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lunes, 19 de septiembre de 2016

10 reglas de escritura de Elmore Leonard


«Estas son las reglas que he ido recogiendo en el camino para ayudarme a permanecer invisible cuando estoy escribiendo un libro, para ayudarme a mostrar lo que está sucediendo en la historia en lugar de contarlo.»—Elmore Leonard.

Elmore Leonard fue un novelista y guionista norteamericano que falleció en el año 2013. Comenzó como un escritor de westerns, pero se volvió más famoso cuando se volcó hacia policiales. Una gran cantidad de sus trabajos han sido adaptados tanto a la pantalla grande como chica. Seis décadas después, su trabajo sigue siendo relevante.

Directores tan opuestos como Steven Soderbergh, John Sturges y Quentin Tarantino han sido influenciados por la obra de Leonard. Tarantino, en particular, robó accidentalmente una novela de este autor cuando era chico (era The Switch, de 1978), y la película Jackie Brown también es una adaptación suya.

Entre las adaptaciones más conocidas de Leonard se encuentran El tren de las 3:10 a Yuma (relato de 1953 que fue adaptado al cine en 1957 y, de nuevo, en el 2017), las geniales Get shorty (1995) y su continuación Be Cool (2005) y la serie de TV Justified (2010-2015).

Justified es una de las series policiales que más lograron engancharme. Toma como punto de partida tres de sus novelas cortas: Fire in the Hole, Pronto y Riding The Rap. En ellas aparece Raylan Givens, un sheriff-cowboy (en el sentido más literal de la frase) que tiene una forma de trabajar más cercana al siglo XIX que a nuestros tiempos. El personaje –que en la serie lo encarna un increíble Timothy Oliphant– no tiene demasiados problemas en desenfundar su pistola y disparar cuando la ocasión lo amerita (y eso es muy seguido).


Me encanta cómo la serie fusiona el policial con el western. Adoro a todos los personajes (Walton Goggins como Boyd Crowder, especialmente) y me gusta que es corta: 6 temporadas de 13 episodios. Eso hace que no se den demasiadas vueltas ni existan prolongados momentos de relleno.

Pero, en fin, volvamos a las 10 reglas de Elmore Leonard para escribir bien, tomadas de un artículo del New York Times.

***

1. Nunca empieces un libro con el tiempo.
Cuando busques crear una atmósfera (y no la reacción de un personaje ante el tiempo) asegurate de que no se estire demasiado.
2. Evitá los prólogos.
Resultan molestos, especialmente si el prólogo viene seguido de una introducción que también tuvo un prefacio. Es entendible en novelas históricas o ensayos, pero siempre puede introducirse en la historia.
3. No uses un verbo distinto a “dijo” para introducir un diálogo.
El diálogo es del personaje, y el escritor debería meterse lo menos posible. “Dijo” es mucho menos intrusivo que “mintió”, “advirtió”, “se quejó” o “susurró”.
4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo “dijo”.
“Lo criticó seriamente”. Usar un adverbio de esta forma (o casi de cualquier forma) es un pecado mortal. Distrae, irrumpe y viola el ritmo de la conversación.
5. Mantén tus signos de exclamación controlados.
El autor aconseja no más de dos o tres por cada 100.000 palabras escritas.
6. Nunca utilices expresiones como “de repente”.
No son tantas las cosas que ocurren “de pronto” o “de repente”. La mayoría de las veces se utiliza de forma incorrecta en la narración.
7. Usá los dialectos con moderación.
No está mal querer darle una forma particular de hablar a un personaje, pero una vez que uno empieza a escribir mal (a propósito) las palabras, se vuelve difícil parar.
8. Evitá las descripciones detalladas de los personajes.
Una abundancia de descripción aburre. Estas deben estar en función de la historia, y no como una mera forma de llenar más páginas.
9. No entres en detalles al describir lugares y objetos.
En sintonía con el consejo anterior, no querés que las descripciones lleven la acción hasta un punto muerto.
10. Intentá quitar la parte que los lectores tienden a saltarse.
Pensá en esas cosas que vos salteás cuando leés una novela: esos gruesos, aglomerados, rellenos párrafos de prosa que no dicen nada ni avanzan la trama. Evitalos.

***

Por supuesto, las reglas que Elmore Leonard tiene para su escritura son eso: reglas que a él le dieron resultado. Incluso algunas son fuertemente desaconsejadas por otros autores. En algunos casos es importante diferenciar el “dijo” del “susurró”. El narrador tiene que ser portavoz de sus personajes, y poder transmitir el tono de lo que está sucediendo en su historia.


El estilo de cada escritor se forma solo, a través de las múltiples experiencias de vida que ha tenido, con la influencia de sus lecturas, con la retroalimentación de sus lectores, con práctica y más práctica. Al final del día: todo es emoción y ritmo. Si diez personas pintan un cuadro, vamos a tener diez cuadros absolutamente diferentes, cada uno compuesto con pinceladas diferentes.

Bajo la premisa de que cada obra literaria es única e irrepetible –y que es el desenlace de un proceso individual de producción creativa– cada escritor va construyendo su propio camino a medida que crece.

