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martes, 1 de abril de 2025

“A destiempo” (cuento existencialista)

 

Un relato sobre la alienación, la percepción del tiempo y la búsqueda del sentido de nuestra existencia. Hoy les comparto la historia de Jana: “A destiempo”.




***

 

Basé este cuento, el #81 publicado en este blog, en dos cosas. Primero en la idea del dios romano Jano, que tiene dos caras (una que ve al pasado y otra al futuro). De hecho, de ahí proviene el mes "january", que es el primero del año, una oportunidad para repasar el año que pasó y planificar el que avecina.

También en algo que charlaba con una amiga sobre su “no-relación” con su madre y el hecho de que no tiene a nadie en quien realmente confiar en caso de emergencias.

Lo que terminó saliendo es esta mezcolanza entre fantasía y filosofía, una reflexión sobre el tiempo, el destino y la identidad. La protagonista, Jana, es experimenta el tiempo de manera fragmentada y anómala, lo que genera dificultades para encajar en una realidad que sigue reglas distintas a la propia percepción.

Para los lectores más despiertos, quizás se distingan algunas corrientes filosóficas, como el eterno retorno de Nietzsche y el existencialismo sartriano. Jana es una figura existencialista  viviendo mucho entre la nostalgia y la ansiedad, una lucha eterna por darle sentido a su propia existencia.

Por último hay algo también de los pensamientos del francés Henri Bergson. La trama sugiere que el tiempo no es una realidad objetiva y absoluta, sino una experiencia personal. El tiempo es algo que se percibe de manera desigual según la conciencia.



En fin, esto fue lo que salió. Veamos qué opinan ustedes y qué conclusiones sacan. ¡Espero que lo disfruten!


 ***

 

“A destiempo”
     (Luciano Sívori)

 

Nació el primero de enero cuando la primera luz del año dividía el horizonte en dos mitades. La partera se estremeció al verla y, con voz temblorosa, anunció que la niña tenía una mirada extraña.

Los médicos buscaron explicaciones, los sacerdotes hablaron de maldiciones y su padre no la vio nacer debido a un viaje de negocios. Días más tarde, cuando su madre, Gaia, entendió que su compañero de vida nunca regresaría, decidió llamar “Jana” a la bebé y aceptarla como era.  

Criar sola a un infante que parecía moverse siempre fuera de compás resultó ser un desafío atroz. Cuando la llamaban por su nombre, Jana respondía antes de que la voz llegara a sus oídos… o se giraba con desconcierto varios minutos después. Un día tropezaba con los objetos que ya habían caído y, al siguiente, esquivaba los que aún no se habían movido de su lugar. A sus cuatro años, Jana no podía sostener una conversación sin adelantarse a las respuestas o quedar atrapada en recuerdos que los demás todavía no habían experimentado.

A excepción de Gaia, todos a su alrededor la consideraban una anomalía de la naturaleza. Mientras otros la miraban con morbosa curiosidad, ella le hablaba con paciencia, tomaba sus manos y le sonreía como si Jana estuviera exactamente donde debía estar. “No importa cuándo llegues, si muy temprano o muy tarde, siempre vas a ser bienvenida en esta casa”, solía decirle. Le enseñó a leer antes de que las letras en su mente cobraran sentido y le habló de la música antes de que ella pudiera escucharla.

Con el tiempo, su madre enfermó. Jana todavía era una adolescente sin haber experimentado su primera menstruación. En su lecho de muerte, su madre le pidió que investigara el calendario gregoriano y los orígenes de su nombre. Así descubrió la historia del dios Jano, aquel con dos rostros: uno que mira al pasado y otro al futuro. Sólo entonces entendió que Gaia también había vivido a destiempo, aunque de otra manera: siempre esperándola, siempre recordándola incluso antes de que se fuera.

