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miércoles, 19 de junio de 2019

“Wag the Dog” y la manipulación de los medios


Debería existir un género específico para aquellas películas que, accidentalmente, satirizan sobre eventos que todavía ni siquiera ocurrieron. Es el caso, por ejemplo, de Wag the Dog (“Mentiras que matan” en Argentina), una gran comedia negra de 1997 dirigida por Barry Levinson.


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martes, 21 de noviembre de 2017

Una explicación sobre el final de “El graduado”

La obra maestra de Mike Nichols, El Graduado (1967), es una de la más icónicas de la historia del cine, con prácticamente cada escena imitada y parodiada por actores, directores y escritores por más de 50 años. Durante mucho tiempo, los espectadores han quedado sin habla debido al confuso desenlace. Hoy quiero dar mi granito de arena respecto al final.


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ACLARACIÓN: como se deduce del título, este post tiene grandes spoilers sobre el argumento de la película (si bien es uno de los más conocidos del cine). #SpoilerAlert.

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La trama en pocas palabras

El Graduado salió en el año 1967 y fue adaptada de un libro del mismo nombre escrito por Charles Webb. La película sigue la vida de un joven Ben Braddock (Dustin Hoffman). Él acaba de terminar la universidad y no sabe qué hacer de su vida. Desilusionado, perdido y apático, comienza un affaire con la Sra. Robinson, una mujer mayor (Anne Bancroft una de las primeras MILFs de Hollywood) y amiga de la familia.

Braddock luego se enamora de la hija de la Sra. Robinson, Elaine (una deslumbrante Katharine Ross). Cuando las familias quedan despedazadas por el descubrimiento, Braddock se cuela en la boda de Elaine y ambos terminan subiéndose al primer colectivo que ven. Al compás de The Sound of Silence (de Simon and Garfunkel), los protagonistas se quedan contemplando la incertidumbre de su futuro.

Esta es la escena final de la película:


Una explicación sobre el final de El Graduado

El final no sólo es sobresaliente, sino además uno de los más aclamados de la historia del séptimo arte. Conecta todo aquello de lo que habla la cinta: la rebelión, el impulso, la confusión de llegar a la adultez. Es genial cómo la adrenalina juvenil de los protagonistas arriba del colectivo va progresivamente desvaneciéndose.

Quienes crean que se trata de un final “feliz”, están completamente equivocados.

Es uno de los más trágicos que haya visto en mi vida. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Tomaron la decisión correcta? ¿Podrán ser felices? Los protagonistas se plantean esos mismos interrogantes al mismo tiempo que nosotros como espectadores. De repente tienen miedos, inseguridades. Ya no sonríen, se miran serios, considerando por primera vez la gravedad de lo que acaban de hacer.

En esencia (y perdonen mi vocabulario) están cagados hasta las patas.


Por otro lado, creo que el final va mucho más allá del casamiento y la situación de los dos. La película entera puede interpretarse como una analogía de los años ´60. La generación joven comenzaba a revelarse contra la generación más vieja, aparecen los hippies con su particular estilo de vida, el surrealismo es una de las corrientes más populares, los Beatles hacen historia. En París (1968) estuvo la rebelión juvenil mundial, que deja una marca en la cultura, y algo similar sucede en México. Aparecen la búsqueda de la libertad y la necesidad de la individualidad.

Todo ese tumulto rebelde queda personificado en Ben Braddock, quien busca algo diferente en su vida (aunque no sepa bien qué). Está cansado de la visión materialista de sus padres, de “lo plástico” de la sociedad, del estilo hipócrita que vive a su alrededor. Quiere ir en contra de todo eso, pero verdaderamente no sabe cuál es su objetivo, hacia dónde quiere ir.

Siempre me gustó pensar que el protagonista representa a toda una generación de jóvenes absolutamente desorientados. Y el final no hace más que fortalecer esa idea. Es un desenlace tan ambiguo como agridulce, dejando al espectador que decida si Ben y Elaine van a vivir juntos por siempre o si están destinados a cometer los mismos errores que sus padres.


