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domingo, 14 de abril de 2013

Sincronismo, el arte de las coincidencias.


Roy Sullivanel hombre pararrayos” fue golpeado por rayos en siete distintas oportunidades y sobrevivió a cada una de ellas. Falleció a causa de una herida de bala en un intento de suicidio luego de sufrir un desengaño amoroso.

Edgar Allan Poe escribió “El misterio de Marie Roget”, uno de sus tres cuentos policiales más famosos con Dupin como protagonista. Una crónica policial que contenía datos precisos de un asesinato extrañamente similar al de Mary Rogers (asesinada y violada en julio de 1841). Muchos especularon que Poe era el verdadero asesino, pero él alego que se trataba de una “desafortunada coincidencia”.

Otra desafortunado coincidencia le ocurrió al autor con su libro “La narración de Arthur Gordon Pym”, donde 3 sobrevivientes de un naufragio deciden matar y comer a un niño de nombre Richard Parker. Algunos años más tarde la historia se repitió de forma exacta… con tres sobrevivientes canibalizando a un pobre chico del mismo nombre.

 

¿Coincidencia o… algo más? Para algunos (incluyéndome). Se trata de “sincronismo”, y aprovecho esta introducción para hablarles del tema al tiempo que brindo homenaje a un nuevo año del hundimiento del Titanic (que sucedió un 14 de abril de 1912, hace 101 años).



El sincronismo es la experiencia de 2 o más eventos aparentemente sin relación, o improbables de que ocurran en simultáneo, que –sin embargo– ocurren con algún sentido más allá de la coincidencia. El tema entra en el ámbito de lo filosófico pero es fascinante.

Todos conocemos la historia del gran barco que “ni Dios habría podido hundir”. Hace poco hice mi propio homenaje del evento con un pequeño relato de suspenso (“Almas que se pierden”). 

El gran Jacques Futrelle (autor de uno de mis cuentos preferidos) se hundió con el barco, junto a otras 1516 personas.

Pero 14 años antes Morgan Robertson había escrito una obra con un guión muy similar. Su novela “Futilidad” habla del Titan, el transatlántico más grande alguna vez construido. ¡Oh, casualidad! Choca con un iceberg en su viaje inaugural y se hunde.

Las “coincidencias” con el incidente del Titanic son asombrosas. Ambos barcos golpearon un iceberg en el Atlántico Norte, ambos zarparon en abril, con pocos botes salvavidas y estaban construidos de forma extrañamente similar… por mencionar algunas.




Algunas teorías proponen que los incidentes con sincronismo suceden debido a un poder divino. Otros encuentran alivio en la idea de fenómenos psíquicos o paranormales mientras que unos consideran largas cadenas de causa-efecto que conllevan estos destinos. Sea como sea… ¿nunca les pasó de estar pensando en una persona y justa la cruzan? ¿O tener una misma canción todo el día en la cabeza y que alguien la empiece a silbar de repente?

Este temática es también un recurso literario, del que se han aprovechado autores como Paulo Coelho en sus obras (“El Alquimista” tiene al sincronismo como leitmotiv). Encontrarle sentido a estos raros eventos puede llegar a ser una misión imposible, pero no por eso dejar de interesar al alma. ¿Dios juega a los dados con nosotros o todo sucede por una razón? Encontrarle el “sentido” a las cosas involucra muchas influencias complejas y procesos mentales que, quizás, todavía no podamos entender.

Hay mucha tela para cortar en un tema tan seductor como el sincronismo. Nuestro mundo está rodeado de aspectos fascinantes, misteriosos, increíbles, maravillosos. 

¿Robertson tenía conciencia de estar prediciendo el futuro o fue todo el resultado de una mera, aunque perturbadora, coincidencia?

La verdad, como suele suceder, ha quedado oculta en lo más profundo. Tan en lo profundo, quizás, como el Titanic mismo.



El sincronismo es un tema mágico para tratar dentro de la literatura, y yo mismo he utilizado dicho recurso como una inspiración literaria. ¡Pero de eso hablaremos en otro post!

lunes, 1 de abril de 2013

“Almas que se pierden” (cuento)



Era esa misma conversación. Esta vez, tres hombres hablaban al respecto. Jugaban póker en una mesa redonda, adornada con algunos vasos de vino fino y unas alhajas exquisitas. “Hay algo raro en este barco”, había dicho quien indiscutiblemente lideraba la charla.