Así y todo, conocer qué piensan los grandes autores de nuestros días (y ejercitarse con sus consejos) siempre va a ayudar a encontrar nuestras propias reglas de escritura.

Ah, y denle una chance a Justified. ¡Hasta la próxima!


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jueves, 15 de septiembre de 2016

Harry Potter y el Legado Maldito: decepcionante e innecesaria


Veinte años luego de salvar al mundo de Voldemort, el mayor desafío de Harry Potter es un burocrático trabajo a contrarreloj detrás de un escritorio. Mientras tanto, dos niños cuyos padres se odian crecen para convertirse en mejores amigos: Albus Severus Potter y Scorpious Malfoy (introducidos por primera vez en el epílogo de Las Reliquias de la Muerte). Ellos, en un intento de enmendar un error del destino, cambiarán el flujo del tiempo de formas insospechadas.

Esta es la premisa de la octava historia de Harry Potter, una que J.K. Rowling afirmó que nunca iba a continuar. Igual, tranquilos, ahora sí aclaró que no habrá más relatos sobre "el niño que vivió" después de El Legado Maldito. (-.-)

A diferencia de las otras siete novelas, Harry Potter y el Legado Maldito (Harry Potter and the Cursed Child) es una obra de teatro. Se estrenó a mediados de este año y viene cosechando un éxito considerable (y esperable). 

En este caso, J.K Rowling puso el gancho –y aclaró que es canon y no un fan-fiction– pero la historia fue escrita por Jack Thorne, y posteriormente dirigida por John Tiffany.

Acá hay un punto importante. Una obra dramática se escribe para ser representada, y leer el “guión” no es la manera completa de analizar el teatro. Sería lo mismo que analizar el guión de Pulp Fiction o de Unbreakable sin haber visto las películas, que tienen textos de base muy sólidos que se ven fortalecidos por grandes trabajos de montaje, edición, actuación, sonido, etc.

Hecha esta aclaración, vamos con otra: disfruté mucho de la saga Potter. Leí todos sus libros, y muchos lo hice en inglés, antes de que salieran en su versión en castellano. Me parece una lectura argumentalmente compleja y un mundo de fantasía fabuloso, si bien nunca fue una saga perfecta. Se le pueden objetar muchísimas cosas a estos libros, menos que estaban cuidadosamente planeados y eran adictivos, genuinamente entretenidos y con personajes nítidos y memorables.


El Legado Maldito no tiene casi nada de esos atributos, y tiene más sabor a un fan-fiction apurado y mediocre hecho con aspiraciones puramente monetarias. En esta nota vamos a explorar en detalle esta octava entrada ambientada en el universo de Harry Potter. Tranquilos: les aviso cuando se vengan los spoilers.

Harry Potter y el Legado Maldito, en inglés y en versión PDF para descargar: https://goo.gl/XEemZ9

***

¿Qué es un fan-fic?

De acuerdo a este artículo del Time (que, convenientemente, analiza el fan-fic de H.P) el fan-fiction (“ficción de fans”) es cómo se vería la Literatura si fuera reinventada desde cero, luego de un apocalipsis nuclear, por un grupo de adictos a la cultura pop encerrados en un bunker.

En esencia, es una especie de universo extendido donde los fans de una obra toman algunos elementos para continuar historias abruptamente terminadas o generar líneas argumentales alternativas, humorísticas, perturbadoras, morbosas, etc. En este momento, culturalmente hablando es el equivalente a la materia negra: es prácticamente invisible para el espectador casual, pero increíblemente masiva.

En serio: hay miles y miles de historias fan-fic escritas sobre Harry Potter y cualquier otro tipo de obra de ficción que uno pueda imaginarse. Debido a la inexperiencia de los escritores de fan-fiction, tiene una reputación de ser una fuente de escritos tan horrible como olvidables. Sin embargo, hay algunos que son increíblemente buenos y a veces están en el mismo nivel de calidad que la obra original. Esta es una temática fascinante que da para expandir en otra nota.

Lo cierto es que he leído algo de fan-fic de H.P. y hay uno en particular que es recomendable. George Norman Lippert era un fan obsesionado con Harry y sus amigos, a tal punto que escribió una obra que llamó la atención de la prensa inglesa. James Potter y la Encrucijada de los Mayores seguía la historia del hijo mayor de Harry luego de los eventos del séptimo libro.

Luego confeccionó una secuela (James Potter y la Maldición del Guardián) que lo llevó a algunas controversias y problemas legales con J.K. Rowling. Como él directamente no hace dinero con estos libros, finalmente ella dio el consentimiento. Hasta terminó por admitir que los libros de Lippert logran recrear su famosa manera de escribir (si bien no los considera canon de la serie).

Estos dos primeros los leí, y aprueban satisfactoriamente. Son entretenidos a tal punto que pueden fácilmente pasar como obras originales de la autora. Lippert hoy está terminando de escribir el quinto y último libro de la serie.

