miércoles, 6 de julio de 2016

“Flores robadas en los jardines de Quilmes”, de Jorge Asís


Publicado por primera vez en 1980, “Flores robadas…” se convirtió rápidamente en un best-seller, y en pleno auge de la dictadura militar. Logró la atención de miles de lectores, superando la cifra de 200.000 ejemplares vendidos, un número absolutamente insólito para la Argentina (y menos para esa época). 

Su éxito, como es de esperar, estuvo rodeado de reproches y polémicas.

En esta nota vamos a ver un poquito de qué trata la novela más prestigiosa del escritor y periodista Jorge Asís.

DESCARGAR “Flores robadas en los jardines de Quilmes” en formato PDF: LINK ACÁ.

Flores robadas relata la vida y aventuras (principalmente sexuales) de dos amantes que luego se hacen amigos: Rodolfo (un alter-ego de Asís) y Samantha (quien, en realidad, se llama Carmen). En el presente se encuentran de casualidad, y luego de muchos años. Se sientan a charlar y comienzan a rememorar los años pasados, quizás con cierta nostalgia, definitivamente con mucha ironía.

A partir de idas y venidas entre presente y pasado, la historia no es únicamente romance y erotismo, sino que también se pinta el cuadro de una época, un momento donde los argentinos se debatían entre quedarse o irse, aceptar la realidad o combatirla.

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#SpoilerAlert. Se revelan detalles importantes de la trama. Pero nada más que un poco, se los prometo. Y no canto el final (que es sencillo, pero está bien).

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El trasfondo de la novela

Se dice que Beatriz Sarlo –una de las críticas literarias más influyentes de aquel momento– se encontró con Jorge Asís en una esquina, allá por finales de 1981. Ella le dijo a él “tu novela no me gustó”, y el respondió: “No me preocupa, Beatriz, vengo a cobrar los derechos de autor”.


Creo que esto habla un poco sobre el autor (quien fue tachado de oportunista) y acorta las distancias entre autor y protagonista. Rodolfo (el protagonista) y Asís (autor) son una misma persona: agrandados, pretenciosos, cancheros.

Lo cierto es que, años más tarde, Sarlo incluyó a Flores robadas (junto a Respiración Artificial, la otra gran obra de ficción escrita bajo la dictadura por Ricardo Piglia) entre los 200 libros necesarios para comprender la compleja realidad de Argentina.

El público recibió muy bien a la novela debido a su lenguaje coloquial, las escenas picantes y la caracterización de lo que se considera el “típico porteño”. Rodolfo Zalim es egoísta, cínico y mentiroso. Es también un personaje enredado, tridimensional, atorrante, ventajero. Siendo completamente honesto, es bastante sorete.

El estilo de Flores Robadas

La novela tiene un estilo muy particular que no me convenció del todo. Se destaca, formalmente hablando, por un uso excesivo de las comas y un salto tan constante como molesto entre la primera y la tercera persona. Se habla mucho de coger y se dicen cosas políticamente incorrectas. También aparecen palabras del lunfardo de aquella época.

Se lee bastante rápido, aunque sostengo que no es una novela sencilla. 

Creo que se trató de un producto de la época que sacó una especie de fotografía. En efecto, se describe un segmento doloroso de la realidad argentina, pero bajo el sello de la ironía, sin nunca comprometerse del todo.

Asís escribe en la línea de Roberto Arlt, y también es evidente que tomó inspiración e ideas de Rayuela, aquella obra cumbre de Cortázar (que ya reseñé extensamente en el blog). De hecho, lo menciona alguna que otra vez a lo largo de su narración.

Rodolfo es un poco Horacio Oliveira: confundido, en búsqueda constante, intelectual, pensador. Samantha es también un poco La Maga, con su espontaneidad, su amor por la izquierda, por el vivir por vivir, despreocupada, artística. Las semejanzas son hasta sospechosas.

Marinelli y lo metatextual

Al paralelismo con Rayuela hay que sumarle las apariciones casuales de un tal Marinelli (que suena curiosamente similar al “Morelli” de Cortázar). En la obra, Marinelli es un personaje de ficción dentro de la ficción, un gordo que aparece repetidas veces a lo largo de la historia y tiende a entrometerse como narrador o dialogar directamente con el protagonista.

Representa un fantasma de la consciencia de Rodolfo, o quizás a Rodolfo mismo (su propio alter-ego). Protagoniza algunos de los momentos más metatextuales de la novela. Uno de mis favoritos me recordó a la novela de Raymond Queneau (El vuelo de Ícaro), donde un investigador privado busca a un personaje que se escapó de las páginas de una novela.

Este es el extracto en Flores robadas que me hizo a acordar a la obra del francés:

«–Porque me lo tiene prohibido. Vos sabes que los personajes de la novela moderna no son tan manejables como los de antaño. Estos se rebelaron, ahora le imponen condiciones a sus creadores, sin grupo.
–No me jodas.
–No te jodo, es la única condición que me impuso para trabajar en la novela mía. Que contara todo lo que dice, lo que hace, no hay inconvenientes para eso, pero no quiere que se sepa... te das cuenta que lo estoy traicionando, que lo voy a perder, se me va a ir a la novela de cualquier otro chanta.» (pág. 238)

En otro capítulo, Marinelli directamente pide permiso para contar algo él.

«Turco, déjame pasar un aviso, tengo derecho también a contar mi historia de amor, que prueba fehacientemente que soy un licenciado en la derrota, un tango que respira y habla.» (pág. 101-102)

Es un gran capítulo que funciona como un pase de comedia. Marinelli relata una anécdota sobre una amiga que conoció y “se le hizo hippie”. Es muy divertido y autoconclusivo.