Afuera la humedad helada hacía indetectable cualquier rastro de pisada. Era una noche sin luna, acompañada por una niebla que se abrazaba del barranco para no desprenderse de la cima. Bebí un sorbo de mi whisky (callado desde la barra) y hurgué entre mis bolsillos, en busca de dinero, mientras caminaba hacia mi objetivo.

Eché un par de billetes al pozo y pregunté si les molestaba que me uniera al juego. Me aceptaron con una esperada cordialidad (a fin de cuentas, vestía traje y corbata) y me presenté como Robert Ballard, su fiel servidor. Pocos segundos después, continuaron con su debate:

– ¡Estás demente! –dijo el que fumaba un habano–. ¡Ni siquiera Dios podría hundir esta embarcación!

– Hay malos augurios –respondió otro– la noche está muy cerrada; invita a la maldad adentro.


Se trataba de un viaje largo. Para muchos: interminable. El clima no favorecía el ánimo de la tripulación, pero era más que propicio para difundir mi verdad.

– Los que afirman que este bote está condenado, tienen toda la razón –expresé, finalmente, en un tono de misterio–. ¿Saben qué es lo que se esconde en uno de los compartimientos? Es el diablo. El mismo diablo está a bordo, y tiene pensado llevarse todas y cada una de nuestras almas.

Los tenía. Ninguno podía siquiera pestañear luego de aquella revelación. Con las cartas en una mano, me levanté de mi silla y decidí comenzar mi show. Les relaté la increíble historia de Lucifer acompañando nuestro viaje por el océano. Se transformaba en mujer para seducir a los hombres, en anciano para ablandar el corazón del avaro, y en niño para provocar ternura en las señoras mayores. Su mejor truco había sido convencer al mundo de que no existía. Hacía su trabajo con la paciencia de una hormiga, y la devoción de un fiel labrador.

El diablo poco a poco consumaba los pasos finales para “su” plan.

El individuo del habano rió con fuerza. Primero me había mirado con indiferencia, pero ahora comenzaba a creer la historia (y hasta le empezaba a parecer interesante).

Conté una trama maravillosa, llena de suspense y terror, que los hipnotizó. Cada tanto debía recordarle a mi audiencia que no se olvidara de respirar. Mientras caminaba en círculos, me acercaba a ellos sigilosamente y tomaba todas sus pertenencias: relojes, joyas y billeteras.

Todo el mundo se fascina con una buena historia y baja la guardia. No hay momento más ideal para tomar el dulce de un niño.

– No es mi intención asustar a tan honorables caballeros –dije– pero esta noche el infierno está vacío, porque todos los demonios están con nosotros. Si me disculpan, he de retirarme por ahora.

Me levanté con rapidez sin poder disimular una gran sonrisa. ¡Qué botín! Mis pobres habilidades en el juego eran una pérdida mínima en comparación con aquella enorme recompensa. O ellos habían sido muy ilusos, o yo era demasiado bueno mintiendo. Estaba regocijándome en mi propia victoria cuando llegó a mis oídos un sonido ensordecedor.


El momento justo en el que se desató el caos sentí un fresco escalofrío recorrer mi espalda. 1500 personas corriendo sin rumbo fijo, en un frenesí de anarquía y descontrol.

Mi instinto decidió, contrariamente a lo que yo habría querido, pasar gran parte del tiempo ayudando a mujeres y niños a subir a los botes salvavidas. Incluso, en un acto de suma generosidad (ajeno a mí, eso seguro) cedí mi sitio para que un anciano salvara su vida. “Tal como hemos vivido, así moriremos”, pasó fugazmente por mi cabeza.

El gran buque insumergible”. ¡Tonterías! Tenía suficiente dinero en joyas para comenzar una nueva vida en los Estados Unidos, y ninguna forma de gastarlo. ¡Qué desperdicio!

Escribo esta carta, a base de tinta y pluma, desde el salón de fumadores. Desconozco quién destapará la botella y se aventurará a leerla. Mi único deseo es que el mundo recuerde a Robert Ballard por lo que fue.  Mi vida terminó de forma trágica una noche en la estaba haciendo aquello que más amaba. No. No era robar; nunca lo fue. Pasé las últimas horas de mi vida hablando, maravillando al público con mis cautivadoras narraciones.

¡Oh, qué ironía! Al final, el Diablo –en forma de un mar furioso– se tragó todas nuestras almas.






FIN

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Si este cuento les gustó... quizás también disfruten de otras historias de suspenso como una sobre ser infinito, una improvisación de teatro que termina en desastre, la espera de un misterioso visitante, un relato de amor y ciencia ficción, un perturbador ruido dentro de un cajón o una en la que se ven cosas que no existen.  
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