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sábado, 2 de marzo de 2024

Mis días por San Rafael (Mendoza: parte 2)

  

San Rafael me sorprendió con mucho vino, senderos que se bifurcan, patitas en el río, vino, motoqueros, asado, ¿karaoke? y bodegas con más vino. Me detuvo la policía, ayudé a una santafesina a salir de su propio laberinto y gané una partida de truco con falta envido. ¿Qué más se puede pedir?



lunes, 16 de enero de 2023

“El bar de los sillones que se bifurcan” (cuento)

 

Este año quiero poder dedicarme más a mi arte (escritura, podcasts, etc) y menos a la Prisión de Capitales. Veremos si lo consigo. Por lo pronto, al menos acá les presento el cuento #60 del blog.

Se me ocurrió charlando con mi hermano Tomás sobre cómo los sillones, en realidad, te eligen a vos. La charla no tuvo mucho sentido. El título de este cuento no tiene sentido. El texto en sí… la verdad que tampoco… ¡que lo disfruten!



martes, 25 de agosto de 2020

¿Qué es un cuento? (ft. Piglia, Todorov y Cortázar)

A mi niño de 3 años le cuento chistes y cuentos todo el tiempo. Él conoce bien la diferencia. Me dice: “Los chistes dan risa. Los cuentos tienen una enseñanza”. Esa es una percepción indudablemente infantil, pero no deja de ser un poco cierta.


jueves, 26 de julio de 2018

Cine borgiano: 7 películas que hacen referencia a Borges


Creador de un tipo de literatura que no existía en Argentina (la llamada “literatura conceptual”), Jorge Luis Borges fue un cultivador de varios géneros que, a menudo, fusionó de forma lúdica y deliberada. Sus excepcionales relatos breves sirvieron como inspiración para innumerables películas. Hoy quiero recuperar algunas de las más destacables que nos muestran la influencia de Borges en el cine.


viernes, 15 de junio de 2018

Alphaville: ciencia, poesía y ciberpunk


Alphaville (1965) no sólo es considerada una de las películas más influyentes del francés Jean-Luc Godard sino además uno de los primeros ejemplos del sub-género conocido como ciberpunk. Esta nota es sobre esta película, claro. Una que anticipó elementos de Blade Runner y que logró una fusión de géneros nunca antes vista.


jueves, 24 de mayo de 2018

El mundo será Tlön: el futuro según Borges


En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius –uno de los relatos más influyentes de Jorge Luis Borges– una antigua sociedad secreta conspira para crear un universo completamente ficcional. Éste es descubierto por el narrador (el mismo Borges) en la forma de una enciclopedia apócrifa que describe la imaginaria nación de Uqbar y la mitología de la tierra de Tlön. El plan es recrear a la Tierra en forma de Tlön convenciendo a todos, de manera subconsciente, de que es real. 

Spoiler alert: lo consiguen.


miércoles, 19 de julio de 2017

“El Sur”, el mejor cuento de Borges (según Borges)


Borges hablaba más de otros textos que de los suyos. Justamente por eso, no es poca cosa que en una de sus entrevistas haya dicho: “Ficciones y El Aleph son mis mejores libros. El sur, mi mejor cuento. El Golem, mi mejor poema”.

Como la mayor parte de sus obras, El Sur es un cuento complejo que requiere un esfuerzo adicional (e importante) por parte del lector para lograr desenredarlo. Si bien es corto, tiene tanta densidad de temas y conceptos que su lectura no es algo sencillo.

Aunque no es mi relato favorito de Borges, no por eso merece dejar de ser analizado. Trabaja una buena cantidad de elementos biográficos y combina algunas de las temáticas más recurrentes del autor: el tiempo, los sueños y la muerte.

El protagonista de la historia es Juan Dahlmann, un hombre amante de la lectura (como Borges) que trabajaba en una Biblioteca (como Borges).

Si bien Juan se siente tremendamente orgulloso de su nacionalidad argentina, no olvida su ascendencia alemanda que heredó de su padre. El linaje alemán-argentino para Juan es una tensión constante, como lo fue la identidad inglés-argentina para Jorge Luis.

Pero vayamos más despacio, que ya llegaremos a eso.

***

Un manuscrito de oro

El Sur tiene una historia muy curiosa.

Se publicó por primera vez en el diario La Nación el 8 de febrero de 1953 y fue luego incluido en la antología “Ficciones”. En el año 2012, el manuscrito original se subastó por casi 200.000 euros, tres veces más de su precio de base. Un record absoluto para el mundo de la literatura.

