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lunes, 22 de junio de 2026

El silencio: cine, filosofía y literatura

 

Hay cosas que sólo pueden decirse callando. En esta nota, propongo un acercamiento cinéfilo, filosófico y literario al silencio como recurso narrativo.


 


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Una palabra extraña

Qué palabra rara “silencio”, ¿no? Lo reconocemos recién cuando aparece, lo pedimos cuando alguien habla demasiado y aprendemos a extrañarlo cuando desaparece, pero rara vez nos detenemos a pensar qué es exactamente.

Porque el silencio tiene algo de paradójico: parece ser una ausencia, una falta de sonido, un vacío; sin embargo, cuando uno empieza a prestarle atención descubre que muchas veces se siente más como una presencia.

Un minuto de silencio en un estadio repleto no se percibe como un vacío. Una pausa incómoda durante una conversación no se percibe como un vacío. El silencio de una habitación después de una mala noticia tampoco. Hay algo ahí que es difícil de nombrar.

Incluso la etimología parece apuntar en esa misma dirección. La palabra "silencio" proviene del latín silentium, derivada del verbo silēre, que significa estar quieto, permanecer en calma, encontrarse en reposo.

Los romanos diferenciaban entre tacere y silēre. El primero significaba callarse, no hablar. El segundo implicaba una quietud más profunda, una suspensión del movimiento, una especie de serenidad.

O sea, desde su origen el silencio no estuvo asociado únicamente a la falta de palabras sino a un determinado estado de las cosas. Uno puede callarse y, aún así, seguir haciendo ruido. Esto, a mí, me detona la cabeza.

Tal vez por eso el silencio ha obsesionado a filósofos, artistas y cineastas durante siglos. Porque es una de esas experiencias humanas que parecen simples hasta que uno intenta explicarlas. Y cuanto más se explica la cosa, más misteriosa se vuelve.


La filosofía del silencio

En la filosofía antigua, especialmente entre los pitagóricos, el silencio era una herramienta de aprendizaje. Se cuenta que los discípulos debían pasar largos períodos escuchando antes de poder hablar. La idea era sencilla: “quien no sabe callar tampoco sabe comprender”.

La relación de la humanidad con el silencio ha producido además algunas historias difíciles de creer. Durante siglos existieron comunidades religiosas donde los monjes realizaban votos de silencio que duraban años enteros. En algunos monasterios se desarrollaron complejos sistemas de gestos para comunicarse sin pronunciar palabras.

Más sorprendente todavía es el caso de Christopher Knight, conocido como el Ermitaño de North Pond, que vivió solo en los bosques de Maine durante casi tres décadas.

Cuando finalmente fue encontrado y entrevistado, relató que había pasado larguísimos períodos sin mantener una sola conversación con otro ser humano. Treinta años. Una cifra que resulta tan difícil de imaginar como una reunión familiar argentina donde nadie opine sobre fútbol, política o el precio de la carne.


La Antena (2007) - una producción surrealista argentina donde un pueblo se queda sin voz

En tradiciones como el budismo zen, el silencio no es ausencia de conocimiento sino una vía para alcanzarlo. Mientras gran parte de la filosofía occidental intentó comprender el mundo mediante conceptos y argumentos, el zen sospecha que las palabras pueden convertirse en una barrera. El silencio aparece entonces como una forma de contacto directo con la realidad.

Quizás por eso el silencio sigue fascinándonos. Porque en una época donde cada aplicación, cada pantalla y cada dispositivo compiten desesperadamente por nuestra atención, el silencio se ha convertido en una experiencia cada vez más escasa.

Lo paradójico es que cuanto más intentamos evitarlo, más parece perseguirnos. Aparece después de una pérdida, durante una madrugada de insomnio, en medio de un paisaje inmenso o en esos raros momentos donde dejamos de mirar el teléfono y simplemente observamos lo que tenemos delante.


El aporte de Pascal

Uno de los primeros en sospechar que el silencio escondía algo importante fue Blaise Pascal. El filósofo francés escribió una frase que sigue resultando incómodamente actual: "Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer tranquilos en una habitación".

Pascal vivió en el siglo XVII, mucho antes de Netflix, TikTok y los grupos de WhatsApp de mamás del jardín, pero de algún modo ya había detectado un rasgo profundamente humano: nuestra tendencia a llenar cada instante con distracciones.

