Hay películas que empiezan con una reunión de ejecutivos tratando de
determinar qué combinación de propiedad intelectual, nostalgia y superhéroes
puede justificar una inversión de doscientos millones de dólares. Y después
están las otras. Esta nota es sobre esas otras.
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Películas fuera de eje
No reniego del cine mainstream, eh. Para nada. The Invite, Obsession, Spider-Man: Brand New Day y Resident Evil fueron todas muy copadas. Algunas hasta quizás estén en mi top del año.
Pero yo sigo disfrutando mucho más encontrarme -y si es de casualidad mejor- con esas películas raras que empiezan con una idea original y lo dan todo para ejecutarla, pese a contar con actores desconocidos y presupuestos limitados.
Un hombre construye un laberinto de cartón en el living de su casa y después no consigue salir. El monitor de una computadora permite observar exactamente dos minutos hacia el futuro. Un equipo intenta filmar una película de zombis de presupuesto miserable en una única toma. Un neumático descubre que puede matar personas con la mente.
Son obras cuya premisa suele producir dos pensamientos sucesivos. El primero es: “¡Qué pelotudez!”. El segundo, casi inmediatamente después, es: “Necesito ver esto YA”. Esta nota trata sobre esas películas.
No necesariamente sobre cine de bajo presupuesto, aunque muchas de ellas lo sean. Tampoco exactamente sobre “cine bizarro”, porque esa etiqueta termina metiendo en la misma bolsa cualquier cosa que tenga disfraces feos, sangre artificial o un japonés haciendo algo incomprensible.
Prefiero pensar en ellas como películas fuera de eje: obras que parten de una anomalía, una restricción o una decisión formal extraña y construyen alrededor de ella su propio universo.
Porque la rareza, por sí sola, tampoco tiene demasiado mérito. Uno podría filmar durante noventa minutos a un hombre vestido de tostadora leyendo a Jean-Paul Sartre y conseguir algo indudablemente original, aunque posiblemente insoportable.
Lo difícil es otra cosa: encontrar una idea extraña que, llevada
suficientemente lejos, empiece a decir algo sobre nosotros.
La Bahía de Jack Sparrow
Un tema con las películas que voy a recomendar es que no están esperando tranquilamente en la portada de Netflix, HBO Max, Disney+ o Prime Video. Algunas aparecen y desaparecen de plataformas, otras sobreviven en servicios pequeños, catálogos especializados, alquiler digital, festivales o ediciones físicas. No siempre están a un clic de distancia.
Hay que salir a buscarlas. Torrents, PoseidonHD, el viejo Cuevana… lo que me gusta a mí llamar la Bahía de Jack Sparrow. Y quizá eso también forme parte de la experiencia.
Durante años, para descubrir una película extraña (o simplemente fuera del circuito comercial) había que confiar en un videoclub, un festival, una revista o un amigo que aparecía con un VHS diciendo: “No preguntes nada y mirá esto” (me ha pasado).
El streaming solucionó un problema enorme —el acceso— pero creó silenciosamente otro: empezamos a confundir lo disponible con lo existente. El algoritmo no puede recomendarnos aquello que nunca encuentra la oportunidad de llegar a su catálogo.
Así que esta es también una invitación a escapar un rato de la
marquesina y caminar por los pasillos del fondo. Ahí suelen estar las cosas verdaderamente
raras. Y a veces son las que más se recuerdan. Comencemos.
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“Dave Made a Maze” (2017)
Esta es la más reciente en mi vida. La vi en el bondi el finde pasado, yendo a ver a Robbie Williams. Comienza con una premisa que parece escrita a las tres de la mañana después de consumir cantidades irresponsables de café: Dave es un tipo sin laburo que construye un fuerte de cartón en el living de su departamento, entra y… desaparece.
Cuando su novia y sus amigos intentan encontrarlo, descubren que aquel pequeño conjunto de cajas contiene en su interior un laberinto gigantesco, imposible y peligroso, poblado de trampas y criaturas extrañísimas.
Lo primero que me llamó la atención fue su universo visual. El laberinto está construido casi enteramente con cartón, papel, lana, cinta adhesiva y otros materiales domésticos. Incluso la violencia respeta esa lógica artesanal: cuando alguien muere de una manera espantosa, en lugar de litros de sangre pueden aparecer papeles de colores y serpentinas.
Sin embargo, detrás de esa estética juguetona hay algo bastante menos infantil. Dave construye porque está frustrado. Empieza proyectos y no logra terminarlos, no encuentra una dirección clara en su vida y necesita demostrar —fundamentalmente a sí mismo— que todavía es capaz de crear algo. El problema es que termina atrapado dentro de su propia creación.
