Llegué a Los puentes de Madison (1995) por un Seminario de Teatro
y Monólogos. Me encontré con una fascinante experiencia sobre la vida que
elegimos y la que seguimos imaginando.
***
Hay películas que, por su status de culto, sabemos que existen medio por ósmosis cultural. Claro que sabía que Los puentes de Madison (1995) sigue la historia de Meryl Streep, Clint Eastwood, un romance y un par de puentes. Pero no mucho más. Nunca había visto la película.
Como la mencionaron tantas veces en un seminario de teatro que hice, me puse como tarea finalmente encararla. Así que me hice una tarta de verduras, abrí una lata de cerveza y le di play a la descarga ilegal de Torrents que había hecho por la tarde.
Estaba preparado para una película emotiva. De hecho, subí una story a IG y muchos me dijeron “qué peliculón, prepará los pañuelitos” o también “armate para la escena de la lluvia”. Para lo que no estaba listo era para quedarme mirando una manija de una camioneta como si de ella dependiera mi estabilidad emocional.
Creo que Los puentes de Madison llegó cuando ya tenía
suficientes cosas adentro como para entenderlas de otra manera. Me encontró
bastante bien equipado. De acá en adelante hay spoilers. La película es de
1995, pero tampoco voy a hacerme el superior: yo la vi recién ahora.
Todavía tenés cosas para contar
“Sos todo menos simple”, le dice Clint Eastwood a Meryl Streep al finalizar su primer día juntos. Y eso me parece poderosísimo. Porque la historia de base parece sencilla.
Iowa, 1965. Francesca es una mujer italiana que vive con su marido y sus dos hijos en una granja. Cuando la familia se ausenta durante unos días, aparece Robert Kincaid, un fotógrafo que busca unos puentes para su trabajo en una importante revista.
Ella le indica cómo llegar. Después lo acompaña. Como vemos, dar indicaciones puede ser una actividad de alto riesgo. Lo que sigue es un encuentro de cuatro días que modifica la forma en que ambos entienden el resto de sus vidas. Pero lo primero que me conmovió fue algo bastante menos espectacular que un gran amor: alguien vuelve a tener curiosidad por Francesca.
Por lo que piensa. Por su origen. Por lo que quiso hacer y ser. Por esa persona que existía antes de que las responsabilidades fueran ocupando todas las habitaciones.
Porque uno puede pasar años conversando sin hablar demasiado de sí
mismo. Qué comemos, a qué hora volvés, falta leche, hay que pagar el Claret de
los chicos. Una logística impecable. El alma, mientras tanto, sigue esperando
que le asignen un turno.
Robert aparece y abre ese espacio. Francesca empieza a ocuparlo con una mezcla de entusiasmo, pudor y desconcierto. Como si hubiera encontrado ropa que ya no recordaba tener y descubriera que todavía le queda bien.
El deseo también pasa por ahí, ¿no? Sentirse interesante para alguien.
Por recuperar las ganas de decir algo más que «dejé lista comida en la
heladera».
El problema de que nadie sea un monstruo
La película podría facilitarnos muchísimo las cosas si el marido de Francesca fuera un miserable. Un tipo cruel, violento, insoportable. Nos acomodaríamos en el sillón, birrita en mano, autorizaríamos la fuga y listo. Siguiente conflicto.
Pero Richard es un hombre al que ella quiere, con quien tiene una historia y una familia. Eso vuelve todo bastante más incómodo. No es un tipazo, pero tampoco es mal padre o mal marido.
El problema viene por ahí: hay vínculos donde el cariño sigue existiendo, aunque algo se haya ido apagando. Y cuesta hablar de eso porque parece que, para sentirse solo, uno tuviera que presentar pruebas de maltrato ante una escribanía.
Francesca está acompañada. Aunque parece profundamente sola en algunas partes de su vida. La escena de la comida familiar, al principio, alcanza para sugerirlo. Ella sostiene la dinámica, sirve, observa. Está ahí físicamente… mientras su mundo interior queda fuera de la conversación.
Es la idea de ser necesario vs la de sentirse visto por el otro. La
obra de Eastwood dialoga con esa tristeza latente sin usarla como absolución
automática. El marido también importa. Los hijos también. Comprender lo que le
pasa a Francesca no borra las consecuencias de sus decisiones. Y ahí empieza el
verdadero conflicto: todos tienen algo que perder.
Cuatro días en la vida
Hay una letra chica en el romance de Francesca y Robert. Sólo puede durar cuatro días. Cuatro días sin discutir por plata, sin organizar una visita al pediatra y sin descubrir que el otro deja los platos «en remojo» hasta que desarrollan una civilización de hormigas.
La intensidad que viven es real. No hay dudas de eso. Eastwood y Streep tienen una química muy fuerte en pantalla. Su futuro juntos, en cambio, permanece abierto a todas las fantasías. Esto me parece fundamental porque es muy fácil resolver que Robert = felicidad y Richard = error administrativo.