El Graduado en la cultura popular

En El GraduadoMike Nichols y el guionista Buck Henry se atrevieron a hacer lo que no muchos por esa época. Nos muestran un pedacito de lo que sucedería en la vida real luego de un argumento como el que vimos en la película. La historia bien podría haber terminado con ellos dos riendo y escapando felices de la boda.


Más allá del glamour, más allá del final perfecto de libro, ellos son una pareja de desconocidos, sentados en un autobús que va hacia ningún lado, sin ningún tipo de proyecto a futuro. Por eso esta escena final dejó un impacto tan inmenso en la crítica del momento. Y también, gracias a él, la película se convirtió en una de las más parodiadas de la cultura popular.

Para cerrar la nota, los dejo con dos de las más memorables referencias:

Lauren Graham en Seinfeld:


La mamá de Stifler, en American Pie:


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lunes, 6 de julio de 2015

Ingredientes matemáticos en el cine


El cine, poco a poco, se fue convirtiendo en uno de los temas centrales de este blog (a la cabeza con la literatura). “El cine y el ajedrez”, “Cuatro filosofías de vida en el cine”, “5 citas incorrectas en el cine y en la literatura” son algunos de los temas que se fueron dando. También en una ocasión hablé del Macguffin y otros técnicas narrativas y de los guiones cinematográficos.

Algo que todavía no había mencionado es la relación entre el cine y la matemática. Son varias las películas con presencia matemática significativa de algún tipo. Pero la realidad es que pocas veces la matemática está en el núcleo de la historia (admitámoslo: es aburrida y poco comercial); más bien contribuye a dibujar una suerte de retrato social, o sirve de contexto para la narración.

Son más las oportunidades donde hay alguna escena centrada en un aspecto matemático (la proporción áurea en “El código Da Vinci”, 2008) o donde el protagonista es matemático de profesión (Jeff Bridges en “Love has two faces”, de 1996), o bien el protagonista es alguien dotado de un gran talento matemático (Matt Damon en “Good Will Hunting”, 1998). En este último caso, su oficio y sus capacidades sobrepasan el nivel de anécdota y terminan por salpicar de un cierto estilo toda la trama de la película. 

Hay páginas enteramente dedicadas a contar las escenas de cine donde la matemática se vuelve protagonista. Una de ellas: Mathematics in Movies.

Para aquellos que se entretienen con los acertijos (y viendo que viene al caso): ¿a qué películas hacen referencia estas imágenes? La respuesta al final.


La matemática como leitmotiv del cine no es uno de los más atrapantes. Sin embargo, hay algunas excepciones donde se convierte en un disparador fascinante para los amantes de los números. 

Por ejemplo, “Los Crímenes de Oxford” (The Oxford Murders, 2007) es un genial thriller basado en la novela del bahiense Guillermo Martínez y dirigida por Alex de la Iglesia. Si no la vieron, háganlo. Está muy buena. Es una de las pocas películas que vi donde la presencia matemática es tan fuerte que le da forma al contenido, y también acaba mezclándose con un poco de filosofía. En la cinta, el protagonista (Elijah Wood) intenta resolver un crimen al tiempo que se pregunta si podemos conocer realmente la verdad.

En “Los crímenes de Oxford” el enigma se presenta más a través de diálogos reflexivos que con acción. Me encanta la manera en la que se narra el misterio y se mantiene la incertidumbre hasta el último minuto. Una obra que, de alguna manera, homenajea bastante al maestro del suspenso Hitchcock (quien hacía mucho uso de la matemática –particularmente la geometría y el espacio– en sus historias).

Como contraparte, uno se encuentra con películas mediocres como “El número 23” (con Jim Carrey, que salió en el mismo año 2007) donde la matemática es una excusa burda para promocionar un thriller de suspenso que apenas tiene que ver con matemáticas.