El original son siete hojas cuadriculadas, arrancadas de un cuaderno con espiral de 21,9 por 17 cm, de letra pequeña pero perfectamente legible, con fecha y lugar en Adrogué, 1953. Fue el último que escribió Borges en toda su vida.

Dos años después, quedó ciego y ya necesitó que alguien transcribiera sus cuentos.


El desorbitante precio fue pagado por la Fundación Martin Bodmer, con sede en Ginebra, que se dedica a conservar manuscritos originales de grandes personalidades del siglo XX. En esa ciudad suiza reposan hoy los restos de Borges, quien falleció en junio de 1986.

El argumento en pocas palabras

Juan Dahlmann vive en Buenos Aires y trabaja como secretario de una biblioteca municipal. En el sur mantiene el casco de una estancia que perteneció a su abuelo materno.

Un día como cualquier otro, subiendo a su edificio se golpea la cabeza con el borde de un batiente. Después de pasar ocho días con fiebre, lo llevan a un sanatorio, donde está al borde de la muerte. Acá es donde las cosas se ponen extrañan.

La narración adquiere un carácter onírico, tiempo y espacio comienzan a entremezclarse y no queda claro si Juan murió en aquel sanatorio (una muerte triste, solitaria, sin gloria) y comienza a soñar su muerte ideal, o si lo que sucede luego realmente sucedió.

Juan toma un tren que lo llevará al Sur, y este viaje se confunde con el sanatorio constantemente. Al final, el protagonista muere ahí debido a una pelea que tuvo con un compadrito que lo molestaba.


Ambas teorías son igualmente válidas: Dahlmann pudo haberse recuperado y viajado al Sur, o nunca haberse recuperado (murió en la camilla del sanatorio) y, ante la alternativa de una muerte tan absurda, soñó una muerte “criolla” que habría enorgullecido a su abuelo.

El relato finaliza de esta forma:
«(…) Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado

Borges y los trenes

El tren (o, más bien, el viaje en tren) es uno de los tantos elementos simbólicos que Borges suele utilizar bastante. No tanto como los laberintos y los espejos, pero sí lo suficiente como para poder considerarlo uno de sus recursos típicos.

En El jardín de senderos que se bifurcan (que ya reseñé en el blog) el protagonista Yu Tsun se baja del tren en medio del campo para ir a cumplir con su misión de espionaje. En La muerte y la brújula (gran relato que trabaja la idea del anti-detective) Erik Lönnrot también se dirige en tren hacia Triste-le-Roy (donde desconoce que encontrará su muerte).

Así, el viaje en tren es una suerte de umbral hacia otro estado de mente y cuerpo.


En El Sur es, justamente, donde lo onírico se hace más presente, donde los límites entre realidad y ficción se vuelven difusos. También es donde, de alguna manera, tiempo y espacio se ramifican.
«Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres.»

No es casual que el tren se detenga “en medio de la nada”. Dahlmann acepta la caminata como una pequeña aventura. Aquella frontera funciona como una suerte de limbo, un lugar entre el campo (el cielo) y la ciudad (el infierno). No es ni uno ni otro, pero es la orilla de ambas geografías.

“El sur” como autobiografía

El relato dice: "A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos", y ciertamente contiene varias simetrías con la propia vida de Borges.

Además del doble linaje compartido que ya mencioné (Dahlmann pertenecía a dos linajes, el alemán y el argentino; Borges también contaba con dos linajes; el inglés y el argentino), abundan las analogías biográficas sobre todo el texto. La más evidente es Francisco Flores (padre de Juan) en relación a Francisco Borges (padre de Jorge Luis).

El padre de Borges murió en batalla, en la guerra contra Paraguay. Jorge Luis admiró esa muerte a tal punto que la plasmó en el personaje de Francisco Flores, quien muere con una lanza que le atraviesa el pecho.

Al igual que el Dahlmann del cuento, Borges sentía una fascinación casi obsesiva por la “muerte romántica”. Este es el puntapié inicial para comprender El Sur. El protagonista es internado en un hospital, donde quizás murió, y esa no era la muerte que quería para él.

Hay otras similitudes. Borges trabajó también como bibliotecario y en 1939 sufrió una herida en la cabeza que fue casi mortal.

El uso de intertextos

Los dos intertextos más claros del relato son el Martín Fierro y Las Mil Y Una Noches

Cada uno de ellos se ata a cada uno de los dos linajes de Juan Dahlmann.

