¿Y si
existiera un sistema que no prohíbe el pensamiento, sino que simplemente lo
cubre? En este nuevo texto, un relato que dialoga tanto con la tradición
orwelliana como con el mito de la caverna de Platón. #CegueraTemporal.
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Disfruto mucho de la ciencia ficción. De hecho, es de mis géneros predilectos. Actualmente estoy leyendo Black Matter (de Blake Crouch) y suelo consumir bastante el género, tanto en literatura como en animé, cine y televisión.
Si bien tengo algunos textos que caen dentro del sci-fi (como éste y este otro), no suelo cosecharlo demasiado. Por eso quise experimentar un poco en esta ocasión.
Ceguera temporal se basa en dos elementos conceptuales claros. El primero es el componente orwelliano. Aparece, en primer lugar, en la construcción de un sistema totalitario que regula no solo las acciones, sino también la percepción misma de la realidad.
El Ministerio de Estabilidad Cognitiva sin duda nos lleva a los ministerios de 1984 de George Orwell: organismos cuyos nombres esconden exactamente lo contrario de aquello que ejercen. El MEC no combate la ceguera; la administra.
La vigilancia también está presente de manera sutil pero constante. Los sensores, las brigadas del MEC y la actitud temerosa del protagonista (Gustavo) construyen la sensación de que siempre hay un observador invisible.
Sin embargo, el cuento evita el dramatismo clásico de la persecución totalitaria y apuesta por algo más perturbador: el control es tan eficiente que no necesita reaccionar con violencia inmediata.
Lo que nos lleva al mito de la caverna de Platón. La chimenea y el aplauso ocupan el lugar de las sombras proyectadas en la pared: una realidad artificial aceptada colectivamente como única verdad posible.
El protagonista inicia su salida de la caverna en el instante en que experimenta el silencio. Ese vacío inicial, descrito casi como un sufrimiento físico, equivale al dolor de quien abandona las sombras y enfrenta una percepción nueva (e incómoda) del mundo.
La verdad no siempre emancipa; a veces aísla. Y a veces, al salir de la
caverna, nos topamos con una caverna todavía más grande. Les comparto mi relato
#95 del blog y ustedes me cuenta qué les parece.
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“Ceguera temporal”
(Lupa Sívori)
La primera vez que escuché el silencio lo interpreté como una
anomalía menor, una de esas pequeñas fallas que el sistema corrige sin dejar
rastro. La chimenea volvió a encender su emisión casi de inmediato, y el
aplauso regresó con la misma precisión de siempre, ese golpe rítmico que ordena
la respiración, que acompasa los pensamientos.
Así se vive en esta ciudad. El Ministerio de Estabilidad Cognitiva (MEC)
lo describe como un modulador esencial para prevenir la ceguera. Nadie recuerda
cuándo empezó ni qué había antes. Repetimos la definición como un mantra: sin
la señal, la mente se dispersa; sin la señal, aparece la ceguera. Yo también lo
creía. O, al menos, nunca había tenido motivos para dudarlo.
Hasta ese corte.
A partir de ahí, empecé a percibir pequeñas irregularidades. No en
la chimenea, que funcionaba dentro de los parámetros esperados, sino en mí. El
aplauso ya no era una superficie lisa. Era una trama en la que distinguía
repeticiones, modulaciones, una arquitectura demasiado perfecta para ser
espontánea. Intenté compensarlo. Ajusté la intensidad como recomiendan los
manuales, pero el problema no estaba en el volumen. Era otra cosa.
Esperé varios ciclos antes de decidirme. A las 02:03, cuando las
brigadas rotan turno y el monitoreo se relaja por unos minutos, abrí el panel
de la chimenea. El sello de seguridad se rompió con un chasquido seco que me
pareció excesivo en medio de tanto orden. Dudé. Pensé en las advertencias, en
los informes sobre episodios de ceguera irreversible.
Finalmente, desconecté el módulo.
El aplauso se apagó de golpe, sin transición. Lo que siguió no fue
oscuridad, más bien una especie de vacío que al principio me resultó
insoportable. El cuerpo no sabe qué hacer con la ausencia: el pulso se acelera,
la respiración se vuelve torpe, la mente busca un ritmo al que aferrarse.
Comprendí por qué lo llaman “ceguera”.
Me obligué a quedarme así, rodeado de una absoluta quietud. De a
poco, en ese espacio nuevo, comenzaron a aparecer otras cosas. Mi respiración,
primero, irregular y sorprendentemente ruidosa. Luego un zumbido lejano,
filtrado desde las otras viviendas que seguían emitiendo. Y finalmente, con
timidez, un pensamiento que no parecía responder a ninguna consigna externa.
Pese a que la habitación era la misma, las paredes me mostraron
imperfecciones que nunca había registrado, sombras que no respondían a la
modulación habitual, una textura en las superficies que el ruido había
mantenido oculta. Entendí que la chimenea no evitaba la ceguera: la dosificaba.
Esa idea me acompañó cuando volví a activar la emisión. El aplauso
regresó con una densidad mayor. Ahora percibía sus límites, sus repeticiones,
el modo en que se imponía sobre todo lo demás. Había algo debajo que persistía
incluso cuando el sonido lo cubría.
Salí al pasillo con esa certeza incómoda. Golpeé la puerta del
vecino, Gustavo. Un hombre siempre demasiado correcto. Tardó en abrir. Cuando
lo hizo, su expresión fue difícil de interpretar.
Le hablé de la chimenea, de que podía apagarse, de lo que había descubierto
en ese intervalo sin ruido. Noté que su mirada se desviaba por momentos hacia
el sensor del techo, midiendo cada palabra en función de un oyente invisible.
—Eso provoca ceguera —me dijo al fin.
—No —respondí—. La ceguera es esto.
—De eso no se vuelve —agregó, con prudencia. No supe si era una
advertencia o una confesión. Cuando le pedí que lo intentara, negó suavemente.
Las brigadas del MEC llegaron poco tiempo después. Hicieron
preguntas. Tomaron notas. Ajustaron la intensidad de mi unidad. No me
detuvieron. Eso me resultó más inquietante que cualquier sanción. Como si el
sistema pudiera tolerar cierto grado de desviación, siempre y cuando no se
propagara demasiado.
Ahora estoy otra vez frente a la chimenea mientras el aplauso ocupa
su lugar habitual. Todo ha vuelto a la normalidad, aunque ya no puedo
percibirlo como antes. Entre un golpe y el siguiente hay un intervalo mínimo,
casi imperceptible, y en ese espacio se cuela algo distinto.
A veces pienso en apagar la chimenea otra vez, en quedarme de ese
lado donde las cosas no están cubiertas ni ordenadas. Sé cómo hacerlo. También
sé lo que implica: la distancia, la incomprensión. El aplauso continúa, firme,
envolvente. Una promesa de estabilidad. Yo acompaño el ritmo, porque es lo que
se espera de mí.
No sé si vale la pena.
Lo único que sé es que, si decido salirme de ahí, voy a estar solo.
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