¿Te gusta el contenido de mi blog? Ayudame a seguir manteniéndolo

Invitame un café en cafecito.app
Por el momento, sólo podés invitar cafecitos si sos de Argentina. Ahora sí, lee tranquilo.

viernes, 15 de mayo de 2026

Mis días por Entre Ríos (parte 2)

 

Segunda parte de mis días por Entre Ríos. Full modo termas, capibaras y paseos en bici. No faltaron las cosas extrañas que sólo me pasan a mí. Colón, El Palmar, Concepción del Uruguay y Villa Elisa.



 

Día #4 – Lunes 11/5: ruta, termas y modo jubilado premium

Arrancaba oficialmente la segunda parte del viaje. A la mañana armé las valijas en Paraná y aproveché las últimas horas antes de retirar el auto para caminar un poco más por el centro. Ya me movía con familiaridad, como si hubiese vivido ahí bastante más de tres días. Eso tienen algunos viajes: aceleran vínculos con los lugares.

A las 12 retiré finalmente el auto alquilado: un Renault Logan 2025 nuevito, hermoso, muy superior a mis expectativas. Apenas conecté el USB agarró automáticamente Google Maps y Spotify. Tecnología simple pero efectiva.

La ruta hasta Colón fue extremadamente tranquila (tirando a monótona). Mucha autopista, mucho tramo recto, poco estrés. Entre podcasts y música, había hecho 100 km sin darme cuenta.

Visualmente no era la Ruta de los Siete Lagos ni los paisajes de Catamarca, eh. Yo venía con el recuerdo fresco de manejar por Fiambalá y esas rutas de adobe catamarqueñas que parecen diseñadas por un director de fotografía obsesionado con los paisajes épicos. Acá era otra energía: campos, verde, cielos enormes y una calma bastante uniforme.

Google Maps me hizo atravesar Villaguay, pueblito simpático, muy tranquilo. Después pasé por Villa Elisa y ahí sí pensé: “epa, esto está más lindo”. Más prolijo y pintoresco. Y, obvio, atravesado por la cultura termal entrerriana.

Porque si algo descubrí rápidamente es que en Entre Ríos cada pueblo parece tener sus propias termas. Llegué a Colón cerca de las 15 hs. Primera impresión: MUCHA vibra turística. Pero turista PAMI.


Me instalé en el departamento que había conseguido. 45 lucas la noche. Más de lo que quería pagar, sinceramente, pero no había hostels disponibles. Igual el lugar estaba bien: patio, parrilla, depto cómodo con un calefactor que agradecí. Aparte, tenía planeado un día muy sereno.

Me pegué un baño, armé unos mates y salí rápidamente rumbo a las termas. O al menos esa era la idea. Porque en un momento me descubrí caminando junto a la vera del Río Uruguay mientras me hacía una pregunta bastante simple: “¿Quién me está apurando?”

Y nadie me apuraba, sólo mi cabeza. Creo que fue el primer momento del viaje donde bajé un cambio de verdad. El río ayudaba muchísimo. Tiene una calma copada el Uruguay. Más silencioso de lo que imaginaba. Y además tiene algo raro para un río argentino: se siente bastante cristalino en comparación con otros. Me quedé caminando un rato simplemente porque sí. Después sí: termas.

Entré al complejo y logré un descuento amigable (de 20K a 17.400$). La pileta techada principal no estaba funcionando por un desperfecto, el resto sí. Y alcanzaba y sobraba.

El complejo termal me sorprendió. Muchísimo verde, parque acuático, juegos, espacios amplios y unas diez piletas con distintas temperaturas, algunas abiertas y otras techadas. Obviamente pensé en Benjamín y Mateo porque les habría encantado.


Entre Ríos vive prácticamente sobre un paraíso termal: gran parte de las aguas vienen del Acuífero Guaraní, uno de los reservorios subterráneos más grandes del planeta

Me relajé en serio. Venía muy acelerado: caminar, recorrer, sacar fotos, escribir, organizar hospedajes, moverme constantemente. Las termas cambiaron completamente la energía. Me tiré con unos mates frente a una pileta de 40 grados y sentí cómo el cerebro empezaba a dejar de correr.

El complejo tiene unas diez piletas. La que más me gustó fue la octogonal. Una pileta con chorros de altísima presión que te hacían un hidromasaje violento pero glorioso. Salí de ahí con la espalda reseteada a valores de fábrica.

