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martes, 22 de septiembre de 2026

“Nadie sale de acá” (cuento mcdonalístico)

 

Hay noches que se tuercen por una tontería. Un embotellamiento, una espera demasiado larga, alguien que no te escucha. Nada grave. Hasta que empezás a notar que algo no cierra. “Nadie sale de acá” es un cuento sobre una de esas noches.



 

***

 

Hay pocas cosas más aburridas que quedar atrapado en el estacionamiento de un McDonald’s con dos chicos cansados, una fila que no avanza y ganas de llegar a tu casa.

Salvo, claro, descubrir que el problema no es que la fila no avance. El problema es que ya viste pasar ese auto antes.

Este cuento (el #98 publicado en el blog) empezó como una noche de mierda bastante normal. Después se complicó todo. Les juro que todo lo que ocurrió fue real… o quizás no…

¡Espero que lo disfruten!

Por acá la versión podcast:


 

***

 

“Nadie sale de acá”
(Lupa Sívori)

 

El viernes se había estirado más de la cuenta. No quise pelearlo. Subí a Benja y Mateo al auto y encaré para el McDonald's. No quería pensar ni cocinar. No quería nada. Resolver rápido, apagar la cabeza un rato.

Hacerla fácil.

Ellos estaban felices con sus cajitas, con esa alegría automática que tienen los chicos cuando el mundo todavía es simple. Yo comí en silencio, con la cabeza en otro lado. Tenía una birra escondida en la mochila, tibia, igual que todo ese día. No la abrí.

Cuando salimos, el estacionamiento era un caos. Es chiquito y se mezcla con dos líneas del AutoMac. El diseño es nefasto. Ahí estaba yo, metido entre autos que no entraban, bocinas, luces altas, gente que no sabía si avanzar o rendirse. Y adelante del todo, una mujer policía, rígida, con un chaleco que le quedaba grande y una cara gastada por el tiempo. Cincuenta años, quizá. O sesenta.

Traté de salir y quedé encajonado entre una camioneta y un sedán viejo. La fila no avanzaba. Ni un centímetro. Nada. Esperé. Cinco minutos. Diez. Quince.

—¿Falta mucho, pa? Estoy aburrido —preguntó Mateo, el más chico.

—Ya salimos —le dije, y realmente deseaba que fuera cierto.

No salimos.

El auto no se movió ni un centímetro. Al poco tiempo, la espera se convirtió en un pequeño infierno. A los veinte minutos, los chicos ya estaban inquietos atrás. Uno se quejaba, el otro me pateaba el asiento.

Apagué el motor y salí del auto. Me acerqué a la mujer que hacía un intento muy liviano por ordenar el embotellamiento.

—Oficial, ¿me puede dar una mano? No quiero ir al AutoMac, solamente salir del estacionamiento —le dije, tratando de no sonar desesperado.

—Sí, ahora veo —respondió. Amable. Cansada.

Pero no hizo nada. Pasaron otros veinte minutos en los que el auto apenas respiró. Era casi medianoche. Las luces del Mc parecían más blancas, más frías. Como si algo se hubiera corrido de lugar.

Volví a bajar.

—¿No me hacés la gauchada de mover un poco esta fila? Tengo dos chiquitos, sólo quiero salir.

No respondió. Ni siquiera me miró, de hecho. Sentí cómo algo me subía desde el estómago. Un calor espeso. Soy un pacifista. Jamás lancé un golpe. En mi vida participé de una pelea. No tenía ninguna intención de comenzar ahora… y, sin embargo… me hirvió la sangre cuando la mujer empezó a liberar la otra fila. La que no era la mía. La que me bloqueaba la salida.

—¿Lo estás haciendo a propósito? —le dije, harto de la situación.

Se dio vuelta despacio.

—Dejame hacer mi trabajo.

—Tengo dos chiquitos, están cansados. Solo quiero irme a casa.

—Yo también —respondió—. Yo también sólo quiero irme a casa.

Y ahí algo en mí se quebró. Primero lo sentí como un murmullo tenso y luego como una cuerda que se va tensando hasta que cruje. No pude evitarlo.

