Hay
despedidas que no hacen ruido. No tienen fecha, ni palabras, ni un último
abrazo que las confirme. Simplemente pasan. Este cuento recorre ese territorio
silencioso: el de las primeras veces que, en realidad, fueron finales.
***
Cambiás un gesto, dejás de decir algo, mirás distinto… y sin darte cuenta, ya
no sos del todo quien eras. Eso es un poco lo que busqué explorar en este
relato que tiene un pequeño concepto sci-fi (algunos dirán “blackmirrorense”):
la existencia de un museo que te permite revivir tus primeras veces.
¡Bienvenidos
al cuento °94 publicado en el blog! Hoy: Las despedidas invisibles.
Espero que puedan disfrutarlo.
***
“Las despedidas invisibles”
Lupa Sívori
Entrás sin
darte cuenta en qué momento cruzaste la puerta. No hay cartel, ni boletería, ni
nadie que te reciba con esa sonrisa automática de los museos que quieren
parecer importantes. Solo un pasillo largo, blanco, demasiado limpio para ser
real, con luces que no sabés de dónde salen.
Te sorprende
no ver a nadie. O peor aún: que tal vez sí haya alguien y simplemente no lo
estás viendo. Esa sensación te acompaña en el avance, como cuando estás segura
de que alguien gritó tu nombre y, al darte vuelta, seguís estando sola.
Al principio pensás que es un museo más del montón, medio pretencioso, un toque vacío. Hay vitrinas, placas y objetos cuidadosamente acomodados. Todo cambia cuando te acercás a la primera vitrina. Detrás del vidrio leés:
“Primera vez que te llamaron por tu nombre completo para retarte.”
No lo
recordabas. O creías que no.
Y sin
embargo, apenas leés la placa, te vuelve todo al cuerpo: el tono de voz de tu
vieja, el calor en tu cara, la sensación incómoda de haber sido descubierta en
algo que ahora ni siquiera te parece tan grave. No es un recuerdo que mirás
desde afuera. Es uno en el que caés. El piso deja de sostenerte por un momento,
cediendo apenas bajo tus pies.
Te alejás un
poco, confundida. ¿Qué fue todo eso? Te frotás la cara sin saber bien por qué. Aquella
imagen se sintió como una sustancia pegajosa, desagradable. Cuando bajás la
mano, te quedás un segundo más de la cuenta mirándola. Hay algo distinto. No es
que no esté. Está. Pero… está “menos”.
Parpadeás.
No sabés bien qué viste. Seguís hasta la siguiente vitrina. Dice:
“Primera vez que mentiste sin que te descubrieran.”
Esta vez hay
un objeto adentro que no terminás de reconocer. Sabés que es tuyo, no tenés
dudas de eso. Aunque al mismo tiempo parece de otra persona que jugaba a ser
vos, hace muchos años, en otra vida.
Primero
dudás en acercarte. Lo hacés igual, porque siempre fuiste un poco así: curiosa
incluso cuando sabés que no te va a gustar lo que encuentres. ¡Acuariana tenías
que ser! No hay otro signo de aire que disfrute más explorando las extrañas
maneras en que funciona el mundo. Y ahí aparece otra vez esa sensación, esa
adrenalina mínima, ese orgullo ridículo por haber salido airosa, la culpa
chiquita que después aprendiste a disimular mejor.
Dudás un
segundo antes de alejarte. No es el recuerdo en sí. Es otra cosa.
Como si algo no terminara de despegarse de vos.
El pasillo se abre en varias salas. Cada una tiene un título distinto: Infancia, Amor, Pérdidas, Errores. Te quedas en suspenso por un instante. Terminás entrando en la sala más chica: Amor. Te reís sola. Un gesto cortito, automático. La primera vitrina es un chiste que se cuenta solo:
“Primera vez que pensaste que era para siempre.”
Ahí sí te
quedás muy quieta. No necesitás leer más. O eso creés. Porque cuando te
acercás, la escena no es exactamente como la recordabas. La cara del pibe es
parecida. Su voz tiene otro tono. Hay detalles que faltan y otros que sobran.
Es más torpe, más humano y menos épico que la versión que venías repitiéndote por
años.