En un momento una piba que trabajaba ahí, Giuliana, se copó y me hizo una mini sesión de fotos improvisada. Gran servicio. Eso sí: como esperaba —y más todavía fuera de temporada— el promedio de edad del complejo era aproximadamente 78 años.

Ver el atardecer desde las termas fue paradisíaco. El vapor saliendo de las piletas, el sol bajando, las palmeras, el agua caliente… hubo un momento donde pensé: “Bueno, listo. Viaje express a Cancún.”


Charlé un rato con Stella, una marplatense que también viajaba sola y que casualmente iba a ir al Parque Nacional El Palmar al día siguiente. Los viajes tienen algo de eso: conversaciones cortitas con gente que probablemente no vuelvas a ver nunca más, pero que igual quedan asociadas para siempre a un lugar específico.

Después pasé un rato por el centro de Colón, donde entendí que estaba en tierra capibara. La ciudad explota completamente el tema. Había carpinchos por todos lados: llaveros, peluches, tazas, remeras, stickers, imanes. El carpincho ya dejó de ser fauna y pasó a ser unidad económica regional.

Aproveché para comprar alfajores regionales: conseguí cinco cajas de media docena por 17 lucas. Un precio sospechosamente bueno. Los probé para verificar calidad científica, claramente, y eran realmente ricos.

La noche cerró con simpleza. Fernuco, hamburguesa en un barcito tranquilo y después vuelta al departamento. Estaba cansado. Me tiré a ver un capítulo de From, seguí escribiendo un poco el diario de viaje y me fui a dormir. Sin darme cuenta, Entre Ríos me había cambiado el ritmo.

 

Día #5 – Martes 12/5: capibaras, senderos épicos y vibes entrerrianas

Mientras toda la Argentina estaba en modo 4ta marcha federal universitaria, yo estaba en otro modo completamente distinto. Me desperté absurdamente relajado. Y cuando descubrí que el checkout del departamento era recién a las 14 hs, me relajé todavía más. No tenía que correr para ningún lado.

Desayuné tranquilo leyendo Dark Matter en el e-book. Pronto decidí aprovechar la mañana para trotar un poco por Colón antes de seguir viaje. El clima acompañaba perfecto: promesa de sol y 21 grados para la tarde.

Entré trotando al Parque Quirós y después seguí bordeando la playa y la costanera. El Río Uruguay me pareció más lindo que el Paraná. Más transparente, playero, amable visualmente.


El trote estuvo espectacular. Colón claramente no es una ciudad pensada para el caos ni la noche intensa. Tiene otra corriente, más orientada al descanso, a caminar lento, a sentarte frente al río y bajar revoluciones. Me funcionó ese día, aunque tampoco es mi estilo.

Hay playitas por todos lados, costanera linda, bares tranquilos, mucho verde y una sensación constante de “acá nadie te apura, rey. Relajá”.

Tocaba seguir viaje: Parque Nacional El Palmar.

A las 11 pasé a buscar a Stella, la mujer marplatense que había conocido en las termas el día anterior. Justo ella iba para el parque y me copaba compartir parte del trayecto con otra viajera solitaria. Además cayó con chipá. Eso suma mil puntos.

El viaje desde Colón hasta El Palmar duró unos 45 minutos. Autopista tranquila y charla viajera de fondo. Hablamos de trekking, viajes, laburos, escapadas improvisadas y sobre esa gente que necesita moverse constantemente para sentirse viva.

En la entrada del parque nos cobraron sólo 3500 pesos gracias al pase termal del día anterior. Beneficios ocultos. La idea inicial era alquilar bicis para recorrer el parque, pero el puesto estaba cerrado. Así que improvisamos: cada uno iba a recorrer a su ritmo y nos reencontrábamos a las 17.30 en el auto.

Ahí empezó oficialmente mi fantasía de Safari Pokémon versión litoral argentino. Lo primero que descubrí es que los carpinchos son bastante más desconfiados de lo que internet quiere hacerte creer.


Mi intento de abrazar uno falló estrepitosamente y, para peor, quedó registrado en video. Gran humillación documental.

Después, mientras caminaba cerca de la proveeduría, vi probablemente la araña más gigante, peluda y amenazante de toda mi vida paseando tranquilamente como si pagara alquiler ahí. En ese instante entendí dos cosas: estaba efectivamente en territorio salvaje + necesitaba bañarme en OFF inmediatamente.

Me tiré tanto repelente encima que probablemente ningún mosquito se me acerque hasta 2034.

