Ganaron un
PRODE mundialista con una precisión imposible. Los felicitaron, los premiaron y
los mandaron al Caribe a celebrar. ¿Pero qué predijo realmente su IA? Hoy,
cuento nuevo: “La última versión estable”.
***
Entre mojitos caribeños, repositorios imposibles de auditar y una
inteligencia artificial sospechosamente brillante, este cuento (¡el #96 del
blog!) se ríe de nuestras certezas tecnológicas, de la obsesión por los datos y
de esa peligrosa costumbre de confiar ciegamente en sistemas que nadie termina
de comprender del todo.
Un relato de humor, ponele que algo de programación y mucho azar… donde
la pregunta más inquietante no es cómo funciona la máquina, sino qué ocurre
cuando deja de importar.
***
“La última versión estable”
(Lupa Sívori)
Ninguno de
los cuatro Analistas de Sistemas podíamos creer estar verdaderamente frente al
mar Caribe, con bebidas absurdamente coloridas y una satisfacción que rozaba lo
metafísico. El modelo predictivo había funcionado bien. Demasiado bien. Más
de mil equipos participantes. Un PRODE corporativo del Mundial 2026 en el que obtuvimos
un 99% de efectividad y, como recompensa, un viaje todo pago al Caribe.
—Esto lo cambia
todo, chicos —declaré contemplando el horizonte—. La humanidad siempre soñó con
predecir el futuro. Nosotros lo logramos con Python y un par de notebooks
baratas.
—Bueno… no
predice el futuro… a lo sumo pronostica, con asombrosa certeza, ciento ochenta
resultados deportivos —corrigió Santiago.
—Es una
forma de futuro, ¿no? —defendí con orgullo.
—No estoy de
acuerdo… —reiteró Santi y dio un sorbo de su trago. Era el especialista en
calidad en la empresa. Para el viaje había documentado incluso el protocolo que
indicaba dónde almorzar cada día.
Marcos,
mientras tanto, revisaba el código desde su reposera. Aquella era su patología.
Leía código en cumpleaños, casamientos, velorios. Incluso había realizado un
hotfix durante la cesárea de su primera hija.
A Christian lo
noté relajado. Observó la pantalla y largó:
—¿Todavía
seguís mirando el repositorio de datos? ¡Mirá donde estamos, papá!
—Me genera
tranquilidad.
—¡Estamos en
Aruba! —insistió Chris.
—Precisamente
—dijo Marcos—. Algo no me cuadra. Algo tiene que estar rompiéndose.
Brindamos. Sonreímos.
179 partidos acertados era una locura absoluta. Volvimos a brindar. Durante
unos segundos nos dedicamos a escuchar las olas romper. Finalmente rompí el
silencio.
—Lo más
impresionante fue haber acertado incluso el partido de Alemania contra Curazao.
—No acertó —dijo
Santiago, siempre un poquito más prudente que el resto—. Predijo un resultado
de 7 a 1.
—Y terminó 7
a 0... eso es casi acertar… —insistí yo, siempre un poquito más cabezadura que
el resto.
—Mi jermu no
está “casi embarazada” —bromeó Marcos, que esperaba al tercero.
Christian
intervino:
—Convengamos
que le pegó a resultados impensables. Eso, de por sí, es bastante increíble.
Todos estuvimos
de acuerdo.
—Igual yo sigo
sin creer que haya funcionado… —aportó Santiago.
—Funcionó
porque estaba basada en mi algoritmo de redes neuronales probabilísticas
cuánticas —aclaró Marcos.
Los cuatro nos
abstrajimos en el vasto océano una vez más. Nuestra IA había alcanzado un nivel
de precisión más allá de lo humanamente posible. No sólo la había pegado en
empates y goleadas. También predijo penales, expulsiones y que un jugador
japonés iba a accidentarse luego de un cabezazo en semifinales.
Nuestra
empresa quedó maravillada. El gerente de RRHH, inflando un poquito el pecho, nos
condecoró diciendo: "mis muchachos vienen del futuro". Los diarios
especializados nos llamaron para entrevistas. Estábamos en la cima de la
gloria. Y desde ahí, lo sabemos, la caída puede ser fatal.
Un segundo
mojito coincidió con una conversación peligrosa.
—Che, perdón
que sea un pesado, pero a mí me quedó una duda —dijo Santiago—. ¿Cuál fue la
versión que usamos para el PRODE al final?
Marcos revisó.
—La última
estable.
—¿Cuál era
esa?
—La definitiva.
—¿La definitiva
o la definitiva_final?
—Emm… la definitiva_final…
creo.
Me levanté
de la reposera.
—Esa versión
no creo, porque yo la toqueteé un poquito antes de largarla a productivo. Me
parece que le puse: definitiva_final_ahora_sí
Silencio.
—Yo optimicé
esa versión, Lupa —disparó Christian desde el fondo.
