jueves, 17 de junio de 2021

Amistad no garantizada (cuento cupidístico)

 

Cuando un extraño se presenta en la fiesta de su mejor amiga, Lucho se plantea si podría estar naciendo una amistad sin saberlo.

Con Amistad no garantizada (mi cuento N° 54 dentro del blog) espero no herir ninguna susceptibilidad. Es simplemente un pase de comedia para reír y descansar un poco. ¿Otro cuento autobiográfico? Naa, esta vez no tanto. O quizás sí, qué se yo…




***

 

Amistad no garantizada

Luciano Sívori

 

Lina había empezado a salir con alguien. Otra vez. Sus días de soltera siempre eran efímeros, y aquellos que la codiciábamos seguíamos con el numerito en la mano. Representábamos una oferta en exceso. Con tantas personalidades nuevas y fascinantes allá afuera, ¿por qué ella se quedaría con el pibe que conocía desde los siete años? No había razón para elegir al chico con el que veía Dragon Ball Z en el Magic Kids mientras tomaba la merienda, el que le enseñó a hacer trucos con el yo-yo y que, años más tarde, la ayudó con Geografía y Biología (materias que ella odiaba).

Sí… yo estaba in the zone hace rato. Lina era imposible para mí. Tanto que muchas veces me preguntaba si valía la pena insistir.

Me invitó a su cumpleaños –como cada año– con una misión encomendada. Tenía la importantísima tarea de conocer al chico nuevo y comentarle “qué me parecía”. Y acepté. Acepté porque soy un boludo, básicamente. Acepté porque la quería.

Y porque soy un boludo.

Llegué todo perfumado y con una campera negra que me hacía sentir Schwarzenegger. Lina me recibió con un beso y me hizo entrar a su departamento con apuro. El lugar estaba lleno. Maroon 5 sonaba de fondo.

“Sentate adonde quieras, Luchin”, me dijo toda sonriente. Me imaginé que no iba a darme mucha bola aquella noche. Estaba a full entre la logística de las pizzas, la apertura constante de latas de cerveza y dedicándole uno o dos minutos a los recién llegados. El cumpleaños es ese evento ilógico y anti-intuitivo en el cual, paradójicamente, es el cumpleañero quien pone la casa, la comida y todo el entretenimiento de turno.

Caminé despacio, escaneando la sala como un Terminator, tratando de encontrar quién era la misteriosa nueva pareja de mi amada Lina. Podía ser cualquiera… literalmente cualquiera. Lina no tenía prejuicios de sexo, altura, inclinaciones políticas o color de piel. Sus acompañantes sí debían cumplir con algunos requisitos básicos. Extraños, pero básicos al fin. Un gusto incondicional por los gatitos (y el mundo animal en general), poder contar al menos un chiste y saber el estribillo de “Azul”, el hitazo de Cristian Castro.

Cada uno de los invitados quería un momento a solas con Lina. Quizás algunos más que otros. Por eso mismo, todos eran mi competencia. Su presencia me incomodaba. Me amenazaba. Lina es de esas personas que mantiene un staff mínimo de amigos indispensables y un número aleatorio de gente en rotación. Todos los años veo a los mismos dos o tres rostros y el resto son completos desconocidos. Compañeros del gimnasio, la psicóloga de la madre, ex compañeros de la primaria, amigos que se hizo mientras compraba bizcochitos en la panadería.

Me abrí una lata que estaba sobre la mesa y recorrí el espacio. Conté tres charlas en simultáneo, todas muy animadas. Me terminé sentando al lado de un flaco por el que no daba dos mangos. Parecía inofensivo. Tomaba con tranquilidad una Imperial y agarraba papitas en un inmutable modo Zen. Como se notaba que no conocía a nadie, lo saludé y me presenté.

“Soy el mejor amigo de Lina”, le tiré canchero. “Ah”, me respondió.

No me miraba, pero yo tuve esperanza. Podía estar naciendo una hermosa amistad sin saberlo. ¿Notaron que el flechazo de Cupido no cubre a la amistad? La amistad no viene garantizada con el producto. No tiene un inicio concreto, más bien es un pasito a pasito, una cocción lenta. Se va llegando sin querer.

