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martes, 29 de marzo de 2016

“Repertorio en forma de libro, osario de palabras” (cuento)


Les comparto un nuevo cuento de mi autoría que, lo admito, peca de no ser una de los más brillantes. Sin embargo, creo que tiene algunos elementos de especial interés que comento al final (y que puedan aportar un detalle adicional a la motivación de mi relato).

Mis comentaristas de Literautas.com lo odiaron, ¡así que pueden criticarlo tranquilos!

***

“Repertorio en forma de libro, osario de palabras”

Lo más insoportable de subirme todos los días al ascensor espacial a la Luna no es que sea espantosamente parsimonioso. Tampoco me abruman las pequeñas e insignificantes conversaciones. “Qué calor hace hoy”. “El tiempo está loco”. “Parece que va a haber lluvia de meteoritos otra vez”.

Menos aún me perturba el amontonamiento de individuos en el único y delgado cable, de unos 50.000 kilómetros de largo, que empalma a nuestro planeta con la superficie lunar. Nos vendieron que es una obra de ingeniería de magnitud colosal, que finalmente tenemos una autopista hacia el cielo; nos bombardearon con la viperina frase: “Elevamos sueños”. ¡Qué me importa que haya sido diseñado con una recalcitrante aleación de un polímero sintético llamado “Zylon” y nanotubos de carbono! No deja de ser un oneroso medio de transporte que consume nada menos que treinta minutos en desplazarte a tu faena.


Me resulta indolente la caravana que se reúne en la entrada (de la Tierra) todos los días para protestar que “el elevador espacial está matando a los humanos por la radiación”. No son reclamos apócrifos. La extendida permanencia en el cinturón de Van Allen verdaderamente es el motivo de los nuevos tipos de cáncer que comenzaron a emerger en el planeta.

No. Lo realmente intolerable no son las miradas incómodas, la criatura que no suspende nunca el sollozo, el energúmeno que comenta idioteces para evitar los silencios, el inefable obeso que deja siempre resbalar una flatulencia. A mí quien verdaderamente me hace hervir la sangre es el sujeto que dedica su media hora a la imparable lectura del diccionario.

¡Es verdad! Siempre fui muy inquieto, terriblemente inquieto. ¡Pero a no confundir aquello con la demencia! Soy muy cuerdo y, sin embargo, me es difícil saber cómo aquella idea entró en mi cabeza por primera vez. Quizás, la diligencia del hombre por leer regularmente su diccionario despertaba en mí un complejo de inseguridad, el temor a que cualquier palabra que él pudiera llegar a pronunciar acabaría por sonar como una tormentosa condición médica.

Su tranquilidad y vehemencia por la actividad me irritaban de sobremanera. ¿Para qué convertirse en un cazador de palabras, cuando las que usamos para la comunicación diaria nos alcanzan y sobran? ¿Con qué necesidad se aventuraba en la espinosa tarea de investigar palabras largas, elaboradas y crípticas per se? ¿Quién era él para amar tanto las palabras que las releía con cuidado, casi con recelo? ¿Quién era él para vencer el desagrado del ascensor espacial con tanta soltura? Era la traición hacia lo familiar, la vanidad, la forfolla, el quijotismo por antonomasia.

Recuerdo que había comenzado con la letra “M” cuando me decidí, poco a poco, muy gradualmente, a librarme de aquel sujeto y de su engreimiento para siempre.

Lo ajusticié –no me pregunten bien cómo ni cuándo– una ocasión en la que sólo él y yo subíamos en el elevador. No recuerdo si le corté el cuello con un elemento cortante o si le perforé el corazón. A lo mejor lo golpeé muy duro con un objeto romo en el parietal izquierdo.  ¿O fui más clemente y lo envenené con cianuro?

Pobrecito, ya iba por la letra “V”.

Cuando cayó al suelo, su repertorio de palabras se desparramó por el lugar. Permanecí inmóvil. Durante diez minutos enteros no moví un sólo músculo. Luego, sonreí alegremente al ver lo simple que había resultado todo. Examiné el abyecto cadáver. Pude sentir cómo la vida se había desvanecido, invalidando a un cuerpo prescrito.

No pueden imaginarse con qué cuidado, con qué desmedido cuidado, levanté el grueso libro con mis manos. Llegó entonces a mis oídos un ruido apagado, como el que podría hacer el rumor de las hojas en el campo al aire libre. Leve. Elegante. Pronto lo distinguí: era el diccionario. Latía. Latía delatándome, armonioso como el redoble de un tambor. Tum-tum, tum-tum, tum-tum.


Aquel tipo estaba indudable e irreversiblemente muerto. No obstante, su libro vivía. El sonido se hizo más penetrante; seguía resonando y era cada vez más intenso. Me pedía que lo abriera, que lo estudiara.

