Este diario reúne mi semanita en familia por San Rafael. No hubo grandes hazañas ni planes perfectos, pero sí días compartidos. Un lindo número de anécdotas que se fueron acomodando solas.
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#Días 1 + 2 – Parada técnica en Santa Rosa
De entrada voy a aclarar que este fue un viaje muy familiar, así que no esperen mis locuras habituales. Acá no hubo personajes bizarros ni momentos extraños, sino verde, siestas, juegos y niños felices. Y eso, a veces, también suma.
Salimos el sábado 31/1 a Santa Rosa, que son unas cuatro horitas desde Bahía Blanca. La idea era cortar el viaje hasta San Rafael con alguna paradita en el medio y, de paso, conocer un lugar nuevo.
La ciudad terminó siendo una grata sorpresa: tiene una laguna hermosa (Parque Laguna Don Tomás), plazas bien pensadas, un faro muy bonito y varios juegos. La capital pampeana se me hizo un lugar amable, de esos que invitan a bajar un cambio. Salió reel, como corresponde.
Al día siguiente, 6:30 am, arrancamos para San Rafael. El viaje fue largo, pero afortunadamente sin dramas. Llegamos cerca de las 14 hs a las Cabañas Falagio, un complejo que es, sin exagerar, un sueño.
El complejo tiene mucho pastito verde, dos piletas (natural y climatizada), juegos, estanque con peces, espacios comunes, pool, metegol, ping pong. Todo pensado para ir con chicos y disfrutar sin estrés. Las cabañas son amplias, completas, con parrilla privada. Pagamos 990.000$ por seis noches, desayuno seco incluido. Está sobre la ruta 173, cerca de Rama Caída, a unos 10 km del centro sanrafaelino.
Ese primer día fue puro relax en las piles. Más tarde, metimos paseíto por el centro de San Rafael, mates en el hermoso Parque de los Niños y algunas compritas para zafar la semana.
En el medio estuve un rato promocionando mi nuevo cursito de SAP (“Gestión de Mantenimiento con SAP PM”, que dictaré en marzo) y leyendo los libritos que había traído de viaje: Needful Things (Stephen King) y La biblioteca de la medianoche, de Matt Haig.
Por la
noche, con los chicos derrotados, nos hicimos un café con Naty en la cama
mientras veíamos un episodio de All Her Fault. Se me cayó el café
caliente en las rodillas y manché las sábanas. ¿Sería un presagio de lo que
vendría?
#Día3 – Entre lo borgiano y lo laberíntico
¡Qué placer despertarse en este lugar! No soy de repetir destinos, pero San Rafael me había enamorado en 2024 y tenía ganas de volver con mis hijos. Decisión totalmente acertada.
Mate de por medio, aproveché la mañana para organizar el rafting en el Atuel del día siguiente.
Por la tarde, salió el primer tourcito del viaje: el Laberinto de Borges. Ya lo conocía, pero recorrerlo con los chicos le suma otra magia. Está ubicado en la zona de Los Reyunos, a pocos kilómetros de San Rafael, y es un homenaje directo a uno de los grandes obsesivos del tema. Está diseñado con setos altos, bien cerrados, y propone un recorrido que no es solo físico sino también mental: avanzar, dudar, retroceder, volver a elegir.
Con el tiempo, el lugar se transformó en un complejo más amplio: sumaron chocolatería artesanal, un museo interactivo, espacios de juegos para chicos, un bar y una torre mirador desde donde se puede ver el dibujo completo del laberinto.
Entramos todos juntos: Naty, Benja, Matu y yo. Recorrerlo con niños le
da otra capa: ellos juegan, se ríen, se pierden sin angustia. Después me mandé
solo, trotando. Salí en unos 16 minutos. ¿Les conté que soy MUY fan de los
laberintos? No tanto como desafío físico, sino como
idea, como concepto. Entrar sabiendo que
equivocarse es parte del recorrido y que perder tiempo también es avanzar.
Tal vez por eso aparecen tanto los laberintos en mi literatura: personajes que creen ir en línea recta y, sin darse cuenta, terminan girando y perdiéndose. El Alma Dividida, mi segunda novela, tiene mucho de eso. Un laberinto no te pregunta a dónde querés llegar. Te obliga primero a entender dónde estás.
De regreso a la cabaña compré algo de leña, pollo y carne para el asado de la noche. Metimos unos chapuzones en Falagio (posta, un paraíso), arranqué Twinless (una película de 2025 que tenía pendiente) y hasta me hice tiempo para un trotecito.