Mientras que el primero representa la identidad gauchesca y criolla del protagonista, el linaje alemán queda expuesto en el segundo, que es una traducción del alemán Gustav Weil (fue la primera traducción íntegra al alemán de la famosa obra de la literatura persa).

Si nos remontamos al argumento de Las Mil y Una Noches, en aquella obra se habla de un plan para retrasar la muerte, y la chance de cambiar el destino a partir de cuentos de ficción.

Son relatos que surgen uno del otro, es decir, al contarse uno de repente surge otro, hasta que termina el primero, como si habláramos de cajas encerradas en otras cajas. La protagonista, Sherezad entusiasma al sultán tirano, pero ella interrumpe el relato antes del alba y promete el final para la noche siguiente. Así, durante mil noches. 

Son las ideas más revolucionarias del Martín Fierro, sin embargo, las que llevan a que Juan acepte el desafío de luchar (lo que ocasiona eventualmente su muerte).

En el desenlace, Juan se halla frente a una muerte esperada, merecida y hasta digna del héroe gaucho a quien tanto admira (y quien tanto desea ser).

Palabras finales

Vuelvo a esta frase, porque me parece que es la que resume las ideas del texto. “A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos”.

La simetría se ve entre el personaje de ficción (Juan) y el real (Jorge Luis). Los anacronismos son una constante en el relato también, tanto en las situaciones que se presentan (“Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución”) así como en el uso de los intertextos.

Mientras que los intertextos cumplen la función de representar los dos linajes, “El Sur” es otro símbolo dual, separando civilización de barbarie, ciudad de campo, vida de muerte y (¿por qué no?) cielo de infierno.

Análisis aparte merecería el uso de los tiempos verbales. En el párrafo final, la utilización del tiempo presente tiene un rol fundamental:
«Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura

Este uso del presente genera una sensación de realidad urgente. Al mismo tiempo, es un cierre ambiguo, apoyado en una frase imprecisa (“que acaso no sabrá manejar”) para generar todavía más incertidumbre.

Repito: no es mi favorito, pero puedo entender por qué Borges estaba tan orgulloso de este texto.


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viernes, 14 de octubre de 2016

“Pierre Menard, autor del Quijote”, de Jorge Luis Borges


Este post viene a ser continuación directa de uno que escribí hace unas semanas sobre Roland Barthes y la Muerte del Autor (pueden leerlo acá). En esta oportunidad la idea es ejemplificar el concepto con un caso brindado por el artesano de las palabras Jorge Luis Borges.

Repasemos: la Muerte del Autor hace referencia a la idea de que las intenciones del autor y su rasgos biográficos (tendencias políticas, religión, ideas, valores) no deberían pesar a la hora de buscar interpretar un escrito. En otras palabras, la interpretación de un escritor sobre su propio trabajo es tan válida como la de cualquier lector. En la nota anterior hablé un poco más al respecto y busqué dar algunos ejemplos prácticos.

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Un caso concreto de esta temática aparece en un trabajo de Jorge Luis Borges titulado Pierre Menard, autor del Quijote

Se trata de un análisis sobre un autor imaginario; una especie de ensayo literario respecto a Pierre Menard, escritor del siglo pasado que se puso como ambicioso proyecto escribir “El Quijote”, no como una copia del trabajo original, sino como un libro que coincida palabra por palabra con El Quijote de Cervantes.

Texto completo de “Pierre Menard, autor del Quijote”: LEER.

El narrador compara ambos trabajos a la luz de las experiencias vividas por cada autor y, así, un extracto del libro de Menard acaba teniendo una interpretación completamente diferente al mismo pedacito de texto (que es exactamente igual, letra por letra) del libro original de Cervantes.


Todo esto lleva a análisis totalmente absurdos pero consistentes, como encontrar influencias de Nietzsche en El Quijote escrito por Menard (mientras que el de Cervantes no las tiene porque, claro, Nietzsche ni existía en el siglo XVI).

El relato-ensayo de Borges finaliza con la propuesta de que atribuirle el libro La imitación de Cristo –un texto de devoción católica, y el más influyente después de la Biblia– a James Joyce podría empaparlo de todo un nuevo significado.

Lo divertido de la proposición borgeana es que el irlandés James Joyce, uno de los escritores más aclamados del siglo XX, se hizo famoso por sus vanguardistas, extrañas, polémicas y controvertidas novelas. De pronto establecerlo como el autor de un libro devoto que busca “instruir al alma en la perfección cristiana, proponiéndole como modelo al mismo Jesucristo” llevaría a análisis muy locos.

