miércoles, 10 de febrero de 2016

“Cómo me hice monja”, una novela de César Aira


Finalmente, y después de que mis profesores de Letras se cansaran de nombrarlo durante sus lecciones, me senté a leer una novela de César Aira.

Desconozco si elegí el mejor libro para comenzar a leer su obra. “Cómo me hice monja” es una de las lecturas más bizarras e indescifrables que tuve la posibilidad de encarar. Inevitablemente me lleva a preguntarme: ¿será toda su literatura así?

Con qué libro comenzar a leer a un autor determinado siempre es un tema de laborioso debate.
Por ejemplo, nunca le recomendaría a nadie que comience Borges con “El Aleph”, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o “Las Ruinas Circulares” (que ya reseñé en el blog). O quizás sí, porque al fin y al cabo son sus textos más complejos, más trabajados si se quiere.

En una entrevista, a la pregunta de con cuál de sus libros comenzar, Aira respondió: “Hay que empezar por los buenos escritores, y hay tantos que no creo que haya necesidad de llegar a mi. Yo soy apenas una extravagancia”. Un genio.

Cómo me hice monja” es una novela corta del escritor oriundo de Coronel Pringles César Aira escrita en 1993

Tuvo una reciente traducción al inglés por Chris Andrews en el año 2007 (al respecto hay una entrevista muy interesante). Ambientada en Rosario, narra en primera persona un año en la vida de un niño de seis años con un sentido muy agudo de la realidad, y dotado de una variada y amplia cantidad de obsesiones.



Lo primero que llama la atención de la obra es que el niño de seis años, llamado César Aira (como el autor) se ve a sí mismo como una niña. Todos, sin embargo, se refieren a él como un chico. El conflicto se dispara el día que, luego de mudarse de un pueblo chico (Pringles) a una ciudad más grande (Rosario) su padre lo lleva a tomar un prometido helado, el primero de su vida. Es genial cómo el autor describe la ansiedad con la que había esperado aquella famosa golosina. Sin embargo, se horroriza ante el sabor de su helado de frutilla. Después de probar el padre el helado, se da cuenta de que está en mal estado y, discutiendo con el heladero, termina matándolo. Tremendo.


La cuestión es que César sufre un envenenamiento con cianuro, pasa un tiempo en el hospital (donde experimenta delirios y pesadillas) y termina comenzando la escuela primaria de forma tardía. Desconectado de su clase, y con su madre como única amiga, termina induciéndose en su propio mundo de imaginación y fantasía.

Muy contrariamente a lo que sugiere el título, la historia no tiene nada que ver con el despertar religioso.

Descargar “Cómo me hice monja” en versión PDF: https://goo.gl/MgKG4q

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#SpoilerAlert: se revelan detalles fundamentales de la trama. Si tenés intenciones de leer la novela (que es muy cortita, de hecho) primero hacelo y después pasate por acá. He dicho.

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Lo cierto es pareciera que el texto no es lo que aparenta; la lectura de la novela fluye con facilidad y mucha sencillez (son sólo 10 capítulos cortos), pero todo parece indicar que hay algo más. A lo mejor, Aira buscó el equilibrio entre lectores conformistas (aquellos que prefieren una historia más plana y directa) y exigentes. Creo que escribe para ambos; no hay una sino dos historias, la que se deja leer sin esfuerzo y la que está por debajo.

El texto, de hecho, está construido de tal forma que rompe constantemente con las expectativas del lector. Nunca podés prever para qué lado va a disparar. El niño se refiere a sí mismo como niña, su padre va a la cárcel por un asesinato tan absurdo como confuso, un simple helado de frutilla desencadena un desastre de proporciones épicas y en la novela nadie llega a convertirse en monja.

Mucho se ha escrito sobre lo oculto y los verdaderos significados en “Cómo me hice monja”. Hace unos años, en una entrevista que se le hizo al autor en España, el escritor comentó que la obra es su autobiografía parcial (parcial porque trata sólo de un año de su vida). La escena que se describe inicialmente es terrible y le sucedió en verdad: el niño (o la niña) le da la primera cucharada a su helado y no quiere comerlo. El padre (en esencia, un hombre violento) no puede creer que no le guste y lo obliga a que lo siga comiendo. 

Cuando al fin lo prueba, y nota que está descompuesto, se desata una tragedia que conecta el inicio con el final de una manera maravillosa.


