Una cosa es robar y otra muy distinta es ser un maleducado. El protagonista
de este cuento tiene una particular manera de entender la bondad, la culpa y
esos pequeños gestos que, según él, hacen del mundo un lugar un poquito más
amable.
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Este es el cuento #99 publicado en el blog. Qué locura, ¿no? «Mi apellido no es Cariño» es un relato que comienza como una comedia absurda, se adentra en terrenos bastante más extraños y termina preguntándose, de alguna manera, qué es lo que realmente podemos quitarle a otra persona.
Una historia sobre robos, buenas intenciones y cosas que no siempre
sabemos valorar hasta que desaparecen. Espero que puedan disfrutarla.
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“Mi apellido no es Cariño”
(Lupa Sívori)
Mi apellido no es Cariño, pero todos me conocen así.
“Ahí viene Juan Cariño”, dicen. O, más usualmente, “cagamos. Ahí viene el Gordo
Cariño”. Ojo, no va con bronca, eh. Mas bien con resignación, la misma voz que
usa la gente cuando llueve un domingo de asado.
La fama me la gané solito.
Si entro a una casa y veo una canilla perdiendo, le arreglo
el cuerito. O al desvalijar una carnicería, dejo las heladeras cerradas para no
cortar la cadena de frío. Una vez le saqué la guita a un jubilado. Pobrecito,
estaba sentado frente al tele y sólo me miró hacer lo mío. “¡Me estás
robando!”, decía. Lo abracé. “No es para tanto, don”. Le di un beso en la
frente. Antes de irme le cambié las pilas del control remoto.
No soy un buen tipo. Pero tengo códigos.
Qué sé yo, trato de compensar un poquito el robo. Que
sea una experiencia agradable para el afectado. Te saco la basura si la bolsa
está por rebalsar. Te agrego otra frazadita encima si te encuentro durmiendo.
Te acomodo un poquito el cuello, no vaya a ser cosa de que amanezcas todo contracturado.
Aquella noche me habían mandado a una casa por Entre
Ríos al fondo. Barrio cheto. “Hay
plata”, me soplaron. Cuando dicen eso, nunca hay plata. El lugar tenía las
ventanas abiertas y, aun así, olía a encierro. Sobre la mesa encontré una torta
intacta con una vela derretida hasta la mitad. Ni platos ni cubiertos.
Recorrí los ambientes.
En el último cuarto encontré una caja de zapatos
debajo de la cama. Adentro había una esfera negra, mate, del tamaño de un puño.
Cuando la levanté, la esfera dio un latido. No un ruido. Un latido.
La devolví a la caja. Esperé. Nada. Volví a
agarrarla. Otro latido.
La guardé en la mochila.
Antes de irme acomodé una foto caída sobre la
cómoda. Mostraba a una pareja joven recién casada. Les deseé suerte.
Cuando llegué a mi departamento, la esfera estaba
sobre la mesa. Me pareció curioso porque recordaba haberla dejado en la
mochila.
La toqué.
Otro latido.
No sé en qué momento me dormí. Cuando desperté la
esfera estaba a mi lado.
Decidí cargarla conmigo. Durante los días siguientes
empezó a pasar algo todavía más extraño. La gente se me acercaba demasiado.
Vecinos que apenas me saludaban, ahora me abrazaban. El carnicero me apoyó la
cabeza en el hombro y se quedó así varios segundos, respirando hondo. “Qué
tranquilidad me das, Gordo”, me tiró. Una mujer en el colectivo me tomó la
mano. El colectivero me esperó cuando me vio correr. El kiosquero me regaló un
atado de puchos.
La esfera latía con cada interacción.
Por las tardes pasaba a vigilar la casa de Entre
Ríos. Se veía más apagada. Primero se secaron las plantas de la ventana. Después
desapareció el gato que dormía sobre el techo del auto. Una tarde vi a una
mujer sentada frente a la torta. No hacía nada. Ni siquiera parecía triste.
Sólo vacía.
Una noche volví a allanar. Encontré la puerta sin
llave. Afuera llovía. Adentro vi todo igual: la torta, las ventanas abiertas. En
el sillón del living dormía la misma mujer de antes. Dejé la esfera con cuidado
sobre la mesa.
Latió una vez más. Estaba cada vez más fuerte. Eso
despertó a la mujer. Primero me vio a mí, después a la esfera. Y empezó a llorar.
No sé si de alegría o de tristeza. “Perdón”, le dije, “no sabía qué era”.
La mujer acarició el objeto con sus dos manos. Me
señaló una nota sobre la heladera. “No te olvides de comprar una velita, que
hoy se festeja.” La mujer pasó un dedo sobre esas palabras. Sonrió apenas.
Después apoyó una mano sobre la esfera.
Quise decir algo amable, algo útil. Lo único que se
me ocurrió fue decirle que la torta se había puesto fea. La mujer soltó una
risa inesperada entre lágrimas.
Nos quedamos un momento en silencio.
Me acerqué a las ventanas y empecé a cerrarlas una
por una. Barrí un poquito. La lluvia siguió cayendo unos segundos más en el
living y finalmente se rindió. Antes de irme acomodé una manta sobre el
respaldo del sillón. Por costumbre.
Por oficio.
Por cariño.
Salí a la calle. Mientras caminaba escuché, desde
una esquina:
“Cagamos… agarrá bien la billetera que ahí viene el
Gordo Cariño”.
Sonreí.
Hay apodos peores.
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