Una cinta interesante es “Drowning by numbers” (1988). Durante la misma, hay un desarrollo sucesivo de números (del 1 al 100) que van apareciendo de formas originales en cada escena. Algo similar (aunque en reversa) pasa en un episodio de How I Met Your Mother (Bad News, episodio 13 de la infame 6ta temporada). Ahí los números aparecen de maneras muy creativas del 50 al 1, presagiando un final trágico.

La primera parte de “Cube”( de 1997) siempre me pareció muy disfrutable. En ella, un grupo desconocidos se ven encerrados (inexplicablemente) en habitaciones llenas de trampas mortales. La película estuvo inspirada por un episdio de idénticas características de La Dimensión Desconocida (que ya reseñé en el blog). La forma de salir se relaciona con los números primos y la encuentra una estudiante de matemática con ayudante de un autista al mejor estilo Rain Man. La geometría cúbica de la cinta, junto al ambiente de tensión y violencia, generan una sensación de terror y claustrofobia interesante, a medida que se desarrolla la trama.

En contraposición, “Pi (fe en el caos)” (1998) fue una película que no me gustó para nada. Desarrolla la vida de un matemático con esbozos de esquizofrenia, obsesionado con los números y su relación con el medio que lo rodea. Una bizarreada a la que no le encontré demasiado sentido. En cuestiones de esquizofrenia y obsesión matemática, es imposible dejar de nombrar a Ron Howard y la maravillosa “Una mente brillante”(2001). La vida de John Nash (Russell Crowe) se convierte en un entretenido drama donde se mezcla la ficción y la realidad, mientras el excéntrico Nash lucha por recuperarse de su enfermedad mental.

Por su parte, “21: BlackJack” (2008) es súper pochoclera y está basada en un hecho real. Una entretenida cinta que relata el viaje de cinco estudiantes del MIT (entre ellos, un siempre prolijo Jim Sturgess) y su profesor (Kevin Spacey) que han encontrado la forma de vencer al casino al “contar cartas”. Con este método estadístico asaltan las mesas de blackjack en los casinos de Las Vegas.


"19" "Dame" "20" "Dame otra" "21" "D´ooh!"

Entre otras películas de cuestiones matemáticas tenemos también una española: “La habitación de Fermat” (2007). Un mezcla entre “Saw: el juego del miedo” y “Cube”. Un grupo de matemáticos son encerrados en una sala y deben resolver acertijos para no morir. Entre dichos enigmas se encuentran varios clásicos: el problema del zorro, el conejo y la zanahoria que deben cruzarse en barca al otro lado del río; un enigma en código binario; el dilema del prisionero; descubrir la pauta de una serie numérica y un problema de edades con una solución poco convencional.

  ¿Qué otras referencias matemáticas encontraron en el cine? Pásense a dejar un comentario. Y ahora sí, la solución al ACERTIJO:
  

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miércoles, 30 de enero de 2013

“Sólo hay un Dustin Hoffman” (cuento)


Mi cuento tiene un título muy extraño, pero cuando lo lean entenderán perfectamente el por qué. Personalmente me gustó bastante, y por eso quiero compartirlo con todos. Espero que se sorprendan y se sumerjan en esta particular historia de intriga:



"Solo hay un Dustin Hoffman"


Lo miro completamente en silencio, justo como me indicaron. No sé bien por qué, pero ya siento dos o tres lágrimas rodando por mi mejilla. Él está ahí enfrente, con tanta indiferencia en su rostro que ya comienza a irritarme.

Cinco minutos antes el profesor de teatro nos explicaba el ejercicio. Caminaba con lentitud sobre la alfombra de aquel galpón de madera que usábamos para ensayar.

– Vamos a trabajar sobre las emociones negativas –dijo.

Era un joven apuesto que rondaba los 30, alto y delgado, con una cabellera larga y dorada que seguro deseaban varias mujeres. Le decíamos “Max”, por Maximiliano.

