lunes, 16 de mayo de 2016

El extraordinario capítulo 66 de “Rayuela”


Terminé de leer Rayuela no hace mucho, y estoy preparando una nota que va a ser una de las más extensas y ambiciosas de este blog. La idea es examinarla desde la “búsqueda” como tema (contenido), y la transgresión en la forma. Creo que va a estar saliendo en junio porque todavía tengo bastante para investigar, releer y analizar.

Hasta entonces, tenía ganas de armar este post sobre un capítulo que me llamó muchísimo la atención. Es interesante porque no forma parte del argumento principal de la obra (léase: no hay  spoilers) y muestra dos cosas:

1) El nivel de complejidad que adquiere la novela, incluso con capítulos cortísimos que son casi una microficción dentro de la ficción.
2) Que la obra tiene historias dentro de historias, y muchos capítulos funcionan independientemente del resto, son autosuficientes y hasta tienen vida propia.

Voy a intervenir un poquito el brevísimo capítulo 66, pero antes lo comparto, como para ponernos en sintonía. 

Ahí va:

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66
Facetas de Morelli, su lado Bouvard et Pécuchet, su lado compilador de almanaque literario (en algún momento llamaba “Almanaque” a la suma de su obra).
Le gustaría dibujar ciertas ideas, pero es incapaz de hacerlo. Los diseños que aparecen al margen de sus notas son pésimos. Repetición obsesiva de una espiral temblorosa, con un ritmo semejante a las que adornan la stupa de Sanchi.
Proyecta uno de sus muchos finales de su libro inconcluso, y deja una maqueta. La página contiene una sola frase: “En el fondo sabía que no se puede ir más allá porque no lo hay.” La frase se repite a lo largo de toda la página, dando la impresión de un muro, de un impedimento. No hay puntos ni comas ni márgenes. De hecho un muro de palabras ilustrando el sentido de la frase, el choque contra una barrera detrás de la cual no hay nada. Pero hacia abajo y a la derecha, en una de las frases falta la palabra lo. Un ojo sensible que descubre el hueco entre los ladrillos, la luz que pasa.
(-149)

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El episodio es parte de los “capítulos prescindibles”, la tercera parte del libro que contiene pedacitos que no pertenecen al argumento principal de la obra, pero que la complementan de alguna manera. Morelli, por otra parte, es una suerte de alter-ego de Cortázar. Tiene un rol muy secundario, y el autor lo aprovecha para poner en evidencia algunas de sus ideas sobre las maneras de hacer literatura. A lo largo de Rayuela se ven sus pequeñas intervenciones con Horacio Oliveira, el protagonista, y se exponen pedazos de sus textos.

Lo más loco del capítulo 66 es la cantidad de cosas que compacta en tan poco texto. Acá se ve la destrucción de Morelli como ser. Cortázar lo compara, muy hábilmente, muy hipertextualmente, con la obra que Gustave Flaubert nunca llegó a terminar (Bouvard et Pécuchet).

Morelli es el doble de Cortázar, y por eso sus trabajos tienen una relación directa, casi metatextual, con la obra que estamos leyendo. Rayuela también es un libro inconcluso, de muchos finales. Podemos leerla en el orden tradicional (1, 2, 3, 4, 5…), siguiendo un tablero de comandos (73-1-2-116-3-84,…) o como uno quiera. De hecho, mientras lo leemos no estamos seguros de si final va a ser conclusivo o no (spoiler alert: no lo es).

El capítulo 66 marca la última aparición de Morelli en la historia, que para esa altura ya casi habíamos olvidado debido a todo lo que sucede entre Oliveira, Traveler y Talita

Vemos cómo la pasión que tuvo Morelli por la literatura se va apagando. Él escribió –al mejor estilo Jack Torrance– toda una página entera con la frase: “en el fondo sabía que no se puede ir más allá porque no lo hay”. Sin embargo, falta un “lo” en un lugar, como un hueco donde pasa la luz.

Esto sintetiza, de alguna forma, la idea de los códigos gráficos a los que alude Cortázar. En Rayuela los íconos gráficos tienen especial importancia. Las mandalas, el tablero de comandos como campo de batalla (que remite a la noción de “juego”, otro de los grandes temas de la novela). La rayuela, el ajedrez, los espejos, los almanaques y las alfombras –entre tantos otros– también son elementos gráficos y simbólicos que cobran interés.


La página de Morelli es también un dibujo, un cuadro pintado con una misma frase, y con un único hueco. Una luz (prácticamente imperceptible) pasa por el espacio abierto por la ausencia de una palabra. No se puede ir “más allá” porque no existe un más allá de la página, ni un más allá de las palabras. 

O quizás, sólo al leer críticamente un texto podemos hallar ese haz de luz que nos lleva a lo que está detrás, a lo que verdaderamente está escrito. A la idea detrás de la idea, el texto detrás del texto. Una idea medio platónica, si me preguntan (la Caverna de Platón me viene inmediatamente a la mente).

La narrativa de Cortázar siempre fue una que expone a la fragmentación y a la transgresión, a romper con lo ya escrito, quebrar los moldes. A este mismo espíritu remiten los diferentes códigos gráficos que aparecen en Rayuela. De ellos, el del capítulo 66 me pegó especialmente. 

Debo haber leído el capítulo cuatro o cinco veces por lo menos.

Hay otro código gráfico más: la espirales de la Gran Estupa de Sanchi, en India. Es uno de los grandes monumentos budistas y para muchos representa un fundamental testimonio de la vida durante la época de su construcción, hace casi dos mil años. No es casual esta referencia, considerando la gran cantidad de símbolos budistas que aparecen en la obra.

Si se pueden comentar tantas cosas de un texto de apenas 180 palabras, imagínense la cantidad de conclusiones, análisis, estudios e investigaciones que han salido al repasar Rayuela una y otra vez. Es, verdaderamente, una obra impresionante. Ampliaré más en el review completo.

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