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jueves, 19 de febrero de 2026

Desaparecer lo justo (cuento brillantístico)

 

Ser visible tiene un costo. Fernando comenzó a sentir una presión leve en la cabeza. Nada grave. Nada urgente. Hasta que entendió que el dolor venía de la mirada de los otros.




***

 

Hay cosas que nadie te explica. Nadie te advierte que empezar a destacarte también puede ser peligroso. Al principio son detalles mínimos. Un comentario de más. Una mirada que se queda un segundo extra. Un “qué bien que estás” dicho con una sonrisa demasiado amplia.

Fernando empezó con un dolor de cabeza leve, casi insignificante. Los estudios dieron bien. Demasiado bien, de hecho. Y, sin embargo, el dolor seguía creciendo. Hasta que alguien le dio la solución: tenía que dejar de brillar.

Hoy les comparto el cuento #92 publicado en el blog: “Desaparecer lo justo”. Espero que lo disfruten.

 

***

 

“Desaparecer lo justo”
(Lupa Sívori)

 

Nadie te lo dice. Nadie te avisa. Y eso a mí me enfurece.

Alguien debería advertirte que vas a estar dentro de ese grupo selecto. Tengo un amigo que hace un tiempo es uno de ellos: Fernando, buen compa de laburo, gran jugador de padel. Aprendió temprano que destacarse conlleva un riesgo. En la pensión donde vivió de pendejo –una casita por Sixto Laspiur al fondo, que se caía a pedazos por la humedad– el que se destacaba duraba poco: le afanaban, lo apretaban, lo bajaban de un hondazo. Por eso creció entrenando otra cosa: pasar desapercibido. No tentar a nada ni a nadie.

Durante muchos años le salió bien. Arrancó en un call center de Telefónica. Turnos rotativos, sueldos miserables. Dormía mal y comía peor. Pero se quedaba calladito. Después vino el salto. No uno heroico: sino más bien… prolijo. Un buen contacto, timing, una intuición fina para estar siempre del lado correcto cuando las cosas empezaban a moverse. De pronto había oficina con ventana y plata que sobraba a fin de mes. Eso era nuevo. Apareció en su armario ropa de mejor calidad y, en su rostro, un look descansado que llamaba un poco más la atención. Comenzó a ganar campeonatos de padel: todos en primer lugar. Se miraba al espejo y le gustaba lo que veía. Aquello también era nuevo.

El dolor de cabeza apareció justo ahí.

No fue de golpe. Primero una presión leve, como si alguien le apoyara un pulgar en la sien. Después jaquecas que llegaban siempre en los mismos momentos: luego de una noche en el bar, de una reunión corporativa, de un “qué bien que estás, boludo”, de un “te lo re merecés, Fer”. Frases dichas con sonrisas, con palmaditas en la espalda inclusive. Miradas que se quedaban un segundo más de lo necesario.

Fernando ignoró aquella tensión sostenida en la nuca todo lo que pudo. Sentía que algo le inflaba la cabeza desde adentro, despacio, con paciencia. El dolor no latía. Estaba ahí, fijo, instalado detrás de la cabeza, una presión fija que no aflojaba. A veces parecía moverse apenas, acomodarse, buscar lugar. Esa era la parte más inquietante: la sensación de que la cabeza ya no estaba vacía, de que el cráneo había dejado de ser un límite confiable. La luz común —la de la calle, la de las pantallas— lo empeoraba todo.

Yo fui el primero en decirle, medio en chiste, que capaz le habían hecho un mal de ojo. Un gualicho, una magia negra. Fer se rió. Esa noche el dolor resultó ser tan fuerte que tuvo que apagar la luz. Sentía que la cabeza le iba a explotar.

Probó lo lógico. Neurólogo. Analgésicos carísimos. Nada. Los estudios salieron limpios, demasiado limpios de hecho. Triglicéridos bajos. Glucemia en ayunas perfecta, sin picos ni desvíos. Resonancia magnética sin hallazgos patológicos. Entonces fue por otra cosa: sahumerios comprados en el chino del barrio, una pulsera roja que le regaló Marisel (una de las pibas con las que se veía cada tanto), una “limpieza energética express” en un local nuevo.

