Debería existir un género específico para aquellas
películas que, accidentalmente, satirizan sobre eventos que todavía ni siquiera
ocurrieron. Es el caso, por ejemplo, de Wag
the Dog (“Mentiras que matan” en Argentina), una gran comedia negra de 1997
dirigida por Barry Levinson.
La obra maestra de Mike Nichols, El Graduado (1967), es una de la más icónicas de la historia del cine, con
prácticamente cada escena imitada y parodiada por actores, directores y
escritores por más de 50 años. Durante mucho tiempo, los espectadores han
quedado sin habla debido al confuso desenlace. Hoy quiero dar mi granito de
arena respecto al final.
***
ACLARACIÓN:
como se deduce del título, este post tiene grandes spoilers sobre el
argumento de la película (si bien es uno de los más conocidos del cine). #SpoilerAlert.
***
La trama en
pocas palabras
El Graduado salió en el año 1967 y fue
adaptada de un libro del mismo nombre escrito por Charles Webb. La película
sigue la vida de un joven Ben Braddock
(Dustin Hoffman).
Él acaba de terminar la universidad y no sabe qué hacer de su vida.
Desilusionado, perdido y apático, comienza un affaire con la Sra. Robinson, una mujer mayor (Anne Bancroft una
de las primeras MILFs de Hollywood) y amiga de la familia.
Braddock luego se enamora de la hija de la Sra.
Robinson, Elaine (una
deslumbrante Katharine
Ross). Cuando las familias quedan despedazadas por el descubrimiento,
Braddock se cuela en la boda de Elaine y ambos terminan subiéndose al primer
colectivo que ven. Al compás de The
Sound of Silence (de Simon and Garfunkel),
los protagonistas se quedan contemplando la incertidumbre de su futuro.
Esta es la escena final de la película:
Una
explicación sobre el final de El Graduado
El final no sólo es sobresaliente, sino además uno
de los más aclamados de la historia del séptimo arte. Conecta todo aquello de
lo que habla la cinta: la rebelión, el impulso, la confusión de llegar a la
adultez. Es genial cómo la adrenalina juvenil de los protagonistas arriba del colectivo
va progresivamente desvaneciéndose.
Quienes crean que se trata de un final “feliz”,
están completamente equivocados.
Es uno de los más trágicos que haya visto en mi
vida. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Tomaron la decisión correcta? ¿Podrán ser
felices? Los protagonistas se plantean esos mismos interrogantes al mismo
tiempo que nosotros como espectadores. De repente tienen miedos, inseguridades.
Ya no sonríen, se miran serios, considerando por primera vez la gravedad de lo
que acaban de hacer.
En esencia (y perdonen mi vocabulario) están
cagados hasta las patas.
Por otro lado, creo que el final va mucho más allá
del casamiento y la situación de los dos. La película entera puede
interpretarse como una analogía de los años ´60. La generación joven comenzaba
a revelarse contra la generación más vieja, aparecen los hippies con su
particular estilo de vida, el surrealismo es una de las corrientes más
populares, los Beatles hacen historia. En París (1968) estuvo la rebelión juvenil mundial, que deja una marca en la
cultura, y algo similar sucede en México. Aparecen la búsqueda de la libertad y
la necesidad de la individualidad.
Todo ese tumulto rebelde queda personificado en Ben Braddock, quien busca algo
diferente en su vida (aunque no sepa bien qué). Está cansado de la visión
materialista de sus padres, de “lo plástico” de la sociedad, del estilo
hipócrita que vive a su alrededor. Quiere ir en contra de todo eso, pero
verdaderamente no sabe cuál es su objetivo, hacia dónde quiere ir.
Siempre me gustó pensar que el protagonista
representa a toda una generación de jóvenes absolutamente desorientados. Y el
final no hace más que fortalecer esa idea. Es un desenlace tan ambiguo como agridulce,
dejando al espectador que decida si Ben y Elaine van a vivir juntos por siempre
o si están destinados a cometer los mismos errores que sus padres.
