Una convivencia puede descomponerse por cosas mínimas. Del mismo modo,
todo puede caer en su lugar gracias a pequeños aportes fundamentales.
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Nuevo año significa nuevos relatos. Este texto de misterio y humor está ligeramente basado en hechos reales. Una pequeña parábola sobre la obsesión por el orden y la necesidad de encontrar culpables.
Frente a un gesto ínfimo, el narrador despliega un aparato detectivesco desmedido: clasifica, interpreta, perfila, diagnostica. Donde hay suciedad, busca sentido; donde hay incomodidad, arma una narrativa.
Pero, ¿cuánto
de lo que creemos investigar del otro no es, en realidad, una forma elegante de
mirarnos a nosotros mismos? Entre el control y el cuidado, entre la paranoia y
la empatía, este cuento propone una idea simple y profunda: convivir es
aprender a tolerar lo imperfecto, incluso cuando se disfraza de escupitajos.
***
“Pequeños aportes fundamentales”
(Lupa Sívori)
La primera vez pensé en humedad; la segunda, en una tos con muy
mala puntería; la tercera entendí que en mi edificio alguien escupía en el
ascensor. Me corrijo: no en el piso del ascensor o en el
vidrio, sino en el mango de la puerta. Era un gesto
preciso, casi quirúrgico, preparado intencionalmente para que la víctima
ensuciara sus manos al intentar abrir. Un escupitajo prolijo,
centrado, sin exceso de baba.
El trabajo de un profesional.
El día que apareció ese papel —pegado con cinta blanca, torcido, escrito con lapicera azul— supe que el asunto había escalado:
“Al que escupe la puerta del ascensor,
frene sus impulsos y vaya al psicólogo.”
Me quedé leyéndolo más de lo necesario. El mensaje no importaba
tanto. El tono, sí. Y es que, más que enojo, era una suerte de desprecio
educado. Todos opinamos durante la reunión de consorcio.
Greta, la jubilada del 3°A, que alimenta a las palomas desde la ventana y
después se queja de la mugre, dijo que era “gente sin valores”. El pelado del
6°C –un vendedor de suplementos dietéticos por Instagram– propuso “poner cámaras ocultas, pero que estén
bien escondidas”. La parejita joven del 4°B, que discute en inglés para que no
entendamos, sostuvo que todo era una big performance. El portero Enrique,
un tipo que siempre viste olor a humedad aunque no llueva, aseguró que “esto antes
no pasaba”. Enrique lo sabría mejor que nadie, porque él había nacido en el
edificio. Literalmente. Su madre fue una de las dueñas originales y no llegó a
tiempo al parto. Bebé Enrique nació en el mismo pasillo que ahora operaba como
zona de guerra.
Yo hablé lo justo y necesario. Preferí observar. Después de la
reunión, puse manos a la obra. Empecé a anotar horarios en una pequeña libreta.
Bajé basura ajena. Tomé repetidas veces el ascensor sin rumbo fijo. El salivazo
merecía atención forense.
Los patrones aparecieron rápidamente. La baba
en la manija se hacía presente casi siempre por la mañana. Nunca los domingos.
Ocasionalmente un sábado. Jamás después de las diez de la noche. Había método.
Y donde hay un método, hay un perfil.
Lo escrito en esa hojita maltratada fue un
disparador clave en todo este asunto. No porque nos
acercara al responsable, sino porque empezó a circular una idea peligrosa: que
el escupidor y el autor podían ser la misma persona. El
edificio se convirtió en una suerte de zoológico paranoico. Aparecieron
acusaciones cruzadas por todos lados. Que seguro era el pibe nuevo del primer
piso. Que la del quinto tiene cara de resentida. Que sin duda fueron las
lesbianas porque deben cinco meses de expensas.
¿Y si la nota la había escrito alguien que estudió psicología? O
peor: ¡alguien que ejercía! Esa me la tiró Lara, una piba que vive en el doceavo
y está divina. Lo que dijo Lara me llevó por un razonamiento alternativo.
Estábamos muy centrados en desenmascarar al escupidor serial, pero había otro
misterio latente: ¿quién había escrito aquel sagaz comunicado?
Empecé a preguntarme quién necesitaba tanto
orden como para escribirlo. La mención del psicólogo era, por lo menos, curiosa.
Y había otras cosas más que me hicieron sospechar. Para empezar, el uso del
artículo definido: “Al que escupe…”. No decía “El que escupe”, sino “Al que”.
Eso ya es raro. Es una construcción ligeramente más formal, jurídica incluso.
La gente ordinaria escribe “El que escupe” o directamente “Dejen de escupir”.
Esto era otra cosa. Había distancia emocional.
Después estaba el imperativo: “frene sus
impulsos”. No “controlá tus impulsos”, no “dejá de escupir”. Frene.
Verbo técnico. De manual. De consultorio. Nadie frena impulsos en la vida real:
los reprime, los ignora o los niega. Frenar es lenguaje terapéutico.
Por último, lo más interesante: no es “andá a
terapia” sino “vaya al psicólogo”. Preciso. Categórico. Sin eufemismos. Como
quien nombra su propia profesión sin adornos.