Dentro de los relatos de Borges, Pierre Menard, autor del Quijote, incluido en su antología Ficciones (1944), es indudablemente uno de los menos convencionales. No tiene ningún tipo de argumento o nudo, se asemeja enteramente a un ensayo serio de un anónimo crítico literario y, aunque corto, es denso para leerlo. 

Pero no por eso deja de ser fascinante.

Pierre Menard es un oscuro escritor francés recientemente fallecido, cuyo mayor logro fue escribir, en el siglo XX, los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Quijote, y un fragmento del capítulo veintidós.

En este universo bizarro que pinceló Borges, Pierre Menard (este “otro autor” del Quijote) no quería hacer una nueva versión de El Quijote, ni tampoco pretendía escribirlo tal y como lo hizo Cervantes. 

Directamente quería ser Miguel de Cervantes, pero en los años 30:

«saber el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco,
olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918.»

Y lo gracioso es que el crítico encuentra que «el fragmentario Quijote de Menard es más sutil e infinitamente más rico que el de Cervantes». ¡Y el texto es exactamente el mismo!

Está en uno decidir si el texto de Borges es una ironía fina e ingeniosa o no (a mí me gusta pensar que sí) pero es sólo cuestión de que el lector decida si verdaderamente podemos atribuirle “Pierre Menard, autor del Quijote” a Borges (en lugar de al lector, a todos los lectores).

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Es muy conocida la anécdota de cómo llegó Borges a escribir este delirio. Resulta que cuando tenía 39 años (durante la Navidad de 1938), se lastimó la frente con el borde de una ventana abierta. La herida se le infectó a tal punto que los médicos creyeron que moriría

No murió, pero sí comenzó a temer haber perdido sus capacidades mentales. Hasta ese punto, Borges no había escrito mucho más que un puñado de poemas y reseñas literarias (sus más grandes obras literarias llegarían unos años después). Se le ocurrió pensar que si intentaba escribir una reseña y no lo lograba, se sentiría incapacitado para siempre. En cambio, si trataba de hacer algo nuevo, algo que nunca hubiera intentado antes, y fallaba, no vería la derrota como algo tan grave. Decidió escribir un cuento y el resultado fue "Pierre Menard".


Isaac Asimov frecuentemente relataba esta otra anécdota: una vez se sentó en una clase donde el tópico de discusión era uno de sus trabajos. Se sentó bien atrás, manteniéndose relativamente oculto. Luego de que la clase terminó,  se acercó al profesor y se presentó. Dijo que le pareció que la interpretación del profesor era muy llamativa, pero que no era ni cerca lo que Asimov había querido realmente decir con esa obra. 

El profesor respondió: 
“sólo por que la hayas escrito, ¿qué te hace pensar que tenés alguna idea sobre lo que está diciendo?”.

Brillante.

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lunes, 22 de agosto de 2016

“Los que aman, odian”, de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo


Para 1945, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares eran figuras reconocidas del ámbito literario argentino. 

Fue por esa época que comenzaron a editar y dirigir una serie policíaca que fue fabulosa y duraría diez años: El Séptimo Círculo (el círculo de los violentos en el infierno de Dante).

De aquella colección salieron obras policiales y detectivescas de primer nivel. Entre ellas, Los que aman, odian, la única novela policial escrita conjuntamente entre Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, con quien Bioy se había casado en 1940 (con Borges entre los testigos),

Al inicio de la novela, el particular doctor Humberto Huberman (narrador y protagonista) anuncia que va a relatar “la historia del asesinato de Bosque del Mar”. 

Con ese gancho preliminar, comienzan a generarse una serie de interrogantes cuyas posibles respuestas van a ir cambiando a medida que se expone nueva información y se presentan algunos ingeniosos giros argumentales.


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En esta nota voy a estar reseñando Los que aman, odian pero sin destapar grandes momentos de la trama. Por lo tanto, si bien hay un necesario #SpoilerAlert, pueden quedarse tranquilos de que no voy a decir que el asesino es Jack, el forastero.


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DESCARGAR “Los que aman, odian” en versión PDF: LINK ACÁ.



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La novela está escrita con fina ironía y un tono paródico que recuerda a obras como Seis Problemas para Isidro Parodi (que ya reseñé en el blog). Si bien en aquella oportunidad Bioy Casares escribió junto a Borges, acá lo hizo con su mujer.