Comencé por el principio: la primera letra del alfabeto español (y primera de las vocales). Me puse de pie y lo comprendí todo. Lo suntuoso de sus definiciones, la seducción de sus vocablos, lo ladino de sus explicaciones. Los oficiales armados se aglomeraron a la salida del ascensor. Sólo pedí que me dejaran terminar mi lectura en una de esas lindas celdas nuevas que instalaron en la Luna.

***

Ahora sí, una explicación adicional con #SpoilerAlert.

Mis comentaristas criticaron el abuso de palabras innecesariamente complicadas. Se les hacía enredado y confuso leer el cuento. La verdad es que esa era exactamente la idea.

Es deliberamente complejo porque el protagonista (y narrador) se fanatizó con el diccionario. 

Creé un personaje que usa palabras difíciles sin necesidad y, muchas veces, de modo incorrecto.

Es cierto que hablar más directo es más claro y, generalmente, más recomendable a la hora de escribir. Pero acá busqué lo contrario. Hablar de forma más enigmática y críptica (sin  necesidad) para enfatizar la idea de que él se obsesionó con lo complicado, lo enredado, de las palabras. 

En eso residió mi experimentación.


Hay otro detalle que me indicó un comentarista (Kmarce) y que me pareció muy destacable. Es el hecho de utilizar un cable de ascensor en una propuesta de ciencia ficción. Evidentemente, y como él explicó, la Tierra gira y tiene una rotación con ligeras inclinaciones sobre el eje y respecto a la Luna. No es viable colocar un cable a la Tierra que viaja a una velocidad increíble. Sería como amarrar dos trompos en movimiento.

Este comentarista propuso eliminar el cable y sustituirlo por el uso apropiado de la magnetosfera, apoyados con diferentes magnetos ubicados en la Luna, para ir y venir al más hermoso satélite del universo. (Está clarísimo que padece de selenofilia, es decir, “amor por la Luna”).

En fin, ¡hasta la próxima!
                                                                                                                            
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=>> Otras CUENTOS de mi autoría en el blog: “Del texto a la vida” (obra de teatro ganadora); “El último beso”; “Los delicados riesgos de oprimir un botón sin leer las instrucciones”; “El lápiz mágico”.

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jueves, 24 de marzo de 2016

El sci-fi argentino en el cine


Argentina tiene una rica historia en obras de ciencia ficción, pero no específicamente en el cine. Novelas como “La invención de Morel” (que ya reseñé en el blog) o los textos de autores como Alejandro Alonso (“La ruta a Trascendencia” es genial), Ana María Shua y Alberto Laiseca han recibido gran reconocimiento de la crítica.

Mientras que, en materia de cómics, “El Eternauta” (de Oesterheld) es la gran historieta de ciencia ficción argentina, la revista digital Axxón (una de mis favoritas) recopila a grandes autores argentinos de fantasía y sci-fi.

Jorge Luis Borges nunca fue específicamente un autor de ciencia ficción, aunque algunos de sus relatos podrían caer dentro de esa categoría. Entre ellos, a lo mejor, está "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", aquel delirio casi existencial que nos habla de un mundo imaginario en el cual se convertirá la Tierra en algunas pocas generaciones.

Borges se interesó por este género y hasta llegó a escribir el prólogo de Crónicas Marcianas (de Ray Bradbury) para la edición de Minotauro de 1955, uno de los primeros ensayos “críticos” argentinos sobre una novela de ciencia ficción.

En el cine, sin embargo, Argentina se quedó un poco detrás, y no es especialmente recordada por su participación en el género. Existen, de todas formas, algunas producciones para destacar o que, simplemente, son demasiado curiosas como para dejarlas pasar.


Se comenta que la primera película de ciencia ficción en la Argentina apareció en 1942. Se trata de “Una luz en la ventana”, de Manuel Romero que también contiene elementos de terror. Está completa y disponible en Youtube. El protagonista es un científico con acromegalia (aumento de tamaño en manos, pies, etc.) a la espera de un trasplante.

También en blanco y negro, aunque más actual, es “La Antena” (2007), una película que tuve la suerte de encontrar por casualidad y que me voló la cabeza. 

Esta obra del director Esteban Sapir se encuentra entre mis preferidas de todos los tiempos.

Funciona como una suerte de reinterpretación de “Metrópolis” (1929), la célebre película de ciencia ficción perteneciente al expresionismo alemán. En este caso estamos ante una ciudad gris a la que se le quitó el habla. El responsable es un gánster poderoso. Un ex empleado de un canal de TV intentará evitarlo, al mismo tiempo que protege a un chico que parece ser el único con la capacidad de emitir palabras.