Más lo mirás
a él, más dudas vos. A lo mejor lo habías editado con el tiempo. Capaz la
versión que llevabas encima no era la original, sino una reescritura bastante más
generosa. Te alejás antes de encariñarte demasiado con esa incomodidad.
Al dar el próximo
paso, te llama la atención el sonido de tus pisadas. Es más liviano. No más
suave: más liviano. Probás con el otro pie. Lo mismo.
Fruncís el
ceño, igual seguís caminando, ahora con un poquito más de prisa. Hay demasiadas
vitrinas, demasiadas “primeras veces” que no sabías que estaban ahí archivadas:
la primera vez que te hiciste la fuerte (y terminaste llorando en un baño), la
primera vez que te fuiste sin mirar atrás (y después miraste igual, cuando ya
era tarde), la primera vez que te prometiste algo que sabías que nunca ibas a
cumplir.
En todas se
dibuja el mismo patrón: entrás, sentís, salís.
Pero no todo
vuelve con vos.
En una esquina, medio escondida, hay una vitrina más chica, sin sala, sin categoría. No tiene título. Solo una frase:
“Primera vez que dejaste de ser quien eras.”
Te quedás
mirando, esperando que algo te atraviese. Una imagen, una escena clara, un
momento identificable. ¡Cualquier cosa! No pasa nada.
Mirás mejor
el objeto dentro de la vitrina hasta entender que no es un objeto en sí. Es una
mezcla rara: un gesto que no terminaste de hacer, sumado a una decisión que
tomaste a medias y combinado con una palabra que te quedó en el tintero.
Sentís una
ausencia en el pecho, una incomodidad nueva. ¿Y si te habías perdido de algo
importante mientras estabas ocupada siendo otra cosa?
Te frotás
las manos otra vez. Esta vez no dudás. Son distintas. No sabrías decir en qué.
Pero lo son. Mirás alrededor por primera vez con un sentimiento similar al
vértigo: el museo ahora te parece enorme, inabarcable, lleno de pequeñas
decisiones que te fueron moviendo de lugar sin que te dieras cuenta.
Inevitablemente
terminás pensando en cómo la vida te va suministrando esas despedidas
invisibles. Cuando tu cuerpo ya no puede hacer lo que antes sí. Cuando te das
cuenta que tu versión pasada ya no existe. O cuando alguien sigue vivo, aunque
ya no esté presente. Hay cierta potencia ahí, ¿no? Porque no son despedidas
dramáticas, sino silenciosas. Nadie las aplaude y, definitivamente, nadie las
nombra.
Te dan ganas
de irte. O de vomitar. O de ambas cosas.
Das media vuelta. Y entonces la ves. ¿Es una vitrina nueva? No estaba ahí hace un minuto, o al menos jurarías que no. Te acercás despacito. La placa todavía se está formando. Las letras aparecen de a poco, como si alguien estuviera tipeándolas desde adentro.
“Primera vez que aceptaste no volver atrás.”
Te quedás
quieta esperando sentir algo definitivo, una epifanía que ordene todo de golpe.
No llega. Respirás. Y por primera vez desde que entraste, el aire no pesa tanto.
Te quedás un rato más ahí, mirando tu reflejo en el vidrio. Tarda. Finalmente aparece.
No del todo. No te queda claro si es la luz o si sos vos.
¿Dónde
estaba la puerta de salida?
El pasillo
tampoco está, ni las vitrinas. El museo se va desarmando sin hacer ruido. Das
un paso más. Después otro. En algún momento te iba a caer la ficha: el museo no
archivaba recuerdos, sino despedidas.
Y mientras
caminás —no sabés bien hacia dónde; eso ya no te desespera— te preguntás si quedarán
muchas primeras veces que todavía están pasando. Te llevás la mano al pecho,
casi por reflejo. Hay algo que no está. No duele. No falta de una manera
evidente. Te quedás un segundo intentando nombrarlo. No podés.
Y entendés
que esa también fue una primera vez.
***
=>> Otras NOTAS LITERARIAS en el blog: “La
última función de Lara”; “Desaparecer
lo justo”; “Manual
para fabricar sospechas”; “La
evidencia invisible”; “Un
desenlace inevitable”; “Cimientos
pixelados”
***
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