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viernes, 9 de junio de 2017

“A serious button”: mi cuento en el videojuego Thimbleweed Park

Una nota curiosa.

El año pasado surgió una convocatoria extraña. Como parte de la “Biblioteca Oculta” que está dentro del nuevo juego de aventura gráfica Thimbleweed Park, el creador (Ron Gilbert, la mente maestra detrás de clásicos “point and click” como Maniac Mansion y las primeras dos entregas de Monkey Island) lanzó una especie de concurso.

Por cierto, la versión podcastera está por ACÁ.






jueves, 17 de diciembre de 2015

“Los delicados riesgos de oprimir un botón sin leer las instrucciones” (microrrelato)


Fue un muy buen año a nivel de escritura para mí; el mejor, de hecho. 

Este 2015 no sólo escribi más que nunca (casi obsesivamente), sino que además fui reconocido con varios premios en el ámbito nacional e internacional. De uno de ellos, quizás el más importante de mi carrera hasta ahora, hablaré más adelante.

Entre otras noticias, publiqué un cuento en Axxon y hace poquito la editorial argentina Pelos de Punta me invitó a participar de su próxima antología de terror. Además me llevé un segundo premio por un relato, mi segunda novela quedó finalista en un concurso internacional (no ganó, lamentablemente) y obtuve dos primeros premios.

Uno de ellos es el primer lugar en el “II Concurso Literario Internacional Abriendo Puertas 2015”, procedente de Cuba. El microrrelato ganador –seleccionado entre 171 textos de todo el mundo– es éste, y aprovecho a compartirlo. 

Espero que les guste. Personalmente es uno de mis favoritos. Pronto va a ser publicado y difundido en algunas revistas especializadas.

Se publicó en la Revista Digital Epicentro Nro. 1 de agosto 2016 (Cuba):


***

“Los delicados riesgos de oprimir un botón sin leer las instrucciones”

—Excelente, Sr. Stein. ¿Funcionará?
— No lo sé—. Click.
Click.
—Sé lo no.
—¿Funcionará? Stein. Sr, excelente.
—Reversará se tiempo el, botón este presione cuando. ¡Tiempo del máquina una! Juguete preciado más mi finalizado he ayer, finalmente. Igor, gracias no.
—¿Café desea Sr.?
— ¡Viniste que bueno qué, Igor!

La Historia se desvanece. La ciencia se marchita. Las murallas se derrumban. Civilizaciones desaparecen. Primitivas herramientas se desmontan. Babean autótrofos seres. La expansión se contrae.
Caliente y denso estado en Universo.
Bang Big.

PRINCIPIO

***


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=>> Otros cuentos PREMIADOS de mi autoría: “Implacablemente suyo”; “Castillos en el aire”; “El hombre del 4-D”; “A veces vuelven”.

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miércoles, 30 de enero de 2013

“Sólo hay un Dustin Hoffman” (cuento)


Mi cuento tiene un título muy extraño, pero cuando lo lean entenderán perfectamente el por qué. Personalmente me gustó bastante, y por eso quiero compartirlo con todos. Espero que se sorprendan y se sumerjan en esta particular historia de intriga:



"Solo hay un Dustin Hoffman"


Lo miro completamente en silencio, justo como me indicaron. No sé bien por qué, pero ya siento dos o tres lágrimas rodando por mi mejilla. Él está ahí enfrente, con tanta indiferencia en su rostro que ya comienza a irritarme.

Cinco minutos antes el profesor de teatro nos explicaba el ejercicio. Caminaba con lentitud sobre la alfombra de aquel galpón de madera que usábamos para ensayar.

– Vamos a trabajar sobre las emociones negativas –dijo.

Era un joven apuesto que rondaba los 30, alto y delgado, con una cabellera larga y dorada que seguro deseaban varias mujeres. Le decíamos “Max”, por Maximiliano.