—Tus viejos deben estar mega orgullosos de tu laburo, ¿eh? —le tiré—. Ordenar autos en un McDonald's. ¡Qué éxito el tuyo!

—Mis papás murieron, señor.

Podría haber frenado ahí. Debí haber frenado ahí. Pero no lo hice.

—Mejor —escupí, caliente—. Porque si no, se morían de vergüenza acá mismo…

Se hizo un silencio raro. Ella me miró fijo. Sin enojo. Sin tristeza. Solamente vacía.

La discusión escaló. Palabras cada vez más sucias, más personales, más innecesarias.  Yo no estaba pidiendo magia, sólo criterio. Lo suyo era más capricho que autoridad. Mientras tanto, se oía el golpeteo rítmico de una mano contra el vidrio trasero de mi auto. Mis hijos también estaban llegando a su límite.

La conversación había entrado en un terreno hostil. Volví al auto. Esperé. No había otra cosa más que hacer. Y en algún momento —no sé cuándo—, logré avanzar. Vi un hueco, una oportunidad.

Podría haberme ido. Pero no. Mi noche ya estaba arruinada y estaba caliente. Crucé el auto en diagonal, bloqueando las dos filas. Apagué el motor. Todo se detuvo. Las bocinas estallaron.

Bajé.

—Ahora nadie sale de acá—rematé.

La mujer policía caminó hasta mí.

—Mové el auto —me ordenó.

—No.

—¡Mové el auto, te dije!

—No hasta que me pidas perdón y admitas que no me estabas dejando salir a propósito.

Se quedó frente a mí. Tan cerca que pude sentir su respiración. Olía a café viejo.

—¿Sabés qué es lo peor? —dijo en voz baja, en un susurro—. Que todos creen que quieren irse. Pero nadie se va de acá. No realmente.

Atrás de mí las bocinas seguían. Los gritos también. Aunque había algo más. Algo debajo.

Miré alrededor. Ninguno de los autos había cambiado de lugar.

Ni uno.

Ni siquiera los que yo había visto avanzar antes.

Las mismas luces. Las mismas caras. El mismo tipo de gorra golpeando el volante. La misma mina estupidizada con el celular. Congelados en variaciones mínimas. Como un bucle mal armado. Sentí un frío en la nuca.

—Subí a tu auto —me dijo.

—¿Qué está pasando?

La mujer policía no respondió. Un auto que yo estaba seguro de haber visto irse… volvió a estar ahí. En el mismo lugar. Con la misma patente. Uno de los chicos gritó desde atrás. Me di vuelta. No eran mis hijos. Había dos nenes, sí, pero no eran los míos.  No los había visto nunca. No se movían ni parpadeaban. Únicamente me miraban.

Y sonreían.

Volví a encarar a la policía.

—¿Dónde están mis hijos?

Ella me observó como si la pregunta le resultara lejana.

—Ya se fueron.

—No. Estaban acá. Estaban…

—Se fueron —repitió—. Hace rato. Como todos.

Corrí hacia el auto. Abrí la puerta trasera. No había nadie. Solo una cajita feliz abierta. Las papas frías. El juguete mirándome con una sonrisa de plástico. Detrás, las bocinas se apagaron de golpe.

Un silencio absoluto.

Cuando me di vuelta, todos los conductores me estaban mirando. A mí, y al mismo tiempo.

Sólo cuando la mujer policía levantó la mano, el tránsito empezó a avanzar. Y yo ya no estaba en ninguna fila. Estaba parado en el medio, bloqueando.

Y nadie intentó esquivarme. Nadie tocó bocina. Simplemente… avanzaron. El primer auto me rozó la pierna. No frenó. El segundo me empujó. El tercero ya no dudó.

Caí al piso.

Y mientras los autos me pasaban por encima, uno tras otro, vi a la policía de pie, inmóvil, dirigiendo el flujo con un gesto mecánico. Ya no estaba bloqueando nada.

Yo era el bloqueo.

 

 

***

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