Tener auto dentro del parque es CLAVE. Los senderos están conectados por varios kilómetros de ruta interna y hacer eso caminando constantemente puede ponerse medio pesado. Con bici hubiese sido perfecto.

Adopté un sistema bastante eficiente: manejaba hasta un sendero, estacionaba, pateaba o trotaba, volvía al auto, repetía el proceso como entrenador Pokémon recorriendo gimnasios.

En la entrada, además, pasó una situación increíble. Le pregunté en chiste a una de las chicas del parque si podía llevarme un carpincho en el baúl del auto. Sin siquiera pestañear me respondió: “Avisame y lo hacemos milanesa. Son riquísimos”.

¡Se comen a los carpinchos! Nunca esperé semejante nivel de violencia gastronómica espontánea. Al parecer tienen una carne muy tierna y sabrosa. No lo podía creer.

Mi primer sendero largo fue el histórico, que además tiene playita y miradores. Y claramente metí los piecitos en el agua un rato porque el solcito estaba demasiado lindo como para no hacerlo. Ese sendero me encantó.

Encima pasó algo bastante especial. Mientras estaba sentado cerca de la playa, una mariposa rarísima empezó a posarse varias veces sobre mí. Luego, charlando con una amiga, me comentó que quizás fuera el alma de alguien querido viniendo a visitarme. Creer o reventar.

El Palmar tiene exactamente el clima que estaba buscando: vegetación cerrada, senderitos serpenteantes, palmeras yatay gigantes y esa sensación de estar recorriendo algún bosque perdido de El Señor de los Anillos versiónlitoral.

Algunas palmeras tienen cientos de años y forman uno de los palmares más importantes del mundo.


Después seguí recorriendo senderos y cada vez aparecían más carpinchos, ñandúes y bichos raros. Camino a La Glorieta vi literalmente decenas de carpinchos entre los pastizales.

Aproveché que ese sendero era cortito —supuestamente 45 minutos— y lo hice al trote, dejando la mochila en el auto. Tardé diez minutos.

Ahí entendí que las métricas de tiempo de algunos senderos estaban pensadas para alguien que se detiene a contemplar filosóficamente cada árbol durante media hora.

El sol estaba espectacular. Esos soles suaves de otoño donde todo se ve más lindo y caminar deja de ser esfuerzo para convertirse simplemente en placer. Seguí hacia el sendero Yatay y más tarde hacia Tres Cruces, que terminó siendo uno de los más interesantes de todo el parque.

Además del paisaje, el sendero Tres Cruces tenía una narrativa que lo atravesaba. Y eso me fascinó.

El recorrido cuenta historias vinculadas a unitarios, federales y episodios violentos del siglo XIX. Justicia por mano propia, emboscadas, enfrentamientos y tensiones políticas en medio de las palmeras. ¡Siglazo el XIX! (Alerta de fans de Molinari).

Me encantó esa mezcla entre naturaleza y relato histórico. No sólo el paisaje es bello, sino que además esconde historias salvajes.

Más tarde, camino al sendero Arroyo El Palmar, me crucé otra vez con Stella. ¡Había conseguido alquilar bici! La vi aparecer pedaleando feliz entre palmeras. Cerré el trekking en el sendero El Mollar, cerca del camping, completamente destruido pero feliz.

En un momento hice una pausa y pensé seriamente: “¿Cuántos carpinchos habrá en este parque?”. Porque yo debo haber visto cientos. En las oficinas de turismo estimaron que debe haber, tranquilamente, entre 800 y 2000 carpinchos distribuidos por todo el parque y sus zonas húmedas.


A las 17, mientras bajaba el sol, pegamos la vuelta con Stella, que terminó siendo una tipaza. Muy trekkera, viajera, fácil para conversar sin que aparezcan silencios incómodos. La dejé en la entrada de Colón y seguí rumbo a Concepción del Uruguay. Llegué cerca de las 19 hs al 3260 Hostel.

Nuria, mi contacto del hostel, todavía no estaba, pero me recibió un residente: Miguel, señor grande, piolón, que al toque empezó a tirarme recomendaciones locales y cuál era el baño con la mejor ducha.

El hostel no tenía mucha gente, pero sí muy buenas vibras. Lamentablemente, como no es temporada de verano, había poco movimiento. Algunos estudiantes, Miguel, Fernando (otro hombre mayor) y no mucho más. Todo muy tranquilo.

Me pegué un baño extremadamente necesario —excelente presión de agua, dato clave— y ahí apareció finalmente Nuria, una piba con esa energía peligrosa de la gente que te cae bien demasiado rápido.