Corrí unos 7 km, tentado a entrar a cada bodega que me cruzaba,
especialmente una que tenía una fuente de vino (en realidad es agua con colorante).
De noche, hice un asadito bajo una noche espectacular, de esas que no necesitan
mucho más.
#Día4 – Rafting por el Río Atuel
Arrancamos la mañana tranqui. Desayuno sin apuro y un poco más de Needful Things. Ese equilibrio raro entre vacaciones y seguir siendo uno mismo. A medio mañana salimos para Valle Grande, donde ahí saldríamos a hacer rafting con la gente de Alihuel.
El entusiasmo era grande porque ni Naty ni los chicos habían hecho esta actividad nunca. Desde la llegada encontramos que todo el circo está muy bien armado. La base de Alihuel tiene bajada al río, lugarcitos para sentarse y tomar mate.
Nos hicieron un precio con descuento por estar hospedándonos en Cabañas Falagio. Pagamos 120.000$ total por los cuatro, recorrido largo (una hora y medio por el Atuel) + fotos.
Nuestra guía fue Paloma, súper piola y experimentada para trabajar con los peques. El clima estaba ideal, la temperatura del agua también. Nuestra balsa la compartimos con una familia de Arauz. Benja y Matu iban bien al medio, seguros y contentos. A mí me tocó remar adelante con Mariano, el pibe de Arauz.
La experiencia fue, realmente, un 10/10. El río es bajito y muy manso, correcto para ir con chicos: tranquilo y familiar, pero con momentazos de aventura que te sacuden lo justo.
A la salida almorzamos unos tremendos ñoquis a la vera del río. Alta promo conseguimos de casualidad: ñoquis + postre por $11.000. Confirmado: San Rafael no es caro si uno busca un poquito.
Después salió mateada y más chapuzones en el Atuel. Un toque peligroso porque el río está bajo y la correntada a veces se siente, pero Benja y Matu tenían flotadores, así que todo bajo control. Mateo casi se nos va con la correntada y una señora lo agarró del flotador justo a tiempo. Sustito que no fue anécdota negra. Como dije: todo bajo control.
De regreso en la cabaña, el plan fue más pileta con las bestias… y ahí terminé por quedar liquidado. Venía muy cansado físicamente estos días. No solo por la cantidad de planes, sino porque chicos + agua cansan banda.
Siempre lo digo y lo sostengo: amo a mis hijos, pero vacaciones con
ellos no son vacaciones. No realmente. Uno disfruta, se emociona, se ríe… aunque
nunca termina de relajarse del todo. Y está bien que así sea.
#Día 5 + 6 – Un par de días sin planes
Me brinda una paz enorme levantarme un día sin ningún plan real. Además, el miércoles había bajado fuerte la temperatura. Veníamos de días de 35° y amanecimos con 22°, pantalón largo y buzo incluidos.
Matecito afuera, Needful Things de compañía (amo arrancar las mañanas así) y un rato de compu: difundir el curso de SAP, avanzar con una nota para el blog de Espacio Tec y resolver algunas cositas más. Vacaciones, pero no tanto.
Más tarde fuimos a la Bodega Labiano (“La Fuente del Vino”) a pasear. Hay tours gratuitos que salen cada media hora y terminan en degustación. Decidí algo importante: ese tour lo haría solo, el viernes.
Después recorrimos La Abeja, la bodega más antigua de San Rafael fundada por Iselín (quien también fundó el pueblo de San Rafael). Yo había estado un par de veces en 2024. Tomé una copa de vino por $500 y con Naty compartimos un sándwich brutal. Recorrimos un poco, pero no hicimos el tour (ahí no es gratis: $5.000).
Seguimos avanzando con el plan infalible: cansar a las bestias en Plaza España. Hicimos las compras de la semana y volvimos para almorzar. Durante la siesta terminé Twinless (gran película) y después salió pile con Benja y Matu. Estoy en modo maestro: le estoy enseñando a Mateo a nadar.
Por la tarde todavía tenía dolor en las piernas de los días anteriores, así que cambié el trote por caminata. Unos 6 km hasta Plaza Yuma Félix. Mientras andaba pensé en todo lo que nos quedó pendiente, ya sea por guita o por la edad de los chicos: el parque aéreo, el laberinto de espejos, cool river en el Atuel... No queda otra: habrá que volver.