Es una historia estéticamente impresionante (para el cine argentino) que se trabaja como un policial negro. 

Tiene cosas muy locas, como las onomatopeyas que salen disparadas de los rifles cuando los criminales disparan.

Debido a las limitaciones económicas, y los desafíos técnicos y visuales que suele presentar el género, el sci-fi argentino siempre prefirió plasmar historias más existenciales e introspectivas, antes que espectaculares shows visuales como los americanos.

Así surgieron pequeñas películas de culto que son verdaderamente grandiosas. “Hombre mirando al sudeste” (1986), de Eliseo Subiela, es una de ellas. Si bien esta historia no es puntualmente de ciencia ficción, tenemos a un hombre que afirma ser un mensajero de otro planeta y algunos eventos inexplicables que ocurren dentro de un hospital psiquiátrico.

Ya hablé de esta película en su momento y del infame plagio americano que sufrió cuando se produjo “K-PAX”, con Kevin Spacey.

Del mismo estilo introspectivo son “Moebius” (1996), de Gustavo Mosquera e “Invasión” (1969), de Hugo Santiago. La primera es el misterio de un tren subterráneo que desaparece, con 30 pasajeros a bordo, de la noche a la mañana. Si bien es una remake de una cinta alemana de 1993, en Argentina funciona especialmente por su valor simbólico (el leit motiv de las películas post- años ´70 es, indiscutiblemente, las secuelas de la dictadura militar).

La segunda, Invasión, es una gema escondida. Aunque admito que me resultó pesada por momentos, no puedo negar su atractivo estético. Se trata de un guión co-escrito por Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges (es decir: por Bustos Domeck). 

La musicalización contiene tangos de Aníbal Troilo y está localizada en una ficcional Aquilea, un Buenos Aires laberíntico y con un aire indudablemente borgiano. Los habitantes buscan impedir una invasión –que recuerda a la Guerra de Troya– de seres que se visten y comportan como nosotros.


Invasión es genial por su carácter simbólico y estético, pero puede llegar a ser bastante bodrio, sinceramente hablando. Ambas se encuentran disponibles en Internet para ver online.

Tengo que ver todavía “La sonámbula” (1998), de Fernando Spiner, que es considerada entre las mejores del género también. Relata una historia en un futuro incierto de Buenos Aires futurista, con referencias a esa película gigante que es Brazil (1985), de Terry Gilliam.

Como es de esperarse, simultáneamente existió una gran cantidad de cine de ciencia ficción bizarro o “clase B” en Argentina. Son películas muy curiosas que uno puede encontrarse en canales como I-SAT.

Por ejemplo, tenemos nuestra propia versión de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (“El extraño caso del Hombre y la Bestia”, 1951, Mario Soficci). Lo más loco es que se argentinizaron los nombres de los protagonistas, así que tenemos a Enrique Yequil y Eduardo Jaid.

Plaga Zombie” (1997, Pablo Parés) es un poco más actual y fusiona el terror con la comedia. Hay que tener cuidado, porque  es de bajísimo presupuesto. Sin embargo, todavía mantiene su status de culto, particularmente entre los fanáticos del cine gore.

Varios años antes, en 1965, hubo otra invasión similar. “Extraña invasión” fue una coproducción con Estados Unidos donde una enigmática  interferencia que comienza a producirse en las señales de TV convierte a los espectadores en zombies. Los años siguientes se caracterizaron por la aparición de cine berreta que ridiculizó al género y, ocasionalmente, tuvo varios toques de erotismo. 

Se podían ver muchas de esas películas en el programa de los cuervos (Cine Zeta) de I-SAT.

Sí me parece más atractivo, y todavía no me pude sentar a ver, el trabajo de Eliseo Subiela en “No te mueras sin decirme adónde vas” (1995), donde un científico es el fabricante de una máquina para visualizar sueños, pero lo que termina encontrando es a un fantasma del cual se enamora.


Así que quizás no haya gran variedad de películas sci-fi de origen argentino, pero creo que hay algo para cada tipo de fan del género. Particularmente, yo recomiendo revisar “La antena” y “Hombre mirando al sudeste”, dos de las mejores producciones argentinas que alguna vez se hicieron en mi país.

¡Hasta la próxima!
               
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lunes, 21 de marzo de 2016

“Fooly Cooly” (FLCL): el delirio absoluto


Cada tanto me encuentro con un animé que verdaderamente me descoloca.

Me pasó por primera vez con esa obra descomunal que es Evangelion (de la cual ya hablé en otro post). Más tarde lo viví con Serial Experiments Lain (¡tengo que volver a ver esa serie!) y con Paranoia Agent, por ejemplo. 

