¿Te gusta el contenido de mi blog? Ayudame a seguir manteniéndolo

Invitame un café en cafecito.app
Por el momento, sólo podés invitar cafecitos si sos de Argentina. Ahora sí, lee tranquilo.

lunes, 20 de abril de 2026

“Las despedidas invisibles” (cuento museístico)

  

Hay despedidas que no hacen ruido. No tienen fecha, ni palabras, ni un último abrazo que las confirme. Simplemente pasan. Este cuento recorre ese territorio silencioso: el de las primeras veces que, en realidad, fueron finales.


 


***


Cambiás un gesto, dejás de decir algo, mirás distinto… y sin darte cuenta, ya no sos del todo quien eras. Eso es un poco lo que busqué explorar en este relato que tiene un pequeño concepto sci-fi (algunos dirán “blackmirrorense”): la existencia de un museo que te permite revivir tus primeras veces.

¡Bienvenidos al cuento °94 publicado en el blog! Hoy: Las despedidas invisibles. Espero que puedan disfrutarlo.


***



“Las despedidas invisibles”
Lupa Sívori

 

Entrás sin darte cuenta en qué momento cruzaste la puerta. No hay cartel, ni boletería, ni nadie que te reciba con esa sonrisa automática de los museos que quieren parecer importantes. Solo un pasillo largo, blanco, demasiado limpio para ser real, con luces que no sabés de dónde salen.

Te sorprende no ver a nadie. O peor aún: que tal vez sí haya alguien y simplemente no lo estás viendo. Esa sensación te acompaña en el avance, como cuando estás segura de que alguien gritó tu nombre y, al darte vuelta, seguís estando sola.

Al principio pensás que es un museo más del montón, medio pretencioso, un toque vacío. Hay vitrinas, placas y objetos cuidadosamente acomodados. Todo cambia cuando te acercás a la primera vitrina. Detrás del vidrio leés:


“Primera vez que te llamaron por tu nombre completo para retarte.”

No lo recordabas. O creías que no.

Y sin embargo, apenas leés la placa, te vuelve todo al cuerpo: el tono de voz de tu vieja, el calor en tu cara, la sensación incómoda de haber sido descubierta en algo que ahora ni siquiera te parece tan grave. No es un recuerdo que mirás desde afuera. Es uno en el que caés. El piso deja de sostenerte por un momento, cediendo apenas bajo tus pies.

Te alejás un poco, confundida. ¿Qué fue todo eso? Te frotás la cara sin saber bien por qué. Aquella imagen se sintió como una sustancia pegajosa, desagradable. Cuando bajás la mano, te quedás un segundo más de la cuenta mirándola. Hay algo distinto. No es que no esté. Está. Pero… está “menos”.

Parpadeás.
No sabés bien qué viste. Seguís hasta la siguiente vitrina. Dice:


“Primera vez que mentiste sin que te descubrieran.”

Esta vez hay un objeto adentro que no terminás de reconocer. Sabés que es tuyo, no tenés dudas de eso. Aunque al mismo tiempo parece de otra persona que jugaba a ser vos, hace muchos años, en otra vida.

Primero dudás en acercarte. Lo hacés igual, porque siempre fuiste un poco así: curiosa incluso cuando sabés que no te va a gustar lo que encuentres. ¡Acuariana tenías que ser! No hay otro signo de aire que disfrute más explorando las extrañas maneras en que funciona el mundo. Y ahí aparece otra vez esa sensación, esa adrenalina mínima, ese orgullo ridículo por haber salido airosa, la culpa chiquita que después aprendiste a disimular mejor.

Dudás un segundo antes de alejarte. No es el recuerdo en sí. Es otra cosa.
Como si algo no terminara de despegarse de vos.

El pasillo se abre en varias salas. Cada una tiene un título distinto: Infancia, Amor, Pérdidas, Errores. Te quedas en suspenso por un instante. Terminás entrando en la sala más chica: Amor. Te reís sola. Un gesto cortito, automático. La primera vitrina es un chiste que se cuenta solo:


“Primera vez que pensaste que era para siempre.”

Ahí sí te quedás muy quieta. No necesitás leer más. O eso creés. Porque cuando te acercás, la escena no es exactamente como la recordabas. La cara del pibe es parecida. Su voz tiene otro tono. Hay detalles que faltan y otros que sobran. Es más torpe, más humano y menos épico que la versión que venías repitiéndote por años.

