lunes, 21 de diciembre de 2020

“Tincho siempre sale redondo” (cuento)


De los cuentos que tengo publicados en el blog, éste es el número 50. Una locura. Varios de esos cuentos tuvieron la suerte de ganar algún premio o mención. Otros quedaron como textos que escribí, me hicieron reír y los publiqué.

Éste probablemente sea uno de ellos. Contiene elementos de ficción que están, parcialmente, basados en hechos reales.




***


“Tincho siempre sale redondo”


Cuando Tincho Roque sale a trotar un primaveral martes por la tarde, encuentra una pequeña bolsita tirada en la calle. Resplandecen un par de tarucas violetas, ciervo autóctono del Noroeste Argentino que, enmarcado en el billete, tiene un valor de cien pesos. Tincho se agacha apurado a tomarlo, no vaya a ser cosa que lo vean. Es un acto orgánico, automático. Tan instintivo como respirar. Luego mira con sospecha a sus costados. Nadie lo vio, todos siguen su rumbo. No era una trampa mortal.

Le da un poco de lástima. Con el tesoro cuidadosamente guardado en su bolsillo, y el trote retomado, piensa en que seguro pertenecía a un pobre jubilado. Tincho gana bien y gasta muy poco. Ni aunque fueran 5000 pesos le haría la diferencia. Quizás al distraído abuelo sí.

¡Qué se le va a hacer! El dinero no tiene nombre. Si no es él, será otro. Se detiene en una esquina despoblada a contar sus ganancias: son 480 míseros pesos. Con eso no compra ni un six-pack de cerveza decente. No importa; es un lindo golpe de suerte, algo que no ocurre todos los días.

Sigue corriendo a buen ritmo y piensa en que si fácil viene, fácil debe irse. Es necesario que lo gaste antes de llegar a su casa o la suerte se invertirá por completo. Tincho es un poco supersticioso en ese sentido. Cree en eso de la retribución kármica: los pecados causan daño al alma. Le quedó de algún texto budista que el karma es como la muerte misma: inevitable y eminentemente individual. El individuo afronta sus acciones en solitario y, haga lo que haga, no puede escapar a sus consecuencias.

En una verdulería compra un zapallo y algunos tomates cherry para la noche. 220 pesos. Carísimo. Le sobran 260 que quiere sacarse de encima. Le molestan. Le pesan.

Tincho siempre salió hecho en su vida, sin excepción: cuando en la secundaria un compañero lo amenazó con molerlo a golpes, él lo esperó en la esquina aceptando su cruel destino. Estaba tranquilo pese a no haber peleado nunca en su vida.

El pibe nunca apareció. Un camión se lo llevó puesto con bici y todo.

Para su primer departamento universitario su tío le regaló un sillón viejo. Tenía una especie de apéndice (el sillón, no el tío). Como un intento de banqueta pequeña donde podías mantener las piernas levantadas. Era cómodo pero horrible, gastado y oscuro. Estaba tapizado de cuero verde y nunca le pudo sacar el mal olor. Pero ahí perdió su virginidad sólo unas semanas más tarde.

Cuando Tincho hace la fila en el supermercado, siempre elige la primera que encuentra. Usualmente le pasa que en la de al lado –la que pudo haber elegido– se arma tremendo cuello de botella. La última vez, una gorda se puso a filosofar sobre si la promoción del Trumpeter era 3x2 sólo si llevabas la misma variedad de vino o si las aceitunas que venían de regalo tenían morrón adentro (¡claramente se ve que sí, señora!).

A Tincho le parece que la gente es muy boluda, que se queja mucho y duerme demasiado. Él siempre dice que va a descansar cuando esté muerto. También dice que la gente tiene miedo a que le roben, que todos quieren viajar y nunca lo hacen y que ya no hay temas interesantes para discutir.

Así vive, en medio de un constante, inagotable y espantoso equilibrio. Sólo tiene que gastar aquellos 260 pesos y todo estará bien. En un autoservicio compra dos latas de cerveza, 80 cada una, y unas aceitunas rellenas. Sí, con morrón, señora. Ahora le quedan 30 mugrosos pesos que ya no sirven para nada. Considera meterlos nuevamente en la bolsita y dejarlos para el siguiente afortunado. No es mala idea. Tampoco es la mejor idea del mundo. Pero se siente bien, se siente correcto. A lo mejor un niño la encuentra y le alcanza para dos moneditas de chocolate. O una.

Se acuerda de Micaela, que amaba el chocolate pero no a él. Ya habían construido mitad de la casa. Micaela lo engañaba con un tipo que trabajaba en una heladería. Tiraban un colchón en el garage a medio edificar y tenían sexo furioso ahí nomás, sin remordimientos. ¡En una heladería trabajaba el pibe! Tincho los agarró in frangati (por eso sabe que el sexo era furioso). El culo flaco y blanco del pibe, como medio kilo de Crema Americana, no se lo va a olvidar nunca más. Mientras hacía los trámites para vender su parte del terreno, conoció a Miguel y conectaron. Eso fue hace meses y todavía siguen juntos.

Cuando Tincho deja los 30 pesos en el sobre, prolijamente apoyado en el suelo, le parece notar que transparenta un intenso color violeta. ¿No se dio cuenta de que había más dinero de lo inicialmente contado? Se divierte pensando en la posibilidad de una suerte de artefacto demoníaco sacado de un cuento de Stevenson o Stephen King.

Tincho continúa su camino dejando la bolsita mágica detrás. A los pocos metros un auto atropella a una chica. La pobre vuela dos o tres metros por el aire hasta caer dura sobre el asfalto. Todos creen que está bien, aunque su imagen es fúnebre. Más aterrador para Tincho es pensar que pudo haber sido él de no haberse tomado el tiempo de acomodar un puñado de billetes adentro de una bolsa que ahora contiene la suma exacta de 480 pesos.

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=>> Otros CUENTOS DE MI AUTORÍA en el blog: “No hay chiste sin remate”; “Los girasoles”; “Los microdélicos”; “Del texto a la vida”; “Los delicados riesgos de oprimir un botón sin leer las instrucciones”; “Un problema de perros”.

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