– Cualquier persona es capaz de enojarse. Eso es fácil –continuó mientras deambulaba en círculos por el escenario–. Pero enojarse con la persona indicada, en la intensidad correcta, por motivos justos y de la forma más adecuada… eso es lo difícil. Lo dijo Aristóteles, ¡y qué razón tenía! Lo mismo sucede con cada emoción, el llanto, la alegría, la sorpresa, la ira… Cuando a Dustin Hoffman el director le pide que llore, lo hace. ¡Y cómo lo hace! Pero cuando la escena termina, él también corta. Eso es porque se aferra a un recuerdo que ya tiene superado. Le provoca tristeza, pero no hace catarsis. Eso es lo que quiero que hagan, chicos.

El profesor juntó sus manos y nos miró. Cuando llegó hasta mí se detuvo diciendo:

– Sandra, ¿te animás? ¿Qué te parece subir con Miguel? Creo que sería muy interesante. Quiero que sientas una emoción muy negativa y la exageres. Miguel: te vas a dirigir a tu esposa con total indiferencia. Tenés que ser agresivo con la mirada, para que ella pueda canalizar esa emoción negativa. Se miran uno a otro, sin sacarse los ojos de encima, y sin decir absolutamente nada. ¿Vemos que sale?

Y ahora acá estoy yo, viendo que sale. Observo a Miguel y de pronto recuerdo como empezó todo. Tengo 33 años, él 35. Lo conocí hace un año y sin querer quedamos embarazados. A él no pareció molestarle. Nos casamos enseguida, pero no sabíamos nada uno del otro. Es imposible conocer a una persona en un año; ni en diez tampoco, creo. Empezamos teatro como un intento de hacer algo juntos y descubrir cosas uno de otro. Y ahora estoy llorando frente a él, con su mirada despreocupada y toda la clase como testigos.

Elijo recordar a mi perro, que murió cuando era una niña. Con Mamá le habíamos hecho un entierro y todo. Se llamaba “Max”… Max, qué curioso: igualito que mi guapo profesor. Amo a Miguel, pero si él no estuviera en mi vida… Max definitivamente sería de “mi estilo”.  ¡Qué desperdicio que sea gay!

Así que la frase la había dicho Aristóteles. Miguel suele citarlo mucho. ¿Max? ¿No se llama así también un amigo de Miguel que viene a la ciudad cada tanto?  No sé por qué me pongo a pensar estas cosas. Tendría que enfocarme en recuerdos tristes, como el de mi perro. Encima Miguel no para de mirarme.

Una lagrima rueda por mi mejilla, el sabor salado me vuelve a la realidad con brusquedad. Las lágrimas están cayendo de forma descontrolada, pero no tiene sentido. No me siento triste.

¿Quién fue el que quiso empezar con teatro? Fue Miguel, sí. Él descubrió este lugar. Me dijo que Max era bueno en lo suyo… ¿y cómo lo sabía? Max… como mi perro muerto. Me empieza a molestar demasiado el rostro de Miguel. Así me mira por las noches cada vez que hacemos el amor. El sexo es vacío, sin gracia, sin diversión. Es porque no nos conocemos mucho todavía.

¡Maldición! Mis ojos están vidriosos, repletos de lágrimas. ¿Cuánto le falta a este ejercicio de mierda? ¡Qué incómodo! Esto no tendría que estar pasando. Encima todo el mundo me está mirando, Max, Miguel…

Mis pensamientos se detienen en seco y de pronto mi corazón da un vuelvo. Tiemblo. Al fin, secreta e íntimamente, me doy cuenta de la verdad. Max y Miguel. Max, como mi perro que murió, como el amigo que visita a mi esposo cuando viene a la ciudad. ¿Cómo pude ser tan estúpida?

No puedo evitar ver a Max. No nos mira a nosotros, lo mira a él. Creo que enseguida se da cuenta porque lo escucho decir:

– Basta, corten. Fin de la escena.

Lo intento pero es imposible. Mis lágrimas son más reales de lo que había esperado, ya no se detienen. Supongo que no soy Dustin Hoffman.