Más lo mirás a él, más dudas vos. A lo mejor lo habías editado con el tiempo. Capaz la versión que llevabas encima no era la original, sino una reescritura bastante más generosa. Te alejás antes de encariñarte demasiado con esa incomodidad.

Al dar el próximo paso, te llama la atención el sonido de tus pisadas. Es más liviano. No más suave: más liviano. Probás con el otro pie. Lo mismo.

Fruncís el ceño, igual seguís caminando, ahora con un poquito más de prisa. Hay demasiadas vitrinas, demasiadas “primeras veces” que no sabías que estaban ahí archivadas: la primera vez que te hiciste la fuerte (y terminaste llorando en un baño), la primera vez que te fuiste sin mirar atrás (y después miraste igual, cuando ya era tarde), la primera vez que te prometiste algo que sabías que nunca ibas a cumplir.

En todas se dibuja el mismo patrón: entrás, sentís, salís.

Pero no todo vuelve con vos.

En una esquina, medio escondida, hay una vitrina más chica, sin sala, sin categoría. No tiene título. Solo una frase:


“Primera vez que dejaste de ser quien eras.”

Te quedás mirando, esperando que algo te atraviese. Una imagen, una escena clara, un momento identificable. ¡Cualquier cosa! No pasa nada.

Mirás mejor el objeto dentro de la vitrina hasta entender que no es un objeto en sí. Es una mezcla rara: un gesto que no terminaste de hacer, sumado a una decisión que tomaste a medias y combinado con una palabra que te quedó en el tintero.

Sentís una ausencia en el pecho, una incomodidad nueva. ¿Y si te habías perdido de algo importante mientras estabas ocupada siendo otra cosa?

Te frotás las manos otra vez. Esta vez no dudás. Son distintas. No sabrías decir en qué.
Pero lo son. Mirás alrededor por primera vez con un sentimiento similar al vértigo: el museo ahora te parece enorme, inabarcable, lleno de pequeñas decisiones que te fueron moviendo de lugar sin que te dieras cuenta.

Inevitablemente terminás pensando en cómo la vida te va suministrando esas despedidas invisibles. Cuando tu cuerpo ya no puede hacer lo que antes sí. Cuando te das cuenta que tu versión pasada ya no existe. O cuando alguien sigue vivo, aunque ya no esté presente. Hay cierta potencia ahí, ¿no? Porque no son despedidas dramáticas, sino silenciosas. Nadie las aplaude y, definitivamente, nadie las nombra.

Te dan ganas de irte. O de vomitar. O de ambas cosas.

Das media vuelta. Y entonces la ves. ¿Es una vitrina nueva? No estaba ahí hace un minuto, o al menos jurarías que no. Te acercás despacito. La placa todavía se está formando. Las letras aparecen de a poco, como si alguien estuviera tipeándolas desde adentro.


“Primera vez que aceptaste no volver atrás.”

Te quedás quieta esperando sentir algo definitivo, una epifanía que ordene todo de golpe. No llega. Respirás. Y por primera vez desde que entraste, el aire no pesa tanto. Te quedás un rato más ahí, mirando tu reflejo en el vidrio. Tarda. Finalmente aparece. No del todo. No te queda claro si es la luz o si sos vos.

¿Dónde estaba la puerta de salida?

El pasillo tampoco está, ni las vitrinas. El museo se va desarmando sin hacer ruido. Das un paso más. Después otro. En algún momento te iba a caer la ficha: el museo no archivaba recuerdos, sino despedidas.

Y mientras caminás —no sabés bien hacia dónde; eso ya no te desespera— te preguntás si quedarán muchas primeras veces que todavía están pasando. Te llevás la mano al pecho, casi por reflejo. Hay algo que no está. No duele. No falta de una manera evidente. Te quedás un segundo intentando nombrarlo. No podés.

Y entendés que esa también fue una primera vez.





***

=>> Otras NOTAS LITERARIAS en el blog: “La última función de Lara”; “Desaparecer lo justo”; “Manual para fabricar sospechas”; “La evidencia invisible”; “Un desenlace inevitable”; “Cimientos pixelados


***

 

 Podés seguir las novedades en mi fan-page: http://www.facebook.com/sivoriluciano. También estoy en Instagram como @viajarleyendo451. Si te gustó la nota, podés invitarme un cafecito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

Quizás te pueda llegar a interesar...