La historia se compone de 34 capítulos breves narrados por el egocéntrico y maniático doctor Humberto Huberman, quien hace el rol de John Watson, testigo de los incidentes que suceden en el hotel.

Huberman es un personaje fascinante, absolutamente desinteresado por el prójimo, adicto a las citas literarias y a los glóbulos de arsénico. Escribe la narración como una crónica para las amigas de su madre (tristemente, sus únicas amigas). Sus curtidos hábitos hacia la comida y comentarios conservadores lo colocan a un nivel de persona culta y refinada, lo que nosotros veríamos directamente como un “nariz parada”. Sin embargo, progresivamente, ineludiblemente, se va metiendo en el misterio en el cual se ve envuelto de casualidad.

Sorprende su nombre: Humberto Huberman es prácticamente homónimo del narrador de Lolita de Nabokov (publicada diez años después), llamado Humbert Humbert. Aunque estos personajes no tienen absolutamente nada que ver.

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¿Nabokov habrá leído policiales argentinos?

Comencemos por el principio: Bosque de Mar es un balneario solitario, tan alejado de la civilización que funciona técnicamente como un cuarto cerrado donde nadie puede salir ni entrar con facilidad. Esto implica que cuando el muerto se hace presente, el asesino tiene que estar, indudablemente, entre los invitados.

Así que, en aquel lugar frente a un agitado océano tenemos, por lo menos a un muerto y a un asesino, con las típicas dosis de intriga y ambigüedades que caracterizan al género, con la culpabilidad salteando de un personaje a otro y las astutas deducciones detectivescas que llevan a cabo los protagonistas.

La historia es llevadera y se prolonga apenas lo necesario. Con no más de 149 páginas, se lee muy rápido.

Un aspecto curioso es que los autores se tomaron el trabajo de presentar toda la situación y detallar a los personajes antes de disparar el conflicto. El verdadero enigma aparece como a un tercio de la historia.

Recuerdo que, allá por el 2003, Marta Dominguez –una de las editoras en EdiUNS de mi primera novela Un verano para recordar (nunca me convenció ese título)– mencionó que mi obra le recordaba parcialmente a “Los que aman, odian”.

En palabras suyas:

«Al iniciar la lectura, Un Verano para Recordar se perfila como una novela sentimental semejante a “Rosaura a las Diez”, de Marco Denevi, y por la lentitud en la presentación de los personajes y el ambiente, con la novela de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, “Los que aman, odian”

Varios años después, comprendo por qué mi historia le pudo recordar a esta novela, si bien creo que esta última cuenta con una calidad literaria a la cual yo sólo puedo aspirar.

Las cuestión es que Humberto Huberman llega a Bosque de Mar con la idea de tomarse unas vacaciones y aprovechar el retiro para escribir un guión cinematográfico. Precisamente allí, en aquel nido repleto de arenales, tormentas, cangrejos y un océano furioso, ocurre el envenenamiento de Mary, una de las hospedadas. Su hermana Emilia (interés romántico del protagonista, y que curiosamente comparte nombre con un personaje de mi novela también) es la principal sospechosa.


Todos los invitados y el personal del hotel, junto a un par de gendarmes y el comisario Raimundo Aubry, quedan encerrados en el lugar, mientras intentan descubrir si se trató de un suicidio o un homicidio.

Mary —envenenada con estricnina disuelta en una taza de chocolate— es la sobrina del dueño del hotel, solterona y traductora obsesiva de obras policíacas. Siempre llevaba consigo todos los libros traducidos por ella, versiones originales y hasta pruebas de imprenta. Este detalle puede parecer insignificante, pero tiene un peso decisivo en la investigación. 

Esto es lo interesante de Los que aman, odian. Datos que parecen intrascendentes al principio tienen un porqué. En ese sentido, hay que prestarle atención a todo.

Ocampo y Bioy Casares trabajaron como traductores literarios en la vida real, por lo que el personaje de Mary es también una referencia metatextual. La novela muestra cómo se ejercía esa profesión de una manera muy artesanal en aquellos años.

Creo que fanáticos del estilo tradicional de Agatha Christie pueden disfrutar ampliamente de esta historia, que es básicamente un policial inglés que transcurre en Argentina, en la década del cuarenta. La muerte críptica, el elenco de sospechosos y la sorprendente resolución final son elementos presentes, aunque el toque humorístico podría hacer que se considere a esta obra como una parodia de las novelas policiales de la época.