– Cualquier persona es capaz de enojarse. Eso es fácil –continuó mientras deambulaba en círculos por el escenario–. Pero enojarse con la persona indicada, en la intensidad correcta, por motivos justos y de la forma más adecuada… eso es lo difícil. Lo dijo Aristóteles, ¡y qué razón tenía! Lo mismo sucede con cada emoción, el llanto, la alegría, la sorpresa, la ira… Cuando a Dustin Hoffman el director le pide que llore, lo hace. ¡Y cómo lo hace! Pero cuando la escena termina, él también corta. Eso es porque se aferra a un recuerdo que ya tiene superado. Le provoca tristeza, pero no hace catarsis. Eso es lo que quiero que hagan, chicos.

El profesor juntó sus manos y nos miró. Cuando llegó hasta mí se detuvo diciendo:

– Sandra, ¿te animás? ¿Qué te parece subir con Miguel? Creo que sería muy interesante. Quiero que sientas una emoción muy negativa y la exageres. Miguel: te vas a dirigir a tu esposa con total indiferencia. Tenés que ser agresivo con la mirada, para que ella pueda canalizar esa emoción negativa. Se miran uno a otro, sin sacarse los ojos de encima, y sin decir absolutamente nada. ¿Vemos que sale?

Y ahora acá estoy yo, viendo que sale. Observo a Miguel y de pronto recuerdo como empezó todo. Tengo 33 años, él 35. Lo conocí hace un año y sin querer quedamos embarazados. A él no pareció molestarle. Nos casamos enseguida, pero no sabíamos nada uno del otro. Es imposible conocer a una persona en un año; ni en diez tampoco, creo. Empezamos teatro como un intento de hacer algo juntos y descubrir cosas uno de otro. Y ahora estoy llorando frente a él, con su mirada despreocupada y toda la clase como testigos.

Elijo recordar a mi perro, que murió cuando era una niña. Con Mamá le habíamos hecho un entierro y todo. Se llamaba “Max”… Max, qué curioso: igualito que mi guapo profesor. Amo a Miguel, pero si él no estuviera en mi vida… Max definitivamente sería de “mi estilo”.  ¡Qué desperdicio que sea gay!

Así que la frase la había dicho Aristóteles. Miguel suele citarlo mucho. ¿Max? ¿No se llama así también un amigo de Miguel que viene a la ciudad cada tanto?  No sé por qué me pongo a pensar estas cosas. Tendría que enfocarme en recuerdos tristes, como el de mi perro. Encima Miguel no para de mirarme.

Una lagrima rueda por mi mejilla, el sabor salado me vuelve a la realidad con brusquedad. Las lágrimas están cayendo de forma descontrolada, pero no tiene sentido. No me siento triste.

¿Quién fue el que quiso empezar con teatro? Fue Miguel, sí. Él descubrió este lugar. Me dijo que Max era bueno en lo suyo… ¿y cómo lo sabía? Max… como mi perro muerto. Me empieza a molestar demasiado el rostro de Miguel. Así me mira por las noches cada vez que hacemos el amor. El sexo es vacío, sin gracia, sin diversión. Es porque no nos conocemos mucho todavía.

¡Maldición! Mis ojos están vidriosos, repletos de lágrimas. ¿Cuánto le falta a este ejercicio de mierda? ¡Qué incómodo! Esto no tendría que estar pasando. Encima todo el mundo me está mirando, Max, Miguel…

Mis pensamientos se detienen en seco y de pronto mi corazón da un vuelvo. Tiemblo. Al fin, secreta e íntimamente, me doy cuenta de la verdad. Max y Miguel. Max, como mi perro que murió, como el amigo que visita a mi esposo cuando viene a la ciudad. ¿Cómo pude ser tan estúpida?

No puedo evitar ver a Max. No nos mira a nosotros, lo mira a él. Creo que enseguida se da cuenta porque lo escucho decir:

– Basta, corten. Fin de la escena.

Lo intento pero es imposible. Mis lágrimas son más reales de lo que había esperado, ya no se detienen. Supongo que no soy Dustin Hoffman.


FIN


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