El matrimonio tiene el desgaste a la vista. El romance conserva intacto todo lo que podría haber sido. Y, obviamente, es muy difícil competir contra eso.
Un romance que termina antes de enfrentar la convivencia puede
conservar intactas muchas de sus promesas. Rara vez le imaginamos una discusión
en un supermercado porque alguien compró el tipo de queso equivocado. Eso no le
quita valor a lo vivido. Sí debería volvernos un poco más cuidadosos con las
conclusiones.
La versión de nosotros que quedó
Hay otra posibilidad que Los puentes de Madison me dejó dando vueltas, y por eso creo que sigue dialogando con los problemas actuales (pese a tener 30 años). Extrañar a alguien incluye también extrañar quiénes éramos nosotros con esa persona.
La espontaneidad. Las ganas. La sensación de que todavía podían ocurrir cosas inesperadas. Esa versión propia que parecía tener más energía, más humor y, definitivamente, menos miedo.
Después el vínculo cambia o termina y uno se queda buscando todo eso en el lugar donde lo sintió por última vez. Es entendible. Y también es una trampa. Porque aquella persona participó de ese despertar, pero las ganas eran nuestras. La capacidad de desear, de reírnos, de sentirnos vivos, también.
Francesca encuentra algo de sí misma con Robert. La pregunta que me
interesa es cuánto de ese descubrimiento puede conservar después, cuando él ya
no está. Me parece una pregunta más difícil que decidir si ellos dos eran almas
gemelas. Y bastante más útil para quienes no tenemos a nuestro Clint Eastwood
esperando al otro lado de un puente.
Meryl Streep y una mano sobre una puerta
Después de estar haciendo teatro este año, disfruté especialmente todo lo que ocurre en el cuerpo de Francesca. Esa escena de la lluvia es, verdaderamente, magnífica. La manera de mirar, de acomodarse, de acercarse y frenarse. Las pequeñas demoras. Ese esfuerzo por parecer tranquila cuando por dentro se te cayó una estantería en la cabeza.
Streep hace visible el pensamiento sin tener que explicarlo
constantemente. Podemos observar a una mujer midiendo lo que muestra,
animándose un poco más, retrocediendo.
Y después llega la camioneta.
Robert está bajo la lluvia. Francesca está con su marido. Su mano se
cierra sobre la manija.
Hay una posibilidad concreta: abrir, salir corriendo a ese nuevo mundo. Toda la película parece juntarse en ese movimiento que todavía no sucede. El deseo de irse, el miedo, los hijos, los años compartidos, la vida que conoce y la que apenas alcanza a imaginar.
Como ejercicio de actuación, es extraordinario. Eastwood entiende que ahí tiene que dejar espacio. La escena respira, demora, nos obliga a permanecer con ella. Y nosotros, que desde afuera siempre sabemos perfectamente qué deberían hacer los demás, de pronto tampoco estamos tan seguros.
¿Francesca elige bien? Me cuesta encontrar una respuesta que no empobrezca la película. Se queda por su familia, por el amor que existe ahí, por las consecuencias que imagina. También podemos leer miedo, culpa y mandatos en esa decisión. Una cosa no cancela necesariamente la otra.
Desde el sillón resulta fácil gritarle que tendría que haberse separado. Pero incluso hoy las decisiones afectivas arrastran cuestiones económicas, hijos, dependencias, lealtades y temores. Cambió el vocabulario; la dificultad viene bastante resistente a las actualizaciones.
Podemos hablar de responsabilidad afectiva, autonomía y vínculos
conscientes. Después hay que sentarse frente a alguien y decir una frase que le
va a doler. A veces le pedimos a un amor que, además de querernos, nos resuelva
la existencia. Un montón de tareas para alguien que recién encontró cómo llegar
a la granja.
Lo que sigue del otro lado
Amé Los puentes de Madison porque consigue sostener estas contradicciones sin apurarse a resolverlas. Hay belleza en el encuentro y dolor en sus consecuencias. Hay amor en quedarse y una pérdida que esa decisión no consigue reparar.
También hay dos adultos deseándose, con cuerpos e historias que ya vivieron bastante. El descubrimiento amoroso no queda reservado para gente que todavía puede dormir cuatro horas sin necesitar rehabilitación.
Pero lo que más me quedó de la experiencia fue esa convivencia entre la vida que hacemos y las posibilidades que seguimos llevando adentro. Algunas se vuelven recuerdos. Otras se deforman hasta parecer perfectas. Otras nos muestran algo que necesitamos recuperar por nuestra cuenta.
Me gustaría creer que podemos agradecer un encuentro sin pasarnos el resto de la vida esperando su regreso. Reconocer lo que despertó y encontrar una forma de llevarlo hacia adelante. Aunque cueste. Aunque haya días en que la memoria tenga mejor iluminación que el presente.
Sigo pensando en la mano de Francesca sobre la manija.
En ese instante todavía caben dos vidas.
Y no podemos vivir todas las vidas.
Después hay que vivir una.
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