Fanática de The Walking Dead, un toque hiperactiva (digamos todo), retrucadora, simpática y con esa capacidad de hacerte sentir cómodo a los cinco minutos. Me hizo un mini tour por el hostel y me ayudó a ordenar los últimos días del viaje.

El primer dato clave fue el contacto para alquiler de bicis. Lo imperdible en CdelU es la Isla del Puerto, las Termas de Concepción y el Palacio San José (donde asesinaron a Urquiza, el primer presidente constitucional de Argentina).

Dato no menor: el General Urquiza literalmente gobernó el país desde ahí durante parte de la organización nacional.


Obviamente no iba a llegar a hacer todo. Terminé cerrando el alquiler de bici con Javier, que también se dedica a armar tours, trekking y bicicleteadas por la ciudad. Me dejó tres horas por 15 lucas. Precio amigo. Negoción.

A la noche salí a recorrer un poco el centro de Concepción. Mi primera impresión es que es muchísimo más grande y urbana que Colón, aunque no me pareció más linda que Paraná.

Centro lindo, iluminado, peatonal y algo de movimiento para ser un martes por la noche. Terminé cenando algo en Bartolo Bar. Pésimo nombre, pero el lugar estaba bien. Muy cozy, frente a la plaza principal, bastante clásico y con birra fría. Era exactamente lo que necesitaba para cerrar el día.

 

Día #6 – Miércoles 13/5: playas, bicis y empezar a extrañar tu propia rutina

El viaje empezaba lentamente a entrar en su recta final. Me quedaban apenas dos días y ya empezaba a aparecer esa sensación rara que tienen todos los viajes largos: cuando todavía la estás pasando bien, pero una parte tuya empieza a extrañar cierta normalidad.

Me levanté en Concepción del Uruguay (CdelU) cerca de las 8 y media. Sí, seguía en el Hostel 3260. Apenas abrí los ojos uno de los pibes de la habitación me ofreció una seca. Era un vago de la matanza, vendedor de medias; el mismo que la noche anterior había roncado como una cosechadora industrial hasta que terminé revoleándole un almohadazo para que aflojara un poco. #HostelExperience.

El día venía hermoso: sol, cielo limpio y unos 18 grados bastante amigables. A la mañana me quedé mateando con Nuria mientras resolvía algunas cuestiones laborales de la universidad. Porque aparentemente la gente de Bahía Blanca no sabía —o no le importaba demasiado— que yo estuviera de vacaciones. Pequeños incendios académicos a distancia, nada grave por suerte.

Noté que el hostel tenía varios libros en su biblioteca y se me ocurrió dejar también un ejemplar de mi novela El Ascenso de Elin ahí.  Me parece linda la idea de que un futuro viajero pueda encontrarse con mis textos. Que siga circulando y viajando.


A las 11 salí finalmente en bici. Primer destino: Parque de la Ciudad. El camino arrancaba bastante fulero, mucha tierra y tramos medio incómodos, pero de golpe se abría un parque enorme, lleno de verde y con un laguito lindo en el medio. Automáticamente bajó mi ruido mental.


Después seguí rumbo hacia Banco Pelay y Paso Vera, uno de los balnearios que tiene el Río Uruguay. Amo que Concepción del Uruguay viva completamente de cara al río. Unos 30 minutos de pedaleada y llegué a la playa con un solcito bárbaro. Arena, río, árboles, tranquilidad absoluta.

Lamenté una cosa: no haber llevado mate. Pero había querido viajar liviano y uno no puede ganar todas las batallas. Seguí varios kilómetros más hasta Isla del Puerto, sin duda lo más lindo que tiene CdelU.

La islita es una locura. Playas de arena clarita, palmeras, senderos larguísimos para caminar o correr, juegos, plazas, sectores verdes y muchísimo espacio abierto. Tiene una onda muy distinta a la de Paraná o Colón: más moderna, ordenada, pensada para pasar el día entero tirado al sol. En verano eso debe explotar de gente.


A eso de las 13 frené en un barcito costero para clavar café con tostadas y, gracias al cupón mágico de Nuria, me hicieron 10% de descuento. Messi total. Cuando volví al hostel descubrí que había pedaleado casi 30 kilómetros entre una cosa y otra.

Mientras cocinaba unos fideos completamente salvadores entendí algo importante: el día estaba demasiado lindo como para encerrarme en unas termas.

