exige una precisión difícil de sostener.

The ABCs of Death, por ejemplo, es casi un laboratorio de esa dificultad: una idea brillante como proyecto (un corto de terror por cada letra del abecedario), pero tan fragmentada que termina siendo más una experiencia irregular.

En cambio, cuando hay una visión clara, la antología puede volverse algo mucho más poderoso: no una suma de partes, sino una especie de organismo vivo.



Cuando el conjunto importa

Algo así ocurre con Relatos Salvajes. Lo extraordinario de Damián Szifron no es sólo que las seis historias funcionan: es que todas parecen empujadas por una misma energía interna: violencia, humillación, revancha, explosión contenida.

Desde “Pasternak” —que probablemente sea uno de los mejores arranques del cine argentino reciente— hasta ese fallido casamiento final donde todo se vuelve una especie de batalla emocional grotesca, la película mantiene una unidad feroz.

Cada relato tiene tono propio, sí, pero todos parecen parte del mismo mundo moral: uno donde basta un pequeño empujón para que todo se rompa. Y además tiene algo muy complicado de lograr en una antología: no hay sensación de relleno. Incluso cuando una historia te gusta menos, entendés por qué está ahí.

Algo similar, aunque desde otro lugar, me pasó con The Ballad of Buster Scruggs. Los hermanos Coen acá hacen lo que mejor saben hacer: usar el humor para que la fatalidad entre sin pedir permiso. La primera historia parece una parodia musical del western clásico.


Después, sin que uno lo note del todo, el film empieza a volverse melancólico, cruel, incluso filosófico. Y cuando llega ese último carruaje, uno ya entiende que todo venía dialogando desde antes.

 

Antologías que funcionan

Hay películas donde el formato importa menos que la identidad visual que las sostiene. Sin City es un caso clarísimo.

No importa tanto dónde termina una historia y empieza otra, porque todo está absorbido por esa estética negra tan extrema que convierte cada segmento en una viñeta viva. La película logra ser fragmentaria sin perder nunca unidad visual.

También me encanta Todo lo que siempre quisiste saber sobre el sexo* (1972). Se trata de una de las primeras películas del guionista y director Woody Allen y su obra antológica más popular hasta la fecha. Son historias conectadas únicamente por el tema central del sexo. En este proyecto, Woody intenta responder siete preguntas sobre el sexo con la misma cantidad de historias.

Tiene una trama única, con actores como Gene Wilder, Lynn Redgrave y el propio Allen interpretando a un médico, una reina y un bufón de la corte, respectivamente. Hoy hay que verla entendiendo el contexto (¡pasaron 50 años!) pero me sigue pareciendo ingeniosa por sus diálogos y su humor constante.


Y después están las antologías desfachatadas, directamente desparejas, pero imposibles de odiar. Movie 43 entra en esa categoría. Es un festival de segmentos incómodos, absurdos, groseros, con esa clase de humor que hoy probablemente provocaría varios debates antes del estreno.

Tiene momentos muy malos, sí, pero también ese extraño encanto del delirio sin filtro. Algo parecido a mirar un accidente y no poder dejar de mirar. Yo la recontra banco.

 

Reseña de Southbound (2015)

El terror siempre convivió con la lógica del cuento corto. Desde Tales from the Crypt hasta The Twilight Zone, pasando por revistas pulp, historietas, relatos de fogón o cuentos narrados en voz baja, el género siempre supo que una buena idea inquietante no necesita demasiadas vueltas.

A veces será una carretera perdida (como el caso de Southbound) o una casa donde algo no encaja. O, por qué no, una culpa, un error, un viaje nocturno. Todo eso se junta en la producción de Radio Silence (Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett).

La película inicia con dos hombres avanzando por una carretera desierta mientras unas criaturas flotantes, huesudas, silenciosas, los siguen a distancia. No explican nada… y, ya con eso, se instaló algo fundamental: hay culpa, persecución y una lógica que no responde del todo al mundo real.


A partir de ahí, todo lo que sigue parece ocurrir en una especie de limbo. Son cinco historias distintas unidas por un comentarista en la radio que parece saber demasiado.


Cómo Southbound une sus fragmentos

Un aspecto destacado de Southbound es la manera en la que decide cerrar una historia e iniciar la siguiente. Acá está probablemente su mayor hallazgo. No corta los segmentos sino que los desliza con mucha soltura.

Un auto que se cruza en un plano pasa a ser protagonista del siguiente episodio. Un personaje aparece al fondo y después toma el centro. Mientras tanto, una conversación radial sigue funcionando como hilo invisible.

Amé que no hay sensación de capítulos cerrados, sino de tránsito. Y eso vuelve al film muchísimo más envolvente que otras antologías donde cada bloque parece pegado a la fuerza con fade-out a negro y un título. En Southbound todo parece pasar en un mismo infierno horizontal.

 

El desierto como condena

Si bien la película me gustó mucho, aclaro que no es para todo el mundo. Tiene algunos momentitos de gore fuertes (nada como The Ugly Stepsister o The Substance, pero gore al fin) y varias situaciones perturbadoras. Especialmente en el segmento intenso del hospital y el último, que parece un homenaje a The Strangers.

Hay buenas criaturas (el diseño de los “road angels” me pareció tremendo) pero lo que da más miedo es el espacio. La ruta desolada. Aquel motel de mala muerte. La estación de servicio olvidada por el tiempo. El hospital vacío.
Son lugares rarísimos, surrealista incluso, donde nadie parece reaccionar como debería.

Ese vacío genera una sensación muy específica. No la del susto inmediato; más bien la de estar atrapado en un lugar que ya decidió algo sobre vos. Me acordé de Lost Highway, aquella peli de David Lynch con personajes moviéndose dentro de un espacio donde las reglas están alteradas.



Historias breves y efectivas

Lo interesante de Southbound es que casi todas las historias tienen una idea que impacta. La del accidente en la ruta (mi preferida) funciona por pura ansiedad. La de las chicas en la ruta mezcla amenaza cotidiana con un aspecto sobrenatural muy incómodo. Fue otra de mis favoritas. En todas aparece esa sensación de que algo ya está decidido de antemano.

Esta antología entiende que, a veces, no hace falta explicar demasiado el lore. Nunca termina de decirnos qué son exactamente esos road angels esqueléticos. Nunca se aclara del todo dónde están los protagonistas.

Sí, es verdad que se ve como una peli de bajo presupuesto. Algunos efectos se notan modestos y hay segmentos más trabajados que otros. El de los “vampiros” me resultó medio intrascendente, por ejemplo. Pero incluso en sus limitaciones, Southbound tiene algo que muchas películas más prolijas no consiguen: entidad propia.


Tiene imágenes que quedan y una forma de avanzar súper original. Y sobre todo tiene esa rara virtud de las buenas antologías: cuando termina, uno no siente que vio cinco historias separadas, sino una sola pesadilla narrada en cinco respiraciones distintas. Por eso tiene mi recomendación personal.

 

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=>> Otras NOTAS CINÉFILAS en el blog: “Los Wayans y la precursora de Scary Movie”; “El auge del body horror en 2025”; “Paranoia y conspiraciones en “Something in the Dirt” (2022)”; “El análisis de la trilogía de Ti West”; “Sobre el río y el tiempo (“River”, de Junta Yamaguchi)”; “Cine y teatro: actuar para sobrevivir”.

 

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