Un argumento sin ganas

El gran problema con Harry Potter VIII es que no se toma ningún riesgo ni introduce nuevos personajes, conflictos o desafíos argumentales. El único personaje nuevo es Delphi (ya hablaremos de ella) y el conflicto principal se centra en la relación tóxica entre Harry y su hijo Albus, quienes no logran conectarse.

La trama se desarrolla de la peor forma que podrían haber visionado: con no uno, ni dos, sino varios viajes en el tiempo. Resulta que no todos los giratiempo habían sido destruidos por el Ministro de Magia. Luego de una serie de peleas entre padre e hijo, Albus y Scorpious lo roban y deciden utilizarlo para salvar a Cedric Diggory (asesinado por Voldemort en el cuarto libro) ya que su muerte fue accidental y no tendría que haber sucedido. ¿El problema? Cambiar ese hecho en el pasado crea futuros progresivamente más oscuros en el presente.


Amos Diggory –que no aparecía desde El Cáliz de Fuego– es un jugador más importante en esta historia, ya que sirve como disparador para que Albus decida desafiar a su padre e intentar cambiar el presente.

***

#SpoilerAlert: a partir de acá tengo que hacer el stop obligado. Se revelan detalles del argumento que pueden arruinar sorpresas y giros de la historia. ¡Están avisados!

***

La historia está repleta de guiños a los fans, reapariciones de viejos personajes y reciclado de temáticas ya utilizadas. De hecho, literalmente el argumento agarra pedacitos de cada uno de los libros anteriores:

1. De La Piedra Filosofal: un grupo de jóvenes protagonistas se vuelven amigos en el Expreso Hogwarts.
2. De La Cámara de los Secretos: uno de los dos protagonistas es acusado de ser descendiente de Salazar Slytherin (en este caso, con el agregado de ser descendiente directo de Voldemort).
3. De El Prisionero de Azkaban: Harry es forzado a ver un asesinato desde la distancia mientras Ron sufre una herida en la pierna.
4. De El Cáliz de Fuego: la primera muerte de un personaje es a manos del villano. Los Diggory y el Torneo de los Tres Magos tienen roles fundamentales.
5. De La Orden del Fénix: Harry tiene una visión de Voldemort raptando a alguien a quien ama.
6. De El Príncipe Mestizo: Snape mata al Director de Hogwarts (si bien esto es discutible).
7. De Las Reliquias de la Muerte: Dumbledore sigue ofreciendo sabiduría post-muerte a través de los retratos.

Harry Potter y la decepción maldita

La introducción de los giratiempo en el tercer libro fue una de las decisiones más erradas de la saga. No es fácil trabajar con viajes en el tiempo, y se precisa mucha coherencia narrativa para que no te salga el tiro por la culata. Por lo menos en ese libro habían resuelto los problemas con “eliminarlos a todos”. Ya no iban a servir como recurso.

¡Pero acá volvieron! Y no sólo eso, ¡cambian completamente la manera en la que los viajes en el tiempo funcionaban antes! La idea de El Prisionero de Azkaban era, por lo menos, razonable. No es posible cambiar el presente: sólo logramos profecías auto-cumplidas. Recordemos que en la historia Harry cree ver a su padre largando el expecto patronum que salva a Sirius Black, sólo para darse cuenta –al volver en el tiempo– que fue él mismo quien le salvó la vida. 

Esto es lo que se conoce como un lazo temporal estable.


En El Legado Maldito, en su lugar, cada cambio en el pasado genera una realidad alternativa debido al efecto mariposa. Es decir: si evitás la muerte de Cedric => Hitler ganó la guerra… en este caso: Voldemort ganó la Batalla de Hogwarts.

Voy a ser justo con la obra: Hermione sí menciona (en El Prisionero de Azkaban) que los giratiempo fueron prohibidos porque los magos se terminaban accidentalmente matando a sí mismos (con lo que la posibilidad de cambiar el presente siempre existió). Por su parte, Scorpious (por lejos, el personaje más interesante) menciona la “Ley del Profesor Croaker”, una que aparentemente establece que más allá de las 5 horas de viaje al pasado se hace difícil lograr un lazo temporal estable.

En fin: Harry Potter es (y debería haber seguido siendo) fantasía, no ciencia ficción.

La gran revelación de la historia se da al final del Acto III, donde se expone que Delphi se hizo pasar por la prima de Cedric y es, en realidad, la hija de Voldemort. (Sí, al parecer él no tenía nariz, pero sí un miembro fértil para concebir).

El complicadísimo plan de Delphi involucraba manipular a Albus para que robara y utilizara el giratiempo de tal manera que papá Voldemort pudiera volver. Todo esto adornado con demasiados deus ex machina (como el hecho de que Draco resulta que siempre tuvo un conveniente giratiempo en sus manos y que sólo menciona cuando le queda bien a la trama).

De todas formas, una villana acartonada y unidimensional no es el gran problema del libro. El inconveniente es que parece menos una historia original y más un remix de elementos ya existentes en la mitología potteriana. Todo lo que vemos ya se hizo, ya pasó. No se innova, no hay riesgos. Esta es su mayor debilidad.