Jana creció sola. Se volvió experta en moverse dentro de los márgenes de su incomprensible condición. Desarrolló estrategias para fingir que estaba presente: contaba segundos en su mente para adivinar el momento correcto de responder, imitaba a los demás cuando reían o lloraban, y usaba su percepción difusa del tiempo para evitar errores… aunque eso no siempre funcionara del todo. A todas partes llegaba demasiado temprano o demasiado tarde.

Intentó encajar en un mundo que nunca la aceptó del todo. Tuvo empleos imposibles de conservar, amistades que se disolvieron antes de que pudiera entenderlas y amores que terminaron mucho tiempo antes de empezar. Hizo lo que pudo por equilibrar esa insana mezcla de nostalgia y ansiedad, atrapada en el eco desfasado de su propia existencia.

Había cumplido veinticuatro años cuando comenzó a sentir que algo, o alguien, la seguía cada noche de camino a su casa. Primero fue solo una sensación, una sombra que se interponía en su campo de visión en momentos que no correspondían. Luego, un nombre que aún no había escuchado y un grito que todavía no había sido pronunciado. Aquella amenaza latente la rodeaba, le impedía reaccionar.

Jana sintió una real desesperación al captar que, progresivamente, el extraño se acercaba a ella cada día un poco más. Buscó modificar caminos, rutinas e, incluso, cambiar completamente de círculos sociales. Todo resultó en vano. Cada cosa que hacía ya estaba sellada en la memoria de lo que veía como pasado o en la certeza de lo que intuía como futuro.

¿Encontraría Jana alguna forma de sentir el presente y, así, evitar su fúnebre tragedia? Continuó por un tiempo más en aquel limbo de existencia atormentada: el día de su muerte acercándose y ella no pudiendo evitar su encuentro.

Hasta que un día, de regreso a su casa, se le ocurrió otra manera de existir. Aunque no pudiera ver el presente con ninguno de sus dos rostros, quizás si pudiera sentirlo. Se detuvo, respiró profundamente y se enfocó en los sonidos que la rodeaban. Así logró, por un momento, dejar de anticiparse y también dejar de recordar. Inspiró el aire frío de la noche, sintió la rugosidad del suelo bajo sus manos y escuchó, con nitidez, el latido en su pecho. Por primera vez en su vida, no intentó escapar de lo inevitable, sino habitarlo.

A medida que su acosador fue acortando la distancia, Jana comprendió que si no podía escapar de su destino, a lo mejor podría moldearlo. Al fin y al cabo, ella nunca había estado en el presente. No realmente. ¿Qué le impedía salir de su propio tiempo? Justo en el instante en el que la sombra del extraño se abalanzó sobre ella, cerró fuerte los ojos. Parpadeó y el mundo se reacomodó por completo.

Sin imágenes del pasado ni del futuro, sintió su conciencia flotando libremente. El filo de la muerte se desdibujó en el recuerdo de una cuna y en el aroma del hogar de su infancia. Los ecos del futuro y del pasado se desvanecieron. Ya no hubo más visiones ni presagios. Solo la luz de la cocina filtrándose por la puerta y el sonido de su nombre en labios de su madre.

 

FIN

 

=>> Otros post similares en el blog: “Estamos condenados a ser libres”; “Nietzsche: el filósofo del martillo”;  Ecos de un impacto (cuento)”; “La última función (y mi regreso a Literautas)”; “Te ofrezco mi ausencia (cuento chatsístico)”; “Tequeños temporales”. <==

 

***

 

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3 comentarios:

  1. Para qué querés que él te vea
    Si vos no podes mirarte a vos misma
    Por qué queres hablarle
    si ya no tenés nada para decirte
    al menos nada amable
    Ya no sé si sigo detrás de la pared
    o he terminado fundiendome con ella
    Qué pasa si el muro se derrumbará?

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  2. Me pareció una lectura tan confusa como el mismo mundo de Jana. Eso sí, en el último párrafo pude entender todo. Ahí sí me gustó el cuento.

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