FIN


miércoles, 23 de enero de 2013

“El reloj de pared” (cuento)


Hace no mucho tiempo me contactó José Antonio Hervás, un señor español que lleva adelante un proyecto muy interesante

Se trata de la página “Matemáticas y Poesía”, donde se comparten temas de matemática, monografías, pasatiempos, humor y otros muy valiosos recursos para estudiantes. 

Es un sitio muy bien trabajado, con mucho material y más de 50.000 visitas al mes.



Otra de las secciones de la página es “Colaboraciones Literarias” y ahí es donde entro yo. El administrador del proyecto me ofreció colaborar con su página con un cuento y, por supuesto, así lo hice. Quiero compartirlo con ustedes porque es un relato de suspenso muy lindo que me emocionó. Quizás no sea brillante, pero tiene un buen grado de originalidad.

Haciendo click acá pueden encontrar una mini-biografía mía preparada por la página. La misma expresa: “El joven escritor argentino Luciano Sívori es uno de los autores que en esta ocasión se asoman a las páginas de Matemáticas y Poesía para dejar una aureola de prestigio y belleza literaria en los contenidos del sitio”.


SOBRE EL RELATO: en el cuento de suspenso que les obsequié (“El reloj de pared”), una pareja de ancianos recuerda su infancia y sus desencuentros a lo largo de 30 años, mientras aguardan la llegada de un misterioso visitante.

Puede leerlo directamente de la página, haciendo click acá.

¡Espero que puedan leerlo y comentarlo! 

Por sobre todo ojalá logre sorprender y emocionar con estas pocas palabras. Les dejo un pequeño fragmento de la historia como cierre de este post:





“– ¿A qué hora dijo que venía?

Alberto la siguió observando con expresión de lejanía y dobló su cuello para observar un reloj de pared que colgaba detrás de la puerta de entrada a la casa. Marcaba la hora exacta con unas finas agujas de oro (…) y tenía más de cien años en la familia

– Dentro de diez minutos, más o menos – respondió él.

– ¿Creés que va a venir a tiempo?

Alberto asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado.

– Siempre llega a tiempo – fue la vaga respuesta.”



Otros cuentos de mi autoría publicados en el blog:


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martes, 15 de enero de 2013

“Esas cosas no existen” (cuento)

Versión narrada en este link.



“Esas cosas no existen”


Por
Luciano Sívori


Una vez – invención de mi memoria, sueño, no estoy seguro – Mamá me dio las llaves de la habitación 226. “Necesito que te fijes si tiene una cama matrimonial doble o dos camas simples”, me ordenó. Era una tarea sencilla como las que solía cumplir de ayudante, forzosamente, ad-honorem de mi familia.

Mamá y Papá habían comprado el hotel y lo habían remodelado a su gusto. La primera vez que lo vieron percibieron la absoluta tranquilidad del lugar, los grandes espacios y largos pasillos silenciosos. Era el lugar perfecto para pasar inadvertido. Ellos venían escapándose de algo, soy chiquito pero entiendo dos o tres cosas. A fin de cuentas, ya tengo 13 años.

El hotel era el lugar perfecto para retraerse del mundo y meditar en soledad. ¡Dios sabe cuántos libros habré leídos sentado en los pasillos o tirado sobre los sillones! Ese hotel era un lugar de encanto diurno para mí, pero también generaba terrores nocturnos. Mamá siempre me enviaba a revisar cosas en los corredores y cuartos, y usualmente no era un problema. 

Mis temores se acrecentaban considerablemente por la noche, cuando mi mente daba alas libres a la imaginación. Esas noches, una carrera desesperada me forzaba a ir prendiendo luces a través de los pasillos. Caminaba en zigzag, con una respiración profunda, y sospechando que en cada rincón oscuro acechaba un monstruo abominable. Volvía a respirar con tranquilidad solo cuando alcanzaba la recepción y Mamá me veía con esa sonrisa encantadora. “¿Ya está?”, me preguntaba. Y yo movía la cabeza.