Pero ninguna me resultó tan extravagante y delirante como “FLCL” (o Fooly Cooly).

FLCL (2000) es un animé de sólo 6 episodios de duración que nos cuenta la historia de Naota, un joven de 14 años que vive con su padre y su abuelo. Es el (inapropiado) objeto de atención de la ex novia de su hermano, y cree que su vida y su ciudad son tremendamente aburridas.

Todo cambia cuando es literalmente embestido por Haruko, una chica maniática manejando una moto, quien asegura ser un oficial de policia intergaláctica. Ella lleva colgado un bajo eléctrico Rickenbacker que es, en realidad, un arma que se activa como una motosierra, y no tiene problemas en acosar a Naota tanto de forma física como sexual.

Luego del contacto inicial, la frente de Naota empieza a crecer ocasionalmente (y de forma desmedida) terminando por escupir robots gigantes que resultan ser aliados o formas extrañas que atacan a la ciudad. La locura crece exponencialmente a partir de este punto.


No se me hace difícil hablar de este animé sin arruinar la trama, porque sinceramente es lo que menos importa. Les puedo asegurar que “extraño” y “acelerado” no alcanzan a ser cualitativos adecuados para describir FLCL.

Fue creada por los estudios Gainax (responsables también de Evangelion) y originalmente se planeron 26 episodios. Cuenta la historia que luego de una decisión del equipo, se terminó usando todo el presupuesto en únicamente 6 episodios. Es por eso que la calidad es prácticamente la de una película japonesa de gran presupuesto, y supera al promedio de las series.

Aunque hay un arco argumental (y también pequeñas historias que se abren y cierran con cada capítulo) lo interesante de FLCL pasa por la extravagancia y la comedia exageradísima que me recordó a la genial School Rumble.

Es considerado uno de los más grandes animés del 2000 debido a que prácticamente inventó el estilo de animé hiperkinético que hoy pueden verse en obras como Redline, Pokemon, School Rumble, One- Punch Man, Soul Eater, etc.

En esencia es una historia de tipo “coming-of-age” donde Naota aprende las dificultades de pasar hacia la etapa de la adultez, pero también es mucho más que eso. Zarpada, salvaje, esquizofrénica. El aspecto visual está a otro nivel, el soundtrack es absolutamente orgásmico (¡mucho rock!) y la historia está muy buena.

La comedia está plagada de referencias a otros animés y obras de ficción (por ejemplo a South Park) y hay muchísimos mensajes subliminales y bromas con doble sentido (que pasan desapercibidas por alguien más chico, pero son inconfundibles si sos adulto).


En su corta duración, la serie también experimenta muchísimo con diversas técnicas de animación y hasta se ríe de sí misma. En el primer episodio hay una escena en la que la historia se convierte en un manga viviente. Sobre el final pasa algo similar, pero los mismos personajes se quejan de que “ya tuvieron una escena muy parecida antes”.

Una teoría muy popular es que, en realidad, la trama de FLCL es simplemente Neon Genesis Evangelion resumida en solo seis capítulos y servida de forma hiperactiva y paródica como una comedia. Tengo que decir que estoy bastante de acuerdo, ya que las similitudes entre ambas series son muchas (comenzando por el hecho de que ambas fueron producidas por el estudio Gainax).

Si esta teoría es cierta, entonces FLCL es una deconstrucción de una deconstrucción (o sea, una reconstrucción) con el “factor WTF” dejado intacto y sin remover ni siquiera un símbolo fálico.

Por ejemplo, tenemos robots bizarros y gigantes atacando a la ciudad, y Naota montándose en uno para vencerlos. También hay dos protagonistas femeninos que se asemejan a Rei y Asuka. Haruko tiene una personalidad “muy Asuka” (chocante, extrovertida, grosera) y Mamimi recuerda mucho a Rei por su pasividad e imperturbabilidad.

Está muy buena la dinámica (y el triángulo amoroso) que se presenta entre Naota, Mamimi y Haruko. El final (no lo voy a arruinar) es interesante porque los tres aprenden algo sobre sí mismos y sorprenden sus decisiones maduras.

Por su parte, nunca queda claro qué jocara significa “Fooly Cooly”, si bien las palabras aparecen, por lo menos, una vez en cada episodio. Supuestamente, en japonés “furi kuri” es una forma de decir “sexo”, pero acá parece tener algún significado más profundo.


Lo que más disfruté de FLCL es cómo escala con cada episodio. ¿Qué tan raro y surreal puede llegar ser? ¿Cuántos juegos de palabras, símbolos fálicos y doble sentidos puede meter en un solo capítulo? En este caso, la respuesta es: “cada vez más”. Únicamente hay que comparar los primeros dos episodios con los dos o tres últimos. Aunque el estilo visual ya al principio es caótico y desquiciado, sobre el final se vuelve completamente inconsistente.