Por último, hay que destacar la correcta ambientación. Bosque de Mar tiene un tinte oscuro, y en algún punto resuena la isla de La Invención de Morel:

"Se abrió ante nosotros la más horrenda y desesperada visión:
una playa estremecida de cangrejos, negra, viscosa, interminable".

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Palabras finales

Los que aman, odian satisface a cualquier aficionado al género, si bien la trama es más o menos simple. Se trata de un viaje fascinante hacia lo más oscuro de las pasiones humanas: odio, venganza, endivia. Los conflictos y deseos de cada personaje se va exteriorizando a lo largo de la historia. El título (si bien es equívoco y ambiguo) cobra especial sentido cuando se revela el desenlace del misterio. En todo caso, está escrita con una soberbia tal que deja el distintivo sabor a buena literatura. 

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jueves, 14 de julio de 2016

El anti-detective en “La muerte y la brújula”


Jorge Luis Borges escribió sólo un puñado de relatos policiales a lo largo de su trayectoria, pero ninguno estuvo desprovisto de un gran impacto. Sea El jardín de senderos que se bifurcan (que reseñé en el blog) o Abejacán El Bojarí, muerto en su laberinto, sean sus relatos policiales co-escritos junto a Adolfo Bioy Casares (Seis problemas para Isidro Parodi), todos sus cuentos detectivescos tienen algo que los vuelve particularmente interesantes.

De todos ellos, La muerte y la brújula es uno de los que siempre me fascinó. En esta nota quiero repasar por qué considero a este texto como un relato del anti-detective, donde los roles del investigador y el criminal se invierten para dar con una historia original e innovadora.

El relato fue publicado por primera vez en la revista Sur (mayo, 1942) y luego en la famosa colección de cuentos Ficciones (1944).

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OH, SÍ. Este post tiene Alerta de Spoilers. Si no leyeron La muerte y la brújula, les recomiendo que lo hagan antes de continuar leyendo. Es cortito y hay, literalmente, miles de sitios con el texto completo. Uno de ellos es éste.


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«De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño (…) como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le Roy (…). Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó


La historia, a grandes rasgos, nos introduce al detective Erik Lönnrot, un “razonador puro, un Auguste Dupin” (es Borges, así que el texto está colmado de intertextos). En una ciudad sin nombre –que parece una mezcla de la geografía de Buenos Aires con el estilo de vida francés– se están cometiendo una serie de asesinatos, el tres de cada mes, en un punto cardinal distinto. Además, el presunto asesino ha estado dejando inscripciones que atan cada asesinato con cada una de las letras de un nombre.

Luego del tercer asesinato (del cual, sobre el final, nos enteramos que fue sólo un simulacro) la policía se convence de que no habrá un cuarto crimen, porque los tres anteriores forman un triángulo equilátero perfecto. Lönnrot, suponiendo que las letras de las inscripciones se refieren al tetragrámaton (las cuatro letras, en hebreo, que identifican al Dios de los judíos) sospecha que, en lugar de un triángulo, se formará un rombo. Así, se presenta el día indicado en el lugar donde debería ocurrir el último crimen.

El detective logra resolver el misterio de los cuatro asesinatos a través de un prodigioso acto de puro razonamiento, interpretando textos rabínicos y esotéricos, separando patrones y pistas en el modus operandi del criminal y utilizando una serie de compases. Todo esto, sólo para descubrir que el cuarto asesinato era, en realidad, el suyo.

Borges utiliza una estructura clásica de historias de detectives, pero invierte su significado. El criminal (Scharlach) ha creado un falso misterio, elaboró cuidadosamente todas las pistas para resolverlo, y finalmente le explicó el enigma al detective, antes de matarlo.

Una cantidad innombrable de críticos y fanáticos han tomado La muerte y la brújula para estudiar sus símbolos (el compás, el número 3, el número 4, el tetragrámaton, los arlequines, los laberintos), sus intertextos, sus simetrías, el uso de los colores, las famosas paradojas griegas a las que hace referencia y, en definitiva, para decodificar uno de los textos más complejos de Borges.


Hay quienes ven en el cuento el desdoblamiento y la dualidad del ser. Otros lo ven como un gran laberinto donde las diferencias entre lo real y lo ilusorio se presentan difusas. Un aspecto muy relevante de la historia se refiere a la religión y al misticismo judío. También aparecen elementos de la Grecia clásica, como la concepción del laberinto y la paradoja de Zenón de Elea (Aquiles y la tortuga).

