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lunes, 11 de mayo de 2026

Recorriendo Paraná: Comic-Con 2026

Tres días en Paraná entre bondis destartalados, ecobicis, birras amigables, teatro independiente y una Comic-Con tan caótica como entrañable. Diario de viaje de mis días por Entre Ríos (parte 1):




***

Día #1 – Viernes 8/5: bondis nefastos, eco-bicis y nerdismo organizado

Salí hacia Paraná el jueves 7 de mayo. Sí, el día de mi cumpleaños. Porque aparentemente mi manera favorita de festejar es subirme 16 horas a un bondi medio destartalado, con olor a chegusán de milanesa, rumbo a una provincia de la que no sé absolutamente nada.

El micro salía 19.30 hs y llegaría tipo 11 de la mañana. Un montón. Pero ya estaba mentalizado: libros, animé, música, e-book cargado y ganas de perderme un rato. He escrito arriba de bondis antes —de hecho tengo un cuento sobre bondis escrito arriba de un bondi, full meta— así que el contexto me resultaba natural.

La excusa oficial del viaje era la Paraná Comic-Con. Todo había arrancado una noche de reci con la banda Shinsei de Bahía Blanca (que me encanta), entre comentarios random y manijas etílicas. El evento prometía invitados grosos como René García y Mario Castañeda, además de actividades, stands y caos otaku.

Durante el viaje sentí que había pagado barato por la experiencia completa: el asiento incómodo, el vidrio que vibra y la sospecha constante de que alguna pieza del bondi está sostenida únicamente por fe.

Aproveché a leer el primer capítulo de un libro que me voló bastante la cabeza (Cuaderno Inglés, ganador del Premio Clarín Novela 2025 de mi amigo Daniel Morales). Un capítulo larguísimo, como de 80 páginas, pero tan bien construido que podría funcionar como cuento independiente.

El protagonista arranca contando que tuvo un día horrible y después te mete de lleno en sus pensamientos, obsesiones y pequeños derrumbes cotidianos. Todo empieza con una invasión de moscas en el departamento y termina con todavía más moscas. En el medio pasan mil cosas fascinantes para analizar.

También miré algo de animé y empecé Dark Matter, de Blake Crouch, recomendación de un amigo argentino-panameño, el Eze Coniglio. Después seguí con una peli: The Drama (directo a mi top 2026). El viaje tenía un nivel de consumo cultural bastante obsceno.


Pasé por Rosario, ciudad a la que fui unas seis veces en 2024, así que me agarró una mini nostalgia rutera. Después crucé Santa Fe, que desde la ruta ya se veía linda. En ambas ciudades —y también en la ruta— había muchísima gendarmería dando vueltas.

Y después llegó el momento clave: el Túnel Subfluvial Raúl Uranga-Carlos Sylvestre Begnis. El túnel tiene más de 50 años y durante bastante tiempo fue una especie de obra futurista argentina. De chico veía fotos en las Billiken y nunca pensé que iba a cruzarlo rumbo a una Comic-Con.

Ahí sentí literalmente que estaba entrando en terreno nuevo. Primera vez en Entre Ríos. El túnel tiene algo medio cinematográfico: desaparece el paisaje, sentís el río encima tuyo (aunque no lo veas) y, cuando salís, ya estás en otra provincia. Me pegó bastante entusiasmo en ese momento.

Llegué caminando desde la terminal hasta Paraná Art Hostel. Habitación compartida, 25 lucas la noche. Digno todo. Dejémoslo ahí.

En el hostel me recibió Tomás, un entrerriano absurdamente entusiasta que me tiró encima aproximadamente TODA la información turística de Paraná en menos de diez minutos.

Ojo: data útil, eh. Muy útil. Pero yo venía destruido, con hambre y sin capacidad neuronal para procesar semejante bombardeo de recomendaciones. Era como escuchar un audioguía en velocidad x2. Igual le reconozco mérito porque gracias a él terminé anotando varias cosas que intentaría concretar.

Lo primero que hice fue tomar unos mates. Prioridades. Pensé en que Paraná es una suerte de San Francisco. No porque haya tranvías ni startups, claramente, pero sí por las subidas y bajadas constantes, las calles inclinadas, las vistas al río apareciendo de golpe y esa mezcla entre ciudad tranquila y paisaje enorme.


Almorcé algo liviano y empecé a organizar actividades: reservar la excursión al Islote Curupí el domingo, pensar una visita a una biblioteca para dejar un ejemplar de El Ascenso de Elin y planear mi sábado. La idea era recorrer la costanera en bici antes de caer nuevamente a la Comic-Con.