► Por su capacidad de innovación y originalidad, logrando al mismo tiempo tener una historia que resulta atractiva y con la que uno puede sentirse identificado, FLCL es un gran animé que destaco y recomiendo. Y su influencia sobre el mundo de la animación japonesa es innegable.

ACTUALIZACIÓN: Hace unos días, Adult Swim anunció en su página de Facebook que van a producirse dos nuevas temporadas de FLCL en los próximos años. ¡Habrá que esperar!
                                                                                                                            
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martes, 15 de marzo de 2016

“Del texto a la vida”: mi primera obra de teatro publicada


En materia de reconocimientos literarios, el año pasado fue bastante importante para mí. Y quizás lo más loco fue el Primer Premio que recibí por mi obra “Del texto a la vida” en el “Concurso 2015 de monólogos y guiones teatrales”.

Viaje a La Plata, hubo una ceremonia de premios (¡con comida y chupi!) y conocí a muchos escritores fascinantes y a críticos del teatro.

La iniciativa tuvo como objetivo crear un espacio para pensar en nosotros. El tema que se trabajó fue: ¿cómo somos?, entendiéndolo como un juego de espejos que nos devuelve nuestra imagen desde distintos ángulos, deseos, idiosincrasia, sueños, miedos, torpezas, fracasos, logros, etc.

Ayer finalmente salió la antología del Colegio de Escribanos de Buenos Aires donde se publicó mi primera obra de teatro. La misma incluye los cuatro textos ganadores (dos primeros premios en guiones y dos en monólogos) y tres menciones especiales para cada categoria. 

En total hay una decena de obritas absolutamente recomendables para los amantes del teatro argentino.

Por supuesto que todos los textos ganadores tienen muchísima calidad, a tal punto que me pregunto qué le habrán visto al mío. Por ejemplo, el primer premio a monólogos (“Tokio veinteveinte”, de Santiago Maisonnave) tiene un balance muy adecuado entre la comedia y la tragedia. El protagonista es un maratonista preparándose para las olimpiadas del año 2020, y a medida que entrena va haciendo comentarios ácidos (Facebook y las relaciones de hoy, por mencionar uno) y va fluyendo entre distintas problemáticas personales que vive. Es muy argentino y me encantaría verlo en escena.


También sería muy lindo ver representada “Pasa volando”, de Liliana Rodriguez, que se llevó el segundo premio en monólogos. Es muy original y me parece muy interesante cómo describe el camino mental que hace un escritor para crear a sus personajes.

Una gran sorpresa para mí fue “Crispín: tu propio cuento” (de Leandro Ezequiel Schmit) que obtuvo el segundo premio en la categoría de guiones teatrales. 

Una obra extensa y con una puesta en escena grande y magistral que, en un tono más bien infantil, nos lleva por la vida de Crispín dentro de un circo, y cómo se va relacionando con cada uno de los personajes. Esta historia es realmente muy interesante, y prefiero no contar demasiado para no arruinar las sorpresas.

Las menciones de honor son igualmente valiosas. Especialmente disfruté “Mar del plata” (de Paula Carolina Bonpland) que es el monólogo de un hombre desauciado porque su mujer siempre quiere ir a la costa. Se vuelve extremendamente reflexivo y hasta existencial, es angustiante pero tiene mucho de comedia y de realidad. Me sorprendió cómo la autora se logra meter en la mente de un hombre, con sus deseos y miedos.

En cuanto a mi historia, se las adjunto y aprovecho para comentarles un poco de qué va. Si bien el adjunto en PDF no es la versión final (tiene un pequeño error de tipeo sobre el final), es prácticamente la versión definitiva que salió en el libro:

DESCARGARDel texto a la vida” (obra de teatro) en versión PDF: https://goo.gl/sntWp7

Del texto a la vida” es una pequeña obra en dos actos con una puesta en escena muy simple y tres personas. Tendría una duración de unos 30-40 minutos.


Dionisio, un anciano sentado frente a su computadora en la comodidad del hogar, comienza a narrar la historia de Alan, el feliz trabajador número 217 de una empresa donde cada día oprime botones en su teclado. El trabajo de Alan es muy sencillo: debe decidir –apoyado por herramientas matemáticas– qué empleado merece quedarse y cuál ser echado. Jamás ha cuestionado las políticas de la compañía (“el orden establecido”) hasta la aparición de Eliana, a quien se rehúsa a dejar ir.