—Nada de eso funcionó —admitió Fer, con desolación, mientras tomaba un sorbo de birra. Estábamos sentados en una mesita afuera de Wir Können, fumando y viendo a la gente caminar. Cada mina que pasaba lo chequeaba. Cada tipo que pasaba, también. Fer me contó que, en los peores momentos, tenía hasta miedo de cerrar los ojos. Le parecía que, si se relajaba sólo un poco, si bajaba la guardia, aquello que estaba presionando adentro suyo iba a encontrar la forma de acomodarse del todo. De quedarse para siempre.

La colorada que servía en el bar venía atendiendo nuestra conversación desde el primer trago. Capté que ya nos observaba con atención clínica, como preparando un diagnóstico. En el momento en el que nos dejó la cuarta ronda de cervezas, deslizó:

—Tenés que dejar de brillar.

Los dos la miramos con cara de “quién te invitó a esta fiesta”. A ella no le importó.

—Es que hay mucha atención encima tuyo. Eso no siempre es bueno —agregó, enigmática, antes de irse.

Me quedé pensando.

¿No le habían aprobado su nuevo corte de pelo esa misma mañana en la oficina? Evangelina, una rubia que nos encanta a todos, le tiró: “se te ve distinto, estás súper arriba”. ¡Hasta nuestro jefe en común había destacado su performance laboral en el último trimestre! A mí nunca me dijo algo así. Ni ese día ni otros.

—Che, Fer —le comenté, con un dejo de misterio, mientras me prendía otro pucho— viste que yo antes te lo había dicho en joda. Pero creo hay algo de eso, eh. Te están mirando todos últimamente. En el gimnasio, en la oficina, en los bares. Hay mucho deseo, mucha envidia. Eso se te pega.

Fernando volvió a sonreírse, pero esta vez un poquito menos. Hubo una pausa sumada a una mirada cabizbaja mientras la sonrisa se le extinguía. Lo noté preocupado. Preocupado de verdad.

—¿Y qué hago? —me preguntó al rato, casi rogando.

Pegué una pitada. Me tomé mi tiempo para responder. La colorada nos había traído la cuenta. Miré el ticket. Ella había dejado escrito su WhatsApp con un corazoncito. Aclaraba “escribime. Podés hacerme lo que quieras”. Mi respuesta fue tan simple como brutal:

—Tenés que dejar de brillar, Fer.

Mi amigo se tardó un tiempito hasta que, eventualmente, lo entendió. Fue un “dejarse estar” progresivo. Arrancó por cerrar Tinder y dejar de subir fotos en Instagram. Regaló parte de su ropa de marca y compró otra nueva, más sencilla, en un boli-shopping del centro. Regaló la raqueta de Padel. Rechazó un ascenso. Los mensajes de las pibas empezaron a espaciarse igual que los elogios en el trabajo. No voy a mentir: cuando todo eso pasó, yo sentí un alivio raro. Como si el partido se hubiera emparejado un poco.

El dolor en su cabeza aflojó.

Un viernes por la noche, solo en su departamento, Fer sintió el último estallido. Un dolor seco, final, como una burbuja que revienta. Después, el silencio. Un silencio hermoso, sedante. Por primera vez en meses, la cabeza estaba liviana.

Me escribió en seguida para contarme:

—No lo vas a poder creer. El dolor se fue. ¡Ya no está!

Yo me puse feliz por él. En serio, eh. Es que nadie te lo dice. Nadie te avisa.

Y eso a mí me enfurece.

A la mañana siguiente Fernando salió al centro. Quería asegurarse de que el dolor se había desvanecido para siempre. Caminó por Bahía Blanca sintiéndose más liviano, sin peso en la cabeza. Nadie lo miró dos veces. Nadie. La invisibilidad otorgaba un alivio físico real. Tomó un colectivo de regreso a casa. Una chica escuchaba música con los ojos cerrados. Fer la registró apenas, sin intención. Un reflejo viejo y automático. Cuando ella alzó la cabeza, el contacto fue instantáneo y un poquito incómodo. En ese segundo exacto, el dolor regresó: leve, conocido, como una señal. Se bajó antes. Siguió a pie. Caminó sin apuro, la vista clavada en la vereda, el cuerpo entrenado otra vez en ese arte antiguo de pasar desapercibido.

En esta vida, brillar demasiado tiene un costo.

Hay que aprender a desaparecer. Pero desaparecer lo justo.

 

***

=>> Otros CUENTOS PROPIOS en el blog: “Pequeños aportes fundamentales”; “Vendrán lluvias mejores”; “El delicado arte de hacerse viejo”; “Un as bajo la manga”; “Ecos de un impacto”; “Los 42 jueces”.

 

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