El problema no era el ruido en sí mismo sino aquello de lo que intentábamos escapar mediante el ruido. El silencio nos obliga a convivir con nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras contradicciones y nuestras preguntas más difíciles. Por eso lo evitamos.

Esa idea aparece de manera fascinante en A Quiet Place (2018). La película de John Krasinski suele ser presentada como una historia de monstruos que atacan a cualquiera que haga ruido, pero debajo de esa premisa de terror hay algo mucho más interesante.

Los personajes viven obligados a callar, a observarse, a comunicarse de maneras diferentes y a convivir constantemente con pérdidas y culpas que no pueden tapar mediante conversaciones banales.

Algo parecido ocurre en Nomadland (2020), donde los enormes paisajes abiertos y los extensos momentos contemplativos parecen funcionar como una invitación a permanecer junto a los pensamientos de los personajes sin ninguna distracción que amortigüe el golpe.


Pascal probablemente habría salido del cine convencido de que tenía razón: cuando desaparece el ruido, empiezan las preguntas verdaderamente importantes.


La voluntad del silencio

Arthur Schopenhauer (sí, el de los pelos locos) observó el problema desde otro ángulo. Para él, el ser humano está dominado por una fuerza permanente e insaciable que llamó “Voluntad”.

Queremos cosas. Conseguimos cosas. Dejamos de disfrutarlas. Volvemos a querer otras cosas. Y así pasamos la vida entera corriendo detrás de objetivos que, una vez alcanzados, rara vez producen la satisfacción prometida.

Schopenhauer era un tipo bastante pesimista, aunque también creía que existían ciertos momentos capaces de suspender temporalmente ese ciclo interminable de deseo. El arte, la contemplación, la música y el silencio ocupaban un lugar privilegiado entre ellos porque permitían dejar de perseguir algo durante unos instantes.

Podemos atar Schopenhauer a Fight Club (1999), no tanto por el silencio sino por el vacío que genera el deseo. El protagonista posee todo aquello que la cultura de consumo promete como camino hacia la felicidad: un buen empleo, estabilidad económica, un departamento perfectamente equipado y muebles elegidos con el entusiasmo de quien está armando un catálogo de IKEA. Sin embargo, se siente vacío.

Fincher creó una crítica feroz a la idea de que la acumulación de objetos resolverá nuestra insatisfacción existencial. Algo similar ocurre en Her (2013), donde la búsqueda desesperada de una conexión emocional parece confirmar que incluso cuando conseguimos aquello que creemos necesitar seguimos enfrentándonos a nosotros mismos.


Y quizás el ejemplo más amable sea Soul (2020), donde Pixar toma una pregunta filosófica enorme y la disfraza de película familiar: ¿qué sucede cuando finalmente alcanzamos el sueño que creíamos que iba a darle sentido a nuestra vida? La respuesta, para desgracia de Schopenhauer, parece ser "no demasiado".


Heidegger y Wittgentesin

Hay otro filósofo clave que trabajó el tema del silencio: Martin Heidegger. Su visión es un poco más poética.

Mientras gran parte de la tradición filosófica occidental entendía el lenguaje como la principal herramienta para comprender la realidad, Heidegger sospechaba que algunas experiencias importantes se revelaban precisamente cuando las palabras comenzaban a quedarse cortas.

Para él, el silencio no era el enemigo del lenguaje sino una forma diferente de decir. Hay momentos en los que hablar aclara las cosas y momentos en los que hablar las empobrece.

Esa intuición aparece en películas como Drive (2011). El personaje interpretado por Ryan Gosling habla poco, explica poco y sin embargo resulta extraordinariamente expresivo. Los silencios comunican más sobre sus conflictos internos que cualquier monólogo explicativo.

Algo parecido sucede en otra obra del mismo año, The Tree of Life (2011). Terrence Malick parece mucho más interesado en la contemplación que en la explicación. La película acumula imágenes, recuerdos, fragmentos de vida y momentos de asombro cósmico que rara vez se detienen a explicar qué significan. Heidegger probablemente habría disfrutado esa decisión. Después de todo, hay experiencias que no necesitan ser traducidas en conceptos para resultar verdaderas.

Y después tenemos a otro autor, Ludwig Wittgenstein, responsable de una de las frases más famosas de toda la filosofía: "De lo que no se puede hablar, hay que callar".  De esta forma cerró su obra más famosa, “Tractatus Logico-Philosophicus”.

Leída rápidamente parece una invitación al silencio por ignorancia, pero en realidad apunta a algo mucho más profundo. Hay aspectos de la existencia —el amor, la muerte, la belleza, lo sagrado— que pueden vivirse, pero no describirse completamente.