Así que cambié los planes sobre la marcha. Y creo que fue la mejor decisión porque ya estaba en otro mood.

Creo que ahí también apareció otra sensación: ya tenía ganas de volver a casa. No por estar mal ni aburrido. Al contrario. Había salido todo demasiado bien. Sí sentía que el viaje ya había cumplido su ciclo. Que había hecho todo lo que quería hacer. Que ya tenía suficientes recuerdos, charlas, lugares y momentos para procesar tranquilo cuando volviera.

Y esa sensación también está buena, me parece, porque significa que el viaje funcionó. Cuestión que por la tarde me fui (ahora sí en auto) hasta el Balneario Itapé, justo debajo del puente que conecta con la Isla del Puerto. Fue exactamente lo que necesitaba. Arena, río, solcito suave, patitas descalzas y cero apuro.

En un momento incluso me puse a trotar un rato más por la zona y me crucé con Miguel —trabaja en el acceso a la isla—. Por la tardecita terminé aprovechando para ir a donar otro libro, esta vez a la Biblioteca Popular El Porvenir. Otra pequeña huella dejada por Entre Ríos.

Entrada la noche volví a recorrer el centro, cargué nafta, caminé un poco más y terminé cayendo en Tractor Cervecería. Y mamita qué buen lugar. Hermosa salamandra prendida, ambiente cálido, muy buena música rockera, excelente birra y justo enganché una promo de dos pintas más dos empanadas por 15 lucas. Deal breaker absoluto.


Creo, genuinamente, que fue la mejor cervecería de todo el viaje. Top tier entrerriano. Me quedé un buen rato ahí simplemente disfrutando el clima del lugar mientras leía Dark Matter (por cierto, un librito que me está re copando).

A las 22:30 ya estaba de vuelta en el hostel. Me puse a charlar con un flaquito con el que compartía la habitación. Cuando le dije mi edad, me tiró “pensé que tenías 30”. Pequeños cumplidos que abrigan al alma, jaja. La noche terminó de la forma más lógica posible: animé, cansancio acumulado y dormir profundamente.

 

Día #7 – Jueves 14/5: termas, rutas y despedidas pequeñas

Último día del viaje por el litoral argentino. Ya desde la mañana había una energía rara, entre melancólica y nostálgica. Si bien había disfrutado mis días, extrañaba a mis hijos y sentía que la segunda mitad del viaje habría sido muchísimo más potenciada con ellos.

Me levanté en el hostel, tomé unos mates, armé el reel de la Comic-Con y preparé las valijas una vez más. Antes de salir me despedí de Miguel, Fernando y Nuria, que ya se habían convertido oficialmente en personajes importantes del viaje.

Y eso siempre me pega un poco. Porque uno llega a un hostel pensando que solamente necesita una cama… y a veces termina llevándose personas, aunque sea por un ratito.

Partí rumbo a las termas de Villa Elisa. Había escuchado que eran de las mejores termas de la zona y, además, me quedaban perfectamente de pasada camino a Paraná. Sumado a eso, tenía el famoso descuento termal acumulado de todo el viaje, así que cerraba por todos lados.


En el fondo ya me había convertido, sin querer, en un jubilado termal estratégico. Paré primero en la YPF de Villa Elisa para tomar un café y ahí confirmé otra de mis teorías entrerrianas: en Entre Ríos cada pueblo no sólo tiene sus termas, sino también gente amable y bicis para alquilar.

El clima estaba nublado y fresco, como si Entre Ríos me estuviera diciendo suavemente: “Bueno Lupa… ya está. Volvete a casa que tenés a muchos esperándote”. Al viaje lo sentí un poco eso también, estar un poquito solo para recordar lo lindo que es estar acompañado.

Llegué a las termas cerca del mediodía. Con el descuento terminé pagando algo así como 11.500 pesos la entrada. Te cobran aparte estacionamiento, pero decidí dejar el auto afuera porque claramente el verdadero espíritu viajero también consiste en ratonear cinco lucas cuando la oportunidad lo amerita.

El complejo es ENORME. Gigante de verdad. Muchísimo camping, espacios verdes, algunos juegos acuáticos (no tantos como en las termas de Colón), accesibilidad muy bien pensada y un lago interno muy bonito.



De más está decir que el promedio de edad era apocalíptico. Más jubilados que en una asamblea del PAMI. ¡Encima me miraban raro! Claro, no encajaba un pibe de rulos solo por ahí. Yo igual la estaba pasando bárbaro.