En fin, les contaba de la vez que Mamá me dio las llaves de la habitación 226. Ese día, la idea de volver a internarme en los silenciosos pasillos de mi adorado hotel me agradaba aún menos de lo normal. Comencé a subir la escalera con cautela y advertí mi miedo de siempre, pero había algo distinto. Era una idea absurda: esas cosas no existen. Ya soy grande, no tengo porque temer a absurdas historias de niños. Y sin embargo el temor estaba allí, latente. Por más que fuera prendiendo luces en el camino, estaba convencido de que en cualquier momento un monstruo saltaría con sus manos a capturarme. El miedo a que hubiera algo allí en la oscuridad, agazapado al acecho y listo para salir, era más fuerte.

Llegué a la puerta de la 226 con mi corazón latiendo a mil por hora. Cada puerta tiene un sinfín de anécdotas detrás: parejas que han hecho el amor; familias que quizás han pasado una noche fuera de sus casas, en busca de la aventura; niños que han saltado sobre las camas, pretendiendo que el piso arde fuerte como la lava montañosa. ¿Qué habría sucedido más allá del umbral frente a mí? Me quedé unos segundos congelado, pensando en las mil posibilidades, en lugar de simplemente entrar. 

Una demora innecesaria: ya tenía 13 años, era un chico grande. Tomé coraje y giré la llave.

Ni bien se abrió la puerta brotó de adentro un delicioso olor a rosas, una esencia compacta que se había concentrado y ahora se expandía hacia el pasillo. No esperaba que fuera de otra manera: Mamá se encargaba de arreglar cada uno de los cuartos personalmente. La habitación estaba en penumbras. Unas ligeras cortinas de color damasco ocultaban las ventanas, y unos pequeños paneles en el cielo raso dejaban entrar una suave luz difusa. La habitación era enorme y estaba únicamente decorada con algunos objetos prácticos como un pequeño ropero y una mesita de luz. En el centro se ubicaba la cama matrimonial, cuya cabecera se apoyaba contra la pared más alejada de la puerta. Así que era una cama matrimonial, al fin.

Salí y cuando cerré la puerta un fresco escalofrío recorrió mi espalda. Mi corazón volvió a latir alocadamente. ¿Qué esperan? Soy solo un niño de 13 años, tengo derecho a tener un poquito de miedo. Caminé de forma apresurada sintiendo que algo (o alguien) me seguía los pasos muy de cerca. ¿Había algo dentro de esa habitación? ¿Era posible que hubiera sido liberado al girar la llave? He leído historias, relatos de terror. Un tío mío me contó que estaban velando a un amigo de un amigo cuando escucharon ruidos dentro del cajón. La abuela también me dijo que una vez, mientras dormía, abrió los ojos y se dio cuenta que estaba levitando. ¡Esas cosas pasan, esas cosas sí existen!

Bajé las escalaras de dos en dos y me apuré a la recepción. Allá estaba Mamá, sonriendo. “¿Ya está?”, me preguntó como siempre. “ – le dije – es una cama matrimonial. Pero creo que hay alguien allá. Sentí algo”.

Mamá me miró con ternura en sus ojos. Se acercó y tomó mis cachetes con sus manos. “Tranquilo, hijo. Ya te lo expliqué: los humanos no existen, son puros cuentos”. Respiré un poco más relajado, pero mi mirada quedó fija en un punto vago. Soy chiquito, pero me doy cuenta de cosas. Los humanos sí existen, pero no están acá. Mamá y Papá lo discuten cuando creen que estoy dormido, piensan que ya estamos a salvo. Yo, por mi lado, sigo espantado con la idea  de encontrarme cara a cara con uno de ellos, como sea que sean, en algunos de los desolados pasillos del hotel de mi familia.

FIN

Otros cuentos de suspenso:

"La historia repetida"
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