viernes, 11 de mayo de 2018

Filosofía a la mano (VI): Descartes, el filósofo de la duda


Hoy, en Filosofía a la mano Capítulo 6: el filósofo de la duda por excelencia: René Descartes (se pronuncia “Decaaart”). Al sexy filósofo, matemático y físico francés –considerado como el padre de la geometría analítica y de la filosofía moderna– le tocó vivir una época de cambios enormes.

Descartes quedó profundamente desorientado ante esta situación. Por eso se propuso crear un método que permitiría conocer, con el rigor típicamente asociado a los procedimientos matemáticos y lógicos, qué podemos considerar como verdadero.




Por aquel entonces, la Iglesia Católica estaba dividida debido a las diferencias entre Juan Calvino y Martín Lutero (la famosa Reforma Protestante que dio lugar a los Católicos Protestantes). La Biblia ya no tenía todas las respuestas.

Por otro lado, se había producido una curiosa Revolución Científica: en un sorprendente giro argumental de la vida –del que el mismo M. Night Shyamalan habría estado orgulloso– Copérnico llegó a la conclusión de que la Tierra no está estática en el centro del Universo sino que, de hecho, somos nosotros los que giramos alrededor del Sol.

Qué loco... ¡entonces el hombre no gira en el centro del Universo!

Y no nos olvidemos de Kepler, quien tira al suelo algunas de las ideas mágicas de la física aristotélica. ¿Qué más? Se busca “matematizar el universo”, Galileo propone un nuevo método científico, se industrializa la producción para aumentar la productividad…

En ese contexto drástico, las creencias más firmes de la época comienzan a ponerse en tela de juicio. La ciencia que se creía verdadera resultó no serlo. La religión dejó de brindar las resoluciones necesarias. Entonces: ¿en qué podemos creer y en qué no?

Un nuevo método de conocimiento

Su método de conocimiento –introducido en su libro filosófico más importante, El discurso del método (1637)– consta de cuatro simples reglas.

Regla #1: El objeto. “Aceptaré como verdadero aquello que se me presente como claro (sin intermediarios que puedan inducirnos a error. Por ejemplo: la matemática) y distinto (aquel saber que no puede confundirse con otra cosa, simple y nítido).”

Regla #2: El análisis. “Se debe dividir el objeto de estudio en tantas partes menores como sea posible para poder resolverlo mejor.”

Reglas #3: La síntesis. “Conducir con orden mis pensamientos comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ascender poco a poco hacia los conocimientos más complejos. De esta forma se dará lugar a una cadena de argumentos que iluminen los nexos del razonamiento desde lo específico hacia lo más general.”

Regla #4: La enumeración. “Revisar los pasos individuales que hemos hecho para asegurarnos que no hemos cometido ningún error.”

La duda metódica de Descartes

Creado el método, Descartes lo aplica al saber tradicional. Lo que hace es poner todo el saber bajo sospecha. Su plan es comprobar si, bajo su método, el saber logra resistir. Es decir, si se trata de un saber certero.

Por aquella época, las principales teorías consideraban que el saber está basado en la experiencia sensible, tangible. En lo que podemos percibir con nuestros sentidos: ver, oler, escuchar y tocar. Pero, ¿podemos confiar realmente en ello?


El método llevado a la práctica

En una tremenda obra llamada Meditaciones metafísicas (1647), Descartes reflexiona sobre el sistema filosófico que había introducido años antes en la cuarta parte de su Discurso del Método. Son seis textos cortitos de apenas unas páginas.

En su primera meditación, el autor pone en duda fiarse de los sentidos. Puesto que a veces son engañosos, nunca podemos considerarlos 100% como algo certero. Esto es todavía peor si hablamos de distinguir el sueño de la vigilia. Hay sueños tan intensos que parecen reales, y situaciones “reales” tan imposibles e improbables que parecen ser un sueño.

Por ideas como estás, Descartes es considerado uno de los filósofos más radicales. Él dice: “debemos considerar como absolutamente falsas aquellas ideas de las que se tenga alguna duda, por mínima que sea.”

Incluso acepta que ni la lógica ni las matemáticas son absolutamente confiables. ¿Pero cómo… no es que 2 + 2 = 4 tanto en la vida real como en una pesadilla donde un unicornio diabólico vuela sobre nosotros intentando atravesarnos con su cuerno? Él dice que no: hasta de esas bases matemáticas fundamentales debemos dudar.

Meditaciones metafísicas (1647) – René Descartes:  DESCARGAR PDF

Pienso, por lo tanto soy

Durante su segunda meditación, se pregunta si él mismo puede no existir realmente. De lo único que puede estar seguro es de que está dudando. Pero sí está dudando –ésta es una forma de pensamiento– entonces tiene que estar existiendo. Si pienso (si dudo)… entonces soy. En otras palabras, la conciencia implica la existencia.

Ésta es, sin duda, su más  famosa sentencia: «Pienso, luego existo» (en latín: Cogito ergo sum). Está claro, explica Descartes, que cuando pienso mi pensamiento efectivamente existe. Esta es su primera gran certeza y el sustancial principio filosófico que logra establecer.


Este descubrimiento cartesiano es la piedra fundamental para que la filosofía –e incluso la ciencia– tuvieran cimientos racionales, pragmáticos, y no metafísicos. Todo esto lo llevó a ser considerado el “primer filósofo moderno”, ya que ideó un método racional para estructurar su sistema filosófico. Bajo sus ideas subyace la idea de la razón como punto de partida de cualquier tipo de conocimiento.

