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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Casciari y el arte de mejorar los recuerdos

 

Vengo bastante metido en el Casciari-verse últimamente. Ahora leí “El pibe que arruinaba las fotos” (2009), un libro que demuestra que cuando el tipo agarra una anécdota cualquiera, la exagera un poco y la cuenta bien, es muy difícil no seguir leyendo.

 


 

***

Las anécdotas mejoradas de Casciari

Vengo full Casciari este año. Hace poquito vi Canelones, probablemente una de las películas más autorreferenciales construidas alrededor de su universo, escuchando muchas charlas y cuentos suyos… y ahora terminé El pibe que arruinaba las fotos, una obrita que mi hermano Tomás me había regalado para la Navidad de 2024 y que fui leyendo durante mi última escapada por Buenos Aires y Rosario.

Quizás fue un buen contexto para leerlo: vuelos perdidos, bondis, hoteles, gente que aparece y desaparece, pequeños momentos que uno ya empieza a convertir en anécdotas antes incluso de volver a casa.

El pibe que arruinaba las fotos, como obra literaria, es difícil de etiquetar en una categoría. Puede pensarse como una novela autobiográfica, como una colección de relatos enlazados o, mejor todavía, como una sucesión de anécdotas mejoradas.

El autor recorre su infancia en Mercedes, la adolescencia, su familia, los primeros amores, la escritura, la paternidad, la emigración a España y buena parte de los acontecimientos que terminaron construyendo al personaje que después conoceríamos como Hernán Casciari.

Algunos de esos relatos ya circulaban de manera independiente y varios forman parte de su repertorio más conocido (“A veces es Finlandia”, “Canelones”, la historia de Woung y los viajes en el tiempo). Sin embargo, puestos uno detrás del otro dejan de funcionar solamente como cuentos sueltos: aparece una especie de línea de vida.

El título es muy divertido y nace de una rareza de la infancia. Casciari cuenta que, desde muy chico, tenía una especie de talento involuntario para hacer una mueca absurda justo cuando disparaban una foto, arruinando sistemáticamente las fotos familiares.

La imagen es graciosa y funciona como leitmotiv de todo el libro. Porque Casciari parece hacer algo parecido con sus recuerdos: cuando uno espera encontrar la fotografía prolija de una vida, él mete una mueca. Deforma, exagera, inventa, introduce algo imposible. Y entonces el recuerdo queda arruinado como documento, pero mejorado como relato.



Ahí está uno de los juegos más interesantes del libro: nunca importa demasiado cuánto ocurrió exactamente de esa manera. Hay, sin duda, algo de realismo mágico dando vueltas en el aire. Evidentemente hay una enorme cantidad de material autobiográfico, aunque Casciari jamás se compromete del todo con la fidelidad de los hechos.

Puede contar una escena familiar absolutamente reconocible y, unas páginas después, hacer aparecer en la puerta de su casa a un empleado de “Associated Gods” dispuesto a gestionar burocráticamente un cambio de religión. El realismo cotidiano y el realismo mágico conviven sin pedir permiso. La pregunta “¿esto pasó de verdad?” deja rápidamente de ser importante.

 

La paternidad (y otros temas deprimentes)

Debajo del humor hay temas bastante más pesados de lo que parece. Hay amistad, muerte, culpa, migración, vergüenza, fracaso, amor, vocación y paternidad. Sobre todo paternidad.

Más allá de todo lo que me fue resonando mientras lo leía, terminé pensando que El pibe que arruinaba las fotos es, en buena medida, un libro sobre ser hijo y convertirse en padre. Sobre mirar hacia atrás y descubrir que algunas cosas que uno creyó comprender de chico significaban, en realidad, otra cosa.

Y también sobre darse cuenta, cuando aparecen los propios hijos, de que uno está empezando a ocupar el lugar de aquellos adultos a los que antes observaba desde abajo.

De hecho, el libro inicia con muchas anécdotas sobre Roberto Casciari, padre del autor, y finaliza con un brutal momento sobre su muerte que —sinceramente— me llevó hasta las lágrimas. Un cierre contundente, redondo y absolutamente poderoso.

La otra línea que atraviesa todo el libro es la escritura. Las historias van cambiando, Casciari crece, se enamora, se va, vuelve, pierde gente, tiene hijos, pero las palabras permanecen.



Leer y escribir van apareciendo en su vida como descubrimiento, escapismo, pedantería, trabajo, refugio y finalmente oficio. El libro incluso muestra sus propios mecanismos: el escritor transformando cosas que le ocurrieron en material narrativo, acomodando recuerdos, exagerando detalles, buscando dónde termina la vida y dónde conviene que empiece la ficción.

Eso también explica buena parte de la enorme cercanía que produce Casciari. Yo, sin duda, lo siento muy cerca. Nadie ha influido tanto en mi manera de escribir y de contar historias —si se quiere— como él. Darle un abrazo sería un sueño. Ojalá algún día Hernán lea esto y sonría sabiendo cuanto me inspiró.

 

El público se renueva

Leer a Casciari se parece bastante a sentarse a escuchar a un amigo que cuenta muy bien sus historias. Incluso cuando ya medio que las conocés de memoria.

Podés haber leído antes alguno de estos relatos, haberlo escuchado narrarlo en un escenario o incluso haberlo encontrado perdido en Internet y, sin embargo, cuando vuelve a aparecer, re funciona. Porque parte del encanto no está solamente en saber qué pasó, sino en cómo él te lo cuenta.

El humor es fundamental, aunque sería injusto definirlo como un libro humorístico. Hay un montón de carcajadas, sí, aunque sobre todo hay sonrisas. Y muchas veces el efecto aparece después, cuando la historia ya terminó.

En sus mejores páginas, Casciari consigue pasar de una situación absurda a una observación dolorosa sin que se vean demasiado las costuras. ¡Y eso es arte, señores!


En algunos otros fragmentos sí reconozco que el mecanismo se nota un poquito más: hay pasajes en los que parece necesitar colocar un remate incluso cuando el relato quizá respiraría mejor sin él, y ciertas búsquedas de emoción rozan por momentos un sentimentalismo algo forzado. Igualmente esas exageraciones forman parte de su manera de narrar.

 

Palabras finales

Este libro plantea una aspiración hermosa y bastante difícil para cualquier escritor: escribir algo que pueda disfrutar una persona que prácticamente no lee y también alguien que lleva toda una vida leyendo. Creo que El pibe que arruinaba las fotos se acerca bastante a conseguirlo.

No necesita artificios complejos ni una gran trama. Su materia prima es mucho más elemental: es una obra hecha de recuerdos, familia, varios papelones, un par de pérdidas fuertes, viajes, conversaciones, fotos viejas. Y anécdotas, obvio.

Y quizá por eso me resultó tan fácil reconocerme ahí adentro. También cuento un poco de mi vida a través de la literatura, con un 15% de verdad y mucha mentira elegante: aquella vez que pasó esto, el día en que conocimos a alguien, la estupidez que hice cuando tenía quince años, la frase de mi viejo que recién entendí a los 38.

Por eso lo banco tanto a Casciari. Toma esas pequeñas cosas cotidianas, las teatraliza un poco, las acomoda otro tanto. Y con todo eso construye literatura. Cuando cerré el libro, casi inevitablemente, quise hacer lo mismo con mi propia vida.



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