El Graduado
en la cultura popular
En El
Graduado, Mike
Nichols y el guionista Buck Henry se
atrevieron a hacer lo que no muchos por esa época. Nos muestran un pedacito de
lo que sucedería en la vida real luego de un argumento como el que vimos en la
película. La historia bien podría haber terminado con ellos dos riendo y
escapando felices de la boda.
Más allá del glamour, más allá del final perfecto
de libro, ellos son una pareja de desconocidos, sentados en un autobús que va
hacia ningún lado, sin ningún tipo de proyecto a futuro. Por eso esta escena
final dejó un impacto tan inmenso en la crítica del momento. Y también, gracias
a él, la película se convirtió en una de las más parodiadas de la cultura
popular.
Para cerrar la nota, los dejo con dos de las más
memorables referencias:
► Podés seguir las nuevas notas y
novedades (además de humor y críticas de cine) en mi fan-page: http://www.facebook.com/sivoriluciano. Si te
gustó, ¡compartilo o dejá un comentario!
Algo que todavía no había mencionado es la relación
entre el cine y la matemática. Son
varias las películas con presencia matemática significativa de algún tipo.
Pero la realidad es que pocas veces la matemática está en el núcleo de la
historia (admitámoslo: es aburrida y poco comercial); más bien contribuye a
dibujar una suerte de retrato social,
o sirve de contexto para la narración.
Son más las oportunidades donde hay alguna
escena centrada en un aspecto matemático (la proporción áurea en “El código Da Vinci”, 2008) o donde el protagonista es
matemático de profesión (Jeff Bridges
en “Love has two faces”, de 1996), o bien el protagonista es alguien
dotado de un gran talento matemático (Matt
Damon en “Good Will Hunting”,
1998). En este último caso, su
oficio y sus capacidades sobrepasan el nivel de anécdota y terminan por
salpicar de un cierto estilo toda la trama de la película.
Hay páginas
enteramente dedicadas a contar las escenas de cine donde la matemática se
vuelve protagonista. Una de ellas: Mathematics in Movies.
► Para
aquellos que se entretienen con los acertijos (y viendo que viene al caso): ¿a
qué películas hacen referencia estas imágenes? La respuesta al final.
La matemática como leitmotiv del cine no es uno de los más atrapantes. Sin embargo,
hay algunas excepciones donde se convierte en un disparador fascinante para los
amantes de los números.
Por ejemplo, “Los
Crímenes de Oxford” (The Oxford Murders, 2007) es un genial thriller basado en la novela del
bahiense Guillermo Martínez y
dirigida por Alex de la Iglesia. Si
no la vieron, háganlo. Está muy buena. Es una de las pocas películas que vi donde
la presencia matemática es tan fuerte que le da forma al contenido, y también
acaba mezclándose con un poco de filosofía. En la cinta, el protagonista (Elijah Wood) intenta resolver un crimen
al tiempo que se pregunta si podemos conocer realmente la verdad.
En “Los
crímenes de Oxford” el enigma se presenta más a través de diálogos
reflexivos que con acción. Me encanta la manera en la que se narra el
misterio y se mantiene la incertidumbre hasta el último minuto. Una obra que,
de alguna manera, homenajea bastante al maestro
del suspenso Hitchcock (quien hacía mucho uso de la matemática
–particularmente la geometría y el espacio– en sus historias).
Como contraparte, uno se encuentra con películas
mediocres como “El número 23” (con Jim Carrey, que salió en el mismo año 2007) donde la matemática es una
excusa burda para promocionar un thriller de suspenso que apenas tiene que ver
con matemáticas.
Una cinta interesante es “Drowning by numbers” (1988).
Durante la misma, hay un desarrollo sucesivo de números (del 1 al 100) que van
apareciendo de formas originales en cada escena. Algo similar (aunque en
reversa) pasa en un episodio de How I Met
Your Mother (Bad News, episodio 13 de la infame 6ta temporada). Ahí los
números aparecen de maneras muy creativas del 50 al 1, presagiando un final
trágico.