Después salí caminando hacia la costanera por calle Corrientes y, en el medio, reservé un auto por cuatro días. Ochenta lucas por día, más o menos lo que esperaba gastar. Viajar también consiste en normalizar gastos delirantes minuto a minuto.

En la costanera vi un puesto de ecobicis y me tenté. Ya tenía instalada la app, así que desbloqueé una y terminé dando una vuelta hermosa de media hora junto al río. Paraná tiene algo muy amigable para caminar o pedalear: mucho espacio abierto, aire, verde y una sensación relajada incluso en zonas céntricas.

A eso de las 16 hs llegué a la Comic-Con. Estaba explotada de gente porque el viernes era gratuito. Muchísimo movimiento, cosplays, puestitos y adultos gastando plata en merchandising que claramente no necesitan (me incluyo). Bastante a pulmón todo, pero con buena onda.

Volví un rato al hostel a tomar un café y reordenarme. Ahí decidí entregarme por completo al costado nerd del viaje y sacar entrada para ver Mortal Kombat II, ah pero en versión 4D.

La película era en el Shopping Paso del Paraná y el lugar me sorprendió muchísimo. Funciona en una vieja fábrica de fósforos que llegó a emplear a cientos de mujeres, algo bastante común en la industria de la época porque se buscaban manos pequeñas y precisas para ciertos procesos delicados. El edificio todavía conserva la chimenea original de la fábrica, así que por momentos parece más un centro cultural industrial reciclado que un shopping tradicional.



Después de la película terminé otra vez en la Comic-Con y cometí el acto inevitable de cualquier evento geek: comprar boludeces. Había nenes corriendo con espadas de gomaespuma, adultos discutiendo lore de Dragon Ball y padres completamente derrotados cargando bolsas de merchandising.

Me llevé unas medias y un buzito para mí. Qué facilidad impresionante tiene uno para justificar gastos en vacaciones, ¿no?

La cena fue tan simple como perfecta: panchito y birra en Panchetto. Algo que me llamó mucho la atención de Paraná fue la cantidad de bicicletas sin candado. Bicis literalmente apoyadas por ahí, como si nada. También había bastante presencia policial visible en el centro y la costanera, así que quizás viene por ahí la cuestión.

Después de una última caminata nocturna por el centro, volví al hostel a descansar y a escribir el inicio de este diario de viaje.  Primer día y ya sentía que el viaje había valido completamente la pena.

 

Día #2 – Sábado 9/5: frío entrerriano y mucha Comic-Con

La segunda noche en el hostel tuvo un nuevo personaje desbloqueado: Coco. O Marcos, en realidad. Actor de teatro de Chos Malal, estaba de gira haciendo funciones en Entre Ríos y cayó en la habitación entrada la madrugada, con esa energía simpática típica de la gente que vive viajando.

A la mañana desayunamos juntos en el hostel y quedamos en tomar unas birras más tarde. Coco tenía que estudiar un libreto porque el lunes arrancaba funciones de teatro de marionetas en escuelas. Me encanta cruzarme con esa gente que parece vivir permanentemente arriba de una ruta, literalmente sobreviviendo a base de arte y tecitos.

También conocí a Walter, un mendocino que toca en la sinfónica local de Paraná. Me contó que esa misma noche había concierto en el Centro Provincial de Convenciones de Paraná, justo al lado de la Vieja Usina, donde se hacía la Comic-Con. Paraná empezaba a sentirse un poco así: una ciudad donde terminás cruzando mundos completamente distintos a menos de dos cuadras de distancia.

Salí tipo 10 con toda la ropa de abrigo que tenía disponible. Guantes, cuellito, varias capas, absolutamente todo. No alcanzó. El “fresco entrerriano” claramente maneja estándares distintos a los míos. Así que sumé un gorrito de lana a mi outfit.

El plan del día era recorrer la ciudad en bici. Y la verdad es que Paraná se presta muchísimo para eso.


Arranqué por la costanera izquierda, pasando por playitas que seguramente en verano explotan de gente y música. En mayo tenían una estética más bien tranquila, melancólica incluso. El río estaba gris, enorme y silencioso.

Dejé la bici en la Plaza Petit Pisant, donde hay una vieja locomotora exhibida, y seguí un tramo caminando rumbo al Puerto Viejo. Pero hubo un momento donde la energía cambió un poco. Menos gente y movimiento, sensación rara. No pasó nada, eh, simplemente sentí esa clásica alarma interna de turista diciendo “mejor volvé acá”.

Después Tomás me explicó que hay dos cuadras de “casitas feas” pero después arranca zona de countries y mansiones. En fin, terminé metiéndome en el Parque Urquiza, que al toque entró en mi TOP-10 de parques en Argentina. Paraná tiene esta cosa muy rara de ciudad metida entre barrancas. A veces caminás dos cuadras y parece que cambiaste completamente de paisaje.