En la tercera meditación, Descartes da argumentos para la demostración de la existencia de Dios. Su razonamiento lógico es más o menos así: somos seres imperfectos que sólo somos capaces de crear ideas imperfectas. Sólo es posible asegurar nuestra propia existencia (un principio de solipsismo). Pero, entonces, ¿cómo es posible que podamos pensar en algo tan perfecto como Dios? Esa idea perfecta debe haber sido introducida en un ser imperfecto por algo más… algo superior.

Descartes explica que la idea de lo infinito –o de lo “perfecto”– no pudo haber sido creada por él porque tendría que ser perfecto, y no lo es. En esencia: si duda, si no puede fiarse ni de sus propias sentidos, es un ser imperfecto.

Ahora: probar la existencia de Dios parece ser el punto más flojo de su razonamiento. Da la sensación de que el autor quiere forzar sus investigaciones hacia esa conclusión. Es paradójico que alguien que duda tanto de todo puede afirmar la existencia de una deidad divina con tanta certeza.

En su cuarta meditación, quizás la más célebre, habiendo demostrado la existencia de Dios se propone utilizar una metáfora. Si Dios es perfecto, entonces el engaño y lo falso son imperfectos; lo que lleva a pensar que no pueden proceder de Dios.

Acá el filósofo afirma que existe un “genio maligno” que deliberadamente busca confundirnos y engañarnos, introduciendo falsas nociones de la realidad, confundiendo nuestros sentidos y guiándonos hacia conclusiones erróneas.


Dicho genio maligno (que, en realidad, se va mencionando al pasar desde la primera meditación) no es más que una metáfora para cuestionar lo siguiente: ¿y si nuestra naturaleza es, en realidad, defectuosa?

(Por cierto, en las meditaciones cinco y seis repite un poco más o menos lo mismo que viene mencionando antes. Vuelve a probar la existencia de Dios –su famoso argumento ontológico– e intenta probar la existencia de las cosas materiales)

¿Estás seguro de que lo que estás respirando es aire?

La idea del genio maligno es la primera gran imagen asociada al pensamiento cartesiano. Funciona como un sustento teórico en la duda metódica. A lo mejor fuimos creados por algo superior que nos obliga a engañarnos sistemáticamente, que nos sumergió en una naturaleza artificial que creemos real (¿Matrix, alguien?).


¡Y no sólo Matrix! El piso 13, eXistenZ, Dark City, The Truman Show...

Pensemos, por ejemplo, en la idea del cerebro en un balde o el argumento escéptico propuesto por Bertrand Russell (la Tierra de cinco minutos). Ambas teorías especulativas se pelean con la idea de que lo que consideremos como "realidad" no es tal.

René Descartes no buscar provocar la sensación de que hay un peligro inminente para nosotros en nuestra vida cotidiana. El objetivo del críptico supuesto de Descartes sobre el “genio maligno” es investigar si es posible encontrar algo de lo que no sea posible dudar categóricamente.

En suma, es una imagen visual para representar que debemos dudar de todo, incluso de aquello de lo que estamos más convencidos. Sólo de esa manera es posible avanzar hacia una verdad irrefutable.

Palabras finales

Si la filosofía es el arte de hacer preguntas que, necesariamente, no tienen respuestas… si se trata de colocarse en un lugar de extrañamiento –de distanciamiento– frente a todo lo que tenemos en frente y a nuestro alrededor, frente a todo lo que se nos presenta como obvio. ¿No es, entonces, Descartes el máximo representante de esta idea de desvincularse de lo cotidiano, de ingresar en la penumbra a partir de la duda y desconfiar de las verdades preexistentes?

¿No es Descartes quien, más que ningún otro pensador, puede recuperarnos nuestra capacidad de asombro?

El autor nos invita a hacer de la filosofía un saber sin supuestos. La filosofía es también un camino para poner todos los cimientos en tela de juicio. Esta duda metódica deja de ser un simple método que busca la verdad para transformarse en la finalidad misma del pensamiento. Su objetivo es la desestructuración de toda firmeza, mostrando su carácter endeble, engañoso.

Destruir para construir. Tirar abajo lo que todavía puede ser derribado para alcanzar una firmeza que permita, eventualmente, edificar un sistema de conocimiento nuevo, que ya nunca más se caiga.

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2 comentarios:

  1. Buen paseo. Cuando aparece Nietzsche con todas sus certezas uno se pregunta para qué estudiar a Decartes, pero es que sin uno el otro nunca pudo existir, y es imposible entender sus eras sin ellos y su pensamiento.
    Recuerdo que nunca tuve exclusivamente filosofía en el secundario, pero la profesora de matemática mencionaba más a Descartes que a... Pitágoras ponele.
    ¡Malditos ejes cartesianos!

    Muy buenas imágenes, la de la esposa de René Decartes me recordó la que yo había puesto de René Magritte (no se si la recordás), no por el nombre de pila.

    Abrazo

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    Respuestas
    1. Recuerdo tu post de Magritte, sin duda. De hecho creo que hasta te robé alguna de esas imágenes para compartir en la fan page.
      Me cae bien tu profesora de Matemática.
      ¡Saludos!

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