Sobre la novela de Tom Perrotta, su extraordinaria adaptación
televisiva y esa incómoda costumbre que tiene la vida de seguir adelante.
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Cuando los libros te eligen
Soy cleptómano. Pero uno medio particular. Suelo manotear libros de hostels… pero siempre dejo algún otro para compensar.
Durante un viaje a Entre Ríos a principio de este año, estaba en un hermoso hostel en Concepción del Uruguay cuando me topé con una copia en inglés de The Leftovers, de Tom Perrotta. Había visto (y amado) la serie de HBO. Así que lo tomé y, en su lugar, dejé una de mi última novela: El Ascenso de Elin.
El librito estuvo un buen tiempo en mi estantería. Hay veces que siento que ellos (los libros) parecen elegir el momento en que quieren ser leídos. No sé si es una cuestión del destino, del azar o de esa insoportable necesidad humana de encontrarle significado a todo. Probablemente sea lo último.
Somos capaces de interpretar como una señal del universo que se nos cruce un gato negro, que suene determinada canción en la radio o que el semáforo se ponga en verde justo cuando estamos llegando tarde al trabajo. Con The Leftovers me pasó algo parecido.
A mediados de agosto llegaron algunos cambios personales que no figuraban precisamente entre mis planes 2026. Fue ahí donde decidí abrirlo, en un momento particular de mi vida, atravesado por un duelo. No de esos que obligan a organizar funerales, sino de los otros: los que no tienen ceremonia, fecha de cierre ni manual de instrucciones. Pérdidas, en definitiva.
Y, como si necesitara asegurarme una buena dosis de sufrimiento por duplicado, decidí acompañar la lectura volviendo a mirar la primera temporada de la serie.
Fue una experiencia bastante loca: leer una historia sobre la pérdida
mientras revisaba otra versión de esa misma historia y, al mismo tiempo,
intentaba comprender algunas pérdidas propias. Un combo emocional bastante
completo. Solo me faltaba poner música de Max Richter y mirar la lluvia por la
ventana para terminar de convertirme en un protagonista de una película indie.
El mundo sin ese 2%
La premisa de The Leftovers es tan sencilla como perturbadora. Un 14 de octubre, sin aviso previo ni explicación posible, desaparece el dos por ciento de la población mundial. Millones de personas se esfuman de un momento a otro. No hay explosiones, invasiones extraterrestres ni un científico despeinado explicando lo sucedido frente a una pizarra. Simplemente, dejan de estar.
La novela, publicada originalmente en 2011, no pretende resolver el misterio. Y esa decisión es clave. Porque al autor no le interesa demasiado adónde fueron los desaparecidos, sino qué sucede con los que permanecieron.
La historia transcurre principalmente en Mapleton, una pequeña comunidad estadounidense que intenta recuperar cierta normalidad después del acontecimiento. Allí conocemos al alcalde Kevin Garvey, su esposa Laurie, sus hijos Jill y Tom, y también a Nora Durst, una mujer que perdió a su marido y a sus dos hijos durante lo que se llamó “the sudden departure”.
Mientras algunos intentan reconstruir sus familias, otros encuentran refugio en movimientos religiosos, comunidades alternativas o grupos que directamente rechazan la posibilidad de volver a vivir como antes.
Los Remanentes Culpables, por ejemplo, se visten de blanco, fuman compulsivamente y han decidido abandonar las conversaciones cotidianas para recordarles a todos que el mundo cambió para siempre.
Una manera bastante extrema de procesar el duelo. Aunque, pensándolo bien, todos conocemos a alguien que dejó de hablarle a medio mundo después de una separación. Estos, al menos, tienen un uniforme.
Lo más interesante es que Perrotta utiliza un acontecimiento imposible para retratar comportamientos absolutamente reconocibles en el ser humano. La gente necesita explicaciones. Necesita culpables, responsables, señales. Necesita pensar que las desgracias responden a alguna lógica.
Porque aceptar que algo horrible puede ocurrir sin motivo alguno
resulta, muchas veces, más insoportable que la desgracia misma.
Dos miradas sobre una misma ausencia
Una de las cosas que más me sorprendió de la lectura fue descubrir lo diferente que resulta la novela respecto de su adaptación televisiva.
La serie — desarrollada por Damon Lindelof (co-creador de Lost y responsable de la extraordinaria Watchmen) junto con el propio Perrotta — toma los personajes y las situaciones principales del libro para construir algo progresivamente más ambicioso, extraño y metafísico.
La primera temporada adapta, con numerosas libertades, los acontecimientos de la novela. Y las dos temporadas siguientes exploran territorios completamente nuevos.
Y acá aparece una diferencia fascinante. El autor escribió una historia costumbrista, íntima, sobre cómo seguir viviendo después de una pérdida inexplicable. Lindelof convirtió esa historia en una exploración a lo “mystery box” sobre nuestra desesperada necesidad de encontrarle sentido a lo que perdimos.