Ahí el laberinto se convierte en una metáfora interesante. Porque
algunas personas se pierden viajando por el mundo y otras consiguen perderse
sentadas frente a un documento de Word. Crear implica inevitablemente construir
un laberinto cuyo plano todavía no conocemos. El truco consiste en encontrar la
salida.
Me encantó y la super recomiendo.
“One Cut of the Dead” (2017)
Vamos con otra, del mismo año, que me FASCINA. Esta obrita japonesa tiene un problema particular: cuanto más se explica por qué es extraordinaria, más posibilidades hay de arruinarla. Así que voy a establecer apenas lo indispensable, porque aparte tengo una nota analizándola en profundidad.
Un equipo de filmación está rodando una película de zombis extremadamente barata en una instalación abandonada. El director quiere conseguir realismo. Entonces aparecen zombis reales. Y hasta ahí deberíamos llegar.
Solamente agregaría una recomendación importante: si durante la primera media hora alguien siente la tentación de abandonarla porque aquello parece una película de zombis bastante mediocre, que resista. La paciencia tiene su recompensa.
One Cut of the Dead es, entre muchas otras cosas, una película
acerca de nuestra necesidad de juzgar demasiado rápido. El director construye
toda su película alrededor de ese mecanismo mental y después disfruta
demostrando que nuestra primera interpretación era insuficiente. Véanla.
“Beyond the Infinite Two Minutes” (2020)
Sigo con Japón. Acá el protagonista descubre que una pantalla situada en su departamento muestra lo que ocurre en el café ubicado debajo exactamente dos minutos en el futuro. Desde el café, por lo tanto, puede comunicarse con una versión de sí mismo que se encuentra dos minutos adelante.
No veinte años ni la próxima semana. Dos minutos. Esa restricción, que podría parecer una limitación narrativa, termina siendo justamente lo que hace funcionar la película.
Los personajes empiezan experimentando con el fenómeno, después intentan multiplicarlo y finalmente descubren que saber lo que ocurrirá dentro de apenas ciento veinte segundos puede producir problemas sorprendentemente complejos.
Detrás del mecanismo cómico aparece, además, una vieja obsesión
filosófica. Desde los oráculos griegos hasta la ciencia ficción contemporánea,
el ser humano fantasea con conocer el futuro. Suponemos que la incertidumbre es
nuestra principal desventaja y que, si pudiéramos eliminarla, tomaríamos
mejores decisiones. La película sugiere algo bastante menos optimista que tendrán
que ver para entender.
“River” (2023)
Tres años después, el realizador Junta Yamaguchi volvió sobre el tiempo con River (2023), pero cambió las reglas del experimento. En una tradicional posada japonesa, trabajadores y huéspedes descubren que el mundo está atrapado en un bucle de exactamente dos minutos.
Después de esos ciento veinte segundos, todos reaparecen donde estaban. El agua vuelve a correr igual. Los objetos regresan a su posición. El reloj retrocede. Pero las personas recuerdan.
La idea podría reducirse a un Groundhog Day acelerado hasta
niveles absurdos, pero el resultado termina siendo otra cosa. También escribí
una notita sobre esta pequeña
y brillante película.
Quentin Dupieux: aceptar el absurdo y seguir adelante
Sería difícil escribir sobre cine contemporáneo fuera de eje sin pasar por el francés Quentin Dupieux.
En Rubber (2010), un neumático descubre que posee poderes psíquicos y empieza a matar gente. En Deerskin (2019), un hombre desarrolla una relación obsesiva con una campera de cuero. En Mandibles (2020), dos tipos encuentran una mosca gigantesca y deciden que quizá podrían entrenarla para ganar dinero.
Y el tipo tiene muchísimas más pelis. Wrong (2012) y Réalité (2014) son otras dos fuera de eje que recomiendo. También tiene una parodia ultra bizarra de los Power Rangers (Fumar provoca tos, de 2022).
Dupieux elige colocar lo imposible sobre la mesa y continúa con la conversación. No ofrece demasiadas explicaciones porque entiende una regla fundamental de cierta literatura fantástica: tratar al absurdo con la seriedad que merece.
Borges podía escribir sobre una biblioteca infinita, un objeto que contiene todos los lugares del universo o un hombre incapaz de olvidar absolutamente nada sin necesidad de justificar científicamente su existencia. La idea era suficiente.
Dupieux trabaja desde un registro mucho más cómico y deliberadamente
estúpido, pero comparte algo de ese principio. El neumático mata gente porque sí.
Sigamos. Hay algo liberador en ese pacto.
