martes, 29 de abril de 2014

“Castillos en el aire” (cuento)


► Cuento ganador de Mención Especial en el concurso digital internacional "Elegidos 2014", llevado a cabo por el Instituto Cultural Latinoamericano.

***

¿Por qué no me cuenta todo desde el principio?
— ¿Qué quiere que le diga, Hart? Hay intrusos en mi casa, en mi propia casa. Los veo a través de los espejos, los oigo, los percibo. ¿Me entiende?
A menudo, un velo de tristeza opacaba los resplandecientes ojos azules de Henry Dunn.
— Déjeme ver si le entiendo: ha permanecido años recluido en su propia fortaleza, en su… emm… castillo; y ahora me llama para denunciar que ha sido invadido por extraños.
Se trataba, según describiera Dunn, de una fortificación construida sobre una mota, de tres murallas en torno a un montículo central que servía de baluarte.
Detective, no soy un demente. Sé lo que escucho. Aquí dentro he logrado evitar exitosamente los peligros del exterior. La soledad (me dije un día) es mi gran refugio. Me convertí en lombriz, en un trabajador subterráneo que debe moverse en la negrura.

Hart se acomodó en el asiento y tosió. Su mirada recorrió el espacio, observándolo todo. En su mente se preguntó qué improbable cadena de eventos desdichados había traído a Henry Dunn a tan espantoso lugar.
— Sr. Dunn —frunció el ceño—, ¿exactamente cómo cree que puedo ayudarlo?
— ¿Usted tiene arena en las orejas, muchacho? Le acabo de decir: quiero que se deshaga de los extraños. Es como en ese cuento del viejito, ¿sabe de qué le estoy hablando, no? Ese en el que a una pareja le ocupan la casa progresivamente y tienen que mudarse de habitaciones, hasta que los terminan echando.
Hart rió. La alusión le resultó adecuada. Decidió seguirle el juego.

— ¿Cuál es su tarea dentro del castillo?
— Uff… ¿por dónde comienzo? ¡Siempre hay tanto para hacer! Limpiar, ordenar, organizar. Camino por los pasillos, siempre solo, y mis pies se hunden en la mugre. El crepitar del fuego de la antorcha me impide ver con claridad los rincones desordenados, pero me las ingenio. El lugar me lo conozco de memoria, desde chiquito. Y aquí trabajo, como un gusano, sin prisa pero sin pausa. ¡Qué animal tan útil! ¿No lo cree? Removiendo la tierra, excavando largas galerías en el suelo gracias a la musculatura invertebrada de su cuerpo…
— ¿Cuándo empezó a sentir una presencia ajena? —quiso saber Hart.

— ¡Relájese, hombre! ¡Que yo ya iba a llegar a eso! —Henry Dunn se rascó la cabeza con brusquedad—. En fin, ¿qué le estaba diciendo? ¡Ah, claro! En ocasiones he sentido leves murmullos. A veces le eché la culpa al viento, otras a mi imaginación. Finalmente me convencí de la verdad: estaban invadiendo mi espacio. ¿Y sabe qué es lo que más me molesta?
— Dígamelo.
— Que ese alguien viene de afuera, donde está la peste, la enfermedad. ¡Más mugre! ¡Más mugre para que limpie el infeliz de Henry Dunn! ¿A usted le parece? —cerró sus ojos y puso las manos sobre su cabeza. La respiración se volvió agitada—. Allí afuera está la muerte, esperando impaciente.
Steven Hart cerró sus ojos, acongojado. “Se acabó el juego… aunque tiene esbozos de realidad, son trazos demasiado finos, difusos…”. Anotó una pequeña cruz en su agenda, miró hacia el espejo de su derecha y negó con la cabeza.


Detrás del espejo, un hombre de bata blanca hablaba a un pequeño grupo.

— Es un hecho lamentable. “Henry Dunn” ni siquiera es su verdadero nombre. El sujeto muestra un peculiar caso de desorden disociativo, impulsado por un trauma de la niñez —los observadores apuntaron aquello en su libreta—. Fue hallado por un grupo de muchachos en una vieja fortaleza en ruinas al norte del país.  Su madre lo abandonó con tan solo siete años. Aprendió las habilidades básicas de supervivencia por su cuenta, y se alimentó principalmente de lombrices. Como pueden apreciar, hemos podido enseñarle las herramientas básicas de comunicación: puede hablar, leer y escribir. Incluso demostró una especial afinidad por la literatura de Cortázar. Pero en su cabeza nunca salió de aquel lugar.

Hart se levantó de la silla con un resoplido y salió de la habitación. Cuando se reencontró con el grupo acotó:
— Ocasionalmente detecta la realidad, pero no encuentra los medios para reconocerla.
Acurrucó las manos en sus bolsillos y miró, a través del vidrio, a su paciente. Dunn movió los ojos para todos lados. En su mente el camino se visualizó sombrío y el pasillo tenía un aspecto siniestro. Un torbellino de aire agitó el polvo y atravesó el corredor. Los susurros habían vuelto a comenzar. Miró hacia el espejo y la oscuridad lo cubrió todo.

***


14 comentarios:

  1. Buenas!
    He leído tu comentario en Literautas.com. Y tienes razón, quizá la mayoría hemos tirado por el lado medieval, el ajedrez, o las dos cosas a la vez como es mi caso.

    La verdad es que me ha gustado mucho. No me esperaba esa vuelta de tuerca.

    Enhorabuena!

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    1. Diego, ¡te agradezco que te hayas pasado! No te aflijas, a mi me costó salirme de lo "tradicional" también... uno tiende a ir hacia lo más cómodo, es la ley del menor esfuerzo que -extrañamente- resulta ser la más eficiente. ¡Espero verte por acá seguido!

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  2. ¡Me gusto mucho! El viejo tiene mi nombre tambien D=

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    1. Una coincidencia enorme... más considerando que es un nombre medio "inglés"...

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  3. Nice...
    Ahora, quien decide quién está loco? Si al fin y al cabo "Henry Dunn" estuvo solo toda la vida y ahora está siendo observado, tal como el describe.

    Me gustó...me gusta cuando las cosas me dejan pensando

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    1. Muy atenta, estimada Serafini. Un comentario sagaz, refinado y muy prudente. En definitiva, ALTO COMENTARIO.

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  4. Me gusto... "Los locos son locos, porque son menos..." Un fuerte abrazo y gracias por el cuento !

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    1. "Los locos son locos, porque son menos...", me gustó la frase. Te la robo. Punto.

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  5. Muy buen relato! Me entretuvo mucho, más la parte en la que mencionan al viejo que relata la toma de la casa. Muy buena referencia. Un saludo enorme.

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    1. Muchísimas gracias por pasarte y comentar, Estela.

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