Todos estos elementos disfrazan una trama policíaca que es, por detrás, una historia de venganza en la que el cazador acaba siendo cazado. Cuando la verdad es revelada, aparece como un gran engaño, una trampa. Scharlach juega con Lönnrot. La pretendida sagacidad de este último termina por ser fatal.

Me encanta como Borges utiliza estructura tradicional dándole un inesperado giro. La habilidad para razonar del detective lo llevó a seguir pistas falsas, patrones que no eran tales. El detective, canchero, pedante, agrandado, no entendió nada… quedó como un tonto. El villano gana.

Nosotros (como lectores) también caemos en la trama, “muriendo” en la quinta de Triste-le-Roy. La elección está presente, pero en lugar de aceptar la rudimentaria explicación del simplón Treviranus y el resto de la policía, preferimos aventurarnos a confiar en la sagacidad del investigador, caminando, junto a él, hacia un simbólico suicidio. Terminamos siendo, de alguna manera, tan arrogantes como él.

Borges siempre fue un creador de textos que son laberintos, y en La muerte y la brújula construye uno a medida de un lector soberbio. Las señales que indican que es todo una trampa están presentes, incluso desde los primeros párrafos. Esto es lo que más me gusta de releer textos de este autor. Sus claves están siempre a luz, a simple vista. Elegimos no verlas porque queremos ser engañados, como espectadores de un show de magia.


Esta ficción del anti-detective de Borges ha influenciado, sin duda, a muchos escritores modernos. Hoy no es tan raro ver, por ejemplo, películas donde el villano planeó todo desde el principio (y termina ganando). Estoy pensando en Siete Pecados Capitales (1995), toda la saga de El juego del miedo (a la que le dediqué todo un post), Chinatown (1974), Los Sospechosos de Siempre (1995), definitivamente Dr. Strangelove (1964) y –¿por qué no?– hasta esa maravilla llamada Watchmen, entre tantas otras.

Me encanta La muerte y la brújula, y no por nada ha sido incluido en cuanta antología de cuentos policiales existe. Una obra absoluta que deconstruye el género del detective y dio pie a historias más surrealistas y complejas que sus compañeros Edgar Allan Poe y G.K Chesterton (a quienes parodia e invierte a pesar de haberles tenido mucho estima).

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jueves, 24 de marzo de 2016

El sci-fi argentino en el cine


Argentina tiene una rica historia en obras de ciencia ficción, pero no específicamente en el cine. Novelas como “La invención de Morel” (que ya reseñé en el blog) o los textos de autores como Alejandro Alonso (“La ruta a Trascendencia” es genial), Ana María Shua y Alberto Laiseca han recibido gran reconocimiento de la crítica.

Mientras que, en materia de cómics, “El Eternauta” (de Oesterheld) es la gran historieta de ciencia ficción argentina, la revista digital Axxón (una de mis favoritas) recopila a grandes autores argentinos de fantasía y sci-fi.

Jorge Luis Borges nunca fue específicamente un autor de ciencia ficción, aunque algunos de sus relatos podrían caer dentro de esa categoría. Entre ellos, a lo mejor, está "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", aquel delirio casi existencial que nos habla de un mundo imaginario en el cual se convertirá la Tierra en algunas pocas generaciones.

Borges se interesó por este género y hasta llegó a escribir el prólogo de Crónicas Marcianas (de Ray Bradbury) para la edición de Minotauro de 1955, uno de los primeros ensayos “críticos” argentinos sobre una novela de ciencia ficción.

En el cine, sin embargo, Argentina se quedó un poco detrás, y no es especialmente recordada por su participación en el género. Existen, de todas formas, algunas producciones para destacar o que, simplemente, son demasiado curiosas como para dejarlas pasar.


Se comenta que la primera película de ciencia ficción en la Argentina apareció en 1942. Se trata de “Una luz en la ventana”, de Manuel Romero que también contiene elementos de terror. Está completa y disponible en Youtube. El protagonista es un científico con acromegalia (aumento de tamaño en manos, pies, etc.) a la espera de un trasplante.

También en blanco y negro, aunque más actual, es “La Antena” (2007), una película que tuve la suerte de encontrar por casualidad y que me voló la cabeza. 

Esta obra del director Esteban Sapir se encuentra entre mis preferidas de todos los tiempos.