El extraño continuaba agazapado entre las papitas y su bebida, observando a los de una mesa lejana. “¿A qué te dedicás?”, insistí y me respondió que “a las máquinas”. No aclaró si se trataba de arreglar notebooks, fierros o antiguas máquinas de pinballs que vendía a coleccionistas, pero imaginé que sería la primera. Atiné a decir algo más con la idea de abrir el diálogo, más por él que por mí. Al fin y al cabo, el pobre estaba solo y no conocía a nadie.

Por eso elegí ser hospitalario con él, que es la única forma en que la hospitalidad tiene sentido, ¿no? Es muy fácil tratar bien a aquellos que, bajo nuestro punto de vista, se lo merecen. El verdadero ser generoso asume riesgos con un extraño, con el otro; se la juega a salir perdiendo ante aquel que quizás no opere bajo el mismo norte, que a lo mejor ni siquiera comparte los mismos valores y creencias. ¿Qué mejor que hacerse un amigo esa noche para no sentirse como sapo de otro pozo?

“¿Te gusta el cine?”, pregunté y respondió que no, a secas. “’¿Series de Netflix? ¿Viajes? ¿Animé?”. Nada. Su calma comenzaba a ser molesta. “¿Y la lírica inglesa del siglo XIX?”. Me clavó la mirada. Sí, me había ido un poquito al carajo con la ironía. Capaz que todavía no era el momento, ni la cantidad adecuada. Igual, convengamos que la ironía siempre es un poco así. Llega inoportuna y en demasía por su propia naturaleza irónica.

Traté de arreglarla cambiando de tema. Mejor dicho, volviendo sobre uno anterior. “¿Así que arreglás PC´s, che? A la mía le vendría bien un mantenimiento”. ¡Qué gran tipo que soy! Le daba charla a un extraño y encima le ofrecía trabajo. Me sentí bien.

Me respondió que arreglaba microondas, no computadoras. Me disculpé y agregué, en otro intento vano de crear un vínculo (y sin compartir del todo este ideal) que hay que rebuscárselas como se puede en este país de mierda. Pero el extraño se enderezó y cambió completamente el rostro. “No sé por qué decís eso”, dijo. “Me encanta lo que hago. Los microondas son mi vida, los entiendo, me hablan. Yo los voy a visitar cuando están enfermos. Soy su doctor. La gente los suele maltratar mucho, y el día que se les rompe se desesperan. Sabemos cuánto cuesta un microondas, pero no sabemos cuánto vale.”

Ahora el que se calló fui yo. ¡Justo me venía a tocar el 22! Me arrepentí automáticamente de haberle ofrecido un trabajo. “Los microondas van a perdurar más que la especie humana”, continuó enceguecido, “cuando llegué el apocalipsis, van a ser libres y estar más tranquilos. Ya no van a tener que calentar para nadie.”

Sentado a su lado, y ligeramente desconectado del exterior, me pregunté quién era aquel demente y, más aún, ¿qué carajo hacía en el cumpleaños de Lina? Pensé mil opciones, casi todas concluyendo en que, probablemente, se había colado cuando vio la puerta abierta. Y, sin embargo, había una posibilidad (una entre muchas) que era la que más temía.

Me aventuré y le pregunté:

“¿Por casualidad… te gustan los gatitos”?

Y entonces apareció Lina por detrás. “¡Luchito! Veo que ya conociste a Mauri. Le llevé el microondas para arreglar y, viste como soy yo…”

 

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=>> Otros CUENTOS DE MI AUTORÍA en el blog: “Pero perseverar es diabólico”; “Vendrán lluvias mejores”; “Colonia de humanos (o la trágica molestia de existir)”; “No requiere el uso de pilas”; “Un problema de perros”; “Solo hay un Dustin Hoffman”.

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3 comentarios:

  1. Entonces, estuvo bien el haberlo molestado, tratando de ser amigable.
    O sea que a clave estaba en ayudarla en algo, a Lina.
    Bien contado.

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  2. Ja.. un taraaa.. el tara-services... Lindo cuentito Lu..

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