Por ejemplo: la relación entre Harry y Dumbledore se vuelve a construir. Ron y Hermione se vuelven a enamorar (en una línea de tiempo alternativa). Snape vuelve a demostrar que es fiel a Dumbledore y que es un capo. Hermione vuelve… ah, creo que ya se entendió…

J.K. Rowling no es la mejor escritora del mundo, pero sus libros eran verdaderamente ingeniosos, sorprendentes, astutos, y progresivamente más oscuros. El Legado Maldito tiene más un aire a una ficción de un fanático que a una continuación destacable.

Lo que es peor, los personajes perdieron toda la madurez que habían ido ganando con el tiempo: Harry vuelve a ser un llorón, Ron vuelve a ser el alivio cómico y Ginny está ahí… dando vueltas. Draco es sólo un recuerdo de su intimidante personalidad anterior. Hermione es el único personaje fuerte en el que vemos un verdadero desarrollo. Ella y Scorpious son los únicos personajes que están bien trabajados.


 ... Hermione, ¿sos vos? ¡Pero si estás igual!

Ni hablemos de los múltiples agujeros de guión y recursos argumentales utilizados por el mero hecho de mostrar escenas nostálgicas o generar emotividad. El viaje en el tiempo es una excusa –más literal que otra cosa– de hacernos viajar a nosotros por los mejores momentos de Harry Potter. O para responder a qué habría pasado si, por ejemplo, Ron invitaba a Hermione al baile del cuarto libro.

La obra se apoya demasiado en pequeños cameos de nuestros adorados personajes en lugar de expandir el universo, presentar nuevos e interesantes personajes o presentar una trama creativa. Para peor, hay algunas subtramas más o menos atractivas que últimamente quedan en la nada.

Es una lástima, pero sentí a El Legado Maldito como algo muy similar a la nueva película de Star Wars (que tampoco me gustó), un intento de revivir una franquicia por medio de constantes referencias, cameos y momentos nostálgicos.

Palabras finales

Siendo honesto conmigo mismo, El Legado Maldito se lee con fluidez, entretiene y tiene algunos momentos logrados. Especialmente funciona la química entre Albus y Scorpious, hay situaciones muy cómicas (¡algunas se ríen metatextualmente de cosas del universo Potter!) y el final, si bien no cambia nada, es satisfactorio.

Pero no puedo dejar de pensar que esto tendría que haber sido algo más grande, más perfeccionado. El toque de Rowling no está presente y es una decepción absoluta desde lo narrativo. Una lástima.

Por cierto, si les interesa entender bien cómo funciona ahora la enredada línea temporal de Harry Potter luego de los eventos de esta historia, este sitio tiene la respuesta.


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lunes, 12 de septiembre de 2016

La muerte del autor (según Roland Barthes)


La idea de “La muerte del autor” (o de la desaparición del autor) es uno de los conceptos de la Crítica Literaria más fascinantes. A grandes rasgos, mantiene que las intenciones de un autor y los hechos biográficos (su religión, política, etc) no deberían pesar a la hora de alcanzar una significación de su escrito. En otras palabras: la interpretación de un escritor sobre sus propios trabajos no es más válida que la interpretación de cualquiera de sus (muchos) lectores.

Umberto Eco solía decir que el texto tiene intersticios que el lector tiene que completar, y que un escritor nunca debería proveer explicaciones de sus trabajos, o de otra forma no debería haber confeccionado una novela, que es una máquina de generar interpretaciones.

Así: la muerte del autor es el nacimiento del lector. Esta idea fue inicialmente propuesta por el filósofo y ensayista  francés Roland Barthes, en un texto de 1968 que hoy es una estampa de la teoría literaria del siglo XX. 

El ensayo se opone a la tendencia de la época de analizar un trabajo literario dentro de un contexto biográfico y personal del autor. Las implicaciones filosóficas de “La muerte del autor” trascienden la literatura para relacionarse con el colapso del significado, el descubrimiento múltiple e, incluso, la muerte de Dios.

► Texto completo de “La muerte del autor” (1968), versión en PDF: LINK

Retrocedamos un poco y pensemos en un ejemplo contemporáneo. 

Hoy Alan Moore –el excéntrico genio de la industria de los cómics– anunció que se retira de las historietas para enfocarse en otros medios de ficción. El mítico creador de The Killing Joke nunca estuvo del todo contento con la obra universalmente aclamada que redefinió la relación entre Batman y el Joker, una historia imperdible de los cómics de superhéroes.

La novela gráfica (de la cual ya hice la reseña en el blog) es una de las más estudiadas y comentadas de la historia, y sin embargo Moore dijo que no le pareció que esta tuviera “nada interesante para decir”. Nunca estuvo contento con el producto final y ¡hasta lo considera una basura!

La pregunta que surge inevitablemente es: ¿debería importarnos? ¿Debería importar la opinión de un autor sobre su propio trabajo? Para responder a esto tenemos que remontarnos a las ideas de Barthes. La respuesta que él da es: , la opinión del autor importa, pero no importa más de lo que cada uno de nosotros opine.