La novela es muy tranquila y, por momentos, sorprendentemente irónica. Parece que no está pasando nada. Por el contrario, la serie es visceral, desconcertante, religiosa y profundamente emocional.
Las diferencias abundan. En el libro, Kevin Garvey es el alcalde de Mapleton, un hombre relativamente pragmático que intenta sostener su comunidad mientras su vida familiar se desmorona. En la serie es un jefe de policía atormentado por visiones, episodios inexplicables y experiencias que parecen situarlo en el límite entre la vida y la muerte.
El Kevin literario busca recuperar cierta normalidad. El televisivo parece destinado a descubrir que la normalidad, posiblemente, nunca haya existido.
Laurie también tiene recorridos muy diferentes. En ambas versiones abandona a su familia para integrarse a los Remanentes Culpables, pero sus decisiones y su destino terminan tomando caminos distintos. La serie profundiza el costado fanático y violento de la organización, mientras que la novela se detiene más en las contradicciones humanas de quienes la integran.
Y después está Nora Durst, probablemente el personaje más extraordinario de ambas versiones. Una mujer que perdió prácticamente todo y que, sin embargo, debe continuar viviendo en un mundo que insiste en seguir funcionando.
En la serie, interpretada magistralmente por Carrie Coon, Nora se convierte en el corazón emocional de una historia cada vez más cercana a lo sobrenatural. Su dolor es feroz, contradictorio, por momentos insoportable.
En la novela, el personaje conserva esa misma esencia, aunque se la retrata con mayor sutileza. Sus conflictos aparecen en las pequeñas decisiones, en sus relaciones, en sus intentos de recuperar una cotidianeidad que ya no reconoce como propia.
Y quizá esa sea la diferencia que mejor resume ambas obras. Mientras que la novela observa cómo convivimos con nuestras ausencias, la serie se pregunta hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para explicarlas.
Si bien creo que la versión televisiva es superior, también me parece que ambas ficciones se complementan muy bien.
La serie tiene recursos que el libro no necesita: los silencios, las actuaciones, las imágenes perturbadoras y esa música de Max Richter que debería venir acompañada de una advertencia, porque cada vez que suena ese pianito te quebrás.
Tengo una nota sobre mis 10 series favoritas de la última década. The Leftovers quedó primera.
La novela, en cambio, tiene algo que la serie deliberadamente abandona a medida que avanza: la capacidad de encontrar lo extraordinario en situaciones absolutamente ordinarias. No es necesario viajar a otra dimensión ni regresar de la muerte para enfrentarse al dolor. A veces alcanza con sentarse a tomar mate en un sillón donde antes había alguien más..
No extrañamos solamente a las personas
El libro me acompañó durante mi último viaje a Buenos Aires (el recital de Robbie Williams y varias otras aventuras, incluida la de perder un vuelo), durante las combis al laburo y noches de lectura en soledad. Y hay una idea que me acompañó durante buena parte de la lectura.
Cuando perdemos a alguien, no necesariamente extrañamos únicamente a esa persona. También extrañamos la versión de nosotros mismos que existía cuando estábamos con ella.
Extrañamos las costumbres compartidas, las conversaciones que todavía imaginamos, los pequeños rituales que parecían insignificantes hasta que dejaron de repetirse. Un puchito en el patio. Algunos chistes internos. Extrañamos un futuro que habíamos empezado a construir en nuestra cabeza y que, de pronto, dejó de estar disponible.
La Partida en The Leftovers funciona como una metáfora extraordinaria de esa experiencia. Porque todos los personajes perdieron algo, incluso aquellos cuyos seres queridos no desaparecieron.
Kevin perdió la estructura familiar que conocía. Laurie abandonó una vida que ya no podía habitar. Jill y Tom intentan encontrar su lugar en un mundo donde los adultos tampoco parecen tener demasiadas respuestas.
Y Nora perdió algo todavía más difícil de reconstruir: no solamente a su familia, sino la posibilidad de reconocerse en la persona que había sido.
Su dolor se convierte en parte de su identidad. Es la mujer que perdió a su marido y a sus hijos. La sobreviviente de una tragedia estadísticamente improbable. Con ella aparece una de las contradicciones más dolorosas del duelo: querer seguir adelante y, al mismo tiempo, sentir que hacerlo representa una forma de traición.
Como si volver a enamorarse, reírse de un chiste estúpido o disfrutar una tarde de sol significara que aquello que perdimos ya no importa tanto. Como si la tristeza fuera la última prueba disponible de que algo fue verdaderamente importante. Esa sensación me interpeló especialmente durante la lectura.