Wittgenstein entendía que existen dimensiones de la experiencia humana que exceden las capacidades del lenguaje. No porque sean irreales, sino porque son demasiado complejas para ser capturadas completamente mediante palabras.

Es difícil encontrar una propuesta cinematográfica que dialogue mejor con esa idea que Arrival (2016). Toda la historia gira alrededor de la comunicación y de la posibilidad de comprender algo radicalmente distinto a nosotros. A medida que avanza, la película sugiere que los límites de nuestro lenguaje también son, en cierta medida, los límites de nuestro mundo.


Encontramos otro ejemplo contundente en The Zone of Interest. Jonathan Glazer toma una de las mayores atrocidades de la historia y decide no mostrarla directamente. El horror permanece fuera de campo. Lo escuchamos. Lo intuimos. Lo reconstruimos mentalmente.

El relato comprende que ciertos acontecimientos pierden fuerza cuando intentamos explicarlos demasiado y que, en ocasiones, el silencio puede ser una herramienta mucho más poderosa que cualquier discurso.

 

El silencio en la literatura

Si el cine encontró maneras visuales de trabajar el silencio, la literatura enfrentó un desafío todavía más difícil: representar con palabras aquello que sucede cuando las palabras faltan. Y, sin embargo, algunos de los mejores escritores lograron convertir al silencio en un personaje más de sus historias.

En El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, el silencio aparece asociado al misterio, a lo desconocido y a aquello que escapa a la comprensión racional. A medida que el protagonista se interna en el Congo, los silencios se vuelven tan inquietantes como cualquier amenaza visible. Es una idea muy cercana a Wittgenstein: existen zonas de la experiencia donde el lenguaje parece quedarse sin herramientas.

Resulta imposible no pensar en Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Comala es un pueblo habitado por murmullos, ecos y voces que parecen surgir de un enorme silencio colectivo. Los personajes hablan, pero la sensación permanente es que algo permanece oculto, algo que jamás termina de expresarse completamente. Como en Heidegger, el silencio no aparece como ausencia sino como una forma diferente de presencia.


En La carretera, de Cormac McCarthy, el silencio adquiere una dimensión física. El mundo postapocalíptico que recorren el padre y el hijo parece haber sido vaciado no sólo de personas sino también de significado. Los diálogos son mínimos, las descripciones austeras y los largos espacios vacíos generan una sensación de soledad que ningún discurso podría transmitir con la misma intensidad. Es uno de esos casos donde la forma y el contenido se vuelven inseparables.

El silencio inquietante también aparece en Mordor, el oscuro reino de El Señor de los Anillos y en El viejo y el mar, donde gran parte de la fuerza narrativa surge justamente de un hombre solo, hablando poco y pensando mucho. Hemingway, de hecho, construyó toda su estética alrededor de la idea de que lo más importante suele quedar debajo de la superficie, sin decirse explícitamente.

Tal vez por eso la literatura también vuelve una y otra vez sobre el silencio. Porque escribir no consiste solamente en elegir palabras. También consiste en elegir qué no decir. Después de todo, una historia está hecha tanto de sus frases como de sus espacios en blanco.

Si te interesa seguir explorando el tema, también escribí algunos cuentos relacionados con el silencio. Podés leerlos acá y acá.

¿Qué otras películas o novelas basadas en el silencio recomendarías?

 

Palabras finales

Puede que la definición más profunda del silencio no sea "falta de sonido". Al fin y al cabo, un bosque puede estar lleno de ruidos y, sin embargo, sentirse silencioso. Una oficina puede estar completamente muda y resultar ensordecedora.

Tal vez el silencio sea menos una condición acústica que una de la conciencia: el momento en que deja de haber interferencias entre nosotros y lo que estamos viviendo.

A lo mejor, los filósofos, cineastas y monjes estuvieron señalando la misma dirección desde lugares distintos. El silencio no es sólo la ausencia de sonido. Es el lugar donde se vuelven audibles cosas que normalmente quedan tapadas por el ruido. Y eso explica por qué puede resultar tan incómodo y revelador y, al mismo tiempo, a veces tan necesario.



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=>> Otras POSTS SOBRE EL SILENCIO en el blog: “Retratos del silencio (cuento)”; “Batman: Silencio. Un excelente comic de iniciación”; “El viejo y el mar: orgullo y determinación”.

 

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