Holy Motors: todas las personas que somos
Sigamos en este tour francés un poquito. Si Dupieux utiliza el absurdo como una especie de instrumento de precisión, Leos Carax lo convierte en poesía. Su película Holy Motors (2012) sigue durante un día a Monsieur Oscar, interpretado extraordinariamente por Denis Lavant, mientras recorre París en una enorme limusina y desciende de ella para asumir identidades completamente diferentes.
Es mendigo. Asesino. Padre. Criatura monstruosa. Moribundo. Amante. No sabemos exactamente quién contrata esos trabajos ni quién los observa. Tampoco sabemos dónde termina la actuación y empieza la persona. Y quizá esa sea justamente la pregunta.
Los seres humanos adaptamos nuestra conducta según el escenario, el
público y el papel social que estamos representando.
Somos profesionales en una oficina, padres frente a nuestros hijos, hijos frente a nuestros padres, amantes, profesores, amigos y desconocidos que mantienen conversaciones completamente innecesarias sobre el clima dentro de un ascensor.
Holy Motors lleva esa intuición hasta un territorio delirante. Oscar no parece tener una identidad por debajo de sus personajes. Solamente tiene personajes.
Ah, y limusinas que hablan.
Y por momentos la película deja flotando una pregunta incómoda: si
elimináramos todas las versiones de nosotros mismos que construimos para los
demás, ¿encontraríamos finalmente un “yo verdadero” debajo de ellas?
Psycho Goreman: quizás el monstruo no sea el problema
Podría ser una nota el doble de larga. Fácilmente. Pero vayamos cerrando.
Por último les dejo Psycho Goreman (2020). Parece una película infantil realizada por personas a las que nadie informó que las películas infantiles normalmente no incluyen desmembramientos.
Dos hermanos encuentran una gema que les permite controlar a una antigua criatura extraterrestre de poder prácticamente ilimitado. Ese ser, capaz de destruir mundos enteros, queda así sometido a Mimi, una niña traviesa, odiosa y bastante hija de puta.
La película mezcla deliberadamente sensibilidades incompatibles: series infantiles de los noventa, monstruos de goma, ciencia ficción barata, gore exagerado y comedia familiar. El director entiende perfectamente el material con el que juega.
No se avergüenza del látex ni intenta disimular los disfraces. No utiliza el bajo presupuesto como algo que debe esconderse, sino como parte de su identidad estética. Y en el centro de toda esa estupidez deliciosamente consciente existe una inversión narrativa muy sencilla.
Durante siglos contamos historias sobre niños amenazados por monstruos.
Psycho Goreman propone que tal vez algunos monstruos deberían tener más
cuidado con los niños que conocen. Especialmente si la niña se llama Mimi.
Palabras finales: salir a buscar
Quizá lo que más me interesa de todas estas películas no sea que sean raras, sino que tienen personalidad.
En una época en la que una parte importante de la cultura está diseñada para reducir riesgos, repetir fórmulas exitosas y ofrecerle al espectador algo suficientemente parecido a lo que ya consumió, encontrarse con una película que parece responder únicamente a la obsesión particular de alguien produce una sensación extrañamente refrescante.
Incluso si falla. De hecho, prefiero muchas veces una obra que intenta algo insólito y fracasa de manera espectacular antes que otra que ejecuta perfectamente una fórmula que ya vi cincuenta veces.
Y quizá por eso también vale la pena salir a buscarlas. Muchas de estas películas no aparecen espontáneamente cuando uno abre una plataforma de streaming un viernes a la noche. El menú principal está diseñado para eliminar fricción, y buscar cine extraño requiere precisamente recuperarla: anotar nombres, perseguir directores, revisar catálogos, recorrer festivales, preguntar, leer recomendaciones.
Hay algo casi arqueológico en eso. Y también algo de resistencia, ¿no? Los algoritmos funcionan tratando de comprender quiénes somos a partir de aquello que ya hicimos. Nos recomiendan el futuro basándose en nuestro pasado. Tiene lógica.
Pero el descubrimiento verdadero funciona de otra manera. Aparece cuando algo que jamás hubiéramos elegido consigue sorprendernos.
La psicología sabe que nuestra atención se activa particularmente
frente a aquello que rompe un patrón. La filosofía lleva algunos miles de años
preguntándose qué ocurre cuando nuestras categorías habituales dejan de
alcanzar para explicar la realidad.
Quizá el cine raro haga, en escala diminuta, exactamente eso.
Porque en un universo cultural cada vez más preocupado por anticipar
nuestros gustos, quizá todavía quede algo profundamente humano en tropezar con
una película y pensar:
“No tengo la menor idea de qué carajo estoy viendo.” Y aún seguir mirando con fascinación.
CHE, hay más notas cinéfilas por acá.
¡Hasta la próxima!
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