—Le pusiste
emojis a las respuestas de la IA.
—Eso mejora
la experiencia de usuario. Me hacía sentir más cercano.
—¿Se
acuerdan cuando agregamos el módulo bayesiano? — dijo Santi cambiando el tema.
—Nunca hubo
módulo bayesiano —respondí.
—¿Entonces
qué presentamos en la demo?
—Un
PowerPoint.
Mientras Marcos
volvió a abrir su notebook, yo pregunté quién había entrenado al modelo. Nadie respondió.
Investigamos un poco más el código; el repositorio tenía más ramas de las que recordábamos.
Como una civilización que hubiera evolucionado sin control. Miramos el log del
archivo base:
fixture/modelo_definitivo
fixture /modelo_definitivo_bueno
fixture /modelo_definitivo_bueno_posta
fixture /modelo_definitivo_bueno_posta_v2
fixture /modelo_definitivo_bueno_posta_v2_corregido
fixture /modelo_definitivo_bueno_posta_v2_corregido_revisado_ese_sí
Y otras
cuarenta variaciones similares.
—Esto parece
arqueología digital —murmuró.
Los cuatro
miramos fijamente el monitor de la pantalla. Nadie habló durante varios
segundos. Una gaviota aterrizó cerca. Parecía escuchar. Marcos finalmente
encontró el código principal. Lo abrió. Lo revisó.
—Muchachos. ¿Qué
carajo es esto?
Señaló una variable
nueva, creada segundos antes de pasar el modelo de IA a Productivo. Es decir:
justo antes de utilizarlo para tirar las predicciones del PRODE. Nadie
recordaba haber escrito esa línea de código. Como arqueólogos contemplando una
inscripción de una civilización desaparecida, observamos algo que no debía
haber estado ahí. Aquella variable extraña se llamaba:
factor_psicohistorico
= random
Comenzaba a
caer el sol cuando Marcos encontró el módulo final. Sentí que el corazón
comenzó a latirme más rápido. Todo el diseño de la inteligencia artificial que
había derrotado a los demás participantes dependía de un par de líneas de
código.
Parpadeé.
Leímos otra
vez. Y otra vez. Después una tercera.
—No puede
ser —declaró Marcos.
—¿Qué pasa? —dijimos
los demás al unísono
—Creo que
encontré la función principal.
El código
era sorprendentemente corto. Casi elegante. Igual que aquellas cosas simples
que producen consecuencias enormes:
resultado = seleccionar_resultado()
import random
return random.choice(resultados_posibles)
El mar y la
gaviota seguían allí. Perfectamente indiferentes. El universo tampoco parecía
percatarse.
—No entiendo
—dije—. ¿Dónde está nuestra IA?
Marcos
recorrió el código nuevamente. Santiago revisó las ramas. Christian buscó
backups. Nadie pudo determinar cuándo había aparecido aquella función. No había
commit, autor o documentación. Parecía haber estado allí desde siempre.
Como una ley
física.
Como la
gravedad.
O como el
error humano.
Los cuatro permaneceimos
largos minutos mirándonos entre nosotros.
Finalmente hablé.
—Voy a decir
lo que todos estamos pensando... ¿ganamos el PRODE porque una función aleatoria
acertó el 99% de los partidos?
Santiago
negó lentamente con la cabeza.
—Es
imposible. Es estadísticamente imposible. Sería más probable que te muerda un
tiburón en Monte Hermoso mientras te cae un rayo por décima vez consecutiva.
Por mi mente
pasaron los meses de trabajo, las reuniones, las múltiples discusiones.
Métricas y dashboards que ahora no servían para nada. Recordé un viejo cuento
de ciencia ficción que había leído de adolescente, uno de Asimov sobre una
guerra ganada por una máquina gigantesca.
Sonreí.
Levanté mi
vaso. Sugerí un último brindis
—Creo que
pasó algo mucho peor.
—¿Qué? —me
respondió Christian.
—Que durante
meses tocamos tanto el sistema que terminamos construyendo una religión
alrededor de una función random.
—¿Y el
noventa y nueve por ciento de efectividad? —quiso saber Marcos.
Todos giramos
hacia él, pero ninguno tenía la respuesta. Era el mejor de los tiempos, era el
peor de los tiempos. Acabábamos de cruzar medio mundo gracias a un algoritmo
cuya lógica nadie comprendía, cuyas métricas eran dudosas, cuyos módulos eran
decorativos y cuyo corazón consistía, aparentemente, en preguntarle al azar.
El atardecer
sobre el Caribe me conmovió. Marcos cerró la notebook. No lo vi con ganas de
corregir más nada, quizás por primera vez en semanas. Se me ocurrió pensar que
si una función random podía ganar un Mundial, quizás la tecnología había
alcanzado por fin su forma más pura.
O tal vez esto era sólo el principio.
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