jueves, 12 de enero de 2017

“La aventura de la cara amarilla”: cuando Sherlock se equivocó


Sherlock, aquel célebre detective privado alto, delgado, irónico, frío, astuto e intelectualmente inquieto, se hizo famoso por utilizar diferentes métodos de razonamiento para alcanzar la verdad en situaciones imposibles. Sin embargo, algunas (pocas) veces también se equivocó.

La aventura de la cara amarilla (o, simplemente, La cara amarilla) es una de las 56 historias cortas que forman el canon (junto a sus otras cuatro novelas) de la obra de Arthur Conan Doyle. El relato formó parte de la antología “Las memorias de Sherlock Holmes” y fue publicado originalmente en 1893.

Este cuento es particular por varios motivos.

El primero es el error en el análisis de Sherlock, algo que pocas veces se vio en sus relatos. Por otro lado, el texto tiene una estructura extraña donde la historia del cliente ocupa la mitad de su extensión. 

De todas formas, se diferencia especialmente de otras historias del famoso detective por su temática: el racismo. Algo que Conan Doyle trabajó muy poquitas veces en sus escritos.

Holmes y Watson reciben la visita de Grant Munro, un próspero comerciante de lúpulo viviendo en el sur de Londres (más precisamente en Norbury). Tras un par de años de feliz matrimonio con su esposa Effie, comienza a observar un particular comportamiento en ella, uno que lo sumerge en un mar de celos y dudas.

Effie le pidió una gran suma de dinero sin decirle para qué, se despertó a mitad de la noche para hacer una caminata noctura y estuvo merodeando en la casa de los vecinos, un fantasmagórico lugar donde Grant jura haber visto una espectal cara amarilla.

El cuento está disponible en Internet (por ejemplo, en este link) por si les interesa leerlo antes de arruinarse el final.


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La aventura de la cara amarilla


Resumiendo mucho de la historia, al final lo que parecía ser un enfermizo complot de venganza y chantaje por parte del ex marido de Effie (que confunde al implacable Holmes) termina siendo una historia de amor materno-filial.

En este caso, el detective se agrandó con una solución que le pareció la única posible y le erró feo.

Cuando Watson, Holmes y Grant entran en la misteriosa casa, lo que descubren es que Effie estaba escondiendo a una pequeña niña afroamericana, su hija que fue resultado de su último matrimonio. 

Ella le explica a Grant que su ex-marido era negro y que, luego de su muerte, escondió a su niña haciéndola usar una márcara amarilla que impidiera que los vecinos cuchicheen. Todo lo que hizo fue por amor a su hija y miedo a que su marido la abandone debido a tan terrible secreto.

Si bien la historia no es especialmente ingeniosa (aunque sí tiene un ritmo escalofriante), es el final lo que me parece brillante. Holmes y Watson están de regreso en su casa, silenciosos ambos. 

Sherlock, dándose cuenta de lo errado que estuvo en sus deducciones, le dice a Watson lo siguiente:

«Watson: si en alguna ocasión le parece que yo me muestro demasiado confiado en mis facultades, o si dedico a un caso un esfuerzo menor del que se merece, tenga usted la amabilidad de susurrarme al odio la palabra “Norbury”, y le estaré infinitamente agradecido

(Sherlock Holmes, La aventura de la cara amarilla)

Con esta frase, Sherlock no sólo se reconoce como un ser imperfecto, capaz de equivocarse, sino que además busca algún mecanismo para poder pelear con esa personalidad testaruda, orgullosa y altanera que lo caracteriza. Es un momento chiquito en el cual vemos a su personaje evolucionar hacia un ser más completo.

Por cierto: ¿les suena esa frase?

Eso es porque el primer episodio de la cuarta temporada de la serie Sherlock utilizó el relato de la Cara Amarilla como inspiración parcial. Al final del episodio, luego de los fatídicos eventos que ocurren, el protagonista está sentado con la Sra. Hudson y le dice a ella exactamente eso.


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2 comentarios:

  1. No me parece muy atractivo el relato. Creo que el error de Holmes partió de suponer que había delito. De olvidar lo de no formular una hipotesis antes de tener datos.
    Creo que puede sumarse al único relato en que interviene Irene Adler, quien termina venciendolo.

    Interesante reseña.

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    Respuestas
    1. Lo que me gusta a mí es que el se "hace el canchero" sacando conclusiones rápidas, y lo más lindo es que nada que ver. Por eso está muy bueno cuando le dice esa frase a Watson al final, reconociendo que se agrandó innecesariamente.
      ¡Saludos!

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