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martes, 14 de abril de 2026

Entre furros y therians: el final de “Beastars”

 

Hay algo medio mágico —y medio incómodo— en hablar de “Beastars”. Quizás porque es un animé que, si lo mirás desde afuera, parece un chiste (“animé de furros”), pero si te metés un poquito… te termina mirando a vos.




***

Romeo y Julieta, con dientes

La premisa de Beastars es simple, aunque brillante: una sociedad de animales antropomórficos donde carnívoros y herbívoros conviven en una paz bastante hipócrita. El detonante inicial es la muerte de Tem, una alpaca. Un caso de depredación. Y a partir de ahí, todo empieza a resquebrajarse.

La serie estrenó en octubre de 2019 en Japón, a través del bloque nocturno de Fuji TV (programación “+Ultra”, orientada al anime más adulto). Después, como buen producto global, Netflix la agarró y la distribuyó internacionalmente en plena pandemia del 2020.

El protagonista, Legoshi, es un lobo gris que vive reprimiendo su naturaleza animal. No quiere ser lo que biológicamente es. Pero el cuerpo le tira.

Luego tenemos a Haru, una coneja chiquita, vulnerable en apariencia, aunque emocionalmente más compleja de lo que el prejuicio permite. El elenco principal se completa con Louis, un ciervo que juega a ser rey en un sistema que ya decidió que él debería ser la presa.



La historia inicia chiquita, en un club de teatro de una escuela secundaria. Aquel setting no es casual, porque en Beastars todos están actuando todo el tiempo: los carnívoros actúan civilización (pero secretamente visitan un “mercado negro de carnes”). Los herbívoros actúan seguridad. La sociedad actúa equilibrio.

Lo interesante de Beastars es que responde a un interrogante incómodo que pocas series sobre animales humanizados se hacen: ¿qué comen? Tipo: en Pokemon nadie se atreve a admitir que los humanos se están literalmente comiendo a los pokemones (además de hacerlos luchar).

En este mundo, los carnívoros no pueden comer carne… oficialmente. Pero sí existe, como decía, un mercado negro donde la carne se vende y lo prohibido circula.

 

La atracción del “anime de furros”

Beastars llegó en un momento de transición. Sobre el final de 2010 explotaban los isekais (mundos paralelos, escapismo puro, la vida en un videojuego), crecían algunos animes “de concepto” (más filosóficos) y, por sobre todo, el CGI empezaba a dejar de ser un desastre… en algunos casos.

Ahí entra Studio Orange para decir: “che, ¿y si hacemos CGI… pero bien?”. Y, dentro de todo lo lograron. Eso también hizo ruido: no solo era una historia distinta, se veía distinta.

El laburo de este estudio fue clave en el éxito del animé. Para empezar, el CGI que NO da cringe (¡milagro!). La animación es expresiva, corporal, pesada. Me gustaron particularmente los OP´s, generalmente con música jazzeada que le da identidad propia.

Y, por sobre todo, hay algo que no se dice tanto: los diálogos suenan naturales.
De verdad parecen conversaciones reales.

Ahora veamos, Beastars es parte de lo que muchos llaman “anime de furros”. ¿Y por qué esto es un fenómeno mundial? Creo que una primera clave es la distancia emocional segura: usar animales permite hablar de cosas pesadas (racismo, sexualidad, violencia) sin que sea frontal. Funciona como una máscara.



En comunidades online, lo furry también sirve como exploración de identidad. No es solo estética: es una forma de decir “soy esto” sin decirlo directamente. Por último, soy de los que cree que lo incómodo atrae.

Hay algo medio prohibido en sentir empatía —o incluso atracción— por personajes animalescos. Y eso genera conversación, memes, incomodidad… y, en definitiva, engagement.

 

Filosofía y psicología en Beastars

Debajo de la historia hay varias cuestiones que se ponen en juego. La primordial es la idea de naturaleza vs control. Legoshi es básicamente un experimento viviente: ¿qué pasa si un depredador nato decide no serlo?

De hecho, el deseo atraviesa toda la obra como motor y conflicto. El vínculo afectivo de Legoshi–Haru es interesantísimo porque mezcla amor, deseo sexual e impulso de violencia. Todo en el mismo paquete.

Y eso inquieta porque rompe con la idea romántica clásica. Acá amar también es peligroso.

Beastars también se ocupa de trabajar sobre el poder y la jerarquía. Louis es el mejor ejemplo: un herbívoro que logra poder en un mundo donde debería ser el débil.

En el animé, el sistema funciona mientras todos finjan. Por eso, cuando aparece el antagonista final (Melon), todo tambalea. El tipo es un híbrido que no entra en ninguna etiqueta. Rompe las reglas y no encaja en ninguna categoría fija.