La desobediencia de Alan sorprende a Dionisio, quien se muestra como el verdadero autor de la historia de los empleados y no comprende cómo su obra puede actuar contrariamente a sus deseos. A partir de la conversación entre ambas partes (creador y creaciones), Alan y Eliana terminan por comprender una abrumadora realidad: no son más que personajes de un texto que está siendo escrito. La revelación cuestiona los fundamentos existenciales de los protagonistas y motiva una rebeldía en contra de lo ya escrito, del destino marcado y de su propio creador.

De alguna forma, la historia es una suerte de “Adán y Eva moderno”. De hecho, coloqué muchísimas referencias a esa historia en el desarrollo. Pero el verdadero origen –por extraño que parezca– estuvo en un ensayo del francés Roland Barthes (“De la obra al texto”, 1971). En este escrito, Barthes pone de relieve las diferencias entre la obra y el texto, y propone la idea de la pluralidad del texto. El escritor comenta, por ejemplo, que el texto aparece como un hecho del lenguaje => teje relaciones, es polifónico, hace ecos, tiene resonancias con otros textos (intertextualidad). 

Me gustó mucho esa idea (me pareció hasta poética) y me pareció que, en cierta forma, se parece mucho a la vida.

Para Barthes, un texto se presenta como una diseminación de sentidos. Incluso etimológicamente hablando, texto significa “tejido”. Es un entretejido de voces, de sentidos. Empezamos a desarmarlo, a desplegarlo. Y si es un entretejido, podemos entrar por varios y distintos lugares. Existen varias líneas de análisis. Este fue el puntapié inicial para crear el trasfondo, si se quiere, filosófico que rodea a “Del texto a la vida”.

Para devolver el texto a toda su pluralidad, a toda su diferencia, hay que deshacerlo y reescribirlo. Y quizás, la vida es también un entretejido de voces, y no un ente superior que nos dicta el quehacer.

Realmente me gustaría que mis lectores pueden chequear mi obra y comentarme qué les parece, y qué les lleva a pensar. Ciertamente fue eso lo que busqué: que lleve al lector a pensar en sus propias experiencias de vida, a preguntarse si lo que está haciendo ahora mismo lo acerca un poquito más hacia la persona que quiere llegar a ser.

O no sé, quizás estoy delirando demasiado y no es más que una obrita divertida y llevadera que tuvo la suerte de ser reconocida. A lo mejor no hay mucho para desenredar ni descrifrar, pero eso sería una pena, porque entonces pasamos de ser lectores críticos a simples pasivos. 

► Como sea, sólo espero que quienes lean “Del texto a la vida” le encuentren algún sentido en su propia vida, y les haga pasar un momento ameno.

Nada más.


«La culpa de Eva fue la de querer conocer, experimentar, investigar, con sus propias fuerzas, las leyes que reglan el universo, la tierra, su propio cuerpo, de rechazar las doctrinas impuestas desde arriba, en unas palabras Eva representa la curiosidad de la ciencia contra la pasiva aceptación de la fe

Margherita Hack (Astrofísica y divulgadora científica, 1922-2013)
                                                                                                                            
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viernes, 11 de marzo de 2016

Hitchcock/Truffaut: una entrevista de 50 horas


La entrevista que François Truffaut (un cineasta francés del movimiento llamado “nouvelle vague”) le hizo a Alfred Hitchcock en 1962, a lo largo de una semana, es una de las más famosas de toda la historia del cine.

Las 50 horas de preguntas exhaustivas –que repasan cada película de la extensísima filmografía del director inglés– fueron tan importantes para el cine como lo que fue para la política la entrevista Frost/Nixon.

Truffaut recopiló sus grabaciones y publicó, cuatro años después, la obra más importante sobre este director: “El cine según Hitchcock” (1966). Un libro que tuvo un impacto directo en el mundo del séptimo arte y contribuyó a rescatar a Hitchcock de los ataques de la crítica. Truffaut, un fanático suyo, ayudó a que su obra fuera admirada, respetada y alabada universalmente. Como afirma en su prólogo:

«En los años 50´ y 60´, Hitchcock se encontraba en la cima de su creatividad y de su éxito. […] Este éxito y esa popularidad, la crítica americana y europea iba a hacérselo pagar examinando su trabajo con condescendencia, denigrando un film tras otro

DESCARGAR “El cine según Hitchcock” (de François Truffaut) en PDF: https://goo.gl/m9ZimY

Hoy nadie pone en duda el título de “maestro del suspense” para el inglés bajo y regordete de nombre Alfred Joseph Hicthcock. Sin embargo, no hace mucho tiempo la crítica lo consideraba un mero entretenimiento banal. Nadie lo vio como un artista serio hasta que los críticos de la nueva ola francesa, particularmente François Truffaut, corrigieron el curso de la historia dándole el papel que se merecía.


