Chesterton
decía que las historias de niños son más que verdaderas; no porque nos digan
que los dragones existen, sino porque nos enseñan que pueden vencerse.
Esa idea siempre me quedó gradaba. En el famoso
relato del escritor-aviador Antoine de
Saint-Exúpery (El Principito)
el autor nos invita a creer que lo que se puede vencer es la estupidez del
hombre.
Resulta que entré a una librería en Guatemala y El principito fue el primer libro que vi. Regateé el
precio y me lo llevé para leerlo frente a la Catedral.
Hoy ya estoy en Antigua (Guatemala) y me parece muy loco haber leído el libro
una vez más; especialmente en ese lugar.
Saint-Exúpery se inspiró en dos accidentes que casi
le quitan su vida (Libia en 1935 y
Guatemala en 1938) para
escribir este relato.
De hecho, muchos hablan de que el asteroide B- 612 (con 3 volcanes, uno inactivo, y
una muy peculiar rosa) es una clara referencia a Antigua, el lugar donde
pasó en coma cinco días y donde corrió el riesgo de la amputación de su mano de
escritor (la derecha).
El principito
es interminable, eterno.
Creo que todos deberíamos releerlo, por lo menos,
una vez cada cinco o siete años. Se lee en un par de horas, de hecho. Es
como si el libro se rescribiera cada vez que uno lo abre, sin importar que edad
tengamos.
Recuerdo que la primera vez lo encontré tirado en
la biblioteca del hotel de mi abuelo, en Coronel
Pringles… y lo leí en un desolado pasillo. Volví a encontrármelo en
repetidas ocasiones de mi vida y siempre termina emocionándome.
No importa que edad uno tenga, ni en que momento de
la vida estemos: siempre tiene algo mágico para ofrecer. Es una poesía
hecha cuento, un canto a la vida. Es cierto que se considera “literatura
infantil” por la forma en la que está escrito, los dibujos y la historia
simple. Pero en realidad es una gran metáfora que trata temas de la vida muy
profundos.
Las conversaciones entre el aviador perdido en el
Sahara y el niño revelan visiones sobre la estupidez de los adultos y la
gran sabiduría de un niño. El humor está presente y es muy sutil,
básicamente en forma de parodia y sarcasmo hacia los adultos y sus extrañas
formas de pensar el mundo.
Todos los personajes secundarios son muy ricos y
ofrecen enseñanzas ocultas que son invaluables: el rey, el vanidoso, el
borracho, el hombre de negocios, el farolero y el geógrafo, entre otros. Personifican
lo vacías que se vuelven las personas cuando se convierten en adultas. Estas
críticas van salpicando al libro a lo largo de toda la narración.
Definitivamente mi personaje preferido es el Zorro. Ese capítulo es fantástico.
El Zorro le habla al principio sobre la
“domesticación”, la responsabilidad al hacerlo y lo verdaderamente esencial en
la vida. Uno de los momentos en los que tener un pañuelo a mano es clave.
La Serpiente es otro personaje raro
(y el único, sin contar al aviador, que aparece dos veces en la historia) y,
como se sabe, tiene un papel (tristemente) fundamental.
El Principito
aporta algo cada vez más rico en cada etapa de la vida. Sus lecciones quedan
marcadas para que uno reflexione (y mucho) después de su lectura.
«No
era más que un zorro semejante a cien mil otros.
Pero
yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.»
(El principito, 1943)
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