Tiene algo particular: cuanto más caminás, más parece transformarse. Arranca como un parque urbano normal y de golpe se vuelve súper verde, con senderos medio escondidos, desniveles, árboles enormes y una atmósfera mística. Hubo momentos donde parecía más un escenario de fantasía onda LoTR.

Terminé llegando al Monumento al General Justo José de Urquiza, después de una caminata que, pese al frío, disfruté muchísimo. Y tengo que hacer una mención completamente poco épica aunque clave: los baños públicos del parque estaban impecables. Esto en Bahía Blanca no pasa.

Otro lugar que me sorprendió fue el Anfiteatro Héctor Santángelo. Una obra tremenda, incrustada entre el verde y las barrancas, con unas vistas increíbles. Cuando ya estaba destruido de caminar, agarré otra ecobici y encaré para el otro lado de la costanera, rumbo al Balneario Thompson.


Ahí frené a almorzar en El Rincón del Thompson: birra y tres empanadas de pescado. Plan simple, efectivo y compatible con mirar el río en silencio mientras leía un capítulo más de Dark Matter.

Durante el almuerzo revisé mentalmente el checklist turístico que me había armado Tomás, el recepcionista hiperactivo del hostel. Y la verdad es que venía bastante bien. Ya había recorrido gran parte de la costanera, el parque, los miradores, el anfiteatro, monumentos, esculturas y varios rincones que él me había mencionado a una velocidad imposible de procesar el primer día.

Tipo 17 caí nuevamente a la Paraná Comic-Con. Compré más pelotudeces, claramente. Ya para ese momento había aceptado que el viaje también consistía en perder plata felizmente en objetos innecesarios.

Uno de los momentos más lindos del día fue descubrir a Millennial Fantasy. Banda de power metal, muy arriba y divertida, tocando covers y versiones relacionadas con animé, dibujos animados, videojuegos y cultura pop en general (hasta tiraron I´m a believer). Imposible no sonreír viendo a todo el mundo cantando cosas completamente inconexas. Amé profundamente ese reci.

Durante el panel de Mike Leal, me crucé otra vez con Coco/Marcos, que se había copado y también terminó dándose un vueltón. Muy rápidamente pasamos a funcionar como si nos conociéramos de antes, que es algo que tienen mucho los viajes: amistades comprimidas en pocos días y con intensidad de meses.

En ese momento agradecí tener el hostel a pocas cuadras de La Vieja Usina. Regresé para buscar calor, baño y una birra salvadora antes de regresar a la convención para uno de los platos fuertes del evento: el panel con Mario Castañeda, René García y Laura Torres.



Y el cierre del día fue bastante perfecto. Tocó Shinsei, la banda bahiense que, en cierto modo, había sido responsable indirecta de que yo terminara viajando hasta Entre Ríos. Hay algo lindo en encontrarte gente de tu ciudad tan lejos de tu ciudad. Como una especie de portal improvisado, ¿no?

La noche terminó con unas pintas, charlitas y filosofía improvisada con Coco. Encontramos un lugarcito con buenas pintas a precios increíbles (2800$ la pinta). Hablamos de teatro, viajes, laburos raros, vínculos con el arte… la vida en general. Conversaciones que ocurren en el contexto irrepetible de un viaje.

Mientras volvía al hostel, ya cerca de medianoche, pensé algo bastante simple: Paraná ya había dejado de sentirse como “un lugar más al que fui” y sentirse como una experiencia real.



Día #3 – Domingo 10/5: un pequeño susto, solcito y teatro independiente

El tercer día arrancó con un pequeño susto. Me desperté y veía borroso. Pero muy borroso. Dije:“listo, hasta acá llegué, me fundí los ojos definitivamente entre pantallas, rutas y sueño”. Por suerte, después de despabilarme un poco, tomar mates y acomodar la vista, la cosa empezó a normalizarse.

Me quedé un rato escribiendo sobre el día anterior —descubrí que Paraná también estaba funcionando como excusa perfecta para volver a escribir crónicas de viaje— y cerca de las 11 salí a trotar. Y ahí apareció el sol. Un so-la-zo.


Después de dos días bastante grises y fríos, Paraná cambió completamente de cara. Había unos 16 grados, cielo despejado y esa luz de otoño que convierte cualquier esquina en una postal. La ciudad, sinceramente, estaba hermosa.

Volví a frenar en el Anfiteatro Héctor Santángelo porque no podía dejar de obsesionarme con ese lugar. Me seguía pareciendo algo medio irreal. Hay obras que no solamente son lindas: tienen presencia. Y el anfiteatro, incrustado entre las barrancas y el verde, tenía exactamente eso.