La primera parte de “Cube”( de 1997) siempre
me pareció muy disfrutable. En ella, un grupo desconocidos se ven encerrados
(inexplicablemente) en habitaciones llenas de trampas mortales. La película
estuvo inspirada por un episdio de idénticas características de La Dimensión Desconocida (que
ya reseñé en el blog). La forma de salir se relaciona con los números
primos y la encuentra una estudiante de matemática con ayudante de un autista
al mejor estilo Rain Man. La
geometría cúbica de la cinta, junto al ambiente de tensión y violencia, generan
una sensación de terror y claustrofobia interesante, a medida que se desarrolla
la trama.
En contraposición, “Pi (fe en el caos)” (1998)
fue una película que no me gustó para nada. Desarrolla la vida de un matemático
con esbozos de esquizofrenia, obsesionado con los números y su relación con el
medio que lo rodea. Una bizarreada a la que no le encontré demasiado sentido.
En cuestiones de esquizofrenia y obsesión matemática, es imposible dejar de
nombrar a Ron Howard y la
maravillosa “Una mente brillante”(2001).
La vida de John Nash (Russell Crowe)
se convierte en un entretenido drama donde se mezcla la ficción y la realidad,
mientras el excéntrico Nash lucha por recuperarse de su enfermedad mental.
Por su parte, “21:
BlackJack” (2008) es súper
pochoclera y está basada en un hecho real. Una entretenida cinta que relata el
viaje de cinco estudiantes del MIT (entre ellos, un siempre prolijo Jim Sturgess) y su profesor (Kevin Spacey) que han encontrado la
forma de vencer al casino al “contar cartas”. Con este método estadístico asaltan
las mesas de blackjack en los casinos de Las Vegas.
"19" "Dame" "20" "Dame otra" "21" "D´ooh!"
Entre otras películas de cuestiones matemáticas
tenemos también una española: “La
habitación de Fermat” (2007). Un
mezcla entre “Saw:
el juego del miedo” y “Cube”. Un
grupo de matemáticos son encerrados en una sala y deben resolver acertijos para
no morir. Entre dichos enigmas se encuentran varios clásicos: el problema del
zorro, el conejo y la zanahoria que deben cruzarse en barca al otro lado del
río; un enigma en código binario; el dilema del prisionero; descubrir la pauta
de una serie numérica y un problema de edades con una solución poco
convencional.
►¿Qué otras
referencias matemáticas encontraron
en el cine? Pásense a dejar un comentario. Y ahora sí, la solución al ACERTIJO:
►Podés seguir las nuevas notas y
novedades (además de humor y críticas de cine) en mi fan-page:http://www.facebook.com/sivoriluciano.
Si te gustó, ¡compartilo o dejá un
comentario!
Mi cuento tiene un
título muy extraño, pero cuando lo lean entenderán perfectamente el por qué.
Personalmente me gustó bastante, y por eso quiero compartirlo con todos. Espero
que se sorprendan y se sumerjan en esta particular historia de intriga:
"Solo hay un Dustin
Hoffman"
Lo miro completamente en silencio, justo como me indicaron. No sé bien
por qué, pero ya siento dos o tres lágrimas rodando por mi mejilla. Él está ahí
enfrente, con tanta indiferencia en su rostro que ya comienza a irritarme.
Cinco minutos antes el profesor de teatro nos explicaba el ejercicio.
Caminaba con lentitud sobre la alfombra de aquel galpón de madera que usábamos
para ensayar.
– Vamos a trabajar sobre las emociones negativas –dijo.
Era un joven apuesto que rondaba los 30, alto y delgado, con una
cabellera larga y dorada que seguro deseaban varias mujeres. Le decíamos “Max”,
por Maximiliano.
