Una historia de amor contada a través de metáforas innecesarias, comparaciones dudosas y analogías que no ayudan absolutamente en nada.
“El amor y otras comparaciones desafortunadas”
Se conocieron en un café. Bueno, “conocieron” es mucho decir. Fue más una colisión emocional equivalente a dos changuitos de supermercado que se incrustan en el pasillo de las galletitas. Aunque con menos galletitas y un poco más de vergüenza.
Él se llamaba Rodolfo, lo cual de por sí ya es bastante anticlimático. Estaba muy tranquilo mirando noticias en su celular, tieso como un semáforo. Aunque los semáforos suelen estar tiesos, así que quizás no sea la mejor comparación. Cuando Margarita entró, nadie se dio vuelta. Pese a su nombre delicado, ella no era particularmente agraciada. Pobrecita, incluso se movía con la gracia de un lavarropas que, si uno lo piensa, tampoco es algo que necesite demasiada gracia. Caminó cuidadosamente hacia la barra como un perrito con botitas de goma que todavía no entiende por qué le aprietan las patas.
El único que se percató de su existencia fue Rodolfo. Sintió un latido en el pecho, como si le hubieran instalado un modem de esos viejos y empezara a sonar ese piiiii–trrrrr–shhhhh. La describió mentalmente mientras se le acercaba: ojos marrones, marrones como el color marrón. Como un paquete de yerba barato abierto hace meses o una pared pintada con el único color que sobró en el corralón.
Rodolfo y Margarita nunca se habían visto antes. Eran como dos colibríes que tampoco se habían visto nunca. Charlaron. O intentaron charlar. Dos cactus probablemente habrían tenido un diálogo más fluido. Siempre y cuando alguno de los dos cactus supiera hablar.
Entonces apareció el verdadero enemigo: el mozo, Carlitos. Un tipo que parecía moverse en cámara lenta, con la gracia de un caracol que se anotó en clases de pilates. Les trajo un café frío como un café que se dejó enfriar y una medialuna que parecía fósil de dinosaurio. A Rodolfo se le ocurrió protestar y Margarita lo detuvo con la mirada, una mirada más cortante que un cuchillo de plástico. O sea, no demasiado cortante, pero Rodolfo igualmente la entendió.
Él se rió para aflojar. Ella también se rió, pero más bajito y decididamente más raro. Margarita tenía una risa profunda y ronca, igualita a ese sonido que hace un chihuahua justo antes de vomitar. La química era nula. El silencio que siguió fue incómodo. No todos los silencios son necesariamente incómodos. Este sí lo era. Rodolfo miraba la servilleta y Margarita manoseaba su celular, rezando para que sonara una notificación de Mercado Libre que la rescatara.
Al despedirse, dudaron. ¿Un beso? ¿Abrazo? ¿Choque de puñitos? ¿Coreografía de TikTok improvisada? Terminaron haciendo un híbrido espantoso: chocaron rodillas, hombros y narices, y lo cerraron con un beso en la mejilla que tuvo la electricidad de enchufar un microondas en un poste de alumbrado.
Así terminó el penoso primer encuentro entre Rodolfo y Margarita. Cuando
cada uno tomó su rumbo, él pensó que quizás aquello no había sido un encuentro
romántico sino un choque de trenes de juguete. Sin embargo, algo sí había
pasado entre ellos. Ninguno de los dos sabía exactamente qué. Era una sensación
difícil de explicar. Como cuando en la bolsita de McCain encontrás una papa
frita larga entre muchas papas fritas más cortas.
No. Peor.
Como descubrir que un pantalón viejo tenía otro bolsillo.
Tampoco.
Como dos imanes que se atraen, suponiendo que uno de los imanes tuviera
problemas de autoestima y el otro estuviera pensando seriamente en irse a vivir
a Tandil.
Sí. Eso estaba mejor.
¡Qué pedazo de escritor que soy!
Margarita, mientras tanto, caminó dos cuadras, miró hacia atrás y
sonrió. Y así, separados por media cuadra y una cantidad francamente
irresponsable de metáforas, los dos entendieron exactamente lo mismo.
Más o menos.

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