Terminé haciendo unos 6 kilómetros hasta la zona del puerto viejo, corriendo entre barrancas, senderos y vistas al río. Y cuando ya estaba cansado, hice el combo perfecto: volver por costanera en ecobici.

Después tiré a la mierda todo el ejercicio con un almuerzo poco digno (aunque completamente efectivo desde lo emocional): McDonald's Paraná. Y ahí me cayó una mala noticia.

La excursión al Islote Curupí se cancelaba porque no habían llegado al mínimo de ocho personas. Me devolvían la plata, sí, pero me quedaba sin uno de los planes que más esperaba hacer en Paraná. Me dio bronca porque parecía una de esas experiencias medio escondidas que terminan siendo inolvidables. Será cuestión de volver, ¿no?

Volví al hostel un poco derrotado y me encontré con una escena muy hostelera: Coco tirado mirando animé en vez de estudiar el libreto que supuestamente tenía que aprender, mientras las dos residentes permanentes cocinaban en silencio.

Las dos chicas me daban una vibra muy NPC. No lo digo mal. Pero literalmente repetían las mismas acciones todos los días: misma ropa, mismas respuestas cortadas, mismo tono neutro cada vez que uno intentaba iniciar conversación.

A eso de las 16 volví una vez más a la Paraná Comic-Con y llegué justo para el concurso de cosplay. Y qué sé yo… he visto mejores. Faltó más show, exageración, más descontrol. Sentí que varios iban muy bien producidos visualmente y les faltaba un poco vender el personaje arriba del escenario.


Igual el ambiente seguía siendo súper buena onda. Después hicieron un concurso de ramen picante que fue más gracioso de lo que esperaba. Gente sufriendo frente a un público feliz de verlos destruirse las papilas gustativas.

Y sí, en el medio seguí comprando boludeces. También volví a ver a la bandita bahiense Shinsei. Y honestamente estuvieron mejor que el día anterior. Más relajados, orgánicos… los sentís más cómodos arriba del escenario. Me dio la sensación de que habían entrado definitivamente en ritmo y se estaban divirtiendo más.

Volví al hostel y terminé de cerrar la logística de las siguientes etapas del viaje. Conseguí alojamiento en Colón —más caro de lo que quería; terminé pagando 40K un depto porque no hay hostels— y también confirmé el hostel en Concepción del Uruguay, que por suerte sí estaba muchísimo más accesible (18K)

A las 20 hs salí para ver una obra de teatro basada en textos de Santiago Marcos: “Autor de baño”. Me gusta mucho ver teatro y siempre que puedo lo hago. La función era bastante a pulmón. Entrada de 12 lucas, sala chica, energía muy independiente. Al principio pensé que no iba a ir nadie, pero lentamente empezó a caer gente y el lugar terminó teniendo linda atmósfera.

La propuesta me resultó interesante desde lo conceptual. El autor/actor escribe textos breves “de baño” —de esos que uno leería sentado cinco minutos mirando una puerta— y la obra adaptaba ese universo mezclando stand up, actuación, lectura y puesta teatral entre texto y texto.


Había ideas muy buenas, lo admito. Algunas transiciones todavía medio verdes quizás, pero se notaba búsqueda, identidad y ganas de hacer algo distinto. Y eso siempre me parece valioso.

Después de la obra compré tres empanadas y me fui a tomar una birra a La Tía Loca, que ya se había convertido oficialmente en “el lugar de las birritas a precios amigables”. Ahí cayó Coco y terminamos mudándonos a otro barcito para seguir hablando de la vida.

Otra vez aparecieron esas conversaciones de viaje que empiezan boludeando y terminan derivando en vínculos, proyectos, frustraciones, arte, laburo y existencialismo barato de madrugada.

Y cuando parecía que el día ya estaba terminado, apareció un epílogo inesperado. En el hostel conocí a Selenia, recién llegada a Paraná para estudiar. Venía del sur de Buenos Aires y terminamos compartiendo un té que derivó, inevitablemente, en charla cuasi existencial. Porque aparentemente el té tiene esa propiedad.

Así cerré mis días en Paraná. Con la sensación de que la Comic-Con todavía tiene cosas para mejorar —el espacio claramente les quedó chico y faltó un poco más de organización— aunque también con la certeza de que es un evento muy del bien.  

Tres días antes, Entre Ríos era apenas una provincia del mapa. Ahora ya tenía caras, conversaciones, bares, anfiteatros y recuerdos propios. Y supongo que de eso se trata viajar: convertir lugares desconocidos en recuerdos que después aparecen de golpe cuando escuchás una canción o volvés a sentir olor a río.

¡Próxima parada: Colón!

Dejo fotellis random para acompañar la exit music for a film:











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