Veamos cómo arranca Barthes su ensayo de “La muerte del autor”, una introducción realmente maravillosa que pone en evidencia la tesis del texto:

«Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: “Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos”. ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas “literarias” sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica? Jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe

Las intenciones son una cosa, pero lo que finalmente se logra con el producto final puede ser algo completamente diferente. Barthes (y paralelamente lo diría Michel Foucault también) afirma que un texto escrito no le pertenece a su autor, sino más bien a la cultura en general, y especialmente al lector.

La lógica que sigue el autor es bastante simple. Para él, un texto es el resultado de infinitos intertextos, ideas entrecruzadas que provienen del pasado cultural e histórico. Algo así como “todo es un remix”:

  
Por eso, el ensayista expone que en el momento en el que se publica una novela, un cuento, un cómic, o cualquier texto en general, el autor desaparece, muere simbólicamente. Lo plasmado en el papel es ahora parte de la historia y cultura general. Podemos pretender entender algunas intenciones del autor basándonos en su estilo, su historia, sus marcas registradas, su vida. Pero no todo lector va a interpretar lo mismo.

Dicho de otra forma: podemos buscar desenredar un texto, o una obra de ficción en general, a partir del autor, pero eso sólo nos daría una porción de la realidad. Vale aclarar que Barthes nunca dice que la opinión del autor no sea válida, sino que es tan válida como cualquier otra. Es porque el autor se convierte en lector a finalizar su obra. Y en el lector es donde reside verdaderamente todo ese entretejido de voces que es un texto:

«Un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes de varias culturas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, un cuestionamiento; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino

A lo que Barthes quiso llegar es que no sería correcto –o, por lo menos, no sería “completo”– analizar “Las flores del mal” en el contexto de la vida de Baudelaire. O estudiar los textos de Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft o Jorge Luis Borges desde un punto de vista biográfico. Esta fue una postura absolutamente revolucionaria para la época, una que estaba más en sintonía con las ideas de los surrealistas. Ellos creían que un ente externo los “poseía” a la hora de escribir, y que la forma de desencadenar esa suerte de inspiración divina era a través de las técnicas de escritura automática.


Curiosamente, por la misma época Michel Foucault escribió “¿Qué es un Autor?”, un ensayo que, en esencia, tiene la misma premisa.

Algunos autores han utilizado el texto de Barthes para llevarlo más allá y conectarlo con la teoría de los descubrimientos múltiples –más de una persona llegando al mismo descubrimiento, idea o conclusión de forma independiente. Bajo este fundamento, la “muerte del Autor” sería la inhabilidad de crear, producir o descubrir cualquier texto nuevo. El Autor es únicamente un “escriba” que recolecta ideas y citas preexistentes. Por ese motivo, no tiene la facultad de decidir sobre el significado de su trabajo. No descubrió nada nuevo con su texto, sino que acomodó algunas cosas para confirmar ideas que siempre estuvieron ahí.

Otros investigadores fueron todavía más allá y relacionaron la muerte del Autor con la muerte de Dios. Si Dios es el autor de este texto que es la vida, somos nosotros (los humanos-lectores) quienes tenemos que encontrarle el significado y no dejarnos guiar por sus interpretaciones al respecto.


... ¡Estúpido y sensual Roland!

No sé hasta qué punto vale la pena llegar a tal nivel de profundidad (=delirio). Barthes hizo una crítica de la crítica del momento, y su texto no le quita méritos al autor, ni lo considera realmente un medio a través del cual “pasan las palabras”. Él no busca ser un gurú, sino que establece algunos de los conceptos que considera claves a la hora de analizar un texto. Es un error enfocarse exclusivamente en la vida de un autor para buscar significado, y también lo es no comprender que todos los textos son, en esencia, intertextualidad (una idea que el expande en De la obra al texto, un par de años después).

Entonces: si Alan Moore dice que The Killing Joke es una porquería, Barthes responde:

«(…) a la escritura hay que darle la vuelta al mito:
el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor

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jueves, 8 de septiembre de 2016

Cielos lejanos desde la ventana

Obra de danza-teatro
Género: dramático
Dirección: Natalia Martirena

Cuando hablé de Under the Skin, en mi mente resonaba esta obra que vi a mitad de año en mi ciudad (Bahía Blanca). En su momento armé la crítica para mi fan-page, pero me dieron ganas de dejarla documentada en el blog para que no se pierda tan fácilmente.

En el año 1977, el científico Carl Sagan y sus compañeros en la NASA enviaron un disco de oro junto con el Voyager. Contenía saludos en más de 50 idiomas, música de jazz y clásica, sonidos de ríos, de barcos, de guerra, fórmulas matemáticas, sonidos de chimpancés, monos, elefantes, caballos, risas, llantos y un sinfín de cosas más.

A partir de esa premisa, la bailarina, coreógrafa y vicedirectora de la Escuela de Danza, Natalia Martirena, imaginó qué habría pasado si un grupo de exploradores alienígenas encontraran el disco e intentaran descifrarlo. La pregunta que se pone en tela de juicio –y que sirve de leitmotiv de toda la obra– es: ¿qué tan contagioso puede llegar a ser “lo humano”?