– Cualquier persona es capaz de enojarse. Eso es fácil –continuó
mientras deambulaba en círculos por el escenario–. Pero enojarse con la persona
indicada, en la intensidad correcta, por motivos justos y de la forma más
adecuada… eso es lo difícil. Lo dijo Aristóteles, ¡y qué razón tenía! Lo mismo
sucede con cada emoción, el llanto, la alegría, la sorpresa, la ira… Cuando a
Dustin Hoffman el director le pide que llore, lo hace. ¡Y cómo lo hace! Pero
cuando la escena termina, él también corta. Eso es porque se aferra a un recuerdo
que ya tiene superado. Le provoca tristeza, pero no hace catarsis. Eso es lo
que quiero que hagan, chicos.
El profesor juntó sus manos y nos miró. Cuando llegó hasta mí se
detuvo diciendo:
– Sandra, ¿te animás? ¿Qué te parece subir con Miguel? Creo que sería
muy interesante. Quiero que sientas una emoción muy negativa y la exageres.
Miguel: te vas a dirigir a tu esposa con total indiferencia. Tenés que ser
agresivo con la mirada, para que ella pueda canalizar esa emoción negativa. Se
miran uno a otro, sin sacarse los ojos de encima, y sin decir absolutamente
nada. ¿Vemos que sale?
Y ahora acá estoy yo, viendo que sale. Observo a Miguel y de pronto
recuerdo como empezó todo. Tengo 33 años, él 35. Lo conocí hace un año y sin
querer quedamos embarazados. A él no pareció molestarle. Nos casamos enseguida,
pero no sabíamos nada uno del otro. Es imposible conocer a una persona en un
año; ni en diez tampoco, creo. Empezamos teatro como un intento de hacer algo
juntos y descubrir cosas uno de otro. Y ahora estoy llorando frente a él, con
su mirada despreocupada y toda la clase como testigos.
Elijo recordar a mi perro, que murió cuando era una niña. Con Mamá le
habíamos hecho un entierro y todo. Se llamaba “Max”… Max, qué curioso: igualito
que mi guapo profesor. Amo a Miguel, pero si él no estuviera en mi vida… Max
definitivamente sería de “mi estilo”.
¡Qué desperdicio que sea gay!
Así que la frase la había dicho Aristóteles. Miguel suele citarlo mucho.
¿Max? ¿No se llama así también un amigo de Miguel que viene a la ciudad cada
tanto? No sé por qué me pongo a pensar
estas cosas. Tendría que enfocarme en recuerdos tristes, como el de mi perro.
Encima Miguel no para de mirarme.
Una lagrima rueda por mi mejilla, el sabor salado me vuelve a la realidad
con brusquedad. Las lágrimas están cayendo de forma descontrolada, pero no
tiene sentido. No me siento triste.
¿Quién fue el que quiso empezar con teatro? Fue Miguel, sí. Él
descubrió este lugar. Me dijo que Max era bueno en lo suyo… ¿y cómo lo sabía?
Max… como mi perro muerto. Me empieza a molestar demasiado el rostro de Miguel.
Así me mira por las noches cada vez que hacemos el amor. El sexo es vacío, sin
gracia, sin diversión. Es porque no nos conocemos mucho todavía.
¡Maldición! Mis ojos están vidriosos, repletos de lágrimas. ¿Cuánto le
falta a este ejercicio de mierda? ¡Qué incómodo! Esto no tendría que estar
pasando. Encima todo el mundo me está mirando, Max, Miguel…
Mis pensamientos se detienen en seco y de pronto mi corazón da un
vuelvo. Tiemblo. Al fin, secreta e íntimamente, me doy cuenta de la verdad. Max
y Miguel. Max, como mi perro que murió, como el amigo que visita a mi esposo
cuando viene a la ciudad. ¿Cómo pude ser tan estúpida?
No puedo evitar ver a Max. No nos mira a nosotros, lo mira a él. Creo
que enseguida se da cuenta porque lo escucho decir:
– Basta, corten. Fin de la escena.
Lo intento pero es imposible. Mis lágrimas son más reales de lo que
había esperado, ya no se detienen. Supongo que no soy Dustin Hoffman.