Me pasé un par de horas haciendo tour de piletas térmicas. Había unas diez, aunque las únicas habilitadas eran justamente las termales porque ya estamos en otoño. Y aunque el complejo me pareció excelente, confirmé que me habían gustado más las termas de Colón.

Las sentí más originales, más variadas y bastante más pensadas para familias con chicos. Acá el plan era mucho más “descanso terapéutico full”.

En un momento, casi milagrosamente, salió el sol. Y fue muy cómico porque pasé de estar completamente abrigado a trotar en remera alrededor del lago interno del complejo como si fuera otra estación del año.

Ese trotecito fue clave. Medio que ahí terminé de procesar el viaje. Mientras corría pensé bastante en todo lo que habían sido esos días: las rutas, los hostels, las charlas inesperadas, las termas, los carpinchos, la Comic-Con, las bicis…

Y también pensé algo muy simple: qué bien hace irse un ratito. Después sí: ruta nuevamente. Y ahí entré completamente en comeback mode. Sonó Bon Jovi mientras manejaba y después fue una seguidilla de podcasts y boludeces para hacer más llevaderos los kilómetros.

Anécdotas de Nico de Tracy es probablemente uno de los mejores podcasts ruteros posibles. Solo superado, claramente, por Cuentos de Luciano Sívori. Guiño guiño.

Llegué cerca de las 18 nuevamente al Paraná Art Hostel donde me recibió Tomás. Viejo malo conocido. Y ahí apareció otro personajazo: Flor. Una chica de Concordia con un acento medio uruguayo hermosísimo con quien arrancamos compartiendo mates y terminamos charlando bastante más de lo esperado.

Ya acomodado para mi última noche de hostel, aproveché que encontré abierta una biblioteca y dejé otra donación de El Ascenso de Elin. Ya para ese momento el viaje tenía algo de eso: dejar libros desperdigados por Entre Ríos como pequeñas miguitas de pan emocionales.



A la noche salí a probar finalmente el famoso “lisito” del litoral mientras revisaba el celular y me encontré con algo completamente inesperado: el reel de la Comic-Con casi se había viralizado. Bueno… “viralizado” según mis parámetros.

Más de 7000 vistas y +300 likes, que para mi humilde internet de escritor/nerd viajero ya era un montón. Es una pavada, pero a mí me puso contento. Sobre todo porque mucha gente lo compartió y se copó genuinamente con el contenido del viaje.

Volví cerca de las 22 al hostel (con un par de “lisitos” arriba) y me encontré nuevamente con Flor. Y el viaje terminó de la forma más simple posible: birras, cenita, charlas medio existenciales, historias de vida RARAS… y esa intimidad que a veces aparece con personas que acabás de conocer.

Me resultó muy simpático cerrar un viaje tan movido, tan lleno de kilómetros, actividades y lugares, con algo tan pequeño como compartir una cerveza con alguien que probablemente no vuelva a ver nunca más…

 

Palabras finales

… o no, nunca sabemos. Porque quizás vuelva a cruzarme con Stella, Tomás, Coco, Nuria o Flor en algún momento, como me he vuelto a ver con viajeros de otros tiempos.

Supongo que viajar, al final del día, es un poco crearte una versión distinta por un tiempito. En mi caso, dejar de ser consultor SAP, padre, docente… hablar con desconocidos como si los conociera hace años, encariñarme con lugares que hace una semana ni existían para mí y entender que, incluso cuando el plan original era “ir a una Comic-Con”, terminar llevándome algo más.


Entre termas, rutas, hostels, carpinchos y charlitas, Entre Ríos terminó siendo menos una provincia y más una colección de momentos mínimos que probablemente vuelvan a aparecerme dentro de años, de golpe, mientras escucho una canción o tomo mates mirando algún río cualquiera.

Ahora sólo toca volver a casa para recibir a Benja y Mateo diciendo, al unísono: “¿Qué nos trajiste, pa?”.

 

***


=>> Otras POSTS SOBRE VIAJES en el blog: “
Mis días por Paraná y la Comic-Con 2026”; “Laberintos y naturaleza en San Rafael (2026)”; “Recorriendo norte de Europa en auto”; “Un book-tour por los refugios de El Bolsón”; “Mis días por Catamarca (parte 1)”; “Mis días por Catamarca (parte 2)

***

 

 

 Podés seguir las novedades en mi fan-page. También estoy en Instagram como @viajarleyendo451. Si te gustó la nota, podés invitarme un cafecito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

Quizás te pueda llegar a interesar...