Películas como “Vértigo” (que ya reseñé en el blog), “Psicosis”, “North by Nortwest”, “Rear Window” y “Los pájaros” son considerados algunas de las más grandes (e influeyentes) películas del mundo. Otras se destacaron en aspectos técnicos, en presentar toda la acción en pequeños sets (“Lifeboat”, “Rope”) o en llevar circunstancias cotidianas a situaciones extremas y poco frecuentes.

El particular estilo visual y narrativo de Hitchcock tipificó un modo exclusivo de “thriller” que fue copiado una y otra vez hasta nuestros días. En el fascinante libro que recopila la entrevista de Truffaut, Hitchcock revela los detalles más íntimos de cada una de sus producciones, cuenta anécdotas, detalla cómo filmó ciertas escenas (hoy emblemáticas) y algunos de sus más conocidos efectos visuales.

El texto es un diálogo inteligente y atrapante entre un maestro y un fiel admirador. Lo que me sorprendió es el nivel de conocimiento que ambos (Hitchcock y Truffaut) tenían del cine del momento. Especialmente Truffaut es muy certero con las preguntas y muy sagaz a la hora de aportar datos adicionales o completar información.

¡Por momentos también la entrevista se invierte y termina siendo Truffaut el entrevistado por Hitchcock!

El diálogo entre ambos es tan movido, tan picante, que resulta impactante enterarse de que, en realidad, había una traductora en el medio. Como uno hablaba francés y el otro inglés, Truffaut contactó a una traductora y amiga suya (Helen Scott) para hacer de nexo entre ambos.

El entrevistador preparó un cuestionario con el colosal número de 500 preguntas, ordenadas según un desarrollo cronológico. 

Se centraban en las circunstancias que rodearon el nacimiento de cada film, la construcción del guión, los problemas particulares de los rodajes y la estimación personal de cada producción. Hitchcock no calla nada y se atreve a aceptar qué películas le desagradaron, cuáles fueron fiascos comerciales, cuáles son sus favoritas y cuáles deseó nunca haber hecho.

Y Truffaut toma nota, como un estudiante recibiendo una clase privada de su gran maestro, como tomando de mano en mano sus secretos.

Hichtcock es divertido y casi académico: define (siempre con ejemplos) el concepto del Macguffin, la diferencia entre sorpresa y suspense. Manifiesta cómo hizo algunos de sus efectos visuales y escenas más conocidas (en Vertigo y en Psycho, por ejemplo). Es muy crítico de sí mismo.

Por ejemplo, respecto a la diferencia entre “sorpresa” y “suspense” comenta:

«La diferencia (…) es muy simple. Nosotros estamos hablando, hay una bomba debajo de esta mesa y nuestra conversación es muy anodina, no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. (…) Examinemos ahora el suspense. 

La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. (…) En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense

Hitchcock fue uno de los propulsores de la idea de “mostrar” antes que “decir”, porque el cine es imagen. Sus filmes exponían ideas concisas de forma visual, prácticamente suprimiendo cualquier necesidad de explicación mediante el diálogo.

Un ejemplo concreto:

En “The Man Who Knew Too Much”, el espectador sabe que durante la actuación de la orquestra, cuando los platos choquen entre sí y produzcan un sonido agudo, el asesino va a disparar contra su objetivo para pasar desapercibido; de modo que toda la interpretación previa de los músicos se convierte en la tensa espera de un clímax que está por llegar.

De estos y muchos otros casos hace referencia durante la entrevista.

Me va a llevar toda la vida ponerme al día con la filmografía del director (debo llevar una diez películas hasta ahora) pero este texto te acerca muchísimo al hombre detrás del nombre. 

Es fascinante leer sobre cada una de sus producciones.

Para los más perezosos (o quizás como complemento) en el año 2015 salió el documental “Hitchcock/Truffaut ”, donde varios cineastas de renombre (entre ellos, Wes Anderson) discuten cómo “El cine según Hitchcock” influenció su propio trabajo. Ahí pueden verse grabaciones de la entrevista original, editadas de forma amena y mostrando fragmentos de cada una de las películas mencionadas.



Lo interesante del documental es que muestra el punto de vista de directores que hoy son más viejos de lo que Hitchcock era cuando se hizo la entrevista (Martin Scorsese, Paul Schrader) y muchos directores jóvenes que están floreciendo hoy: David Fincher, Wes Anderson, Richard Linklater, etc.

Me encantó “El cine según Hitchcock” y se lee con mucha fluidez.