La letra también me permitió sacar algunas conclusiones
prudentes. Imprenta prolija, aunque no perfecta. Cada letra separada de la otra
por una distancia idéntica. Aquello no es descuido: es control. La “o”
ligeramente ovalada, nunca cerrada del todo, como si se negara a completarse.
La “s” siempre igual, sin variaciones. Era la letra de alguien que pasó años escribiendo
historias ajenas sin involucrarse demasiado.
La lapicera era azul. No el azul escolar barato.
Uno medio apagado, clínico. Color consultorio. Color formulario. Color ficha de
paciente. Además, la nota estaba pegada con cuatro pedacitos de cinta, uno en
cada esquina, perfectamente alineados. Alguien había querido contener el
mensaje para que no se desborde.
Y después estaba lo más obvio. ¿Quién, ante un
acto tan primitivo como escupir, responde con una indicación de salud mental? Una
persona común putearía. Amenazaría. Escribiría en mayúsculas. ¡Pondría signos
de exclamación! Este mensaje no tenía ninguno. Cero exclamaciones. Cero
insultos. Cero emoción visible.
Más que una queja, era una devolución. Como si
el escupitajo no fuera un síntoma antes que una falta. Inmediatamente pensé en
el psicólogo del 7°B. En su sonrisa medida. En su tono calmo. ¿Podía ser él
mismo el escupidor serial? A lo mejor no escupía por bronca, sino por exceso de
control. El ascensor bien podía ser el único lugar donde se permitía perder apenas
la compostura. El texto buscaba tranquilizarse a sí mismo. ¿Una autoindicación?
Quizás un recordatorio terapéutico redactado en tercera persona.
Sí. Por supuesto que sí. Tenía que ser Augusto,
el psicólogo del 7°B. Siempre correcto. Siempre con una sonrisa de manual.
Entraba y salía con una mochila liviana, cargando sólo con historias ajenas.
Nunca se quejaba de nada. ¡Eso es antinatural!
Empecé a seguirlo.
Me quedaba detrás de él fingiendo mirar mi
celular. La paranoia creció. Una noche me encontré oliendo la puerta del
ascensor después de que él bajó. No me gustó reconocerme en ese gesto. Le saqué
fotos a los escupitajos. Comparé tamaños. Pensé en ángulos. En alturas. En
saliva proyectada versus gravedad. Hasta que una noche decidí montar guardia. Elegí
el pasillo de la planta baja porque tenía una areca enorme y una silla convenientemente
ubicada detrás. Me escondí, encorvado, con una campera colgada encima para
disimular. Parecía un perchero deprimido. Ahí esperé, tranquilito. Me terminé
quedando dormido. Tuve un sueño rarísimo en el que Lara, el psicólogo y Greta,
dentro del ascensor, ensayaban escupir sin hacer ruido, como si fuera una
competencia de sigilo.
Desperté al escuchar pasos livianos. Un nene de
unos siete años bajó las escaleras mirando para los costados. No me prestó
atención. Yo sí lo identifiqué como el hijo de la Turca. Carita de sueño, una remera
de Pokémon. Se acercó al ascensor, frunció la boca y escupió. Sin
bronca. Sin odio.
Salió corriendo y riendo. Era eso nomás: una travesura
mínima. Me quedé ahí, doblado atrás de la planta, sintiéndome el adulto más ridículo
del edificio. Pronto vi la escena completa. La Turca bajando ojerosa, con ropa
de limpieza, haciendo malabares con el tiempo, la culpa y la mochila del pibe. Pensé
en mi viejo. Él escupía siempre al salir del edificio. Yo lo veía y no
preguntaba demasiado. Un buen día ya no volvió. Hay gestos que se heredan sin
explicarse.
El pibe tampoco tiene papá. La Turca hace lo
que puede.
Desde aquel descubrimiento, limpio la puerta
del ascensor todos los días, cada mañana. Bajo con un trapito, repaso, dejo
todo resplandeciente. Coloqué un Saint Felicien Malbec en la puerta de Augusto.
Pobrecito, nunca se enteró de mi falsa acusación, pero yo me sentí mal igual. Últimamente
estoy ayudando a la jubilada del 3°A con la alimentación saludable de las
palomas. Cada tanto le compro suplementos al pelado del 6°C con una cuenta
falsa. Ni los uso, es para darle una mano. Son pequeños aportes, cositas chiquitas
que puedo hacer para que todos nos llevemos mejor.
El escupitajo vuelve, a veces sí, a veces no. Cada vez menos, porque el nene de la Turca ya está entrando en la adolescencia. Es un buen pibe, aprueba todas las materias y creo que hasta tiene una noviecita.
Aunque ya hace años que no aparece un garzo en la manija, yo sigo limpiándola cada mañana. Me da calma. Alguien tiene que ocuparse de lo que no se ve a simple vista. La semana pasada apareció otra nota en el mismo lugar de la original. Decía:
“Al que limpia compulsivamente la manija del
ascensor, relájese un poco.
Nadie está tan sucio.”
No la saqué. Me pareció justa.
FIN
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