Es una novela basada en el recuerdo, y en un recuerdo muy lejano, que distorsiona todo para convertirlo prácticamente en fábula. Nos lleva de una forma brutal a recordar nosotros mismos lo que significa ser un niño: no poder comunicar con palabras lo que sentimos, tener la libertad de transformar el mundo con nuestra imaginación, mitificar los hechos, jugar a inventar e inventar jugando.

Me encantó como Aira juega maliciosamente con nosotros. La identidad del personaje alterna el género femenino con el masculino, el tema de la vocación espiritual se desvanece (o, a lo mejor, se transforma de forma simbólica en otra cosa) y la imaginación y la creatividad se convierten en un medio para sobrevivir en circunstancias complicadas.

No sólo la característica dual del protagonista ni el engaño constante del título resultan chocantes. Todos sus procedimientos formales nos producen una rara extrañeza, rompen los hábitos de la percepción (que, para muchos, es la verdadera finalidad del arte). Lo incomprensible aparece en “Cómo me hice monja” en clave de parodia. Aunque está situada en un ambiente innegablemente real (situaciones verosímiles, ciudades reales) todo parece de una naturaleza onírica. Incluso en el desenlace (brillante, por cierto) el mismo protagonista encuentra el final de su vida cuando la viuda del heladero lo rapta y lo mete en un recipiente lleno de helado de frutilla (ironía en su máximo esplendor).

Así, el helado de frutilla, cómo tópico, como el origen de los miedos de un joven Cesar Aira, abre y cierra la novela. Una suerte de espejo. La narración termina con un regreso a los orígenes, cerrando el círculo. ¿Pero si murió, cómo pudo relatarnos su vida a los seis años?

Una de las temáticas más interesantes que aborda esta obra es el terror que sufren los chicos, el miedo hacia absolutamente todo. En la historia, el padre es cruel y autoritario, y la madre cómplice. Ambos son, en esencia, seres monstruosos. En el tercer capítulo, mientras el protagonista sufre alucinaciones debido a su enfermedad, los padres se materializan en los sueños como verdaderos monstruos.  Todo es capturado con la ingenuidad y el infantil sentido de asombro de un niño.


De chicos le tememos a muchas cosas, y muy usualmente no encontramos formas de comunicarnos

Se genera un abismo entre lo que sucede en nuestra cabeza y lo que realmente queremos poder expresar. Todo esto se plasma de forma sobresaliente en la historia. A lo largo de la narración, el protagonista tiene siempre dificultades para comunicarse y hacerse entender. Le sucede con la enfermera, con compañeros de clase, su madre y con la viuda que termina por secuestrarlo.

En algunos casos acude a gestos, se tiene que forzar a sí mismo a aprender a leer, utiliza pantomima o recurre al teatro (por ejemplo, para hacerse entender por su viejo cuando descubre que no le gusta el helado: simulacros de vómitos, arcadas, etc). Al final de la novela también “actúa” frente a la viuda. Logra salvar aquel vacío en la comunicación con técnicas, con artificios. Los niños también acuden al simulacro, al llanto, a diferentes estrategias comunicativas ajenas a la palabra para trasmitir sus ideas.

Me encantó esta pequeña novela que hace un desdoblamiento de la realidad mediante la imaginación de un niño capaz de crear mundos paralelos. La narración es muy amena y, sin embargo, desborda complejidad. Nada es predecible en esta historia llena de contradicciones, verborragias y desvarías. Si la prosa de Cesar Aira es siempre de estas características, ya tiene mi completa admiración.

► Cómo me hice monja” aparenta ser un relato autobiográfico, pero no lo es; el narrador se parece al autor, pero no lo es. Una vez que sabemos que está bien que este texto nos resulte extraño, entendemos que las posibilidades de análisis son innumerables. Lo grotesco, la fantasía, el engaño, el miedo y la ingeniudad de un niño están todos compactados en un texto donde el narrador está jugando con nosotros continuamente.

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2 comentarios:

  1. Lo desconocía por completo, interesante pensar por qué libro recomendar según el escritor. En el caso de Borges suelo decir que por "Ficciones", pero después de la frase de Aira no se. Si se me cruza en alguna visita a las librerías le daremos una chance

    Abrazo!

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    Respuestas
    1. Ya me compré otro libro de él ("La cena"). Lo tuve que buscar porque se lo mencionaba muchísimo en mis clases de la Lic. en Letras. Además, me toca en lo personal porque también considero a Pringles uno de los grandes lugares de mi infancia...

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