Funciona como una suerte de reinterpretación de “Metrópolis” (1929), la célebre película de ciencia ficción perteneciente al expresionismo alemán. En este caso estamos ante una ciudad gris a la que se le quitó el habla. El responsable es un gánster poderoso. Un ex empleado de un canal de TV intentará evitarlo, al mismo tiempo que protege a un chico que parece ser el único con la capacidad de emitir palabras.

Es una historia estéticamente impresionante (para el cine argentino) que se trabaja como un policial negro. 

Tiene cosas muy locas, como las onomatopeyas que salen disparadas de los rifles cuando los criminales disparan.

Debido a las limitaciones económicas, y los desafíos técnicos y visuales que suele presentar el género, el sci-fi argentino siempre prefirió plasmar historias más existenciales e introspectivas, antes que espectaculares shows visuales como los americanos.

Así surgieron pequeñas películas de culto que son verdaderamente grandiosas. “Hombre mirando al sudeste” (1986), de Eliseo Subiela, es una de ellas. Si bien esta historia no es puntualmente de ciencia ficción, tenemos a un hombre que afirma ser un mensajero de otro planeta y algunos eventos inexplicables que ocurren dentro de un hospital psiquiátrico.

Ya hablé de esta película en su momento y del infame plagio americano que sufrió cuando se produjo “K-PAX”, con Kevin Spacey.

Del mismo estilo introspectivo son “Moebius” (1996), de Gustavo Mosquera e “Invasión” (1969), de Hugo Santiago. La primera es el misterio de un tren subterráneo que desaparece, con 30 pasajeros a bordo, de la noche a la mañana. Si bien es una remake de una cinta alemana de 1993, en Argentina funciona especialmente por su valor simbólico (el leit motiv de las películas post- años ´70 es, indiscutiblemente, las secuelas de la dictadura militar).

La segunda, Invasión, es una gema escondida. Aunque admito que me resultó pesada por momentos, no puedo negar su atractivo estético. Se trata de un guión co-escrito por Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges (es decir: por Bustos Domeck). 

La musicalización contiene tangos de Aníbal Troilo y está localizada en una ficcional Aquilea, un Buenos Aires laberíntico y con un aire indudablemente borgiano. Los habitantes buscan impedir una invasión –que recuerda a la Guerra de Troya– de seres que se visten y comportan como nosotros.


Invasión es genial por su carácter simbólico y estético, pero puede llegar a ser bastante bodrio, sinceramente hablando. Ambas se encuentran disponibles en Internet para ver online.

Tengo que ver todavía “La sonámbula” (1998), de Fernando Spiner, que es considerada entre las mejores del género también. Relata una historia en un futuro incierto de Buenos Aires futurista, con referencias a esa película gigante que es Brazil (1985), de Terry Gilliam.

Como es de esperarse, simultáneamente existió una gran cantidad de cine de ciencia ficción bizarro o “clase B” en Argentina. Son películas muy curiosas que uno puede encontrarse en canales como I-SAT.

Por ejemplo, tenemos nuestra propia versión de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (“El extraño caso del Hombre y la Bestia”, 1951, Mario Soficci). Lo más loco es que se argentinizaron los nombres de los protagonistas, así que tenemos a Enrique Yequil y Eduardo Jaid.

Plaga Zombie” (1997, Pablo Parés) es un poco más actual y fusiona el terror con la comedia. Hay que tener cuidado, porque  es de bajísimo presupuesto. Sin embargo, todavía mantiene su status de culto, particularmente entre los fanáticos del cine gore.

Varios años antes, en 1965, hubo otra invasión similar. “Extraña invasión” fue una coproducción con Estados Unidos donde una enigmática  interferencia que comienza a producirse en las señales de TV convierte a los espectadores en zombies. Los años siguientes se caracterizaron por la aparición de cine berreta que ridiculizó al género y, ocasionalmente, tuvo varios toques de erotismo. 

Se podían ver muchas de esas películas en el programa de los cuervos (Cine Zeta) de I-SAT.

Sí me parece más atractivo, y todavía no me pude sentar a ver, el trabajo de Eliseo Subiela en “No te mueras sin decirme adónde vas” (1995), donde un científico es el fabricante de una máquina para visualizar sueños, pero lo que termina encontrando es a un fantasma del cual se enamora.


Así que quizás no haya gran variedad de películas sci-fi de origen argentino, pero creo que hay algo para cada tipo de fan del género. Particularmente, yo recomiendo revisar “La antena” y “Hombre mirando al sudeste”, dos de las mejores producciones argentinas que alguna vez se hicieron en mi país.

¡Hasta la próxima!
               
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