Se trata de una obra de danza contemporánea y teatro donde priman el diálogo no-verbal y las coreografías artísticas. A medida que los cinco actores en escena comienzan a indagar en el contenido del disco, imperceptiblemente adoptan idiosincrasias, acciones, emociones y cuestiones muy humanas: lo salvaje, lo sexual, lo emocional, lo divertido, lo triste.


El resultado es un espectáculo marcado por el expresionismo, por lo abstracto, donde durante una hora se exhiben una serie de episodios de relativa autonomía. Hay muchísimo contacto, y es imponente el enorme esfuerzo físico que hacen todos los actores. Quien destaca especialmente dentro del elenco es Elena Fuster, protagonista de las escenas sexuales más jugadas de la obra y quien también da muestra de una gran habilidad y confianza con su cuerpo.

En este sentido, es importante mencionar que la carga sexual de la historia es fuerte y puede llegar a incomodar a quienes no estén preparados para algo del estilo.

Cielos lejanos desde la ventana” es una obra sin diálogos ni un argumento claro. Todo queda muy librado a la interpretación, y hasta se vuelve prácticamente imposible comprender de qué habla sin antes conocer el trasfondo de la historia. 

La danza está por encima de la representación teatral, y el aspecto técnico está por encima del argumento.

Al respecto, lo técnico de la producción es uno de sus puntos más fuertes. El intenso uso de luces (tanto por parte del técnico, Eugenio Tramontana, como de los actores y sus linternas) es maravillosa. El sonido también es soberbio y variado, pasando por cada uno de los elementos contenidos en el famoso disco de Carl Sagan. El ambiente claustrofóbico y extraño de un laboratorio fuera de este mundo se enriquece muchísimo gracias a un uso muy adecuado de luces y sonidos.

Otro punto destacable es la simultaneidad de acciones que se ven en escena. Me cuesta imaginar lo que habrá costado llegar a tal punto de coordinación y organización colectiva. Hay algunas coreografías fantásticas, como cuando bailan un tema de rock que, si mal no recuerdo, era “Johnny B. Goode”, de Chuck Berry.


Sin embargo, la obra puede llegar a volverse monótona y tediosa por momentos. Especialmente para aquel que no está tan familiarizado con lo abstracto, no se hace difícil sentir como que muchas veces “no pasa nada”. Varias de las escenas parecen pequeños ejercicios de improvisación teatral, y no es sencillo sostener una obra durante hora y monedas cuando los actores realizan literalmente monadas durante varios minutos.

EN CONCLUSIÓN: “Cielos lejanos desde la ventana” es obra muy memorable desde lo técnico, y vale la pena disfrutarla por el gigantesco esfuerzo físico y sincronización que demuestran los cinco actores, quienes además tienen mucha química de grupo (si bien no intercambian prácticamente palabras). Se siente extensa, pero hay suficientes números y coreografías diversas como para mantener la sorpresa, el interés y el entretenimiento. Recomendable especialmente para los amantes de la danza contemporánea y del arte expresionista.


***

En su momento, “Cielos lejanos desde la ventana” se presentó en “Factor C” (Zeballos 295, Bahía Blanca) Los cupos fueron limitados debido a la pequeña capacidad de la sala. La obra cuenta con el apoyo del Fondo Municipal de las artes y del Gobierno de Bahía Blanca.


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OFF-TOPIC: Quiero aprovechar este post para hablar un poco sobre el blog. Estoy intentando publicar algo diferente todos los lunes y jueves, con la mejor variedad de temas posible  (siempre dentro de mi interés, porque sigue siendo un blog sobre mis vicios personales).

Es una pasión que no paga absolutamente nada en cuanto a lo económico, pero que disfruto más que mi trabajo del día a día. Es un diario, una válvula de escape, una recopilación de lo que soy y lo que amo. ¡Y en los últimos meses las visitas no han bajado de las 1.000 por día! Si bien tengo que agradecer especialmente a grandes seguidores como el Demiurgo, Frodo y Denise (a quienes también sigo) –sin  olvidar a mi viejo Alfredo– son muchísimos más los que me leen desde el anonimato, y está perfecto.

Voy a seguir. Porque puedo, porque lo necesito. Porque me hace bien. Estoy terminando de leer La Cena (de Cesar Aira) y arranqué Mundo Anillo (de Larry Niven). Se viene una nota sobre Harry Potter y el Legado Maldito, la octava entrada (oficial) en la saga de Harry Potter. Tengo en la cocina un artículo muy interesante sobre Roland Barthes y otro sobre la delirante película Holy Motors. Y también va a haber más literatura, más cómics, más animé y más ñoñadas.

A todos los que me leen, me siguen y me soportan: GRACIAS. Sin ustedes (y sin el café, las aceitunas, el humor, mi mujer, Internet y un larguísimo etcétera) no sería nada. ¡Hasta la próxima!

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lunes, 5 de septiembre de 2016

“Batman: Silencio”, un excelente cómic de iniciación


Hace unos días terminé Batman Hush (Batman: Silencio), que formó parte de la primera edición de las novelas gráficas de DC que está editando Salvat. Que saliera la versión en tapa dura me vino al pelo porque la venía leyendo por Internet y, francamente, no es lo mismo.