Creo que cualquier cinéfilo lo va a disfrutar tanto como yo lo hice. Es genial aprender sobre la urgencia del director para “superar” a su audiencia, para sorprenderla constantemente. Él reseña sus propias técnicas, habla sobre cómo manejar a los actores, cómo le dio forma a sus películas. También se explaya en sus pensamientos sobre la religión, sobre los sueños, qué cosas lo inspiraron a conformar cada historia.  Dos grandes secciones se dedican a “Vértigo” y a “Psicósis”, analizándolas a fondo. A su vez, se toma su tiempo para hablar de cuáles fueron sus grandes experimentos y qué saco de cada uno.



Un libro imperdible para los amantes del cine. No tiene desperdicio.

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lunes, 7 de marzo de 2016

Argentina es Nazilandia (según el mundo)


Ah… mi hermosa Argentina, hogar de la calle más larga, la calle más ancha y las minas más lindas del mundo. 

Un país que se jacta de contar con “los enanos más altos”, de diversidad geográfica y cultural inmensa, grandes artistas en todos los ámbitos y llena de… ¿nazis, aparentemente?

No todas las historias que involucran a esos loquillos nazis se sitúan en la Segunda Guerra Mundial. A veces ocurren  unos años después o incluso en el presente. Los nazis han logrado escapar de la derrota y están escondidos en bases ocultas, planeando cómo recuperar el poder y conquistar el mundo. 

En otras obras de ficción más realistas, simplemente evaden la justicia y recuerdan con cariño lo bien que la pasaban en los campos de concentración. Hay una creencia popular (en la ficción) de creer que todos los nazis se escondieron en Argentina (o en algún otro lugar de Sudamérica). Hay algo de verdad en esto. El gobierno de Juan Domingo Perón dio pase libre a algunos nazis, más notoriamente a Adolf Eichmann (posteriormente capturado y ejecutado en 1962 por el gobierno israelí) y a Josef Mengele (quien nunca fue encontrado, y supuestamente murió en un accidente de buceo en Brasil). 

Justamente la película de 2013Wakolda” (muy buena por cierto) relata los días que supuestamente pasó Mengele en Bariloche, viviendo con una familia argentina.

No es que los gobiernos sudamericanos fueran malignos. Ellos verdaderamente querían recibir a científicos alemanes para mejorar el desarrollo nacional. Argentina fue uno de los países con ese ideal, aunque finalmente fue Estados Unidos quien recibió a la mayor cantidad.

En realidad hay grandes comunidades de alemanes que existen en Latinoamérica (especialmente en Brasil y en Argentina). Pero el grueso llegó mucho antes de 1945. La gran mayoría fueron inmigrantes del tardió 1800´s. Argentina también es el hogar de una de las más grandes poblaciones de judíos en todo el mundo.

Siempre es divertido (y sorprendente) ver la manera en la que el resto del mundo retrata a Argentina en la ficción. Salen a la luz los estereotipos y las características más generales. 

En el final de Dexter, por ejemplo, Hanna y Baby Dexter escapan a Argentina. En la última escena se los ve en un café de Corrientes (que da directo al obelisco: imposible) y en CADA MESA hay varios mates, vacíos, sólo porque sí. 

También hay pasta sospechosamente barata y se lee el diario “Las noticias”. (esta última es mortal).



Y ni hablar de Argentina según How I Met Your Mother: un paraíso virgen e indio donde todos se parecen a Enrique Iglesias:


Pero volvamos a “Argentina es Nazilandia”, porque así es como realmente nos ven desde afuera.

Por ejemplo, en animés como Hellsing, la organización Nazi Millenium se esconde en América del Sur luego de la guerra. 

Y hay un pequeño gran momento en “Los Simpson” (capítulo de “Bart contra Australia) cuando Bart hace un llamado a Argentina y vemos a un hombre curiosamente parecido a Adolf Hitler que corre hacia el teléfono de su auto (con placa ADOLF 1).

En Seinfeld, el Soup Nazi es enviado a Argentina luego de que Elaine publica sus recetas secretas. 

Así encontramos muchísimos ejemplos más en el cine y, especialmente, de la mano de Hollywood:


Tranquilos... hay dos partes más...

Pero el primer premio se lo lleva, indudablemente, la película X-Men: First Class. Si bien es una muy buena película para los amantes de los superhéroes, la metida de pata es de proporciones épicas. Erik (Magneto) sigue a un nazi escondido en Argentina, más particularmente en Villa Gesell. En la película, Gesell es un área de lagos y montañas más parecida a Bariloche, mientras que en la realidad es una ciudad costera (y un ex paraíso de los hippies). 

Ah, y el barman habla con acento típicamente mexicano. Acá está la escena:



Afortunadamente, cuando los Nazis escapan, no siempre se van a Sudamérica. A veces están escondidos en la Artártida o en la Luna (como en la novela un Rocket Ship Galileo de Robert Heinlein).

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