El jueves siguiente me levanté tempranito. 8 AM a laburar, porque tenía solo unos pocos días hábiles para repartir en 2025 (me los gasté todos en Europa), así que toca ser muy estratégico con cuándo pedirse vacaciones.
Se laburó bastante, aunque costó. Si bien Falagio es un lugarazo, tengo dos observaciones reales: Internet andaba como el tuje (menos mal que tenía datos del celu corporativo) y sufrí algunos temitas con el horno. Nada grave. Volvería igual.
La temperatura había vuelto a bajar 18°, abrigo obligatorio para salir. Tuve que esperar a que se hicieran las 17 para soltar mi trabajo. Partimos para un parque a visitar el Santuario de la Virgen Milagrosa. No soy religioso, pero pensé que podía ser un lindo paseo. Estaba equivocado: el lugar está bastante venido a menos, medio abandonado.
Seguimos hasta el centro y terminamos repitiendo Parque de los Niños (Plaza Francia), porque es un lugar increíble. Ahí Benja, que al día siguiente cumpliría 9 años, probó realidad virtual por primera vez: una montaña rusa y un juego donde era un gato. Cara de felicidad total. Volvimos cerca de las 20 hs para cocinar.
El viernes sería el último día y me tocaba laburar de nuevo, si bien tenía algo
claro: no me iba de San Rafael sin una degustación de vinos y algunas compritas.
#Día7 – Bodegas, degustaciones y el eterno retorno
Viernes fue el cumple de Benja y, fiel a su estilo, él fue el que nos sorprendió a nosotros: nos armó acertijos para resolver apenas nos levantamos. Yo igual arranqué el día temprano: 8 AM ya tenía la PC encendida. La mañana estaba fresca, aunque sabíamos que más tarde iba a trepar hasta los 28°.
Nos sentamos a pensar qué hacer por la tarde. Barajamos ir a las playas de El Nihuil, a unos 70 km, pero no nos terminó de cerrar el plan. Tampoco quisimos mandarnos hasta el Cañón del Atuel en auto: la Ruta 173 por esa zona es medio peligrosa y no daba para arriesgarse. Además, ya teníamos reserva para cenar a las 20:30 por el cumple de Benja. Así que definimos día relax en el complejo, aprovechando el verde y las piletas.
Yo, eso sí, tenía en mente escaparme un rato para Finca Lobiano. Tipo 15 hs me fui solo al tour gratuito de esta bodega que en 2025 cumplió 100 años. Muy lindo recorrido: te explican el proceso de manera breve y después vas pasando por distintas salas y pasillos, todo muy bien armado, prolijo, pituco.
La experiencia incluye un pequeño museo, un cine, la bodega en sí y, al final, degustaciones de aceites, perfumes, chocolates y vinos. Tan disfrutable y bien pensado que, mientras lo hacía, me arrepentí de no haber venido directamente con los chicos. Dura unos 40 minutos. Ahí aproveché y compré regalitos.
Después de unos últimos chapuzones en el complejo, decidí repetir el tour, esta vez con los chicos. Fue una buena decisión: lo vivieron distinto, con curiosidad, preguntas y sorpresa. A veces uno subestima lo mucho que pueden disfrutar estas cosas los peques
Terminamos
el día (y el viaje) en Syrah, un restaurant alejado que tiene inflables
y juegos para los chicos. Ahí celebramos formalmente el cumple de Benja y dimos
un bonito cierre al viaje como se merece. Ah, y salió este último reel.
Palabras finales
Cuando empezó el viaje pensé que iba a volver cansado. Volví cansado, sí, pero de ese cansancio lindo: el que trae olor a cloro, piernas duras y chicos dormidos antes de tiempo.
San Rafael no fue una postal ni una lista de lugares tachados. Fue
tiempo.
Tiempo lento, compartido, incompleto también, porque con hijos uno nunca
descansa del todo. Pero quizás ahí esté el truco: no se trata de relajarse,
sino de estar.
Me llevo a Benja armándonos acertijos el día de su cumpleaños, Mateo aprendiendo a nadar, una copa de vino tomada sin apuro, perderme —otra vez— en un laberinto, correr entre bodegas, trabajar un rato mientras ellos jugaban.
Quedaron cosas pendientes. Siempre quedan… y así debería ser. Eso
también es una forma de promesa. No sé si fueron vacaciones. Sé que fueron días
que, cuando todo se acelere de nuevo, voy a querer recordar.
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