La editorial DC Comics Salvat estuvo muy astuta al incluir Silencio como su primera entrega. Aunque no es una historia perfecta, es un excelente cómic de iniciación al canon de Batman, por su amplia galería de personajes y el tratamiento que se le da a sus conflictos más habituales.

Escrito por Jeph Loeb y dibujado por el genial artista coreano Jim Lee, es el equivalente en el mundo de los cómics a una gran película pochoclera de Hollywood. Involucra un misterio atrapante, muchísima acción y grandes giros argumentales.

Batman es uno de los superhéroes más consistentemente definidos, aunque siempre estuvo sujeto a reinterpretaciones y diferentes historias que lo fueron profundizando. Por ejemplo, el Batman de la época dorada de los cómics es muy diferente al que conocemos hoy (y que popularizaron las películas).

“Batman: Hush” entre los mejores

En 75 años de vida, hay –por lo menos– docenas de historias que podrían servir de ejemplo para mostrar al Caballero Oscuro. De todas ellas, Silencio es una de las definitivas, y no por nada se encuentra inevitablemente atada a los primeros puestos de cualquier lista sobre “Mejores historias de Batman”.


Es un arco narrativo que se extendió a lo largo de los años 2002 y 2003, desde Batman #608 hasta el #619. La historia, si bien tiene demasiadas subtramas (algunas mejores que otras) se conecta a través de un misterioso acosador decidido a sabotear la vida de Batman. Pone a sus aliados en contra, manipula a sus enemigos y básicamente le hace la vida imposible. En el medio comienza una historia de amor entre Batman y Selina Kyle (Catwoman) y se expone su relación con varios personajes de la mitología del superhéroe.

Para quienes no conocen nada, la historia es una introducción impecable. Batman siempre fue un detective, y acá hace verdaderamente un trabajo detectivesco (si bien nunca termina de resolver el misterio, incluso cuando la solución estuvo siempre en sus narices). Algo destacable es que Jeph Loeb introduce a cada personaje que aparece con un pequeño monólogo interno de Batman que nos ayuda a conocerlo y entender sus motivaciones.

Loeb suele hacer un uso intenso de los cuadros explicativos como monólogos para revelar los pensamientos internos de los personajes (aunque las interacciones del personaje mismo sean pocas en el diálogo). En el caso de Batman, es útil porque él no es especialmente comunicativo.

Me gustó el tono de policial negro. Batman, al mejor estilo Philip Marlowe, piensa internamente muchísimo más que lo que dice (sus monólogos internos son geniales porque nos meten de lleno en la cabeza de Batman) y va por Gotham City golpeando a sospechosos y buscando información.

La historia tiene 12 tomos (salía uno por mes) y cada uno tiene de foco a un personaje diferente: Killer Croc, Hiedra Venenosa, Superman, Harley Quinn, el Espantapájaros, Talia, Ra´s al Ghul, Nightwing, etc, etc, etc.

Cuando se anunció en su momento fue una GRAN noticia. Jeph Loeb venía de trabajar en dos novelas aclamadas (The Long Halloween –que brinda el origen de Dos Caras– y Dark Victory. Estos dos cómics fueron fuertes inspiraciones para la saga de Nolan).

Por su parte, Jim Lee era ampliamente conocido, y el trabajo artístico que hace en Silencio es absolutamente maravilloso. Gracias a él, muchos de los paneles de esta historia se han vuelto icónicos. Las imágenes de Gotham, las épicas peleas, los trajes, todo el trabajo de Lee es de primera calidad, y una de las grandes fortalezas de esta historia.

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#SpoilerAlert – a partir de acá se  revelan varios puntos importantes de la trama. Si no querés arruinarte las grandes sorpresas que depara… POR EL AMOR DE DIOS, no sigas leyendo.

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Villanos, arte y fan service

Un aspecto interesante de la inmensa artillería de villanos que aparecen es que Jeph Loeb muchas veces los utiliza de formas diferentes a las tradicionales. El Joker, por ejemplo, tiene un breve cameo y no hace nada malo. De hecho, es inocente de lo que se lo acusa.

Killer Croc, Ra´s y Dos Caras también tienen participaciones muy diferentes, y lo mismo puede decirse de Catwoman (que pasa de enemiga a aliada, y hasta comienza una relación romántica con Batman).

Otro punto a favor es el fanservice bien ejecutado. En esencia, Silencio posee todo lo que un fan de Batman querría ver en una novela gráfica: ¿Batman peleando contra Superman? Hecho, y es increíble. ¿Grandes giros argumentales? Hay, por lo menos, uno en cada tomo. ¿Escotes pronunciados y exuberantes femme-fatales? ¿Alfred haciendo cosas de macho y comentarios irónicos? Hecho. ¿Una pelea de espadas con Ra’s al Ghul en el desierto? Seee. ¿La aparición de no uno, ni dos, sino de los tres Robin? HECHO.

El cómic habla de uno de los temas más fundamentales que siempre trató este superhéroe. Es un lobo solitario, se siente mejor trabajando solo. Pero necesita de sus amigos, y tiene más de los que cree. 