 

El final de Beastars

La serie tuvo tres temporadas que reparten los cinco arcos principales: Drama Club Arc, Meteor Festival Arc, Murder Incident Solution Arc, Life As A Dropout Arc, y Revenge Of The Love Failure Arc.

El último introduce a Melon como villano (que arranca siendo espectacular) y desarrolla más a algunos personajes secundarias. La primera parte me gustó bastante por los momentos íntimos y potentes que tiene.

Para mí el problema llegó sobre el final. Los últimos 7/8 episodios pasan de ser contemplativos a apurados y hay demasiadas ideas que no terminan de resolverse. El planteo inicial es fascinante: ¿cómo conviven especies tan distintas? ¿qué hacemos con los híbridos? ¿qué significa realmente ser un Beastar?  Y después… medio que esas preguntas las deja flotando.

Por otro lado, en el climax algunos arcos desaparecen y otros se cierran sin demasiado peso. No es un mal final tampoco... Simplemente no está a la altura de lo que prometía. Me dejó una sensación de “gusto a poco”.

 

El timing raro: Beastars y la moda therian

Es curioso que el cierre del anime haya coincidido (más o menos) con la explosión —y rápida desaparición— de la moda therian en redes. Gente que se identifica con animales. Que explora esa conexión. ¿Casualidad? Y, qué sé yo… más o menos.

Beastars toca fibras similares: identidad no humana, conflicto entre instinto y sociedad, pertenencia. En Argentina, como todo fenómeno importado, duró lo que dura un trend de TikTok. Dos semanas y chau.


Pero el interés de fondo sigue estando. Porque la pregunta sigue viva: ¿qué parte de nosotros sigue siendo animal?

Melon es, sin duda, lo mejor de estos últimos episodios. Funciona como un oscuro reflejo de Legoshi, quien también nos enteramos de que es mestizo. Sin embargo, mientras que Legoshi es más tranquilo y de pocas palabras, Melon es ruidoso y teatral.

Melon ve las relaciones entre especies como una plaga para la sociedad misma. Su personaje está lleno de matices: tendencias autodestructivas, odio hacia sí mismo y cómo fue moldeado por su propia y retorcida curiosidad.

Durante la primera mitad de la última temporada, era una fuerza amenazante e imponente. Lamentablemente, en la segunda parte su personalidad comienza a diluirse un poco.

Sí me alegró que esta última temporada le haya dado más protagonismo a Haru y haya hecho más prominente su relación con Legoshi. Probablemente era uno de los elementos más débiles de toda la franquicia.

Estos episodios intentan mostrarlos juntos tanto como sea posible, hasta el punto de que realmente los veo como una pareja que reconoce las difíciles percepciones de su relación, pero que a la vez está dispuesta a hacer un esfuerzo sincero por mantenerla.

El arco de Louis también está mejor trabajado, ya que continúa lidiando con las políticas injustas de su posición en la sociedad. La forma en que la serie vincula los temas sexuales con estos sentimientos de identidad y afecto sigue siendo muy efectiva, e incluso algunos cierran el círculo al final.

 

Palabras finales

El balance de la serie es positivo y la recomendaría. Es verdad que acelera el ritmo hacia el final y se detiene sin llegar a ninguna conclusión definitiva. Si la pensamos como una simple historia de amor sobre un joven que lucha contra viento y marea para estar con la chica que ama, entonces el final resulta satisfactorio.

Sin embargo, Beastars nunca se limitó a eso. Propuso ideas como la preservación de la vida, la convivencia armoniosa entre diferentes especies y qué hacer cuando personas como Melon existen con una concepción distorsionada. Esos conflictos nunca se abordan realmente.

Al analizar esta última temporada en su conjunto, el ritmo se siente extremadamente irregular. La final season necesitaba uno o dos episodios adicionales a modo de epílogo para asimilar mejor todo lo sucedido. No puedo decir que me haya quedado tan satisfecho como esperaba.

Creo que la primera temporada del animé es bastante perfecta. La segunda temporada tuvo puntos muy altos. No así el resto. Progresivamente fue perdiendo matices. Peca de tener un final que podría haber sido mucho más redondo.

Pero también tiene algo que no abunda: personalidad, riesgo, ideas. Es una serie que te hace pensar… incluso cuando no termina de cerrar 100%. Y eso, en el panorama actual, no es poca cosa.



=>> Otras ANIMÉ en el blog: “Animé 104: por qué ver animé”; “3 animés que terminan en películas (canónicas)”; “5 animés ocultos (que quiero volver a ver)”; “Reseña de Beastars (primera temporada)”; “Reseña de Beastars (temporada dos)”; “Great Pretender: los Simuladores en versión animé”.

 

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