Hay pérdidas que uno comprende intelectualmente mucho antes de conseguir aceptarlas emocionalmente. Sabemos que la vida continúa, que las cosas cambian, que no todo puede recuperarse. Incluso podemos repetirlo con la convicción de un filósofo griego.
Después aparece una canción, un recuerdo o un mensaje que no llega, y
toda nuestra admirable sabiduría se va directamente al carajo. Perrotta capta
muy bien esa distancia entre lo que sabemos y lo que sentimos. Y algo que me
gustó mucho del libro es que no intenta resolverla con frases motivacionales.
La insoportable necesidad de encontrar respuestas
Podría haber basado esta nota en las diferencias entre libro y serie, que son muchísimas. La serie expande un montón el contenido (más subtramas, más personajes) y, por sobre todo, cambia el enfoque hacia el drama existencial, religioso, surrealista y progresivamente metafísico.
Pero quiero centrarme más en la novela. Al menos por ahora. Otro aspecto que me gustó particularmente es su mirada sobre los mecanismos que construimos para soportar aquello que no entendemos.
Después de la Partida aparecen teorías, líderes espirituales, movimientos religiosos y personas convencidas de haber descubierto el verdadero significado del acontecimiento.
Algunos se aferran a la fe. Otros al nihilismo. Otros deciden que lo mejor es vestirse completamente de blanco y fumar hasta convertirse en una chimenea industrial. Cada uno encuentra su manera de lidiar con la incertidumbre.
La novela retrata estos comportamientos con una mezcla muy particular de ironía y compasión. No ridiculiza simplemente a quienes necesitan creer. Más bien parece preguntarse por qué necesitamos tanto esas creencias.
Pero, ¿y si algunas pérdidas fueran, simplemente, pérdidas? No porque carezcan de importancia, sino porque el universo no está obligado a proporcionarnos una explicación que nos deje conformes.
Es una idea difícil de aceptar. Especialmente para quienes tenemos
cierta tendencia a organizar la vida mediante calendarios, planillas de Excel y
listas de tareas. Lamentablemente, todavía no encontré una fórmula que permita
calcular cuánto falta para dejar de extrañar a alguien. Y sospecho que, si
existiera, también terminaría dando error.
El difícil arte de aprender a perder
Cierro con esto, que me parece el verdadero corazón de la novela. The Leftovers no es tanto una historia sobre la desaparición como una sobre la permanencia. Sobre las personas que quedaron. Y sobre la posibilidad de reconstruir una vida sin necesidad de borrar la anterior.
En ese sentido, el recorrido de Nora me parece especialmente conmovedor. A lo largo de la obra, intenta encontrar una forma de existir que no esté completamente definida por su tragedia. No siempre lo consigue. A veces retrocede, se contradice, toma decisiones difíciles de comprender.
Como cualquier persona que intenta salir de un lugar doloroso sin tener demasiada idea de hacia dónde dirigirse. Pero el autor no le exige una transformación espectacular. No convierte a Nora en una heroína, ni le ofrece una revelación espiritual.
Le permite algo mucho más sencillo y, quizá por eso, mucho más hermoso: descubrir que todavía puede cuidar, querer y ser querida, en ese final tan hermoso que es “look what I found”.
El final de la novela me resultó profundamente esperanzador, aunque atravesado por una melancolía difícil de sacudir. Nora, que está considerando marcharse de Mapleton, encuentra una bebé abandonada en la entrada de la casa de Kevin. Es la hija de Christine, aquella criatura que había quedado atrapada en las promesas y profecías de otro de los movimientos surgidos después de la Partida.
Y de pronto, después de tantas ausencias, aparece alguien. Una nueva vida que necesita cuidados. No es una compensación por lo perdido. No reemplaza a sus hijos ni resuelve el misterio de la desaparición. Tampoco garantiza que Nora y Kevin vayan a vivir felices para siempre. Es apenas una posibilidad. Y eso, a veces, alcanza.
Durante años pensé que The Leftovers era, principalmente, una historia sobre el duelo. Después de leer la novela y volver a encontrarme con la serie, creo que es algo más específico. Es sobre aprender a perder.
Aprender a perder no significa resignarse, volverse indiferente ni convencerse de que todo sucede por alguna razón. Tampoco significa olvidar.
Significa, tal vez, aceptar que algunas personas, experiencias y versiones de nosotros mismos pertenecen a un tiempo que ya no podemos recuperar. Que haber sido felices alguna vez no nos garantiza seguir siéndolo de la misma manera.
Que las cosas pueden haber sido verdaderas, hermosas e importantes aunque no hayan durado más que un par de meses. La novela de Perrotta me encontró en un momento en que necesitaba pensar algunas de estas cosas. No me ofreció respuestas definitivas ni convirtió mis propias pérdidas en experiencias más fáciles de comprender.
Pero me hizo compañía. Y a veces eso es todo lo que uno necesita de un
buen libro.
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