Hay una escena en un cementerio donde él reflexiona sobre esto. Gran parte de la historia se basa en consolidar los lazos que Batman tiene con Nightwing, Jim Gordon, Tim Drake, Cazadora, Superman, etc. A lo largo de la historia, el Caballero Oscuro reconoce que los precisa y que los quiere tener en su vida. Y también comienza a ver a algunos de sus enemigos bajo otra perspectiva.


La trama toca varios puntos de continuidad, pero hábilmente hace pequeñas menciones para que no nos perdamos. Así nos enteremos de que Dick Grayson fue el primer Robin (y es ahora Nightwing), Jason Todd fue el segundo (y murió a manos del Joker) y Tim Drake es el tercero y actual. Entre otras novedades, Lex Luthor es presidente y Dos Caras está reformado.

Hablando de Luthor, su participación es verdaderamente pequeña, pero le sucede algo que hace que él jure venganza contra Batman. Algo que, curiosamente, hace más tarde en la saga Batman/Superman, cuyo primer arco argumental (Enemigos Públicos, números 1 al 6) también fue llevado adelante por Jeph Loeb.

A su vez, hay varios homenajes hacia algunas de las historias más icónicas de Batman: pelea contra Superman (The Dark KnightReturns), sufre una herida mortal (Knightfall), tiene que lidear con la supuesta resurrección de Jason Todd (A Death in the Family) y considera la opción de matar al Joker luego de cruzar la línea demasiadas veces (The Killing Joke), en este caso por asesinar a su amigo Tommy Elliot.

Tenemos que hablar de Elliot

Hablemos un poquito de. Dr. Tommy Elliot, y acá arranca quizás el momento de mayor #Spoilers de la nota.

Creo que este el elemento donde Jeph Loeb no se destacó. 

Hush no es un villano memorabable ni tiene demasiada participación en el conflicto. Su identidad es el secreto mejor guardado de la historia, se revela sólo al final y durante gran parte recibimos múltiples pistas sobre quién podría ser. Sin embargo, no se precisa ser un experto investigador para descubrir que Hush no puede ser otro que Tommy Elliot.

El Dr. Elliot aparece en esta historia por primera vez, revelándose como un viejo amigo de la infancia que tuvo una suerte similar a la de Bruce Wayne. Sus padres tuvieron un accidente en auto. Thomas Wayne logró salvar a su madre, pero no al padre. Elliot creció para convertirse en cirujano (uno de los mejores del país).

El gran problema es que, de por sí, es sospechoso que se introduzca a un villano nuevo (Hush) en paralelo con un amigo nuevo (Elliot) del cual nunca nos hablaron. La historia se las ingenia para evitar exponerlo como el enemigo, y hasta muere en el tomo 6. 

Y ojalá se hubiera mantenido muerto, porque era la mejor manera de llevar a cabo la trama.

Pero no, el Elliot al que asesinaron era en realidad Clayface (un recurso del que se abusa en Batman: Silencio). Elliot movió todos los hilos aunque, en realidad, hubo alguien más detrás de todo. La trama es intrincada, pero lo peor es que las motivaciones de su personaje no son para nada creíbles. Es como que Elliot quiso llevar a Batman hasta el límite, poner a sus aliados en contra y sufrir las mil y una con sus enemigos… ¿pero por qué? Por una razón bastante tonta (que no pienso comentar acá).

La trama venía armándose muy bien, pero el último tomo (el 12) es, por lejos, el peor de todos. El final es anticlimático, la revelación de Hush carece de verdadera sorpresa, su motivación no tiene sentido y todo se resuelve con demasiada facilidad. Un problema con el argumento de Jeph Loeb es el exceso de recursos deus ex machina. No suelo tener problemas con que se use alguno que otro, pero acá son demasiados. Y en el final se acumulan de forma exorbitante.


Desde lo argumental, este thriller de misterio tiene una resolución del conflicto que no me terminó de convencer. Pero no por eso deja de ser genuinamente entretenido de leer. De hecho, es una de las mejores lecturas de este año, y no cabe duda de que va a entrar en mi top de libros leídos este año.

Palabras finales

Batman: Silencio es una enredada trama que inicia con lo que aparenta ser el simple secuestro de un niño (a manos de Killer Croc) y progresivamente se va complicadas a través de una serie de acontecimientos que se entrelazan formando una telaraña peligrosa. El fin del misterioso acosador es el de atrapar y acabar con el Caballero Oscuro.

La historia tiene un poco de todo, grandes dosis de suspenso, cameos, buenas peleas y un ritmo frenético. Las pequeñas subtramas giran en torno a una conspiración mucho más grande y con multitud de personajes que asoman por sus páginas.

Silencio explora diferentes rincones de la mitología de Batman: sus tendencias de lobo solitario, la eficacia de sus aliados, sus habilidades detectivescas, su relación con Superman y su familia y, últimamente, si Batman puede llegar a ser verdaderamente feliz (al parecer: no). Es sencilla, pochoclera y madura. De las lecturas más disfrutables de 2016.

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