La ironía para evadir el compromiso

Mara Rogers, en un valioso paper llamado “La ironía como forma de evasión al compromiso” estudia la polémica que generó Flores robadas respecto a la política. Afirma que, a diferencia de lo que dijeron muchos, Asís no decía estar alineado con las ideas de la dictadura. Muchos leyeron entre líneas un apoyo incondicional hacia los lineamentos del Proceso de Reorganización Nacional. Rogers propone que Asís no define nunca su posición, no se compromete con ninguna escala de valores.


Yo estoy parcialmente de acuerdo, si bien creo que también hay un aspecto ideológico detrás de la postura de reírse de todo. El cinismo también quiere decir algo. Asís fue cuestionado por izquierda y por derecha porque le pegó a todos por igual. Las pícaras aventuras románticas de los protagonistas, el sexo explícito (aunque sutil, elegante) y el dilema del exilio generaron todo tipo de polémicas.

Como primera obra narrativa que se produce en Argentina desde que tomó el poder la dictadura de Videla, fue oportunista por encontrar el equilibrio entre la censura de los militares y lo que el público quería (necesitaba) leer. Ese equilibrio lo halló en una ironía punzante, apoyada en contradicciones y asimetrías.

«–No sé por qué te reís –dice ella, ya casi riendo.
–Porque todo esto es una risa, flaca, cosa de risa, este quilombo es muy divertido. Tenemos que reírnos mucho, pero que no confunda nadie nuestra risa con la alegría –dice Rodolfo–. Porque nuestras carcajadas no tienen un carajo que ver con la alegría, porque yo no me río de tu Adrián, me río de todos los adrianes de mi generación, que puede vérselos en cualquier café, en cualquier calle de la ciudad. Me río de mí, de vos, de toda esta porquería que nos rodea, ja ja ja.
La flaca, acaso sin quererlo, se ríe también a carcajadas.»

Rodolfo se ríe y contagia. Se burla de todo, como el Comediante de Watchmen, como el Joker de Batman. Rodolfo no ve el vaso medio lleno o medio vacío; ve el vaso y no le importa, porque todo el mundo se fue AL CARAJO.

Debido a esta posición, el lector nunca puede determinar con seguridad si el autor está de acuerdo o no con los valores que se representan. Samantha elige irse del país, Rodolfo prefiere quedarse. ¿Se queda porque está de acuerdo con lo que pasa? ¿Porque está conforme? O quizás lo hace porque sabe que nada va a cambiar, o que es todo una “ola” que hay que aguantar.

Dice Rodolfo/Asís:

«(…) vivimos alimentados del más trágico delirio, dándonos cualquier cuerda de fantasía, construyendo con la realidad castillitos de arena. Pero nos tomamos tan en serio el juego que nos metimos adentro del castillito, y perdimos. La ola, o ponele los militares, nos tiraron el castillito a la mierda y quedamos a merced, con el culo hacia el infierno y con las piernas hacia cualquier parte. Está bien, vos llévatelas a Italia.»

Es muy interesante el análisis que hace Mara Rogers en su artículo en referencia a la metáfora de la ola, donde denota la comparación entre los militares y un fenómeno de la naturaleza. En una entrevista con el sitio web Letralia, Asís confesó que nunca sintió tanta libertad como cuando escribía Flores robadas. Sin embargo, simultáneamente, él redactaba para Clarín bajo el seudónimo Oberdán Rocamora. También en la vida real escondía su verdadero yo, sus verdaderas intenciones. Contradicciones, hermosas contradicciones.

Hay otro aspecto que menciona Rogers en su texto respecto a la obra, y es en relación a la condena de ser mujer. Me parece que lo explica de forma tan clara que recomiendo que, directamente, lo lean de ahí. Acá les dejo el texto completo:

LEER: La ironía como forma de evasión en Flores Robadas”, de Mara Rogers.

Palabras finales

Lo cierto es que la novela puede disfrutarse sin involucrarse con el autor, la polémica y el trasfondo político. Al final del día, tiene cierta pedantería (se diría que es clásicamente porteña, o clásicamente argentina) y una manía autobiográfica difícil de quitar en un autor novelle (sé que yo mismo lo hice en mi primera novela). Pero eso no la hace menos disfrutable.

Flores robadas tiene fluidez, es pícara y entretiene. Me gustó la trama porque no cae en los lugares comunes de este tipo de historias (hombre casado y con familia se reencuentra con un viejo amor). El desenlace es “lindo”, no sorprende pero satisface.


El hecho de que pase de la tercera persona a la primera (y viceversa) sin avisar me resultó molesto. Es una cuestión de estilo que no me cerró del todo. Afortunadamente, hay una serie de observaciones inteligentes sobre la vida cotidiana, preguntas que nos hacemos todos y el aspecto metatextual es agradable. La novela, cual tragedia griega, nos va avisando sobre el mismo avance de la misma, nos pide que “tengamos paciencia” porque está llegando el final, incorpora personajes que se autodefinen como pertenecientes a la novela. Es un detalle simpático.

Es una buena novela que puede leerse como lectura pasajera, y ser disfrutable, o profundizarla para agudizar sobre sus relaciones complejas con la historia de Argentina. Eso, para mí, ya es un gran logro.

«¿Todo es motivo de joda para vos?, ¿tan mal venís?, ¿tan fuerte te pateó la realidad? Ahora sí que te creo que estás destrozado. Y nos reímos, los dos, como locos.»

(Flores robadas en los jardines de Quilmes, pág 130)

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